Recorte en las universidades

Anthony Grafton escribía hace ya algunas semanas un breve en el blog de la NYRB. Lo titulaba “Britain: The Disgrace of the Universities”, pero su análisis no revelaba un problema exclusivamente británico. Como se verá, su denuncia es genérica y alude al imparable recorte que les espera a las humanidades en un mundo que se rige por términos como gestión, rentabilidad, impacto, etcétera:

Las universidades británicas se enfrentan a una crisis de la mente y del espíritu. Durante treinta años, los políticos conservadores y laboristas, los burócratas y los “administradores” han cercenado los fundamentos tradicionales de la vida académica. A menos que las políticas y prácticas  cambien muy pronto, el daño será imposible de remediar.

Como “ocasional estudiante” en el University College de Londres a principios de la década de 1970 y visitante regular del Instituto Warburg, en Oxford, y de Cambridge después,  envidiaba –al igual que otros muchos humanistas americanos–  lo que se enseñaba  en las universidades británicas. Nosotros eníamos despachos con suelos revestidos de linóleo;  ellos tenían habitaciones con alfombras. Nosotros trabajábamos con escritorios; ellos se sentaban con sus estudiantes en cómodas sillas y les daban copas de jerez. Sobre todo, nos sentíamos constantemente presionados para hacer las cosas de la forma más novedosa posible,  y demostrar al mundo que lo estábamos haciendo: ser infinitamente innovadores e interdisciplinarios y trabajadores.

Los humanistas británicos innovaban demasiado. Edward Thompson y Eric Hobsbawm, Frances Yates y Peter Burke, así como muchos otros, formularon nuevas maneras de mirar la historia para mi generación. Pero los académicos británicos siempre admitieron, algo que nosotros a veces no hicimos, que es vital preservar y actualizar nuestras disciplinas tradicionales y las formas de conocimiento: las lenguas, la interpretación precisa de los textos y las imágenes y objetos, el análisis filosófico riguroso y la argumentación. De lo contrario, todo el trabajo interdisciplinario sexy sólo producirá un goteo de tonterías a la moda.

Había una sensación de Slow Food en la vida universitaria británica, basado en un consenso según el cual la gente debía tomarse su tiempo para hacer que sus  artículos o libros fueran tan densos y ricos  como fuera posible.  Las buenas universidades de los Estados Unidos nunca fueron exactamente una Fast Food Nation, pero sin duda se sentía la presión de producir, de forma regular y rápida. Por el contrario, Michael Baxandall pasó tres años en el Instituto Warburg, trabajando en la colección de fotografías y sin acabar ninguna tesis, y varios más como lecturer, más tarde, pero sólo esc ribió unos pocos artículos. Luego, en 1971 y 1972, produjo dos brillantes libros  interdisciplinarios, que transformó el estudio del humanismo y del arte del Renacimiento, obras que permanecen como referentes hoy en día y que sólo fueron el comienzo de una gran carrera. Gertrud Bing, E.H. Gombrich, J. B. Trapp  y A.M. Meyer, que administraron el Warburg en aquella época, supieron ser pacientes. Sus resultados hablan por sí mismos.

Desde la llegada de Margaret Thatcher en adelante, la presión ha aumentado. Las universidades han tenido que demostrar que valen. Los administradores y los presidentes (rectores) han empujado a l0s centros a obtener ayudas y a publicar y a recompensar a aquellos que lo hacen con más éxito con períodos sabáticos y otros privilegios que los profesores americanos sólo pueden soñar. El ritmo de producción es alta, pero el pacto social entre los profesores se ha deshilachado. En el último bienio, la presión ha sido más fuerte que nunca. Los presupuestos se han reducido, y las universidades se han apretado el cinturón para hacer ajustes. Ahora se enfrentan a enormes recortes adicionales en los próximos tres años, a menos que, como es probable, los conservadores accedan al gobierno, en cuyo caso el recorte puede ser aún más profundo.

En su mayoría, los administradores no han respondido resistiendo, sino tratando de demostrar que pueden “hacer más con menos”. Para explicar la forma en que pueden cuadrar este círculo, hacen declaraciones usando el lenguaje orwelliano,  del tipo de  “planificación estratégica”. Un típico documento de planificación, del King’s College de Londres, explica que la institución debe “crear actividad académica financieramente viable desinvirtiendo en áreras que están a nivel sub-crítico sin ninguna perspectiva realista de la inversión adicional”.

Las realidades que esta nube de tinta esconde imperfectamente son tan feas como era de esperar. Los humanistas que trabajan en manuscritos antiguos o en idiomas o escriben sobre la historia premoderna o se las ven con temas difíciles en semántica no siempre obtienen un impacto inmediato ni consiguen grandes cantidades de dinero en subvenciones, incluso aunque otros estudiosos de todo el mundo dependan de sus estudios. Si no se ve la utilidad de su trabajo, ¿por qué no eliminarlos? Entonces uno tiene espacio para cosas que dan resultados inmediatos.

En el King’s College de Londres, el responsable de artes y humanidades ya ha informado a sus profesores mundialmente famosos -uno, David Ganz, dedicado a la paleografía, el estudio de las escrituras antiguas; y dos en filosofía– de que sus plazas serán canceladas al final del año académico. Los tres son especialistas notables que han formado estudiantes notables. La paleografía -por tomar el campo que mejor conozco-  se ocupa del estudio de los textos como la arqueología trata las ciudades y templos. Loa paleógrafos sientan las bases sobre las que otros humanistas constryen. Les dicen a los historiadores y a los estudiosos de la literatura qué textos fueron escritos, cuándo y lo que dicen, qué  escritura se utilizaba, dónde, por qué y por quién. Formarse en el análisis de los manuscritos es fundamental para los mundialmente famosos programas sobre estudios medievales, que se encuentran entre las glorias del King’s College. Esa es la razón por la que Jeffrey Hamburger, historiador de arte de Harvard, que es uno de los principales expertos mundiales en los manuscritos medievales, ha ayudado a organizar una campaña mundial para revertir la decisión. (Del mismo modo, el filósofo de Chicago Brian Leiter ha dado a conocer los recortes en filosofía en su muy leído blog ).

Los recortes nose van a detener con las primeras víctimas. En el King’s, el resto de miembros de la facultad de artes y humanidades se van a ver obligados a solicitar de nuevo su puesto de trabajo. Cuando  haya terminadola evaluación, alrededor de veinte y dos de ellos se tendrán que abandonar la casa. Incluso las declaraciones oficiales señalan que estos miembros cesarán no porque hayan dejado de hacer investigación básica o de enseñar con eficacia, sino porque sus campos no están de moda y no atraen dinero. Ante las críticas, el director de King, Rick Trainor, se queja de que los profesores extranjeros no se dan cuenta de los problemas financieros a los que ha de hecer frente. Está equivocado. Todos nos enfrentamos a nuevas presiones financieras drásticas.

Pero apreciamos un principio que parece eludir el Sr. Trainor –así como sus colegas de Sussex, que han tomado medidas similares, y los administradores de Londres, que parecen empeñados en convertir el Warburg Institute de un centro de investigación único, con sus montones de tesoros únicos accesibles para todos los lectores, en un almacén de libros. Las universidades existen para descubrir y transmitir conocimiento. Estudiosos y profesores prestan esos servicios. Los administradores protegen y cuidan a los eruditos y profesores: les dan la seguridad, los recursos y las posibilidades de camaradería y debate que hacen posible un trabajo serio. Apuntar contra profesores excelentes no es una táctica inteligente de “desinversión”, es una pérdida catastrófica.

En realidad, ¿son los salarios de los docentes la principal fuente de la presión sobre el principal? Los documentos oficiales redactados en la jerga vaga del management son difíciles de descifrar. El novelista e historiador del arte Iain Pears indica que el King’s ha reunido en los últimos años un “equipo de ejecutivos con la cara gerencia que corresponde a un grupo de retintín multi-nacional, con dos funcionarios ejecutivos y un director de información”.  El college tuvo 33,5 millones de libras en costes administrativos en 2009, y ahora está reclutando activamente más altos directivos. Estas cifras no evidencian la pasión por el ahorro. Por otra parte, el responsable de artes y humanidades propone nombrar a varios nuevos miembros del personal, aunque han despedido a otros. Esa gestión pretende probablemente ahorrar dinero, pero definitivamente lo que quiere es instalar sus propias prioridades y sus propias personas, sin importar el coste humano e intelectual.

Las universidades se convierten en una gran inversión a largo plazo. Uno elige los mejores estudiantes y profesores que puede y les da los recursos y el tiempo para pensar detenidamente sobre los problemas. A veces un profesor ayudante se convierte en El dueño de la historia (History Man) de Malcolm Bradbury, atroz, elocuente, superficial; a veces deviene un Michael Baxandall. Nadie sabe bien por qué sucede esto. Sabemos, sin embargo, que convertir la universidad en la Oficina producirá más “dueños de la historia” (History Men) que estudiosos como Baxandall.

Si se acepta el corto plazo como estándar -apoyando sólo lo que los estudiantes quieran estudiar en este momento y lo que los organismos externos quieren financiar ahora-,  se pierde el futuro. Los asuntos y métodos que más importarán en los próximos veinte años son a menudo esos que ahoranadie valora mucho. La formación lenta ( Slow), como la Slow Food, es más profunda, más rica y más nutritiva que la cosa rápida. Pero necesita más tiempo y, para hacerla bien, tenemos que contratar a gente excéntrica que insiste en hacer las cosas a su manera. Los británicos solían saberlo, pero ahora nos han superado en el camino hacia el otro extremo.

En este punto, las universidades americanas superan a  las británicas en financiación a la vieja usanza.   Pocos de nosotros envidian ya a nuestros colegas británicos. Pero nos muestra cómo sopla el viento. El lenguaje que habla de “impacto” y de “inversión” se torna familiar. En Iowa, en Nevada  y en otros lugares se habla del cierre de departamentos de humanidades. Si empiezas a escuchar neologismos como “clusters de excelencia sostenible”, hay que tener cuidado. Iremos siguiendo a los británicos en su corto camino hacia McDonald’s.

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4 Respuestas a “Recorte en las universidades

  1. Si, una pena lo de los paleontologos, pero otros estudios y otras perspectivas tambien necesitan sitio. Si el estudio de Asia o de Africa, o la historia medioambiental significan reducir el número de profesores de Latin, lo siento, pero será necesario mirar adelante.

    • Es evidente que a veces hay que hacer sacrificios, repartiendo las miserias. En todo caso, esperemos que haya lugar para todos, incluidos los paleógrafos.

  2. Hace unos meses me habría opuesto a esta política que tiende a buscar la eficacia y los resultados en disciplinas humanísticas. Después de participar en varios blogs de filosofía he llegado a la conclusión de que la apatía y el trabajo funcionarial amenazan con destrozar a la propia disciplina (la filosofía siempre ha sido para mí amor a la vida, a la alegría, y en los blogs en que he participado he encontrado indiferencia, falta de opiniones, rutina, ausencia de di-álogo). Por ello tengo que dejar de defender a ESTA filosofía sin con ello apoyar al conservadurismo y el neo-liberalismo

  3. Pingback: Académicos del mundo, uníos! « Clionauta: Blog de Historia·

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