Antiilustrados: pensadores contra la corriente

Zeev Sternhell, coautor de El nacimiento de la ideología fascista, acaba de publicar un nuevo libro, que además coincide sobre la reedición de su volumen sobre el fascismo en Francia. Con este motivo, el poeta y ensayista Adam Kirsch realiza una crítica serena (aunque amable) en Tablet Magazine.

Pocas personas conocen el poder de las ideas perversas más íntimamente que Zeev Sternhell, el eminente politólogo israelí. Nacido en Polonia en 1935, siendo niño vio a su madre morir en el Holocausto. Protegido por católicos polacos,  sobrevivió a la guerra gracias a la falsificación de un documento de identidad aria; después de 1945, vivió con unos familiares en Francia y luego emigró a Israel, en 1951. Su larga carrera académica la ha dedicado a rastrear los orígenes intelectuales del fascismo: su libro más conocido, Neither Right nor Left: Fascist Ideology in France,  demostró hasta qué punto las ideas fascistas habían echado raíces en Francia en las décadas anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Además de su fama como académico, es profesor desde hace mucho tiempo en la Hebrew University y ha sido merecedor del Israel Prize en Ciencias Políticas, el más alto galardón del país –Sternhell es conocido en Israel como un comprometido sionista de izquierdas  y un defensor de Paz Ahora. De hecho, a causa de sus opiniones políticas,  en 2008  un colono fanático de Cisjordania intentó asesinarle poniéndo una bomba -lo que demuestra, por desgracia, que los males del fanatismo y del chauvinismo pueden atacar al pueblo judío tanto dentro como fuera.

Es lógico, pues, que cuando Sternhell pasa a considerar The Anti-Enlightenment Tradition (Yale University Press) lo haga con algo más que con la mera curiosidad intelectual. Incluso el título del libro tiene un tinte polémico. Por lo común, cuando los historiadores de las ideas hablan de pensadores conservadores y nacionalistas,  como Edmund Burke y Johann Gottfried Herder –pensadores del Setecientos que se oponían al racionalismo y universalismo de su tiempo–, se habla de contra-Ilustración.   El término fue popularizado por Isaiah Berlin, que pretendía sugerir que la contra- Ilustración era una alternativa viable a la tradición de Voltaire y Rousseau, o por lo menos un recurso potencial para combatir la arrogancia ilustrada.

Para Sternhell, que toma a Berlin como objeto de sus punzantes críticas,  no hay nada digno de tomar en consideración en esa tradición alternativa. Como su título indica, para él no se trata de que vayan “contra” la Ilustración, sino simplemente son una anti-Ilustración  cuyos representantes, de Burke a Berlin, se han empeñado en destruir los valores de la libertad, la justicia y la razón. (El diseño de la portada del libro de Sternhell, que pone el “anti” en grandes letras góticas en negro, capta muy bien la intención del autor). “Si la Ilustración francesa … produjo la gran revolución intelectual de la modernidad racionalista”, señala Sternhell, la anti-Ilustración patrocina una modernidad diferente, que “se rebela contra el racionalismo, la autonomía del individuo y todo lo que une a las personas: su condición de seres racionales con derechos naturales”.

Esta “segunda modernidad”, como él lo llama, “se basa en todo lo que diferencia y divide a la gente –historia, cultura, lengua”.  Y no se trataba de un debate académico, no importa lo recónditos que puedan parecer algunos de los textos que analiza Sternhell. A partir de Burke y Herder, traza un linaje intelectual de la anti-Ilustración que conduce directamente a figuras como Charles Maurras, el padrino del fascismo francés, y Oswald Spengler, cuyo influyente libro La decadencia de Occidente contribuyó a socavar la democracia en la Alemania de Weimar. En el siglo XX, escribe Sterhnell, la anti-Ilustración “bajó a la calle”, con resultados catastróficos para el mundo, y para los judíos  en particular.

El libro de Sternhell está organizado en torno a los principales temas en el pensamiento antiilustrado:  hay capítulos dedicados a “The Revolt against Reason and Natural Rights”,  “The Intellectual Foundations of Nationalism” y “The Law of Inequality and the War on Democracy”. Pero dado que Sternhell  vuelve una y otra vez sobre las mismas odiadas ideas y figuras, The Anti-Enlightenment Tradition se lee menos como una historia intelectual que como una acusación torrencial. Las figuras principales en el banquillo son Burke, quien se opuso a la Revolución Francesa y exaltó los vínculos de tradición, y Herder, que vio en el amor francés por las ideas abstractas una amenaza para el instinto y la poesía tan caros  al genio alemán. Son seguidos por el conservador escocés Thomas Carlyle, los historiadores franceses Ernest Renan e Hippolyte Taine, el filósofo italiano Benedetto Croce, los citados Maurras y Spengler, y algunos otros, todos ellos enemigos de la Ilustración, la Revolución Francesa y la idea de la razón universal.

Al leer el relato implacablemente hostil que hace Sternhell de estos pensadores no queda duda de que patrocinaron muchas ideas repugnantes y peligrosas. Enseñaban no se puede confiar en que los seres humanos gobiernen sus propios destinos;  que sólo la fuerza puede obligar a la manada de los hombres a comportarse, que las naciones están esencialmente divididas por la cultura y el idioma, por lo que nunca pueden entenderse realmente unas a otras, que el progreso en la educación y la democracia significaba el declive del orden espiritual y social que hizo de la Edad Media, en su opinión, el punto más álgido de la historia humana. Un mundo regido por los principios antiilustrados, no puede caber ninguna duda, sería infinitamente peor que un mundo regido por los principios de Voltaire y Diderot.

Lo que falta en el libro de Sternhell es saber por qué la anti-Ilustración floreció entonces  y cómo produjo pensadores de la talla de Burke y Herder. Sternhell da por sentado que la Ilustración es la única esperanza de la humanidad, de modo que sus oponentes no pueden aparecer más que como perversos y malévolos. Sin embargo, estos pensadores no fueron  los únicos que creyeron que el avance de la ciencia y el liberalismo hacía que el mundo fuera menos feliz. La misma intuición puede encontrarse en casi toda la literatura del siglo XIX, de Wordsworth a Dostoievski. Y no sólo los conservadores como Carlyle atacaron los efectos que causaba la deshumanización de la vida moderna. Liberales y socialistas, como Charles Dickens, George Eliot y William Morris, lo sentían de la misma manera. Cuando esos pensadores miraban atrás  hacia un pasado más orgánico y religioso, no lo hacían porque fueran enemigos del espíritu humano, sino porque sentían que las condiciones modernas dejaban al espíritu famélico.

Sternhell nunca aborda la crítica de la Ilustración ni su legado. Simplemente, la descarta de plano, dejando que el lector se pregunte por qué algunos de los argumentos de Burke y Herder parecen tan razonables. Sobre el tema del progreso, por ejemplo, Sternhell cita a Kant con implícita aprobación: “Las generaciones precedentes parecen llevar a cabo sus tareas laboriosas sólo por el bien de las venideras, a fin de prepararlas para una nueva etapa desde la que puedan elevar aún más la estructura prevista por la naturaleza”.  Esta visión del progreso perpetuo es noble y atractiva, pero también sugiere que nuestras vidas son simplemente herramientas para la construcción del futuro, una idea que, en manos del estalinismo, significaba que ninguna vida individual tenía valor intrínseco. Contra esta opinión -tomada de la vieja consigna comunista de que uno  “no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos”–  parece importante la sabiduría que hay en la creencia de Herder de que “ningún individuo tiene derecho a creer que existe por el bien de otro individuo, ni por el bien de la posteridad”.

Al mismo tiempo, la creencia de Sternhell en el poder de las ideas supone que deja poco espacio a la comprensión de cómo los cambios políticos, económicos y sociales afectan a la forma en que las ideas son recibidas y transformadas. Por ejemplo, el exabrupto de Renan al escribir que “las masas sólo tienen derecho a gobernar  si saben mejor que nadie lo que más les conviene”, una idea francamente elitista y antidemocrática. Pero como señala Sternhell, Renan lo escribió reaccionando contra la desaparición de la Segunda República francesa, cuando la mayoría elegió al corrupto e ineficaz sobrino de Napoleón como presidente y luego aplaudió su decisión de abolir la democracia y convertirse en emperador. Fue este golpe de Estado el que, dijo Renan, “me indispuso con la gente”, y fue un sentimiento compartido por muchos liberales, incluso el archiliberal John Stuart Mill se opuso al sufragio universal.

Al centrarse exclusivamente en las ideas,  a veces Sternhell parece conceder a determinados pensadores un increíble grado de poder sobre la historia. Así ocurre, por ejemplo, en el epílogo con los ataques de Sternhell al historiador alemán Ernst Nolte, que se hizo famoso en la década de 1980 por interpretar el nazismo como una mera reacción defensiva contra el comunismo. En palabras de Sternhell, Nolte fue culpable de “explicar el desastre europeo  no por la larga guerra contra la Ilustración franco-kantianasino por 1914 y 1917”, es decir, por la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Sin embargo, ¿no es obvio que 1914 y 1917 fueron los responsables, incluso los principales responsables, del ascenso del nazismo? Si no, ¿por qué las ideas nacionalistas de Herder no produjeron el nazismo en tiempos de Napoleón? The Anti-Enlightenment Tradition nos recuerda de forma apasionada que las ideas tienen consecuencias; pero no son las únicas cosas que tienen consecuencias.

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