La Universidad y el debate de las humanidades

Hay quien cree que sólo las universidades españolas o europeas están en proceso de transformación, acosadas por un lado o por otro y con algunas bajas sensibles entre los más débiles, es decir, las humanidades. Pues bien, estimados amigos, nada más lejos de la realidad. Todo el orde anda revuelto, y más en época de vacas flacas. Lo señalaba hace poco el filósofo Lou Marinoff (el de Más Platón y menos Prozac) en conversación con Matthew Reisz en el Times Higher Education y tras él, como se verá, un alud de académicos e intelectuales.

Marinoff está lejos de ser un erudito solitario que simplemente quiere que le dejen en paz para seguir adelante con su investigación. Sin embargo, asume la visión tradicional según la cual “toda civilización es producto y reflejo de un conjunto de textos canónicos que conforman sus fundamentos filosóficos, científicos, literarios, artísticos, sociales, económicos y políticos: lo que Matthew Arnold llamó `lo mejor que se ha pensado y dicho’ “. El objetivo principal de la educación superior es familiarizarse con este canon y generar aspiraciones a ampliarlo.” Es por esto, dice, que las humanidades nos pueden ayudar “a hacer de nosotros las mejores personas que podamos ser”. Pero, afirma Marinoff , “la educación libral (liberal-arts)  ha sido asaltada durante varias décadas  por un cúmulo de fuerzas que buscan socavar y demonizar” lo mejor que se ha pensado y dicho. Las reinantes fuerzas malignas en la educación superior americana han perpetrado 30 años de reinado de terror en universidades de todo Occidente,  envenenando el pozo de la civilización occidental. Nuestras universidades han lavado el cerebro de analfabetos culturales y zombis”.

Todo esto es un desastre, precisamente porque las humanidades pueden y deben actuar como antípoda o antídoto a la tendencia depresiva que vemos a nuestro alrededor. Marinoff ve a los EE.UU. como una cultura circense, donde se ha adquirido el hábito de la sed de sensacionalismo. “Además, es muy fácil para la ciencia,  la tecnología y los tecnócratas deshumanizarnos. Así que las humanidades son más importantes que nunca para recuperar lo que de humano hay en nosotros. Lo que tenemos de humano no es nuestra BlackBerry, por amor de Dios, sino lo que hacemos con ella y cómo nos conectamos”.

Su posición es apoyada por otros intelectuales americanos, como Martha Nussbaum, cuyo libro Not for Profit: Why Democracy Needs the Humanities aparecerá dentro de unos meses.  Este trabajo plantea “una crisis mundial en la educación” que Nussbaum considera como “probable que, a largo plazo, sea mucho más perjudicial para el futuro del autogobierno democrático” que la crisis económica mundial de 2008. Dado que “las humanidades y las artes han sido recortadas”, dice, “parece que estamos olvidando el alma” y, por tanto, puede que seamos incapaces de inculcar valores fundamentales como “empatía y respeto”. A veces, según ella, este cambio parece ser deliberado. La gente que Nussbaum describe como “educadores para el crecimiento económico” no se limitan a ignorar las artes, les horrorizan, porque en países como la India necesitan cultivar la “torpeza moral … necesaria para llevar a cabo programas de desarrollo económico que ignoran la desigualdad “.

A pesar de que no se puede negar que el  liberal-arts americano  “todavía está haciendo algo bien”,  Nussbaum cita el caso de “una de nuestras mayores universidades públicas”, donde “se ha hablado recientemente de seleccionar unas pocas disciplinas humanísticas, que conforman supuestamente el «núcleo» de una educación de grado, y eliminar el resto”. Sea cual sea la magnitud de esos acontecimientos en los EE.UU. y en todo el mundo, la apuesta  no podría ser mayor: “el futuro de las democracias del mundo pende de un hilo”, afirma.

En Gran Bretaña, por supuesto, las preocupaciones se centran en otra parte. Hay preocupaciones legítimas acerca de si ciertos temas, como los idiomas extranjeros modernos, la teología y la historia del arte están en declive real o relativo, o si se deben confinar en unas pocas universidades, en determinadas regiones del país – y, en general, a determinados estudiantes, con trayectorias privilegiadas.

Devorah Baum, profesora de inglés en la Universidad de Southampton señala, por ejemplo, que “hoy en día  la literatura inglesa parece atraer a pocos chicos y, lo que es la verdadera lástima, parece estar convirtiéndose en una opción más de clase media,  si se puede hablar en estos términos, de lo que ya lo era antes “. Mucho más profundas preocupaciones despierta la sospecha de que el tipo de “impacto” necesario en el marco de excelencia de la investigación será mucho más fácil de obtener -o por lo menos demostrar- en ciencias. ¿El nuevo sistema de financiación deja a las humanidades en desventaja?

Stefan Collini, profesor de historia intelectual y literatura inglesa en la Universidad de Cambridge, así lo cree. En una polémica reciente en The Times Literary Supplement, se dedicó a demostrar que la noción de “impacto” era incoherente, probablemente válida para premiar a sensacionalistas y profesores de segunda categoría -un libro sobre la vida sexual de un escritor tiene más “impacto” que un el estudio serio sobre su trabajo- y corre el riesgo de convertir a los académicos en vendedores  “de puerta en puerta”  para versiones vulgarizadas de crecientes productos pensados para el mercado”.

Cualquier cosa que suponga insuficiencia de fondos o cierre de departamentos representa una amenaza para los trabajos académicos, la elección del estudiante, competencias básicas y, tal vez, la competitividad a largo plazo -todos las cuales son importantes. Pero Collini pone su caso en un plano superior y concluye insistiendo en que lo que llamamos “las humanidades son un conjunto de maneras de encontrarnos con el registro de la actividad humana en su mayor riqueza y diversidad. Intentar profundizar en nuestra comprensión de este o aquel aspecto de esa actividad es una decidida expresión de la curiosidad humana y es -en la medida en que la expresión tiene algún sentido en este contexto- un fin en sí mismo “.

Rasque un poco en un estudioso de humanidades, como demuestran todos estos ejemplos, y se verá una defensa feroz de su área. Lo mismo ocurre en otras disciplinas. Sin embargo, la naturaleza de la defensa difiere a menudo.  Marinoff  culpabiliza en buena medida al posmodernismo y a la aridez teórica de mucha de la filosofía “analítica.  Tanto Nussbaum como Collini creen que la mercantilización de los modelos de educación superior es una parte central del problema. Sin embargo, otros otorgan un alto valor a las humanidades, pero opinan que deben adaptarse al entorno empresarial mundial.

Sea lo que está que esté  ocurriendo en Estados Unidos con su modelo de liberal-arts,  está siendo adoptado con entusiasmo en otras partes. Santiago Íñiguez de Onzoño es rector de la Universidad IE de Segovia, que ofrece cursos en inglés de arquitectura,  biología y  comunicaciones, así como MBAs y otros títulos claramente diseñados para crear líderes empresariales. “Creemos que el sistema americano es muy fuerte”, dice. “La especialización comienza muy pronto en Europa, y no permite el desarrollo de la persona a través de una educación completa. Los empresarios tienen que aprender más sobre historia, antropología y así sucesivamente, porque sus decisiones afectan a la vida de muchos otros. ” Todos los estudiantes del IE están ahora obligadas a matricularse de un seminario en diez sesiones sobre  “sensibilización del mundo”, complementado por una amplia gama de cursos optativos. Incluyen una mezcla de cultura clásica y contemporánea: “ver una película de Michael Moore podría ser más importante que aprender sobre las catedrales góticas”, señala el rector.

También es posible integrar la cultura con las competencias básicas. IE trae actores del Globe Theatre, por ejemplo, para enseñar a Shakespeare, junto con técnicas prácticas de respiración y habilidades de comunicación. En términos generales, la política de la IE representa una filosofía educativa consciente en lugar de una respuesta directa, marcada por el mercado, a las demandas de estudiantes y reclutadores. “Vemos a los estudiantes como materia prima y no como clientes”, explica Íñiguez, “y decidimos en gran medida lo que es mejor para ellos. Muchos de los estudiantes de MBA podrían preferir una asignatura adicional en finanzas y no en humanidades. Sin embargo,  a quienes se dediquen a la gerencia financiera,  que tienden a estar muy orientados a la acción, a menudo hacer un curso de diseño les puede ayudar a ser más reflexivos.

“Costó mucho que las empresas de selección valoraran  la ética empresarial como una habilidad necesaria, por lo que estamos tratando de anticipar otras cosas que se necesitarán en el futuro (como individuos con una conciencia cultural más amplia). En Europa, hemos desarrollado universidades que son demasiada especializadas. Tenemos que ponderar los beneficios de una educación general y de la tradición del liberal-arts “.

Algunos de los socios corporativos de IE están empezando a recibir el mensaje, afirma Arantza de Areilza, decana de la Escuela de Artes y Humanidades. “Ellos entienden que es esencial que los alumnos adquieran una mentalidad global y habilidades lingüísticas”, dice ella, “y no sólo personas de 24 o 25 años con una formación muy especializada. Están buscando un espíritu crítico, sensibilidad a otras culturas, habilidades de escritura y gran capacidad analítica. “También hemos creado cursos especialmente concebidos para la alta dirección en Telecinco y Publiespaña, que tocan temas como la migración y el impacto de las nuevas tecnologías en nuestra vida cotidiana. Debemos ampliar la visión de nuestros estudiantes más allá de la enseñanza técnica tradicional “. Las humanidades pueden responder a algunas de estas necesidades.

Una perspectiva muy distinta tiene Allan Janik, investigador de la Universidad de Innsbruck, que está trabajando en una edición electrónica definitiva de los escritos y cartas de Wittgenstein. En un artículo inédito titulado “¿Un futuro para las Humanidades?” observa que “estamos acostumbrados a oír a los humanistas cantar una historia de dolor para consolarse a sí mismos acerca de cómo sus objetos han sido olvidados en la llamada reforma educativa de las últimas dos décadas”. Lamentablemente, añade, la respuesta ha sido a menudo “asumir la postura obscena del avestruz”.

Sea cual sea el destino de los tradicionales cursos de humanidades, Janik está convencido de que “existe una cierta clase de problemas -problemas que son, en contraposición a los problemas que tenemos- que sólo pueden ser afrontados sobre la base de un conocimiento humanístico”. Son “los más típicos e irreductibles problemas humanos: el fracaso, los conflictos, la alienación, la anomia y el gusto”, donde lo que se requiere es eso que antes se llamaba “sabiduría”.

Como ejemplo, Janik cita “el caso de un dotado arquitecto o ingeniero de 40 años que se encuentra en una crisis profesional, porque su empresa le ha ascendido para ocupar un cargo directivo como reconocimiento a sus excelentes logros profesionales  En lugar de hacerle feliz, este nuevo cargo es una fuente de problemas muy preocupantes porque realmente no tiene preparación para ser gerente, que es en gran medida un asunto en el que uno ha de hacer frente a  conflictos “. (Por otra parte, Janik ha explorado la manera en que las enfermeras experimentadas a menudo se vuelven profundamente inquietas cuando los ordenadores se introducen en las salas de hospital.) El gerente novato no necesita tener más conocimientos tecnológicos porque la promoción es resultado de una capacidad sobresaliente en estas áreas. Lo que se necesita, en cambio, indica Janik , es “reflexionar sobre la complejidad y profundidad de los conflictos concretos, eso que  Maquiavelo, Ibsen, Shakespeare y Camus – y sólo ellos – ofrecen”.

Mientras que muchos universitarios de las humanidades se han convertido en irrelevantes por “tomar las cuestiones sobre las que trabajan de sus compañeros y no de la humanidad perpleja”, dice Janik,  tienen un  futuro real, en realidad vital,  si “están listos y dispuestos a introducir nuevas formas de programas de educación permanente” donde puedan “articular el significado de la sabiduría humana dentro de un mundo globalizado y técnico -no con la predicación, sino ayudando a las empresas y a la tecnología, las fuerzas motrices de la globalización, a entender sus problemas más angustiosos “.

Entonces, ¿dónde ven los humanistas británicos los principales desafíos a lo que están haciendo?

“Desde hace varios años”, dice Stephen Mumford, profesor de metafísica y al frente de las Humanidades de la Universidad de Nottingham, “he sentido que las humanidades han sido objeto de ataque. En el período previo al [denominado] programa ” impacto”,  el Gobierno ha estado haciendo ruido sobre lo que las humanidades contribuyen al PIB y a la sociedad en general. “Por el momento, las humanidades siguen siendo populares entre los estudiantes, y la situación de la filosofía sigue siendo boyante, pues la gente la ve como parte esencial de lo que es un ser humano. Miren lo que hace la gente cuando son super-ricos -dedican su tiempo a las artes o dan dinero a fundaciones! “El peligro es que el Gobierno dé prioridad a la financiación de investigaciones sobre lo que considera que son los temas más prácticos. Podríamos ver cerrar algunos departamentos y que los estudiantes sintieran que no deben estudiar humanidades”.

Mumford detecta una punta de iceberg preocupante. Considera que es “peligroso cuando el Gobierno trata de dirigir férreamente la investigación, ya que conduce al estancamiento, pues la gente no trabaja en las cosas que realmente le importan, sólo intenta hacer lo que piensa que es necesario. La mejor investigación tiene que estar impulsada más por la curiosidad que por la financiación”.

Tampoco respalda los “grandes proyectos de investigación colaborativa en el modelo científico”. En las humanidades, dice, “el progreso realmente innovador procede de los puristas o especialistas, por lo que el enfásis del gobierno en la interdisciplinariedad representa una injerencia en la libertad académica”. Es un signo preocupante de los tiempos que el  viejo esquema del Arts and Humanities Research Council, que se basa en el modelo del académico solitario, haya sido prácticamente abolido. Al igual que Collini, Mumford cree que las humanidades  son “valiosas por derecho propio. El problema con la búsqueda del “impacto “es que convierte a los valores en puramente extrínsecos -aunque, lógicamente, algo tiene que tener un valor intrínseco. “Las humanidades también pueden tener algún valor extrínseco, pero es difícil de calcular o de señalar -nada sabemos sobre el impacto que tendrá el pensamiento especulativo transcurridas décadas o siglos. El carácter intangible de los beneficios significa que olvidamos el valor de la investigación humanística”.

Como muchos de sus pares académicos, Mumford considera que las humanidades ofrecen beneficios morales y ayudan a curar los males de la sociedad. “Veo una tendencia general de las artes y las humanidades a humanizar, aunque hay excepciones”, dice. “Reflexionar sobre las artes y la naturaleza de la humanidad tiende a crear ciudadanos más civilizados, en lugar de esclavos autómatas para producir más dinero. La sociedad británica se ha vuelto más rica, pero está más deprimida y espiritualmente empobrecida. Hemos dejado atrás nuestra humanidad con el énfasis en el beneficio y en hacer dinero. Las artes y las humanidades pueden cuestionar el tipo de valores que tenemos en el mundo “.

Lucy Ellmann es novelista y profesora de escritura creativa en la Universidad de Kent. Hoy, dice, “las humanidades están siendo asesinadas -los estudiantes ya no saben lo que quieren hacer, aunque todavía quieren algo. Los científicos están ganando. Todo el mundo está convencido de que la ciencia lo es todo y que nosotros somos muy tontos, mientras que creo que las humanidades son esenciales como guardián moral de la ciencia; actúan como contrapeso de los políticos, los sacerdotes, los banqueros y los científicos. Su propósito es hacer las preguntas correctas, incluso aunque no encontremos las respuestas, mientras que el objetivo de la ciencia es probar algún punto mudo”.

Si bien los cursos de escritura creativa como el suyo se basan en la “lectura atenta de los textos y en apreciar la literatura realmente buena”, a Ellmann le preocupa que algunos cursos de literatura hayan vendido el aprobado y “dediquen demasiado tiempo a un bonito material de pacotilla, como las novelas de vampiros, ya que se presta mejor al análisis teórico. Me opongo a eso, porque es un mal uso del escaso tiempo disponible que tienen los estudiantes.  “Uno puede encontrar académicos que parecen complacerse con la literatura degradante. Me sorprende cómo muchos pasan su tiempo libre leyendo gilipolleces. No me parece que amen realmente la literatura como forma de arte”. Dado que la han contratado por su trayectoria como novelista, se espera que Ellmann continúe escribiendo ficción. Sin embargo, se opone a que este trabajo sea clasificado como “investigación”.

A la citada Devorah Baum también le preocupa que los modelos científicos se estén extendiendo a áreas donde no son apropiados. “A los nuevos profesores se les exige el Postgraduate Certificate in Academic Practice [como el máster de docencia], que, si bien tiene muchas cosas beneficiosas que ofrecer a los profesores nuevos, usa en gran medida el lenguaje de la ciencia y de la estadística para la enseñanza de las humanidades”. “Ahora usan términos como ‘módulos’  y se les pide pensar en términos de ”constructive course alignment”, especificando y enumerando por adelantado cada uno de nuestros propósitos yobjetivos, así como los  resultados previstos del aprendizaje, eliminando así, en cierta medida, lo imprevisible, no objetivo y espontáneo de nuestras clases y seminarios.

“El alto porcentaje de etiquetas que les adjudicarán a los investigadores de humanidades con el REF [Research Excellence Framework], satendiendo al ‘impacto de su trabajo’, que quiere cuantificar y evaluar, por ejemplo, el trabajo de un investigador sobre la utilización del simbolismo en Herman Melville, escrito en términos de sus beneficios económicos y sociales, indica que las materias de humanidades como la literatura inglesa ya no son valoradas o comprendidas en sus propios términos”. “El término ‘impacto’ a muchos les parece que representa un ataque en el conocimiento, o a un cierto tipo de conocimiento. Impone la mala fe en todos nosotros”, dice Baum.

Nussbaum cuenta la saludable historia de un filósofo que envió una gran propuesta.  Como tenía seis palabras menos de las permitidas,  incluyó la palabra “empírico” seis veces “, como si tratara de tranquilizar a los burócratas de que no se trataba de mera filosofía”.

Sin embargo, no todo es pesimismo y fatalidad. Patricia Waugh, profesora de literatura inglesa en la Universidad de Durham, reconoce que los estudios de inglés están “bajo presión, pues han de explicitar el valor de su contribución a la investigación y al augue social”, pero tiene una visión muy optimista de la situación actual. Muchas de las tareas tradicionales se están llevando a cabo con energía. En los últimos años hemos visto la publicación de las series New Penguin Freud (con muchos editores que proceden de los departamentos de inglés), las principales nuevas ediciones de las obras completas de George Orwell y las de los poetas románticos, así como las cartas de Kingsley Amis, Samuel Beckett, T.S. Eliot, Philip Larkin y D. H. Lawrence. Han aparecido recientemente biografías hechas por académicos de Shakespeare, Kingsley Amis, William Golding, Muriel Spark y Virginia Woolf, que han suscitado un gran interés. Muchos de los principales nuevos escritores creativos provienen de grados en literatura inglesa.

El período que va aproximadamente de la década de 1970 hasta la de 1990 marcó el apogeo de la teoría literaria, con una amplia interacción entre el inglés y disciplinas como el psicoanálisis, la lingüística, la antropología y la filosofía continental. Cuando eso se agota, viene lo que Waugh llama la era del “inglés como estudios culturales o la historia cultural”. Esto a menudo significa “un retroceso en el compromiso con los escritores canónicos y un vuelco en favor de la exploración de contextos culturales menos próximos o de voces marginadas que a menudo son queer, mujeres, minorías étnicas, clase trabajadora y, por tanto,  “identidades políticas “.

A pesar de que ve todos estos acontecimientos como algo estimulante y saludable, Waugh da la bienvenida a una nueva revisión de las relaciones con los grandes temas de nuestro tiempo. “El inglés incluye ahora el estudio del cine, los cuentos y las historias folclóricas de todo el mundo”, dice ella, y eso da “atención creativa a la retórica de los políticos, los expertos y Spin Doctors. Se centra en lo que es un ser humano y en las imágenes que los humanos construyen de sí mismos en todo el mundo. Se relaciona con la historia de la ciencia y el pensamiento intelectual, con la biología evolutiva y sus significados, la medicalización de la cultura, la conciencia ecocritica, la narrativización  en la filosofía y la ciencia, la globalización y el terrorismo”. Algunos de los trabajos actuales de Waugh como crítica literaria son parte de un proyecto financiado por Leverhulme sobre “puntos de inflexión” en el que se ve colaborando con  matemáticos, geógrafos, historiadores, climatólogos y economistas.

Esta interdisciplinariedad y el aumento de los programas de escritura creativa nos han hecho volver, dice Waugh, sobre “cuestiones estéticas tradicionales -como la forma y la belleza- que ahora se están descubriendo como algo central en otras formas disciplinarias de mirar y entender el mundo. “Ha habido un  retorno en el sentido de reconocer el enorme potencial humanístico del inglés:  la estridencia anti-humanista de la década de 1980 y 1990 ha desaparecido -aunque la crítica a las asunciones de un humanismo ingenuo ha sido ampliamente aceptada. Estudiar inglés favorece la aparición del pensador creativo y el astuto lector. El mundo los necesita a los dos! ”

Podemos dejar la última palabra a Marinoff. Cuando pregunta directamente a sus estudiantes, la mayoría de ellos coinciden en que “es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho”. Todos ellos se beneficiarían del estudio de las humanidades. “Sin embargo, algunos de ellos no lo hacen. Ésos son los que no necesitan de las humanidades, porque están ocupados en encontrar la manera de recibir un transplante de genes y convertirse en cerdos”.

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Más madera:

The Great Brain Race: How Global Universities Are Reshaping the World (Princeton, 2010), el próximo libro de Ben Wildavsky, del que pueden leer un extracto.

The Marketplace of Ideas: Reform and Resistance in the American University (Norton, 2010), del siempre interesante Louis Menand, que ha sido muy bien recibido y ampliamente reseñado, por ejemplo…

Making Reform Work: The Case for Transforming American Higher Education (Rutgers, 2009), de Robert Zemsky, del que hay reseña.

The Provocations of Mark Taylor“, un artículo del Chronicle en el que se repasa las ideas y la vida de este filósofo, autor de un polémico artículo titulado “End the University as We Know It“.

The Great American University: Its Rise to Pre-eminence, Its Indispensable National Role, Why It Must Be Protected by (PublicAffairs, 2009), de Jonathan Cole.

Sin olvidar la multitud de artículos que lo abordan. Por ejemplo:

Desde Australia, Ken Gelder publica en la Australian Humanities Review un artículo titulado ” English, Autonomy, and the Republic of Letters

Y sobre lo mismo, el futuro de los “english studies”, más negro que el carbón, se extienden en “The Worst MLA Ever“, en The Chronicle.

Valerie Saturen, en In These Times,  expresa su lamento en “Losing Liberal Arts. Liberal Arts Education and the Growing Class Divide”

Thomas H. Benton prefiere la amarga ironía en “Graduate School in the Humanities: Just Don’t Go“, también en The Chronicle.

Y, finalmente, sobre la ultraespecialización de los máster, este breve que publica el Ney York Times con título algo pasado pero aún graciosillo: “Ten Master’s of the New Universe

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