Visiones del imperio británico

1. Como dijo Maya Jasanoff en The Guardian, no faltan historiadores que hayan hecho la crónica de cómo, entre 1750 y 1850, Gran Bretaña  emergió como la primera potencia imperial del mundo. Aún así, se reescribe continuamente ese pasado imperial o se buscan nuevas formas de comprenderlo. Lo hace, por ejemplo,  Holger Hoock en Empires of the Imagination: Politics, War, and the Arts in the British World, 1750–1850. (Londres, Profille, 2010), intentando explicar un cambio paralelo: ¿cómo pasó Gran Bretaña de ser un “relativo remanso artístico” a cnvertirse en “primera potencia cultural en Europa”? Las respuestas, sugiere Hooc , derivan de la íntima relación  que se establece entre “la cultura del poder y el poder de la cultura”.

De ese modo, Empires of the Imagination proporciona un panomámico (aunque estructurado algo torpemente, a juicio de Jasanoff ) grang tour por los  principales lugares de la actividad cultural británica e imperial, desde América del Norte al Mediterráneo, pasando por Oriente Medio y la India. Se abre con la caída de las fortunas británicas con la revolución americana, una guerra civil imperial que amenazaba con destruir el mundo británico. Pintores de historia, el más famoso de los cuales fue  el norteamericano Benjamin West, produjeron con éxito imágenes patrióticas que ayudaron a unir a una nación dividida. Junto a estas visiones en rojo-blanco-azul de lo británico, tomó forma otro repertorio, bajo las formas del cremodo mármol de los monumentos funerarios. Durante las guerras revolucionarias francesas, las iglesias se llenaron por doquier de testimonios esculpidos al sacrificio de los hombres. Incluso la de San Pablo fue declarada  en 1791 el “Templo de la Fama británica”,  siguiendo el modelo explícdito del Panteón de París, para conmemorar los héroes caídos y celebrar los valores nacionales.

(…)  Una y otra vez, los intereses diplomáticos y culturales británicos fueron convergentes, desde Sir William Hamilton, que comenzó a recoger vasos griegos como enviado en Nápoles en la década de 1760, al cónsul de El Cairo, Henry Salt, uno de los primeros excavadores importante en el Nilo; o al viajero y  diplomático victoriano Austen Henry Layard, quien introdujo al público británico en los restos de la antigua Asiria. El Museo Británico, que adquirió los objetos de todos estos hombres, es en sí mismo y por excelencia una asociación público-privada, originado en una colección privada legada a la nación  y establecido por una ley del Parlamento.

La parte pública de estas asociaciones a menudo ha sido minimizada por los historiadores, que retratan el esfuerzo cultural británico como un asunto de aficionados. Los críticos poscoloniales podrían atribuir esto a un encubrimiento deliberado de la función del Estado imperial. Pero también tiene que ver con otro rasgo británico, es decir, con un deseo excepcional de distinguirse de la Europa continental. Para los británicos, nada de la pompa ceremonial y las bravatas de los franceses, ni del estilo prusiano de triunfalismo marcial, ni del llamativo despotismo de los Habsburgo. Los británicos eran contenidos, reservados, nunca tan arrogantes.

Al igual que muchas otras auto-percepciones, ésta es engañosa. Hoock demuestra que el Estado británico se parecía en realidad mucho más a sus rivales continentales. Es cierto que fueron los franceses, no los británicos, los que invadieron Italia, con una lista de la compra de obras de arte para el Louvre. Fue Napoleón no, Nelson, quien llegó a Egipto con un equipo de académicos y artistas a registrar y recoger nuevos descubrimientos. Sin embargo, aunque los ingenieros franceses pudieron haber desenterrado trofeos como la Piedra Rosetta, fue el ejército británico el que deliberadamente se los llevó   cuando expulsaron a los franceses de Egipto. Millones de visitantes del Museo Británico se han maravillado con la inscripción trilingüe sobre la Piedra Rosetta. Las palabras grabadas en el lateral – “Tomada en Egipto por el Ejército Británico, 1801″ – cuentan otra importante historia de la rivalidad imperial.

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2. Joanna Lewis excribe en The Times of Higher Education sobre The Empire Project: The Rise and Fall of the British World-System 1830-1970 (Cambridge University Press, 2009), de John Darwin. Para ella, se trata de un volumen esperado en el que se nos presenta una muy amplia visión del imperio británico moderno. Se parte del ” mito de la exuberancia”, tal como hoy se aplica al ver a la Gran Bretaña del pasado como una potencia imperial hegemónica. Pero Darwin aparta la cortina para revelar que no hay patrón ideológico; ninguna lógica que lo estructure;  nada de inevitable en el extraordinario crecimiento del gran imperio victoriano. Más bien, fue algo no planeado, desordenado a primera vista y siempre creando divisiones entre la opinión pública nacional. Los sucesivos gobiernos, añade, fueron arrastrados al imperio por un pluralismo “caótico” y nunca fueron lo suficientemente fuertes para imponer ningún sistema por su cuenta.

El resultado es un afinado estudio panorámico del Imperio Británico que se aferra una cuestión espinosa: la compleja relación entre Gran Bretaña como  potencia imperial y Gran Bretaña como potencia mundial, y cómo esas tensiones se entendieron  y se resolvieron (o no).  Porque a pesar de “la mediocridad de sus circunstancias reales”, según señaló Adam Smith, surgió un sistema mundial británico en la década de 1840, que permaneció casi en pleno funcionamiento hasta la Segunda Guerra Mundial.

El argumento central de Darwin es que el Imperio Británico, cuyas piezas más importantes  fueron la metrópoli, la India y los Dominios, fue el núcleo de un sistema mundial británico mucho más grande cuyo destino estaba regido por la economía y la política mundiales. Podía tratar de influirlas;  pero no podía controlar ninguna de ellas. Su enfoque suena muy del siglo 21 en algunos aspectos, con webs de comunicación y redes mundiales de interdependencia. Éstas eran sobre todo navales y militares; comerciales (incluida una vasta propiedad imperial en la década de 1860);  y de movimiento de personas.

Sin embargo, para repartir las mercancías, concluye Darwin, tenían que funcionar tres condiciones geopolíticas: una Asia Oriental pasiva; una Europa equilibrada; unos EE.UU. neutrales. La tesis del imperialismo pasivo de de Darwin queda reforzada aún más con su énfasis en los límites del poder imperial británico. La coacción y el autoritarismo eran de poca utilidad. La cooperación de las élites indígenas, para quienes  formar parte del imperio servía a sus intereses, siempre fue de gran importancia.

Este  sobrio tratamiento del Imperio Británico compite con el revisionismo entusiasta de los historiadores de la derecha, o el sensacionalismo de la historia imperial de la izquierda, que lo ve escandaloso.  En todo caso,  el eterno problema con un enfoque sistémico es que la acción humana puede desaparecer.

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3. Desde Australia, Edward Cavanagh analiza en la revista Borderlands el volumen de James Belich, Replenishing the Earth: The Settler Revolution and the Rise of the Anglo-world, 1783-1939 (Nueva York, Oxford University Press, 2009). Para Cavanagh, James Belich ha producido la más rica y completa historia comparada de colonialismo de los colonos blancos  desde el cambio transnacional de la década de 1990. Por encima de todo, es una historia económica, la de los colonos,  no de los nativos.

Así pues, de trata del libro más ambicioso de James Belich, en el que intenta comprender y explicar esta gran explosión anglo, haciéndolo sin temor ni favor, sin celebrarlo ni negarlo. Asumiendo una literatura impresionante, viéndoselas con nuevos y viejos debates, Belich descarta la excepcionalidad regional en favor de una explicación meta-histórica y categórica de la “Revolución de los colonos “: el establecimiento y la expansión de las sociedades de colonos en los Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica.

El libro se divide en tres partes.  La primera es un resumen de su tesis y una explicación de la migración, en la que se redefinen viejos conceptos y se defienden algunos neologismos. Los lectores familiarizados con el trabajo de Belich (por ejemplo, el de 2001: Paradise Reforged: A History of the New Zealanders from the 1880s to the Year 2000) identificarán algunos de estos términos, y apreciarán su elaboración y aplicación en esta ocasión.  La segunda parte pone a prueba su hipótesis, mostrando cómo funcionó la “hiper-colonización” en diferentes estudios de caso. La tercera, que quizá sea la aportación conceptual más original de este libro, presenta la “recolonización” de “Anglo-Occidentales” y la relaciona con la industrialización y capitalización de Londres y Nueva York, centrándose en el concepto de Gran Bretaña e introduciendo a su gemelo,  la  “Gran América”. Belich sostiene que la verdadera descolonización de América se produjo en la década de 1900, no en 1776, seguida más tarde por la de los Dominios. La descolonización de las sociedades de colonos, según Belich, debe ser entendida en términos culturales y económicos, y no sólo como una transferencia del poder político. Es al final del libro cuando Belich aplica su modelo a las sociedades de colonos no anglosajones,  tales como Argelia, Manchuria, Siberia, Brasil y Argentina.


4.
Louis Proyect repasa en swans la reedición del clásico de Jonah Raskin, The Mythology of Imperialism (Monthly Review Press, 2009). Para Proyect, cuando uno oye el nombre de Joseph Conrad asociado a la palabra imperialismo, hay muchas probabilidades de que uno piense en Edward Said. Pero ya que Cultura e imperialismo apareció en 1993,  podríamos decir que Jonah Raskin se le adelantó en 20 años. En 1971 apareció un libro titulado The Mythology of Imperialism: a Revolutionary Critique of British Literature and Society in the Modern Age. Adaptado de la tesis de Jonah Raskin, sin duda merece el elogio de Edward Said que fu¡igura en la contraportada: “He leído y utilizado The Mythology of Imperialism, al que considero como uno de los libros realmente importantes en la literatura moderna.”

La conexión de la Universidad de Columbia no es sólo con Edward Said. Cuando Raskin fue profesor de literatura en SUNY Stony Brook en 1968, fue detenido en el campus junto con 800 estudiantes de Columbia que protestaban contra la guerra y el racismo. Como marxista comprometido, sintió la necesidad de combinar la teoría y la praxis. Como tal, The Mythology es un cóctel Molotov destinado a las pretensiones de la alta cultura, especialmente a aquellos autores que tenían – con la excepción de Rudyard Kipling – un barniz de progresismo. tras leer el libro, señala Proyect, uno ya nunca pude ver del mismo modo a luminarias como Conrad, DH Lawrence, EM Forster y Joyce Cary.

En gran medida producto de su tiempo, el libro de Raskin tiene una calidad de urgente que no es probable encontrar en la crítica actual de izquierdas,  tan a menudo marcada por la habilidad y la ironía posmodernas. Este es un trabajo que, a pesar de su evidente relación con un tiempo y un lugar lejanos, aún tiene el poder de evocar sentimientos fuertes, como Jimi Hendrix tocando All Along the Watchtower.

En casi cada página, hay significantes culturales que sitúan a Raskin en la turbulenta década de 196 . El subtítulo de la parte dedicada a Rudyard Kipling se titula Honky in Nighttown. Al referirse al amor de Joseph Conrad por mar, Raskin dice que sin él, es un “Nowhere Man”, en referencia a los Beatles. The Rolling Stones obtienen también lo suyo. Aludiendo a que El corazón de las tinieblas trata la decadencia de la civilización occidental, Raskin se expresa de esta manera: “Paint it black, Conrad exclaims”. Se entiende muy bien, por supuesto, que alude a las palabras de Mick Jagger.

¡Qué contraste con el mundo académico de hoy, cuando los estudiantes de doctorado intentan no mostrar sus cartas y tener una tesis apacible. Cada palabra se mide con el fin de asegurarse de que nadie se ofende. Y cuando estos estudiantes obtienen un trabajo en la enseñanza, continúan con las reglas del juego para promocionarse. En el momento de ser titular, ya se han acostumbrado tanto a aplacar a sus superiores que a menudo han olvidado la política radical que una vez defendieron. Esa fue una de las principales diferencias con la década de 1960.  de hecho, Raskin usa las palabras como un buen boxeador los golpes.

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