Internet: la memoria (y la historia)

Siva Vaidhyanathan, profesor de media studies en la University of Virginia, está a punto de presentar su nuevo libro:  The Googlization of Everything (University of California Press). Durante meses hemos podido ver por dónde iban los tiros en su blog e incluso hemos leído ya algún avance significativo. Mientras tanto, y a la espera de la aparición de volumen, Vaidhyanathan calentó motores en las páginas de The Chronicle con una reseña titulada Our Digitally Undying Memories.

Vaidhyanathan considera algunas de las consecuenicas del nuevo mundo digital. Por ejemplo, en nuestra memoria, a la que ya casi no necesitamos recurrir, echando mano de internet. Lo cual, para muchos de nosotros, es una cosa buena: bajos costes, altos beneficios. Podemos ser mucho más eficientes y comprehensivos, ya que hay una colección repleta de documentos que se encuentra a sólo unos pocos clics de distancia.

Pero, como señala adecuadamente Viktor Mayer-Schönberger en su  Delete: The Virtue of Forgetting in the Digital Age (Princeton University Press, 2009),  los costes de esa poderosa memoria colectiva son a menudo más altos de lo que suponemos.

Consideremos el calvario del psicoterapeuta de Vancouver Andrew Feldmar. Trató de recoger a un amigo en el aeropuerto de Seattle-Tacoma en agosto de 2006. Pero en la frontera con EE.UU., un agente buscó su nombre  en Google y encontró un enlace a un artículo académico que Feldmar había publicado en 2001 en el que describía sus experiencias con el LSD, mientras estudiaba con RD Laing en la década de 1960. A pesar de carecer de antecedentes penales ni conexiones sospechosas en las bases de datos gubernamentales, Feldmar se tuvo que quedar en Canadá, pues se le prohibió la entrada a Estados Unidos porque había admitido haber utilizado ilegalmente una sustancia prohibida.

Antes de la Web, antes de Google, ese agente aduanero sólo habría dispuesto de los mecanismos legales habituales que se usan para rechazar a una persona. Pero vivimos en una era de una memoria aparentemente “perfecta” -o al menos abarrotada, abrumadora. De hecho, sostiene Mayer-Schönberger, nuestra condición está lejos de ser perfecta. La “recuperación total” hace que el contexto, el tiempo y la distancia sean irrelevantes. Algo que sucedió hace 40 años -una indiscreción de juventud o escolar-  sigue siendo importante y puede volver a hacernos daño como si hubiera sucedido ayer.

De ahí que el término eliminar encabece una serie de inteligentes libros recientes que de forma amable y erudita nos advierten del aumento de los costes y los riesgos del buceo indiscriminado  en los nuevos entornos digitales -sin,  no obstante, acrecentar los temores apocalípticos sobre el proyecto en sí. Tenemos a Daniel J. Solove  y su The Future of Reputation: Gossip, Rumor, and Privacy on the Internet (Yale University Press, 2007); a Cass R. Sunstein, Republic.com 2.0 (Princeton University Press, 2007); Elizabeth M. Losh, Virtualpolitik: An Electronic History of Government Media-Making in a Time of War, Scandal, Disaster, Miscommunication, and Mistake (MIT Press, 2009); y la obra fundamental de Jonathan L. Zittrain, The Future of the Internet and How to Stop It (Yale University Press, 2008). Distintos todos ellos de los que siguen el credo anti-internet como Mark Bauerlein, The Dumbest Generation: How the Digital Age Stupefies Young Americans and Jeopardizes Our Future (Or, Don’t Trust Anyone Under 30) (Tarcher/Penguin, 2008) o Lee Siegel, Against the Machine: Being Human in the Age of the Electronic Mob (Spiegel & Grau, 2008). [En fin, como diría Eco, integrados y apocalípticos].

Constituyen una importante “tercera ola” de trabajos sobre el entorno digital. A finales de los 90 y principios del nuevo siglo, hemos visto aparecer volúmenes como el de Nicholas Negroponte, Being Digital (Knopf, 1995) [El Mundo digital. Barcelona, BSA, 1995],  el de Howard Rhein-gold, The Virtual Community: Homesteading on the Electronic Frontier (Addison-Wesley, 1993) y el de Smart Mobs, The Next Social Revolution (Perseus, 2002), libros que describen de forma idealista los poderes transformadores de las redes digitales.   O el más superficial de  Susan Jacoby, The Age of American Unreason (Pantheon, 2008).

Mayer-Schönberger, profesor asociado de la Universidad Nacional de Singapur, es un entusiasta digital con sentido realista que nos muestra cómo nos podemos equivocar si  adoptamos herramientas de gran alcance antes de entenderlas. Por ejemplo, coloca el dilema de Feldmar dentro de su contexto histórico. Cuando creamos huellas textuales como hizo Feldma , esperámos que las personas se comporten de acuerdo a las normas y las limitaciones del entorno tecnológico en el que nació la información. Durante la mayor parte de la historia humana, el olvido se producía por defecto y el desafío era recordar .

Cánticos, canciones, monasterios, libros, bibliotecas e incluso las universidades  se establecieron principalmente para superar nuestra propensión a olvidar con el tiempo. Las limitaciones físicas y económicas de todas esas tecnologías e instituciones fueron gran utilidad. Funcionaban no sólo como ayuda para la memoria, sino también como filtros o editores. Nos ayudaron a recordar tanto como nos ayudaron a descartar.

La proliferación tecnológica de los últimos 40 años nos ha proporcionado técnicas muy baratas de almacenamiento de información. Nuestros poderes para recordar han invertido la situación, así que recordamos por defecto  (para la información digitalizada y la cultura) y el olvido es un accidente o excepción, dice Mayer-Schönberger. Nos hemos movido con tanta rapidez de olvidar la mayoría de nuestras minucias (o al menos haciéndolas de difícil acceso) a recordar la mayor parte (facilitando la búsqueda) que hemos descuidado medir los efectos del cambio. Sólo porque tenemos los buqcontenedores, decidimos llenarlos. Acto seguido,   nos ponemos en manos de  unas redes de comunicación de datos que ofrecen elementos dispares de nuestra vida a extraños y -lo que es más importante- a gente que nos gustaría conocer mejor.

Pero es fácil abusar de pequeños fragmentos de información y hacerlos volar como metralla degradante. ¿Quién de nosotros no ha tenido miedo de ser mal interpretado o mal etiquetado, porque de alguna indelicadeza escrita hace años en alguna lista de correo electrónico o incluso en un artículo académico,tras descubrir que Google la hace fácilmente recuperable? Sólo hace 10 años, no considerábamos que las palabras escritas para un público reducido pudieran llegar más allá, tal vez a alguien que no perdona, alguien no iniciado en nuestra comunidad, o simplemente cruel.

(…)

Pero los daños personales no son la totalidad, o lo que es más importante, el problema debe considerarse cuando se sopesan los costes y beneficios de una memoria pública rápidamente en metástasis.

Recordar olvidar  es también esencial para superar la angustia. Y, como Jorge Luis Borges escribió en  “Funes el memorioso”, es importante para el acto de pensar. Funes,  un joven incapaz de olvidar nada, no lo podía entender. No podía pensar en abstracto. No podía juzgar los hechos atendiendo a su peso relativo  o su gravedad. Se perdía en los detalles. Dolorosamente, Funes no podía descansar.

Mayer-Schönberger escribe que estamos construyendo una memoria colectiva como la de Funes. Nuestro uso de la proliferación de datos y de filtros  rudimentarios en nuestra vida nos hace incapaces de juzgar, discriminar o participar en el razonamiento deductivo. Y el razonamiento inductivo, que se podría argumentar que está entrando en una edad de oro con el surgimiento de enormes bases de datos y la potencia de procesamiento necesaria para detectar patrones y anomalías, está fuera del alcance de los usuarios legos de la base de datos colectiva llamada internet.

¿Cómo debemos tratar con este nuevo conjunto de poderes? ¿Cómo podemos recordar olvidar? Mayer-Schönberger tiene algunas sugerencias, pero ninguna de ellas es satisfactoria o fácil. Considera y rechaza  la “abstinencia digital” individual, que hoy en día significa renunciar a la vida pública, política e intelectual, limitando seriamente también las actividades comerciales. Luego examina el estado de las leyes sobre la privacidad de la información y las encuentra demasiado débiles para proteger a las personas. Es más optimista sobre la creación de tecnologías que podrían hacer valer los derechos de privacidad digital y producir un mercado en el que pudiéramos vender esos derechos a los datos personales. Pero las soluciones tienen muchos de los mismos defectos que las tecnologías sobre los límites a la  infracción de derechos de autor:  serían hackeables y torpes. Lo más probable es que la gente encontrará maneras de adaptarse al nuevo entorno, e  historias de horror como la de  Feldmar se convertirían en tan raras o comunes que se harían irrelevantes, concluye Mayer-Schönberger.

Por último, sugiere la creación de leyes y normas sobre lo que llama la “ecología de la información”. Se le puede exigir al gobierno que borre ciertos datos tras una fecha determinada, o la legislación podría restringir el ritmo y la cantidad de datos recopilados por entidades públicas o privadas. Mayer-Schönberger admite que incluso este enfoque es difícil de manejar porque no siempre podemos juzgar de antemano cuál es la información a salvar o borrar.

Todas esas sugerencias exigirían una reordenación o reinvención de los hábitos por defecto de nuestra especie: registrar, retener y ofrecer tanta información como sea posible.  Podría pevenir una debacle como la de Feldmar, pero eso no nos ayudará a pensar mejor en el nuevo entorno. Debido a que durante siglos hemos luchado contra la inercia al olvido, no podemos comprender fácilmente el momento del recuerdo. Mayer-Schönberger lo reconoce.

Fundamentalmente, se enfrenta a un dilema. Si filtramos lo que ahora pensamos que es importante en aras de evitar la fricción y prporcionar perspectiva, podríamos perder algo importante. ¿No es bueno que podemos encontrar tanto las cosas importantes como las triviales?

Tal vez sólo tenemos que aprender a manejar con prudencia la forma en que digerir, discutir y evaluar públicamente el enorme archivo que estamos construyendo. Tenemos que generar hábitos culturales que garanticen la perspectiva, la deliberación con calma y la sensatez. Eso es trabajo duro. Los abogados, legisladores e ingenieros no nos ayudas. Serían más apropiados los filósofos, sociólogos y miembros del clero. En última instancia, Mayer-Schönberger sólo nos pide lo que cualquier investigador responsable puede hacer: que pensemos de forma más crítica sobre el ecosistema que estamos construyendo.

Otros autores también nos recuerdan que nosotros elegimos el tipo de tecnologías. Ellas no nos eligen. Ocurre que  con cierta frecuencia lo hacemos imprudentemente. Losh cita diversas formas de gobierno electrónico que nos entusiasman. En la mayoría  de ocasiones, dice, no dan poder a la gente para interactuar con el Estado, sino que distraen y disuelven lo público, dejando a la vigilancia como función capital del gobierno electrónico.

Para Solove, nuestro gran archivo digital y los instrumentos personales de vigilancia (como las cámaras de los teléfonos móviles) nos han hecho a todos vulnerables al ridículo. Para Sunstein, el poder de filtrar lo que uno aprende sobre el mundo refuerza nuestros prejuicios y reduce nuestra visión. Y el libro de Zittrain demuestra que la misma apertura y personalización de internet -algo que valoramos mucho- podría ser su perdición, pues los malos actores explotan  la inseguridad y la conectividad para difundir virus y spam, lo que nos conduce a sistemas cerrados como los de Facebook y el iPhone que simplemente simulan la apertura de la Internet.

Todos estos trabajos han abierto una vena realista de los estudios críticos sobre la información que describen los riesgos y costes dentro de un gran esfuerzo por maximizar los beneficios y las bendiciones de lo nuevo. Puede que tengamos un largo camino por recorrer como sociedad antes de que nos enseñemos  a nosotros mismos a manejar estas nuevas y poderosas tecnologías de forma responsable y cívica Pero cuando lleguemos allí,  miraremos atrás y agradeceremos  a este grupo emergente de pensadores sus advertencias de pisar con cuidado, aunque seguir pisando, no obstante. Como cantaba Elvis, “Fools Rush In”.

2 Respuestas a “Internet: la memoria (y la historia)

  1. Buena reseña; da bastante en qué pensar.
    Agrégaría que aunque podamos conseguir que el editor de un sitio borre un registro inconveniente, no por eso desaparecerá necesariamente del ciberespacio. La “Wayback machine” de Archive.org ofrece el estado de los recursos públicos en Internet tal como eran años atrás.
    Felipe Castro

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