La historia del capitalismo

Alan Ryan, especialista en el liberalismo político que desempeña su magisterio en Princeton, evalúa para Literary Review la última obra de Joyce Appleby: The Relentless Revolution: A History of Capitalism (Norton, 2010).

A Thomas Jefferson se debe una famosa frase según la cual nadie sin un estómago fuerte debería contemplar cómo se hacen las salchichas ni la forma en que un Parlamento alaboran las leyes. Los últimos meses le han dado la razón. Ryan alude para demostrarlo al caso de los EE.UU., pero una mirada a la vieja Europa no haría sino abundar en eso mismo

Por otra parte, la relación de todo lo ocurrido con el volumen de Joyce Appleby es muy directa. El libro es un relato vivo, bien escrito, ecuánime y muy convincente sobre los orígenes, el auge  y la dudosa situación actual del orden económico capitalista. Se inicia en la Edad Media europea y termina a la vuelta de la esquina – a finales de 2008, cuando nadie se aventuraba a asegurar si las operaciones de rescate reharían el descosido. Su conclusión pesimista es que el capitalismo norteamericano no sólo está metido en un berenjenal, sino que ha sido un desastre durante treinta años y que amenaza con nefastas consecuencias sociales y económicas,  a menos que el sistema político estadounidense se muestre más capaz de lo que ahora parece para afrontar grandes fallos sistémicos.

Joyce Appleby es una reputada historiadora social y económica, recientemente retirada de la Universidad de California-Los Angeles. Ha escrito sobre  el pensamiento económico británico en el siglo XVII, pero es más conocida por su trabajo sobre los primeros años de la república norteamericana, sobre Jefferson y sobre las tensiones habidas en esos primeros años entre el impulso de América por enriquecerse y la necesidad de establecer una república inusualmente incorrupta, a la altura de los estándares que profesaban los romanos. Ella es radical y escéptica, ni mucho menos marxista, pero sí tiene algo del antiguo populisto,  creyendo con razón que a menos que la gente común use el sistema político para controlar a los ricos y poderosos, recibirá mucho menos de lo que justamente le corresponde en el reparto del pastel social.

Es un gran admiradora del empuje,  el vigor, la imaginación y la persistencia, lo que significa que se trata de una historia que no sólo celebra los logros del capitalismo – en particular, su extraordinario desarrollo de la productividad humana – sino sus sueños. Así que, lanzándose a hacer un meticuloso retrato de Rockefeller, Vanderbilt, Carnegie, Zeiss, Krupp y otros, observa, “Estos hombres no sólo hicieron grandes fortunas: fueron pioneros de las industrias que iban a dominar su tiempo: ferrocarriles, acero, petróleo, herramientas eléctricas, aparatos científicos, productos farmacéuticos y colorantes”. Los denomina “héroes (Swashbuckling) de  empresa”, y con razón.

El sueño más grande, por supuesto, se halla en los albores del capitalismo. Appleby insiste en que el capitalismo es más difícil de explicar de lo que muchos suponen, aunque hay otros que produjeron elaboradas explicaciones de sus orígenes -sobre todo Marx –  que exageraban algunas de sus características de exclusión. En su opinión, ni el excedente monetario, ni el conocimiento científico ni los conocimientos técnicos son suficientes por sí mismos; esto, por supuesto, tiene resonancias actuales como reproche al optimismo de los políticos y gestores norteamericanos que, a raíz del colapso del comunismo, pensaban que todos los demás países del mundo anhelaban ser como los Estados Unidos, prestando muy poca atención a las condiciones culturales que hacen posible el capitalismo. Tal como ella lo ve, tampoco los escritores han estado siempre lo suficientemente atentos a la diferencia entre lo que se necesita para conseguir que se establezca el capitalismo y lo que se necesita para mantenerlo en marcha. Entre otras cosas,  es claramente incompatible con la naturaleza humana trabajar ocho, diez o catorce horas al día en tareas aburridas y repetitivas; una vez que el capitalismo estuvo firmemente arraigado,  se convirtió en la jornada de trabajo normal, pero no es de extrañar que los trabajadores encontraran la transición profundamente perturbadora.

La singularidad de los orígenes del capitalismo es quizá que había pocos motivos para que el capitalismo no hubiera empezado en los imperios romano o  helenístico o en las ciudades-estado italianas dos siglos antes de lo que lo hizo. La gente compraba y vendía con ganancia; la tecnología de la Europa del siglo XVI era poco más avanzada que la del Principado romano en el momento del nacimiento de Cristo;  la técnica de mover dinero por medio de letras de crédito es bien conocida. ¿Cuál fue el cambio cultural que hizo posible pasar del ánimo de lucro de los comerciantes, que compraba barato y vendían caro pero que no hicieron nada por transformar lo que compraban y vendían, al ánimo de lucro de los capitalistas, que desplegaron sus recursos para producir?. Es sumamente difícil de decir.

Los héroes culturales son ante todo los holandeses, y el humilde arenque cuya abundancia en el Mar del Norte les permitió prosperar más allá de esa pesquería  les enseñó las artes de la construcción de barcos y la navegación, conduciéndoles más allá del Mar del Norte,  hacia el establecimiento de un imperio marítimo por delante de los británicos. Pero fue el comercio del lujo lo que permitió que su economía despegara, y las instituciones financieras que ese comerció diseminó les permitió invertir con miras a un crecimiento económico continuo. En un momento en el que pocos europeos podían pedir dinero prestado a menos del 12 por ciento,  las tasas de interés de los neerlandeses se mantuvieron al 4 por ciento durante años.

Al final, por supuesto, los británicos  rebasaron a los holandeses, y luego los americanos y los alemanes superaron a los británicos, y con cada cesión del testigo a un nuevo líder la naturaleza del capitalismo cambió. Todo esto está descrito con gran brío y permite una muy buena lectura.  Lo que hace que este volumen sea algo más que una celebración del ingenio humano y la productividad son tres temas que proporcionan una buena dosis de sombra en una historia de luz y tinieblas. El primero es un fuerte sentido de la medida en la que el aumento de la productividad se ha basado en la explotación de combustibles fósiles que eventualmente se agotarán, y cuya combustión puede hacer la tierra inhabitable en el futuro; el segundo es el énfasis en los efectos desastrosos del imperialismo, tanto sobre aquellos que fueron colonizados, esclavizados  y embrutecidos de otras maneras,   como sobre los europeos que lucharon en dos guerras mundiales; y el último es que los historiadores son buenos y que los economistas, por lo general, no, lo cual supone equilibrar lo económico y lo político. El libre mercado es una tremenda fuerza para el bien, pero es impulsada por el interés privado; eso produce todo tipo de efectos secundarios de los que el interés privado se despreocupa  y que sólo un gobierno bien organizado, con espíritu de servicio público y políticamente inteligente puede tratar. Si, como ha ocurrido con los Estados Unidos,  los intereses privados, estrechos de miras, tienen éxito en socavar la capacidad del gobierno para hacer su trabajo, todo el mundo lo hará mucho peor de lo que debería.

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Véase también la reseña de Stephen Mihn para  el New York Times.

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Como contrapartida, “La grande histoire du capitalisme“, el número especial (11, mayo-junio de 2010) que Xavier de la Vega  compone en Sciences Humaines.

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