Tecnología militar y hedonismo: sexo, armas y hamburguesas

Permítanme una excursión más allá de los lindes habituales del blog. Lo hago para visitar Canadá, un lugar poco transitado en estas páginas, y rendir homenaje de paso a Edward Shorter, a quien no frecuento desde su estudio sobre la familia (El nacimiento de la familia moderna. Buenos Aires, 1977). Shorter se dedica a la historia de la ciencia, en la Facultad de Medicina de la Universidad de Toronto, y sus volúmenes más recientes tiene títulos como Before Prozac: The Troubled History of Mood Disorders in Psychiatry (Oxford University Press, 2008) o Endocrine Psychiatry.  Solving the Riddle of Melancholia (Oxford University Press, 2010), este último con Max Fink. Pero sigue preocupado por la historia social de la ciencia, que es propiamente lo suyo.

El caso es que Shorter escribe en la Literary Review of Canada a propósito de Sex, Bombs and Burgers: How War, Porn and Fast Food Created Technology As We Know It, libro de Peter Nowak que publica Viking Canada. Y dice:

Peter Nowak, perdiodista que trabaja para la CBC en asuntos de ciencia y tecnología, ha escrito un volumen que es digno sucesor del clásico de 1948 Mechanization Takes Command (La mecanización toma el mando. Barcelona, Gustavo Gili, 1978), obra del historiador suizo Sigfried Giedion. Curiosamente, Nowak ni siquiera menciona a Giedion, pero los ingredientes básicos están ahí: una visión magistral de lo inexorable de la tecnología combinada con una evaluación reflexiva de sus consecuencias económicas. En Giedion había una cabal comprensión de la historia de la mecanización, basada en las fuentes primarias de la época. Nowak, en sus esfuerzos para penetrar en las intersecciones entre las necesidades humanas elementales y la tecnología, ha hecho una búsqueda no menos completa, en gran parte en Internet y a través de entrevistas, y Nowak ha hecho un montón de entrevistas. Se propone revisar la tecnología del hedonismo, en contraposición a la mecanización, en lo relativo al sexo y a la comida, rastreando cómo las industrias del sexo y la alimentación han sido transformadas por ideas generadas originalmente por la investigación militar. Esto, sorprendentemente, es un tema que nadie había advertido antes, tal vez porque parece difuso y de difícil acceso. Sin embargo, Nowak domina el material de forma magistral.

Su lógica es convincente. “Desde las  bolsas de plástico y la laca para el cabello a las vitaminas y Google Earth, el dinero militar ha financiado el desarrollo de la mayoría de los elementos modernos que usamos hoy en día”. Muchos de estos descubrimientos fueron generados por la Segunda Guerra Mundial: la energía nuclear, la carrera espacial, la investigación genética, nuevos productos químicos y aditivos alimentarios. Más recientemente, las bombas inteligentes y el GPS nos fueron mostrados por primera vez en la Guerra del Golfo, mientras que los grandes avances en tecnología robótica se están llevando a cabo en Irak y Afganistán. “En su mayor parte, esto es una historia estadounidense”, señala Nowak. No sólo los Estados Unidos fueron responsables de casi dos tercios de la gran expansión mundial del gastos militar entre 1999 y 2008, sino que incluso ahora, a pesar del aumento reciente de China, son fuente de casi la midad mundial del gasto en investigación y desarrollo.

Sex, Bombs and Burgers: How War, Porn and Fast Food Shaped Technology as We Know It (Viking Canada, 2010)

Tras la guerra viene el sexo, con la industria de la pornografía, que actúa como sector que adopta de forma temprana las tecnologías elaboradas y refinadas en contextos militares. Esto incluye la adopción entusiasta por los pornógrafos de las cámaras de la película de 16 mm,  muy utilizadas inicialmente por las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial, así como la explosión del comercio mundial de pornografía vinculado a Internet, cuyo desarrollo inicial se produjo a través de fondos de defensa estadounidenses. Las empresas de pornografía han desempeñado un papel clave en explotar comercialmente este tipo de invenciones, y  no sólo por la enorme demanda de su producto. Situadas fuera de los circuitos económicos principales, y en continuo antagonismo con los reguladores del gobierno, han aprendido a ser flexibles. En gran medida, los proveedores de pornografía más familiarizados con la tecnología han sido los Estados Unidos. “Los productores estadounidenses han encabezado todos los cambios, del cine a la cinta de vídeo, del DVD a Internet”, dice Nowak, citando la evidencia de que, de cada diez webs para adultos, casi nueve se originan hoy en día en los Estados Unidos.

En el caso de la innovación alimentaria, la historia de Nowak comienza de nuevo durante la Segunda Guerra Mundial. A raíz de los avances en las técnicas de conservación en tiempo de guerra, tales como el secado por atomización y la deshidratación, se llegó a la aplicación de la posguerra de los espectrómetros de masas para crear nuevos sabores de alimentos y toda una hueste de productos, desde los enlatados al zumo de naranja concentrado, pasando por los plásticos del tipo Saran Wrap y Tupperware. Una vez más, lleva la historia hasta el presente, tratando la Revolución Verde de los años 50 y 60 y las oportunidades tecnológicas que llevaron al surgimiento de gigantes corporativos como McDonald’s, Kraft y Monsanto.

El argumento de Nowak es que la avalancha de sexo caliente (hot sex) en nuestras habitaciones y de grasa caliente (hot fat) en nuestra dieta ha sido posible  por la tecnología. Hay un problema en su insistencia en la importancia de la Segunda Guerra Mundial y de las tecnologías militares en general. El tema se entromete con el título. Parece ser cierto que un sorprendente número de tecnologías civiles populares de preparación de comida rápida y difusión de imágenes en el cine o en Internet parecen tener un origen militar, así como que gran parte de esto se debe a las sumas astronómicas que las fuerzas militares son capaces de gastar en investigación. Así que una y otra vez nos percatamos de que la planificación militar fue la precursora de la red o redujo las anticuadas cámaras caseras de 35 mm,   para que pudieran ser utilizados posteriormente para llevar el porno a las habitaciones. Y esto es ligeramente llamativo. Pero ¿y qué? La cosa es cierta, pero carente de interés a menos que el resto del contexto de estos avances tecnológicos se ponga de manifiesto.

Por ejemplo, según Nowak, la llegada de las fotos Polaroid – procedente de una tecnología desarrollada durante la guerra-, constituyó un estímulo sexual de primer orden. Pero el erotismo anterior a los 40 rebosaba de fotos sexy. En los años 20 y 30,  las aduanas americanas confiscaban regularmente este material a los viajeros procedentes de Europa. Las fotos fueron donadas luego a la Kinsey Library de la Indiana University en Bloomington. He trabajado en esa colección, y la fuerza de esas tomas de los años 20,  que registran posiciones sexuales íntimas por parte de aficionados que pasaron a tener una cámara a mano,  es impresionante: las fotos son anteriores a cualquier tecnología moderna. Así que no pongamos mucho énfasis en la Segunda Guerra Mundial y sus planificadores militares.

Hay un error intelectual más básico en la lógica de Nowak. La dinámica técnica  supuestamente empuja siempre hacia el sector de la oferta -nuevas  formas de elaborar en Kentucky Fried Chicken o de difundir videos sexuales, que empujan a las personas a su consumo. Realmente no considera el deseo desde la demanda. ¿Por qué la gente clama por estos nuevos productos y formas de ver el sexo? A excepción de indicaciones en la dirección de los controladores culturales, como el Informe Kinsey o el Playboy de Hugh Hefner, Nowak no tiene en cuenta una población cada vez más inquieta, ávida de experiencias hedonistas que de una u otra manera haremos posibles. Para él, todo eso es más invención tecno más que anhelo. Eso significa que se pierde la más profunda y fascinante historia, la del deseo de disponer de estas tecnologías que producen hot fat -con su peculiar sensación en la boca-  o que producen una acción porno con sus fantásticas mejoras sobre lo real. Y este nuevo consumidor se desliza por estas páginas, apenas visible, pero pidiendo a gritos una explicación.

Por ejemplo, trata a Hugh Hefner y Playboy como si aumentar la oferta de literatura erótica fuera la causa de la creciente demanda de literatura erótica. Sin embargo, Playboy ha estado apareciendo durante una década como el gran cambio sexual que en la década de 60 estalló en nuestras conciencias. Playboy y otros elementos eróticos  fueron epifenómenos de un impulso profundo hacia la satisfacción del deseo que se inició a finales del siglo XIX y que únicamente se aceleró, aunque de manera espectacular, en la década de 1960. Nowak ve la película de 1972 Garganta Profunda como clave del desarrollo. Pero el fenómeno interesante es la creciente demanda de la experiencia sexual, no la capacidad de Hollywood o de la cámara de 16 mm para abastecerla. Un capítulo posterior trata sobre la videocámara como un habilitador sexo, algo que Nowak considera crucial en el desarrollo de la sexualidad americana. Estas secciones tienen un aspecto mecanicista. La guerra hace que la tecnología esté disponible;  la tecnología llega a la calle y satisface la demanda latente.

Son problemas intelectuales relativos a la arquitectura y a la concepción del libro, problemas que no disminuyen mi placer al leerlo y al descubrir la historia completa del horno de microondas o de la leche en polvo. Y Nowak, un experimentado periodista, cuenta estas historias de manera clara y compacta, muchas de ellas relatadas aquí por primera vez. Tomemos un ejemplo, sobre el tema de cómo el porno se ha disparado en Internet: en los Estados Unidos,  “los productores [porno]  recaudaron cerca de 3 billones dólares del total de 5 billones dólares del pastel global del porno en 2006. En 2009, se estima que el 25 por ciento de todas las solicitudes de búsqueda fueron de contenido para adultos, mientras que un tercio de todos los sitios web eran pornográficos, consiguiendo 68 millones de visitas al día  o 28.000 internautas por segundo viendo algún tipo de porno. Hoy en día,  se gastan 89 dólares por segundo en porno” (Lo mismo decía Umberto Eco no hace mucho).

Como confirmación del hedonismo, estos números son impresionantes. Cuando uno piensa cuán limitado era el acceso a material erótico para una persona común en torno a 1850, cuán pocos estímulos visuales había para inflamar la imaginación, vemos que el acceso total e inmediato de hoy a las fantasías más salvajes está convirtiendo a gran parte de la gente en hedonistas exigentes -a quienes sus parejas actuales nunca serán capaces de satisfacer.

Y no se puede negar que la lógica de Nowak de causa y efecto sexual, si se acepta como verdadera, tiene importantes repercusiones para el futuro próximo. La tecnología militar, como ha hecho tantas veces y en una de las consecuencias imprevistas de las que está repleta la historia, va a crear nuevas formas de pasar las horas de ocio. Estas nuevas formas se extenderán y nos atraparán a medida que  amplien el reino del hedonismo. Las líneas maestras de esta nueva narrativa están siendo escritas en las zonas de guerra de Oriente Medio. Como ha ocurrido varias veces en el pasado, esta región es de nuevo un lugar clave de la adaptación tecnológica, pero esta vez por parte de ejércitos occidentales, cuyas mejoras ya han empezado a filtrarse nuevamente en las culturas de los consumidores de sus países de origen. “Los recientes conflictos en Oriente Medio”, dice Nowak, “son quizás el mejor ejemplo hasta la fecha de esta dualidad terrible de la tecnología militar: mientras que los nuevos instrumentos de guerra y las armas causan un tremendo dolor, sufrimiento y penurias a un grupo de personas, también crean prosperidad, comodidad y confort para los demás”.

El uso de las guerras de Irak y Afganistán como laboratorios para la guerra aérea automatizada, en forma de aviones no tripulados armados, ya es familiar para la mayoría de nosotros, gracias al flujo diario de noticias.  Lo que es menos familiar, excepto para los lectores que hayan visto la ganadora este año del Oscar, En tierra hostil, es el aumento del empleo de vehículos terrestres no tripulados, en forma de robots de reconocimiento y de colocación de explosivos. “En 2004, las fuerzas estadounidenses tenían 162 robots en Irak y Afganistán; a finales de 2008, tenían más de seis mil”, señala Nowak. Aunue las empresas civiles, especialmente en Japón, están ancabezndo la mayor parte de la publicidad sobre nuevos tipos de robots –los más famosos son los ASIMO de Honda que parecen humanos  y los AIBO de Sony que imitan a los perros-,   Nowak sostiene que se trata principalmente de proyectos de prestigio empresarial cuyo alto costo hace que su uso práctico sea muy limitado para los consumidores. En su lugar, serán los derivados de los robots americanos de guerra los que tendrán el mayor efecto práctico, y puede que la industria del sexo esté entre las primeras en sacar ventaja de las oportunidades de un mercado virgen. Al igual que los avances en inteligencia artificial se aplican a la creación de artilugios que realzan la sensación del tacto, la industria de la pornografía organizará sus considerables recursos empresariales para alcanzar un nuevo nivel de realismo artificial.

De hecho, la trayectoria tecnológica desde las zonas de guerra de Oriente Medio a las cavidades interiores de las habitaciones occidentales puede ser sorprendentemente directa, como Nowak sostiene, pero, como antes, es difícil de establecer como afectarán las formas de esta nueva ronda de cambios tecnológicos a nuestras relaciones, más allá de la sugerencia de que la prostitución al viejo estilo podría quedar diezmada tras la estela de robots del sexo. Lamentablemente, gran parte del último cuarto del libro se deteriora en una especie de baturrillo de temas que aparentemente interesaron a Nowak en un momento u otro,  sin conexión coherente con el argumento. En un capítulo sobre el origen de los videojuegos, el protagonista principal es William Shockley, el pensador eugenésico acusado a menudo de racismo. Inventó semiconductores para los los laboratorios Bell. Es intrigante. A pesar de la huella de estos videojuegos en los jóvenes, el fenómeno realmente interesante es la erosión de la totalidad de la cultura impresa que estos electrones en movimiento han precipitado. Nos gustaría oír más sobre el asunto en un libro como éste.

(…)

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