Carlo Ginzburg: desenredar lo verdadero

Decíamos hace unos días que estaba a punto de aparecer la traducción de El hilo y las huellas, de Carlo Ginzburg, incluso aprovechábamos para recoger el adelanto publicado.  Ahora ya es definitivo y así empieza la introducción, tan magistral como siempre:

“1. Los griegos cuentan que Teseo recibió, como regalo de Ariadna, un hilo. Con ese hilo se orientó en el laberinto, encontró al Minotauro y le dio muerte. De las huellas que Teseo dejó al vagar por el laberinto, el mito no habla.

Lo que mantiene unidos los capítulos de este libro, dedicados a temas muy heterogéneos, es la relación entre el hilo –el hilo del relato, que nos ayuda a orientarnos en el laberinto de la realidad– y las huellas. Hace mucho tiempo que trabajo de historiador: intento relatar, valiéndome de huellas, historias verdaderas (que algunas veces tienen por objeto lo falso). En nuestros días, ninguno de los términos de esta definición (relatar, huellas, historia, verdadero, falso) me parece indiscutible. Cuando empecé a aprender este oficio, hacia finales de los años cincuenta, la actitud prevalente en la corporación era completamente distinta. Escribir, contar la historia, no era considerado un tema de reflexión serio. Recuerdo una única excepción: Arsenio Frugoni, que por momentos en sus seminarios pisanos regresaba, como más tarde comprendí, al tema del carácter subjetivo de las fuentes narrativas que había afrontado pocos años antes en su Arnaldo da Brescia. Frugoni me propuso –yo cursaba el segundo año de la facultad– preparar un coloquio acerca de la escuela de los Annales; empecé a leer a Marc Bloch. En su Apología para la historia o el oficio del historiador di con una página, la cual –sin que yo tomara plena conciencia de ello– me ayudó a reflexionar acerca de las huellas mucho tiempo después.  Pero en esos años los historiadores tampoco hablaban de huellas.

2. Aludo a ese clima para explicarme a mí mismo la irracional euforia que sentí cuando escribí las primeras frases de mi primer libro. Me parecía que los documentos que tomaba como base para mi trabajo –actas de procesos de la Inquisición– abrían una gama muy amplia de posibilidades narrativas. La tendencia a hacer experimentos en ese sentido, indudablemente suscitada también por mis orígenes familiares, encontraba en las fuentes un impulso y un límite. Sin embargo, estaba convencido de que entre testimonios, ya sea narrativos o no narrativos, y realidad testimoniada hay una relación que debe ser analizada en cada uno de los casos. Esa convicción sigue existiendo. La eventualidad de que alguien pudiera poner radicalmente en duda esa relación no pasaba siquiera por mi mente.

Todo ello forma parte de la prehistoria de este libro. Durante la segunda mitad de los años sesenta, el clima comenzó a cambiar. Después de algún tiempo, llegó el clamoroso anuncio: los historiadores escriben. Creo haber permanecido, en un primer momento, indiferente a las implicaciones hiperconstructivistas –en efecto, escépticas– de esa revelación. Percibo una evidencia de ello en un tramo del ensayo “Spie” (1979), que sin aludir a eventuales objeciones escépticas se detiene en el nexo entre desciframiento de las huellas y narración.  El giro para mí recién se produjo cuando, gracias a un ensayo de Arnaldo Momigliano, noté las implicaciones morales y políticas, además de cognitivas, de la tesis que en esencia borraba la distinción entre relatos históricos y relatos de ficción. El “posfacio” (1984) que escribí para la traducción al italiano de El regreso de Martin Guerre, de Natalie Davis, registra esta conciencia: tardía, a fin de cuentas.

Quien así lo desee puede empezar este libro por esas páginas. Allí encontrará, delineado de modo sumario, un programa de investigación y su objetivo polémico. Más precisamente, lo contrario: la pars destruens llegaba antes, como acaso suceda en toda oportunidad. Contra la tendencia del escepticismo posmoderno a difuminar la frontera entre narraciones de ficción y narraciones históricas, en nombre del elemento constructivo que las pone en pie de igualdad, proponía considerar el vínculo entre unas y otras como una disputa por la representación de la realidad. Pero antes que una guerra de trincheras, planteaba la hipótesis de un conflicto hecho de desafíos, préstamos recíprocos, hibridaciones. Si las cosas se presentaban en esos términos, no se podía combatir el neoescepticismo mediante la repetición de viejas certidumbres. Hacía falta aprender del enemigo para pelear con él de manera más eficaz.

Son éstas las hipótesis que guiaron, a lo largo de veinte años, las investigaciones que confluyen en este libro.  El significado del desafío lanzado por las “malas cosas nuevas”, como decía Bertolt Brecht, tanto como la elección del campo en el cual hacerle frente fueron esclareciéndose sólo paulatinamente en mí. Hoy en día, los posmodernistas parecen menos estrepitosos, menos seguros de sí; acaso el viento de la moda ya sople en otras direcciones. No importa. Las dificultades surgidas de esa discusión y los intentos de resolverlas subsisten.

(…)”

Y así termina:

“5. De la selva de las relaciones entre ficción y verdad hemos visto despuntar un tercer término: lo falso, lo no auténtico. Lo ficticio que se hace pasar por verdadero. Es tema que causa incomodidad a los escépticos, porque presupone la realidad: esa realidad externa que ni siquiera las comillas logran exorcizar. Por supuesto, después de Marc Bloch (Los reyes taumaturgos) y Georges Lefebvre (El gran pánico de 1789) nadie pensará que sea inútil estudiar leyendas falsas, acontecimientos falsos, documentos falsos. Pero una toma de posición preliminar sobre su falsedad o autenticidad es, cada vez, indispensable. Al respecto, en torno a los tan reputados Protocolos antisemitas, nada tengo que agregar. Me limité a leer a la par los falsos Protocolos y su principal fuente, el diálogo imaginario de Maurice Joly. De ese cotejo afloran, además de mucha pésima cosa vieja, también algunas “malas cosas nuevas”: verdades desagradables sobre las cuales vale la pena reflexionar.

Los historiadores –escribió Aristóteles en Poética, 51b– hablan de aquello que ha sido (lo verdadero); los poetas, de aquello que podría haber sido (lo posible). Pero desde luego, lo verdadero es un punto de llegada, no un punto de partida. Los historiadores (y, de un modo distinto, los poetas) hacen por oficio algo propio de la vida de todos: desenredar el entramado de lo verdadero, lo falso y lo ficticio que es la urdimbre de nuestro estar en el mundo.

Bolonia, diciembre de 2005″.

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