Israel, Palestina, los asentamientos y el futuro

El conflicto entre el gobierno de Israel y los palestinos vuelve a estar presente en los titulares de la prensa, si es que ha desaparecido alguna vez.  En esta ocasión, las moderadas presiones del presidente Obama y los firmes desplantes de Netanhayu coinciden con la presentación de una nueva revista: la Jewish Review of Books. Entre sus contenidos, como era de esperar, hay un texto que repasa la situación de los asentamientos. Para ello, Shmuel Rosner, columnista y bloguero, reseña diversos volúmenes: Tris (El colono), de Emily Amrousi (Zmora-Bitan); Hebron Jews, de Jerold S. Auerbach (Rowman & Littlefield, 2009); Ha-Mitnachalim (Los colonos), de Gadi Taub (Yedio);  Lords of the Land, de Idith Zertal y Akiva Eldar (Nation Books, 2007); The Accidental Empire,  de Gershom Gorenberg (Times Press, 2006); y Hitpakhut (Desilusión), de Dan Margalit (Zmora-Bitan).

1. Como la publicación es nueva, el lector desconoce su línea editorial, pero las palabras de Shmuel Rosner pueden resultar significativas. Así se expresa:

Gershom Gorenberg, por ejemplo, se burla con sutileza de la forma en que los escritores han presentado el tema de los asentamientos, simplificándolo de forma tendenciosa. “Por un lado están los pragmáticos seculares de la izquierda; por el otro, los fanáticos religiosos de la derecha. O -por decirlo cambiando las etiquetas pero no no el guión- de un lado, los derrotistas sin inspiración, de otro, los verdaderos patriotas”. Pero Gorenberg, aunque sea un escritor de talento, sufre de la enfermedad misma que ha diagnosticado: se tiene la sensación de que se embarcó en sus investigaciones con una idea prefijada. Dice Rosner que, independientemente de lo que realmente haya descubierto -muchos detalles nuevos, pero pocas ideas nuevas-, Gorenberg no iba a escribir positivamente sobre el movimiento de los colonos. Se embarcó en su viaje a fin de comprender cómo los granujas ganaban la partida. Norteamericano nacido en Israel, escribiendo en inglés para un público principalmente americano, su principal contribución es imponer un  vocabulario prefabricado americanizado en esta historia muy específica de Oriente Medio, basándose en conceptos tales como “colonialismo” e “imperio”, que a Rosner le parecen de dudosa pertinencia.

Pero el tratamiento de Gorenberg, añade Rosner,  es relativamente ecuánime en comparación con el de Idith Zertal y Akiva Eldar, una historiadora y un periodista, respectivamente, de la izquierda israelí. Para Rosner, Eldar y Zertal  pretenden escribir la historia sin abandonar sus posiciones políticas.  Mientras a Gorenberg no parece gustarle la idea del movimiento de los asentamientos, a Zertal y Eldar les disgustan (¿odio?) los propios colonos. Lo que en realidad más les molesta es la complicidad de Israel con los avances de los colonos. Ellos acusan a los colonos de “robar” la tierra y tildan de “radicales”  a los activistas de la derecha (no hay “radicales” en la izquierda en su vocabulario político). Dicen de los colonos que los suyos fueron “culpables” y  “responsables” del asesinato del ex Primer Ministro Yitzhak Rabin. Una simple ojeada a los títulos de los capítulos del libro le da a uno una idea suficiente de lo que hay dentro: “ceguera”, “mala fe”, “una muerte móvil”, “complicidad”, “el ritmo del apocalipsis”.  Éste es un libro enfadado, concluye Rosner.

El de Gadi Taub (Los colonos) no es menos apasionado, pero está formulado en términos mucho más templados y, a juicio de Rosner,  hace un intento honesto de adentrarse en las querellas ideológicas de Israel. Uno de los aspectos más fascinantes del libro de Taub es su explicación de la forma en que los colonos han utilizado el lenguaje para racionalizar sus acciones, empleando diferentes estrategias y combinaciones de argumentos para convencer al público de que el viaje que han emprendido debe continuar. Los colonos, como demuestra Taub meticulosamente, han utilizado argumentos religiosos (la tierra es dada por Dios), argumentos históricos (ésta es la tierra de nuestros padres), argumentos estratégicos (si abandonamos Judea y Samaria estaremos en desventaja estratégica) e incluso legales (¿Qué pasa con nuestros derechos humanos? ¿Por qué no podemos vivir aquí?). Todos estos argumentos los describe como justificaciones que han ido evolucionando para dar respuesta a los escépticos en diferentes épocas.  Los considera sobre todo como movimientos tácticos,  trucos que los colonos usan reiteradamente para enmascarar los motivos religioso-mesiánicos que hay en núcleo duro del movimiento.

2. Casi como contrapartida, podemos leer a Gershom Gorenberg,  autor de The Accidental Empire: Israel and the Birth of the Settlements, 1967-1977 (Times Books, Nueva York, 2006) y corresponsal de The American Prospect. No en su recomendable blog (southjerusalem.com), sino en la mencionada revista liberal, podemos leer su reseña del volumen de Lev Luis Grinberg Politics and Violence in Israel/Palestine. Democracy versus Military Rule (Routledge, 2009).

Para Gorenberg, podemos intentar entender la personalidad de  Benjamin Netanyahu y obtener algunas respuestas esclarecedoras sobre los enigmas de Oriente Medio en el muy perspicaz libro del sociólogo israelí Lev Luis Grinberg. El punto de partida del análisis de Grinberg es que Israel no tiene fronteras, o tal vez tiene demasiadas: “Si preguntamos a los israelíes … dónde está el Estado de Israel -cuáles son sus fronteras- nunca recibiremos una respuesta simple… No hay consenso entre los ciudadanos judíos del Estado sobre las fronteras, dónde deberían estar, ni siquiera sobre  cuál es el procedimiento legítimo para decidir sobre ellas”.

A nivel internacional, por supuesto, la frontera de Israel es la de la Línea Verde, la frontera anterior a 1967. En Israel, a efectos legales internos, la Línea Verde en general es donde acaba el Estado y comienza el territorio ocupado;  define “… el área gobernada por la ley democrática y el gobierno electivo”, como señala Grinberg. Sin embargo, la línea verde no aparece en los mapas israelíes. Y para fines de control militar y económico, el Estado incluye Cisjordania y su población palestina. (La situación de Gaza, por el momento, es aún más confusa).

Por otra parte, en la imaginación de la mayoría de los judíos de Israel, parece que  la línea entre los que pertenecen a la nación y los que no es étnica: los judíos están dentro; los palestinos fuera, incluso aunque vivan en Israel y voten. Es comprensible que todo esto sea confuso. La realidad es un desastre, concluye Gorenberg.

Pero esto es importante, en primer lugar porque la democracia moderna depende de fronteras claras. “Una precondición de la democracia”, como escribe Grinberg, es “la existencia de fronteras reconocidas … que definen la igualdad de los ciudadanos del Estado”. Los límites físicos permiten la creación de la realidad social que él llama “espacio político” – el escenario en el que las instituciones del Estado reúnen a las personas que nos representan y negocian y se comprometeny hacen política. Cuando no hay fronteras claras, cuando no hay acuerdo sobre quién debería estar representado o cómo, la violencia sustituye a la política – como sucede una y otra vez entre israelíes y palestinos.

Partiendo de la definición clásica de Benedict Anderson de la nación como “comunidad imaginada”, Grinberg presta especial atención a la imaginación, positiva y negativa. La imaginación nos permite ver a los representantes políticos como nuestros suplentes, haciendo posible la política. La imaginación nos permite vislumbrar un futuro diferente. Como resultado de la primera Intifada palestina a finales de 1980, muchos israelíes – incluyendo la plana mayor del ejército– podían imaginar una frontera entre Israel y los palestinos y una solución más política que  militar al conflicto. Ese acto de la imaginación abrió un espacio para la negociación con los palestinos bajo el liderazgo de Yitzhak Rabin.

Pero las realidades imaginadas también puede ser ilusiones. A finales de los años de Oslo, los israelíes imaginaron que ya vivían en una era de paz e ignoraron el empeoramiento de las condiciones en la sociedad palestina. Cuando la segunda Intifada estalló en 2000, la imaginación permitió a los israelíes magnificar los peligros reales de forma abrumadora. Prefiriendo la “unidad nacional” frente a la amenaza, dejaron que los generales fijaran la política. El debate entre grupos civiles  con respuestas alternativas a la crisis se hundió como un ruido de fondo distante. En términos de Grinberg, el “espacio político” se desvaneció.

En fin, señala Gorenberg, si hay algo que objetar a Grinberg es su afirmación de que el mito del Gran Israel – el de la posesión de todo lo que hay entre el Mediterráneo y el Jordán – ha sido en gran parte socavado dentro de la clase política israelí. Al contrario, Netanyahu es una buena prueba de que el mito todavía mueve a gente muy influyente. En términos físicos, el Israel imaginado por Netanyahu es ese todo. En términos políticos, incluye sólo a los judíos. De ahí, que no se necesite ningún esfuerzo para convencerlo de que las tumbas de Hebrón y Belén son parte del patrimonio israelí.

3. Todo lo cual, a la postre, nos devuelve a la cuestión de si israelíes y palestinos son una sociedad dividida o dos sociedades separadas en forzosa proximidad como resultado de una ocupación provisional. La cuestión es fundamental, o al menos así se lo parece a Meron Benvenisti, que reflexionaba sobre ello hace algunas semanas en Haaretz.  Para él, tras el repaso de lo acontecido desde la creación del Estado de Israel, ya no se trata de discutir si  se establecerá una entidad binacional, sino más bien qué tipo de entidad será. El proceso histórico que se inició a raíz de la guerra de 1967 provocó la anulación progresiva de la opción de la partición – si alguna vez existió. Por tanto, el binacionalismo no es tanto un programa político o ideológico como una realidad de hecho enmascarada como una situación temporal. Es una descripción de la situación actual, no una receta.

A su juicio, el debate público israelí entre binacionalismo y partición en dos estados se realiza en un plano teórico e ideológico, donde el binacionalismo sólo se menciona como una amenaza para la solución aceptada y deseable de la partición. Pero ese debate, que siempre reaparece cuando se intensifica la frustración con el proceso de paz,  nunca se convierte en un verdadero debate sobre las dos alternativas.

Por esta razón, la definición precisa de los términos es considerada como poco importante. Por el contrario, los argumentos a favor y en contra se presentan como diametralmente opuestos, como si se tratara de un auténtico dilema metapolítico, moral y ético. Sin embargo, un examen de los dos conceptos desde una perspectiva teórica y empírica revela que tanto el binacionalismo como la partición tienen múltiples variantes que incorporan  diversas estructuras políticas. Por otra parte, su comparación muestra que los dos conceptos no son tan dicotómicos como parece, sino que forman un continuum en el que algunas variantes de cada concepto en realidad se superponen.

El peligro de un estado binacional se sitúa en el fantasma de la “amenaza demográfica”. Según la mayoría de los pronósticos, a mediados de la segunda década de este siglo, habrá más árabes que judíos viviendo en el antiguo mandato de Palestina. Esta tendencia demográfica, según afirman algunos comentaristas israelíes, destruirá el Estado judío y convertirá a Israel en un país con una minoría judía, como en la diáspora.

Pero el fantasma demográfico sólo tiene sentido cuando se presenta en relación con un modelo binacional específico, el de “un hombre, un voto”. Éste es el modelo de un sistema centralizado, un Estado unitario, donde los derechos civiles de los ciudadanos individuales son respetados, pero donde los derechos colectivos de los grupos étnicos no están fijados en el derecho constitucional – el modelo adoptado en la Sudáfrica post-apartheid, por ejemplo. El modelo unitario binacional es totalmente inadecuado para Israel y Palestina, por la sencilla razón de que su presentación se traduciría en la perpetuación de la supremacía de la etnia judía, asegurando su dominio por la fragmentación de Palestina.

Una democracia liberal no puede funcionar en un entorno como el de Israel, donde la polarización étnica – política, económica y cultural – es profunda. Aquí el problema no es el de los derechos individuales, sino que se centra en derechos colectivos incompatibles entre sí, y el sistema político (elecciones, la separación de poderes) carece de medios para canalizar las fricciones interétnicas.

En este contexto, cabe señalar que los principales procesos de paz entre comunidades desde 1989 (Irlanda, Bosnia, Chipre, Líbano y Macedonia) se basaron en modelos binacionales o multinacionales. Este hecho va en contra de la creencia convencional seghún la cual el modelo binacional sólo sirve para Suiza y Canadá.

4. Pero hay más, mucho más, para quienes deseen ilustrarse de manera variable sobre este conclicto eterno.

Por ejemplo, un extracto del nuevo libro de Norman Finkelstein, titulado This Time We Went Too Far (OR Books), sobre la última invasión de Gaza.

Asimismo, la múltiple reseña que Steve Niva realiza de diversos volúmenes. Con el título de “Laboratory of the Extreme”: Spatial Warfare and the New Geography of Israel’s Occupation” repasa para la revista Logos:  Eyal Weizman, Hollow Land: Israel’s Architecture of Occupation (New York: Verso, 2007); Saree Makdisi, Palestine Inside Out: An Everyday Occupation (New York: W.W. Norton, 2008); y Neve Gordon, Israel’s Occupation (Berkeley: University of California Press, 2008).

Y, por no agotar, “Israel’s Holy Warriors”, en el que un habitual de The Nation,  Eyal Press, se estrena en la New York Review of Books haciendo un breve repaso de dos libros y sendos informes más o menos recientes. Los primeros son el Israel and Its Army: From Cohesion to Confusion, de Stuart A. Cohen (Routledge, 2008) e Israel’s Materialist Militarism, de Yagil Levy (Lexington, 2007). Los segundos:  Soldiers’ Testimonies from Operation Cast Lead, a cargo de Breaking the Silence; e Israel’s Religious Right and the Question of Settlements, del International Crisis Group.

Ya no es discutible la cuestión no es si una entidad binacional se establecerá, sino más bien qué tipo de entidad que será. El proceso histórico que se inició a raíz de la guerra de 1967 provocó la anulación progresiva de la opción de partición – si alguna vez existió. Por lo tanto, binacionalismo no es un programa político o ideológico tanto como una realidad de hecho pasar por una situación temporal. Es una descripción de la situación actual, no una receta. Este enfoque orientado hacia la realidad difiere de la de algunos defensores de binacionalismo que lo utilizan para deslegitimar el sionismo y “poner fin al anacronismo de la nación de Israel-Estado”. Consideran que no binacionalismo como una consecuencia lamentable de la prolongación del conflicto, sino como un proyecto que debe sustituir al Estado de Israel. El discurso público israelí sobre binacionalismo frente a la partición en dos estados se realiza en un plano teórico e ideológico, y, en binacionalismo efecto se menciona sólo como una amenaza para la solución aceptada y deseable de la partición. Pero ese debate, que siempre reaparece cuando la frustración con el proceso de paz se intensifica, nunca se las arregla para convertir en un verdadero debate de las dos alternativas, pero sigue siendo un tema académico de provocación. Por esta razón, la definición precisa de los términos es considerado como poco importante. Por el contrario, los argumentos en pro y se presentan como diametralmente opuestas, como si se tratara de un dilema metapolítico, moral y ético auténtico. Sin embargo, un examen de los dos conceptos desde una perspectiva teórica y empírica revela que tanto binacionalismo y partición tienen múltiples variantes la incorporación de diversas estructuras políticas. Por otra parte, una comparación de estos modelos muestra que los dos conceptos no son tan dicotómicas como parecen, sino que forman un continuo, con algunas variantes de cada concepto en realidad se superponen. El peligro de un estado binacional es interpretado por el fantasma de la “amenaza demográfica”. Según la mayoría de los pronósticos, a mediados de la segunda década de este siglo, habrá más árabes que los Judios que viven en la antigua Palestina mandataria. La continuación de esta tendencia demográfica, la afirmación de algunos comentaristas israelíes, va a destruir el Estado judío y convertir a Israel en un país con una minoría judía, así como en la diáspora. El fantasma demográfico ha significado sólo cuando se presenta en relación con un modelo binacional específica, la de “un hombre, un voto”. Este es el modelo de un sistema centralizado, Estado unitario, donde los derechos civiles de los ciudadanos individuales son respetados, pero los derechos colectivos de los grupos étnicos no están basados en el derecho constitucional – el modelo adoptado en el post-apartheid de Sudáfrica, por ejemplo. El modelo unitario binacional es totalmente inadecuado para Israel y Palestina, por la sencilla razón de que su presentación se traduciría en la perpetuación de la supremacía de la etnia judía, asegurando su dominio por la fragmentación de Palestina. En una democracia liberal no puede funcionar en un entorno como el de Israel, donde la polarización étnica – política, económica y cultural – es profunda. Aquí el problema no es uno de los derechos individuales, sino que se centra en los derechos colectivos incompatibles entre sí, y el sistema político (elecciones, la separación de poderes) carece de los medios para canalizar las fricciones interétnicas. Uno tiene la sospecha de que el discurso público de Israel se refiere a sí mismo únicamente con el modelo unitario binacional, precisamente porque esta es una opción realmente viable, con lo que la deslegitimación de todo el concepto de binacionalismo. Por supuesto, hay otros más atractivos, los modelos de binacional, cuya aplicación puede ser más eficiente y práctico que el de la opción de partición. En este contexto, cabe señalar que todos los principales procesos de paz entre las comunidades en marcha desde 1989 (Irlanda, Bosnia, Chipre, Líbano y Macedonia) se basaron en modelos binacionales o multinacionales. Este hecho va en contra de la sabiduría convencional de que el modelo binacional no en todas partes del mundo, con la excepción de Suiza y Canadá. Una de las razones binacional modelos se utilizan en la resolución de los conflictos interétnicos que una solución de partición – que requiere la alteración de las fronteras internacionales – perturba el equilibrio geopolítico actual y da lugar a tensiones en los países vecinos. Es preferible mantener las fronteras internacionales reconocidas – que son como un mosaico, en la que cada pequeño cambio que distorsiona la imagen y causa problemas – y al objetivo de “préstamos blandos” fronteras internas, como en los estados federados o confederados. Aquí es donde resulta útil para introducir el principio de “paridad de estima”, que es un concepto fundamental en el acuerdo de paz en Irlanda del Norte (el Acuerdo de Viernes Santo de 1998). Refleja el principio del respeto de la identidad y el espíritu de ambas comunidades (los unionistas y republicanos en Irlanda del Norte) y subyace en el esfuerzo por lograr la convivencia en un espacio físico común, a pesar de las diferencias culturales. La historia, la literatura diplomático, político y constitucional está llena de casos teóricos y empíricos que han hecho frente a los problemas de los países desgarrados por los conflictos étnicos, nacionales. El discurso de Israel opta por ignorar la vasta experiencia acumulada, y se adhiere al rechazo total de todos los modelos binacional. Es aún más sorprendente que la comunidad internacional, que busca preservar la integridad de los estados polarizados, insiste en el caso de Israel / Palestina en una solución basada en la partición, incluso después de repetidos intentos fallidos. En las circunstancias actuales, ¿qué importa si una persona apoya “dos estados para dos pueblos” o un Estado federal, el reparto de poder en el contexto de una democracia consociativa, cantonización, o otros modelos? La naturaleza del marco constitucional es secundario, después de todo, el dilema de todo no es estremecedora: es una elección entre la distribución horizontal (el poder) y vertical (territorial) de la partición. Pero la conclusión es esta: La coexistencia de las dos comunidades nacionales es un destino que no puede ser evitado. Todos los intentos (teóricos y empíricos) para separar han fracasado. Esta coexistencia debe basarse en la igualdad comunales y los principios éticos, la dignidad humana y la libertad, de lo contrario no durará y que perpetúan la violencia. Es evidente que sin el respeto de la paridad de estima mutua para la identidad y la igualdad de las dos comunidades, no habrá reconciliación y ninguna de las dos alternativas – la partición y el reparto del poder – se pueden aplicar. En cualquier caso, la discusión productiva sobre este tema sólo será posible cuando la gente de esta región se han apropiado de la condición psicológica binacional que ha sido empujada sobre ellos y han comenzado a luchar juntos para abrir un camino a la reconciliación.
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