Las políticas de la memoria: uso y abuso

No hace nada, Sergi Doria entrevistaba a Andreas Huyssen para la revista Barcelona Metrópolis (M). Pasadas unas semanas, nos tropezamos con otra que se publica en Eñe, el suplemento de Clarín (C).  Así que mezclemos un poco:

Foto: Pere Virgili (Barcelona Metrópolis)

¿Cuáles son los lazos entre este culto de la memoria actual y la modernidad? (C)

La modernidad de los siglos XIX y XX en Occidente estuvo energizada por la imaginación de otros futuros. Evidentemente aquellas exuberantes promesas utópicas fueron rotas. En un registro amplio, leo el boom contemporáneo de la memoria, que trata sobre mucho más que sólo el trauma histórico, como una reacción a esta pérdida de futuros utópicos.

Cuando abordamos la memoria, ¿no es inevitable caer en cierta mitificación romántica del pasado visto como paraíso perdido? (M)

La difusión geográfica de la cultura de la memoria es tan amplia como variados son sus usos políticos, con la movilización de pasados míticos. Por ejemplo, el mito heroico francés de la Resistencia entró en crisis en los años ochenta cuando salió a la luz el pasado del presidente Miterrand. La historia se había reinventado y frente a esa reinvención, las discusiones públicas sobre la memoria son decisivas. No existe ninguna historiografía que no presente un ingrediente mítico. La historiografía depende de su narración, aunque conviene marcar las diferencias entre materiales históricos y la ficción: es una de las encrucijadas que se plantean a toda política de la memoria. Lo real puede ser “mitologizado”, de la misma manera en que lo mítico puede engendrar fuertes efectos de realidad. En suma, la memoria se ha convertido en una obsesión de monumentales proporciones en el mundo entero.

¿Por qué se interesó por el caso argentino? (C)

Fue mi trabajo sobre la memoria del Holocausto en Alemania y posteriormente en un contexto internacional lo que primero me trajo a la Argentina en los años noventa. Sin mi implicación en el tema de la política de la memoria en la Argentina pos dictadura no hubiera podido formular mis argumentos sobre la transnacionalización del discurso del trauma y los desplazamientos de la memoria del Holocausto en otras situaciones históricas no relacionadas.

Ha hablado de “Memory boom”. Si se promulga una Ley de Memoria Histórica desde el poder político, se corre el riesgo de establecer un guión ideológico como sucede en España con la Guerra Civil… (M)

Las políticas de la memoria, cada vez más fragmentadas en los específicos grupos sociales y étnicos en conflicto, dan lugar a preguntarse si acaso todavía son posibles las formas consensuadas de la memoria colectiva. Yo pienso que siempre habrá una batalla en torno a la memoria histórica. No podemos tener una memoria colectiva porque no funciona. Y lo que existe en España y en otros países del mundo son memorias en conflicto, porque en el discurso público se ha impuesto una jerarquización de estas memorias. Y establecer jerarquías en la memoria es muy malo. Si una ley admite en su preámbulo que la memoria es privada y se promueve desde el Estado, es una contradicción, un absurdo. En Norteamérica se enfrenta la memoria judía del Holocausto con la de la esclavitud. En España, el debate de la memoria histórica ha tardado años en manifestarse en público. Y no es porque no hubiera una extensa bibliografía sobre el franquismo y la Guerra Civil. Pero en los años ochenta, con la amenaza de golpe militar, nadie se planteaba llevar el debate más allá de los estudios históricos. En todo caso, el discurso sobre la memoria histórica traumática ya no se puede limitar a un país y sus fronteras. Al igual que el propio discurso de trauma, aquél se ha convertido en algo fundamentalmente palimpséstico y reiterativo, hasta el punto de que los distintos discursos de la memoria histórica se entrecruzan y solapan en todo el mundo traspasando fronteras y rebotando unos contra otros, ocultando y olvidando en ocasiones la propia memoria histórica o, en otras, reforzándola.

La denominación “memoria histórica”… ¿no le parece un oxímoron? (M)

¡En eso no estoy de acuerdo! Ese argumento sustenta el discurso de los historiadores tradicionales, que reduce la memoria a un apéndice más de la historia. Según eso, la historia es objetiva y la memoria subjetiva, la historia colectiva y la memoria individual; la historia científica y la memoria emocional… Pero eso, para mí, es reducirlo todo a ideología. El egiptólogo alemán Jan Assmann creó un término, la “mnemohistoria”. Decía que las culturas no sólo tienen historiografía, sino también memorias comunicativas y culturales que se articulan de forma distinta… Desde esa perspectiva no tiene sentido la oposición radical de historia versus memoria. Siempre mantendrán una dependencia recíproca.

¿Cuál es la peor dificultad derivada de un uso abusivo de políticas llamadas de la memoria? (C)

Hay varios peligros: el primero es que la memoria simplemente reemplace u olvide la justicia. Sin embargo, en algunas situaciones políticas determinadas, la justicia puede ser difícil de conseguir para una total satisfacción de las partes perjudicadas. En ese caso el discurso de la memoria puede todavía funcionar como un sustituto con importantes efectos sociales. Se ha dicho que los monumentos y las disculpas son rituales abortivos. Pero peor que tener una memoria ritual es no tener memoria. Otro peligro es que una política de la memoria degenere en “victimología” y una competencia por la memoria entre distintos grupos. Un tercer peligro es que el reclamo acerca de que las políticas de la memoria puedan ser abusivas solamente sirva para la causa del olvido. En ese caso el reclamo sobre los abusos de la memoria es, él mismo, un abuso.

Respecto a la superproducción de memoria histórica, afirma usted que, al ritmo actual, pronto quedará poco que recordar… (M)

En este momento el pasado vende mejor que el futuro. Me pregunto hasta cuándo durará esta comercialización cultural de la memoria. También parece plausible preguntarse si, una vez haya pasado el Memory boom, quedará alguien que recuerde algo. El aspecto positivo es que la memoria se ha hecho trasnacional con la creación de tribunales internacionales o la denuncia del juez Garzón contra Pinochet; también influye en el trabajo de las oenegés o las comisiones de la verdad en Sudáfrica, Guatemala o Camboya. Todo esto hace que los gobiernos sepan que han de dar cuenta de sus actos y ser responsables, lo que supone un cambio sustancial en la política mundial si lo comparamos con lo que sucedía en los años setenta y ochenta… Aunque, por desgracia, siguen habiendo excepciones como el genocidio de Darfur.

En sus ensayos constata una globalización del discurso del Holocausto desde los años ochenta… (M)

En la serie de aniversarios de la época hitleriana, los genocidios en Ruanda, Bosnia y Kosovo mantuvieron vivo el discurso sobre la memoria del Holocausto, que se convirtió en tropos universal para funcionar como una metáfora de otras historias traumáticas. Así, el discurso del Holocausto se trasladó, por ejemplo, a la Comisión Nacional Argentina sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). Su recopilación de testimonios de 1984 se titulaba Nunca más. Con esa referencia de una frase del Holocausto proporcionó las bases simbólicas y empíricas para el juicio posterior de la junta de generales en 1985. ¿La situación argentina era exactamente igual que el Holocausto judío? No lo era, porque ese episodio no tenía nada que ver con la religión o la raza, sino con la campaña paranoica de los militares contra la guerrilla izquierdista. Pero, en aquel momento, la referencia era tal vez necesaria para poner en evidencia los crímenes de estado.

¿Y cuáles son las dificultades del uso extendido del Holocausto como tropo universal del trauma histórico? (C)

Los casos de historias traumáticas no son nunca iguales; así y todo las comparaciones son necesarias siempre y cuando no se afirme la identidad. Son necesarias las comparaciones para fortalecer los derechos humanos alrededor del mundo. Es sólo desde 1989 que el Holocausto ha funcionado productivamente como prisma para sensibilizar a la opinión pública respecto al terror de Estado en América Latina, la depuración étnica en los Balcanes o el genocidio en Ruanda. La comparación con el Holocausto le dio dramatismo a casos específicos; pero usualmente la comparación sólo consistió en el uso de una cierta retórica, tropos estándares, imágenes y referencias a precedentes legales. Por supuesto el uso extendido del Holocausto como un tropo universal está basado en la Convención sobre el Genocidio y la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. Problemático es que en la jerarquía del sufrimiento, el Holocausto ahora ocupa la posición más elevada, en especial cuando se alega su unicidad y su imposibilidad de comparación, de manera frecuente para apoyar intereses políticos específicos. Tales alegatos de unicidad han llevado a una política de resentimiento por parte de otros grupos, en especial en los debates pos coloniales. Es interesante notar que una competición por la memoria de tal clase no existió en el período inmediato después de la Segunda Guerra Mundial; el verdadero período de descolonización (por ejemplo en la obra de W.E. Dubois, Hannah Arendt, Aimé Césaire) cuando la destrucción de la comunidad judía europea fue relacionada con las prácticas coloniales e imperiales en África o en el Caribe. Puede ser útil recuperar esta historia para superar la insidiosa jerarquización del sufrimiento.

Analiza en su obra lo que llama “marketing masivo de la nostalgia”… (M)

Si existe toda una industria cultural en torno al Holocausto cuando se abordan pasados traumáticos, también hay una moda de la nostalgia…

Y una “nostalgia de las ruinas”, según sus propias palabras… (M)

El deseo nostálgico por el pasado es, siempre, deseo de otro lugar. Por eso la nostalgia puede ser una utopía invertida. La ruina arquitectónica despierta la nostalgia porque combina de modo indisoluble los deseos temporales y espaciales del pasado. Sospecho que esa obsesión por las ruinas encubre la nostalgia por una etapa temprana de la modernidad, cuando todavía no se había desvanecido la posibilidad de imaginar otros futuros.

A pesar de ese exceso de teorización y debate sobre la memoria que Ud. señala, ¿qué líneas generales de argumentación le parecen las más interesantes? ¿qué preguntas no han sido formuladas y cuáles quedan por responder? (C)

Lo que más me interesa en este punto es establecer relaciones más cercanas entre el discurso de la memoria y los debates acerca de los derechos humanos; dos campos de investigación que han permanecido demasiado separados uno del otro a pesar de que la ligazón es obvia en el mundo real de juicios y comisiones por la verdad. Conectando las políticas de la memoria con las políticas de los derechos humanos, ambos con sus puntos fuertes y débiles, podríamos ir más allá del callejón sin salida de los estudios sobre la memoria que en soledad no producen en definitiva demasiada ganancia cognitiva.

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