Holocausto: la realidad ignorada (II)

Las principales víctimas de las políticas de asesinato directo de ciudadanos alemanes fueron los 70.000 que padecieron la “eutanasia”  y los 165.000 judíos de Alemania. Las principales víctimas alemanas de Stalin siguen siendo las mujeres violadas por el Ejército Rojo y los prisioneros de guerra confinados en la Unión Soviética. Unos 363.000 prisioneros alemanes murieron de hambre y enfermedades en el cautiverio soviético, y quizá también unos 200.000 húngaros. En un momento en que la resistencia alemana a Hitler recibe atención por parte de los medios de comunicación, cabe recordar que algunos de los participantes en la conspiración de julio de 1944 para matar a Hitler estuvieron en el centro de las políticas de asesinato en masa: Arthur Nebe, por ejemplo, que mandaba los Einsatzgruppe B en los campos de la muerte de Bielorusia durante la primera ola del Holocausto en 1941, o Eduard Wagner, intendente general de la Wehrmacht, que escribió una alegre carta a su esposa sobre la necesidad de negar alimentos a los millones de hambrientos de Leningrado.

Es difícil olvidarse de Ana Akhmatova: “Adora la sangre, esta tierra rusa”.  Sin embargo, el martirio y el heroísmo de Rusia,  proclamados ahora en voz alta en la Rusia de Putin, deben ser situados en un contexto histórico más amplio. Los rusos soviéticos, al igual que otros ciudadanos soviéticos, fueron víctimas de la política estalinista, pero era menos probable que murieran que los ucranianos o  polacos soviéticos, o que los miembros de otras minorías nacionales. Durante la Segunda Guerra Mundial, las acciones de terror se extendieron al este de Polonia y a los países bálticos, territorios absorbidos por la Unión Soviética. En el caso más famoso, 22.000 ciudadanos polacos fueron asesinados en 1940 en Katyn y en otros cuatro lugares; decenas de miles de polacos y bálticos murieron durante o poco después de las deportaciones a Kazajstán y Siberia. Durante la guerra, muchos rusos soviéticos fueron asesinados por los alemanes, pero en un número proporcionalmente mucho menor que bielorrusos y ucranianos, por no hablar de judíos. Las muertes de civiles soviéticos se estiman en torno a 15 millones. Aproximadamente  uno de cada veinte y cinco civiles  fue asesinado en Rusia por los alemanes durante la guerra, en oposición a uno de cada diez en Ucrania (o Polonia) o uno de cada cinco en Bielorusia.

Fuente: NYRB

Bielorusia y Ucrania fueron ocupadas durante gran parte de la guerra, y su territorio atravesado en dos ocasiones por ambos ejércitos, alemán y soviético,  atacando y retirándose. Los ejércitos alemanes no ocuparon más que una pequeña parte de la propia Rusia, y durante períodos más cortos. Incluso teniendo en cuenta el sitio de Leningrado y la destrucción de Stalingrado, la mortandad de civiles rusos fue mucho menor que la de bielorrusos, ucranianos y judíos. Las exageradas reclamaciones rusas sobre el número de muertes toman a Bielorusia y Ucrania como Rusia y a los judíos,  bielorrusos y ucranianos como rusos: ésto equivale a un imperialismo del martirio, una reclamación territorial implícita a través de una reclamación explícita de las víctimas. Ésta será probablemente  la línea propuesta por el nuevo comité histórico designado por el presidente Dmitri Medvedev para evitar “falsificaciones” del pasado ruso. Según la legislación que se debate actualmente en Rusia, declaraciones como las contenidas en este párrafo serían un delito penal.

Los políticos ucranianos contrarestan el monopolio ruso del sufrimiento común, al tiempo que responden a los estereotipos europeos occidentales que ven a los ucranianos como colaboradores del Holocausto, proponiendo un relato de su propio sufrimiento: millones de ucranianos fueron deliberadamente muertos de hambre por Stalin. El presidente Viktor Yushchenko le hace un flaco favor a su país al afirmar que hubo diez millones de muertos, exagerando así el número de ucranianos que murieron, triplicándolo; pero es cierto que en Ucrania la hambruna de 1932-1933 fue resultado de decisiones políticas intencionadas y que murieron cerca de tres millones de personas. Con la excepción del Holocausto, las hambrunas que causó la colectivización fueron el mayor desastre político del siglo XX europeo. Sin embargo, la colectivización siguió siendo el elemento central del modelo soviético de desarrollo, y fue copiado después por el régimen comunista chino, con la consecuencia previsible: decenas de millones de muertos de hambre durante el Gran Salto Adelante de Mao.

La obsesión con Ucrania como fuente de alimentos fue compartida por Hitler y Stalin. Ambos deseaban controlar y explotar el granero de Ucrania, y ambos   provocaron hambrunas políticas: Stalin en todo el país, Hitler en las ciudades y en los campos de prisioneros de guerra. Algunos de los prisioneros de Ucrania, que soportaron el hambre en los campamentos en 1941 habían sobrevivido a la hambruna en 1933. Las políticas alemanas de hambre son parcialmente responsables de la noción de que los ucranianos fueron colaboradores voluntarios del Holocausto. Los colaboradores ucranianos más notorios fueron los guardias de las instalaciones de la muerte en Treblinka, Belzec y Sobibor. Lo que rara vez se recuerda es que los alemanes reclutaron los primeros cuadros de guardianes, soldados soviéticos que habían capturado, de entre los propios prisioneros de guerra que tenían en sus campos. Rescataron a algunas personas del hambre, un gran crimen en el Este, para hacerlos de ellos colaboradores en otro, el Holocausto.

La historia de Polonia es una fuente interminable de confusión. Polonia fue atacada y ocupada no por uno sino por ambos Estados totalitarios entre 1939 y 1941, cuando la Alemania nazi y la Unión Soviética, entonces aliadas, explotaronn sus territorios y exterminaron a gran parte de su intelectualidad. En la capital de Polonia tuvo lugar no uno sino dos de los principales levantamientos contra el poder alemán durante la Segunda Guerra Mundial: el levantamiento de los judíos del gueto de Varsovia en 1943, tras lo cual el gueto fue arrasado, y el levantamiento de Varsovia del Ejército Polaco en 1944, tras el que se destruyó el resto de la ciudad. Estos dos ejemplos centrales de resistencia y asesinato en masa se confundían en los medios de comunicación alemanes en agosto de 1994, en 1999 y en 2004, en los sucesivos aniversarios que cada lustro conmemoran la sublevación de Varsovia de 1944, el último en agosto de 2009.

Si hay un país europeo que parezca fuera de lugar en la Europa de hoy, encallado en otro momento histórico, ése es Bielorrusia, bajo la dictadura de Aleksandr Lukashenko. Sin embargo, mientras Lukashenko prefiere ignorar los campos soviéticos de la muerte en su país, con su deseo de construir una autopista sobre las fosas de muertos en Kuropati, en algunos aspectos Lukashenko recuerda la historia europea mejor que sus críticos. Ya sea como muertos de hambre entre los prisioneros de guerra soviéticos, judíos asesinados por disparos y gaseados o civiles tiroteados en acciones anti-partisanas, las fuerzas alemanas hicieron de Bielorrusia el peor lugar del mundo entre 1941 y 1944. La mitad de la población de la Bielorrusia soviética muerieron o se cieron forzados a desplazarse  durante la Segunda Guerra Mundial: nada de eso puede decirse de ningún otro país europeo.

Los recuerdos bielorusos de esta experiencia, cultivada por el actual régimen dictatorial, ayudan a explicar las sospechas ante las iniciativas procedentes de Occidente. Sin embargo, los europeos occidentales aún se sorprenden por lo general al enterarse de que Bielorrusia fue a la vez el epicentro de la matanza europea y la base de operaciones de la lucha partisana anti-nazi que, en realidad, contribuyó a la victoria de los Aliados. Es sorprendente que un país como éste pueda quedar totalmente desplazado de la memoria europea. La ausencia de Bielorrusia de los debates del pasado es la señal más clara de la diferencia entre memoria e historia.

Igualmente preocupante es la ausencia de la economía. Aunque la historia de asesinatos en masa tiene mucho que ver con el cálculo económico, la memoria rehuye  todo aquello que pueda hacer aparecer el asesinato como algo racional. Tanto la Alemania nazi como la Unión Soviética siguieron un camino hacia la autosuficiencia económica, con una Alemania que deseaba equilibrar la industria con una utopía agraria en el Este, mientras la URSS deseaba superar su atraso agraria con la rápida industrialización y urbanización. Ambos regímenes tuvieron como objetivo la autarquía económica dentro de un gran imperio, con el que ambos trataban de controlar el este de Europa. Ambos vieron el Estado polaco como una aberración histórica, ambos vieron a Ucrania y a su rico suelo como indispensables. definieron a diferentes grupos como enemigos de sus diseños, aunque el plan alemán para matar a todos los judíos no tiene oparangón con ninguna política soviética en lcuanto a objetivos totales. Lo fundamental es que la ideología que legitima la muerte en masa fue también una visión de desarrollo económico. En un mundo de escasez, particularmente de suministros de alimentos, ambos regímenes integraron asesinato en masa con planificación económica.

Lo hicieron en una manera que hoy nos parece terrible y obscena, pero que eran lo suficientemente plausible para motivar entonces a un buen número de creyentes. Los alimentos ya no escasan, al menos en Occidente, pero hay otros recursos que sí, o quizá lo sean pronto. En el siglo XXI, nos enfrentaremos a la escasez de agua potable, de aire limpio y de energía asequible. El cambio climático puede traer una nueva amenaza de hambre.

Si hay una lección política general a extraer de la historia de los  asesinatos en masa es la necesidad de ser cuidadosos con lo que podríamos llamar el desarrollo privilegiado: los intentos de los Estados a realizar una forma de expansión económica que designa a las víctimas, que motiva la prosperidad con la mortalidad. No podemos descartar la posibilidad de que el asesinato de un grupo pueda beneficiar a otro, o al menos puede que se vea así. Es una versión de la política de la que Europa ha sido testigo y, de hecho, podría serlo de nuevo. La única respuesta adecuada es un compromiso ético con el individuo, de manera que cuente más la vida del individuo que su muerte, y que los esquemas de este tipo sean impensables.

La Europa de hoy es notable precisamente porque une prosperidad con justicia social y derechos humanos. Probablemente más que cualquier otra parte del mundo, es inmune, al menos por el momento, a tales búsquedas cruelmente instrumentales del crecimiento económico. Sin embargo, la memoria ha hecho algunos desvíos extraños de la historia, en un momento en que se necesita más que nunca a la historia. El pasado reciente de Europa pueden parecerse al futuro próximo del resto del mundo. Esta es una razón más para reclamar el derecho a volver a hacer recuento.

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Bibliografía reciente y otros enlaces:

Worse than a Wat. Genocide, Eliminationism and the Ongoing Assault on Humanity, de Daniel Jonah Goldhagen  (PublicAffairs, 2009)

Ending Our Age of Suffering A plan to stop genocide“, por Daniel Jonah Goldhagen

Entrevista con  Daniel Jonah Goldhagen: “‘Mass Slaughter Is a Systemic Problem of the Modern World

Holocaust as Career. The Khmer Rouge, the Nazis and the Banality of Evil“, por Erich Follath

Cathie Carmichael, Genocide before the Holocaust, Yale University Press, 2009

Ben Kiernan,  Blood and Soil: A World History of Genocide and Extermination from Sparta to Darfur, Yale University Press, 2007

The Evil That Men Do“, a propósito de:  Armenian Golgotha: A Memoir of the Armenian Genocide, 1915-1918, de Grigoris Balakian (Knopf, 2009);  Sorrowful Shores: Violence, Ethnicity, and the End of the Ottoman Empire, 1912-1923, de Ryan Gingeras (Oxford University Press, 2009); y  My Grandmother: A Memoir, de Fethiye Cetin (Verso, 2008).

Otra reseña del volumen de Goldhagen y de Stripping Bare the Body.  Politics Violence War, de Mark Danner (Nation, 2009)

Etcétera

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4 Respuestas a “Holocausto: la realidad ignorada (II)

  1. También yo te agradezco que hayas compartido con nosotros este texto.
    Es realmente interesante, y muestra que se hace necesaria una revisión de toda esa época oscura del siglo XX.

    Tampoco estará mal seguir con los trabajos que analizan el cómo se pudo llegar ahí, a los totalitarismos, antisemitismos, etc.; en una Europa culturalmente próspera y avanzada. Hoy vemos como la extrema derecha se afianza en algunos países centroeuropeos, y como un nuevo antisemitismo (esta vez enfocado contra el musulmán) toma forma. Deberíamos extraer las lecciones del pasado y evitar caer de nuevo en el mismo pozo.

    Te pido permiso por otra parte, Anaclet, para publicar el texto transcrito (por supuesto indicando la fuente de procedencia) en el foro http://www.1y2gm.com que trata de divulgar el conocimiento de los sucesos que sembraron la primera mitad del pasado siglo. Si no te parece bien, simplemente aportaré el link para que puedan en cualquier caso leerlo desde aquí.

    Saludos

  2. No querría dejar de mencionar el la aportación genocida del régimen Ustasha de Croacia, donde, si bien las cifras no pueden equipararse a los casos soviético y alemán por razones obvias, es en general apenas mencionado, y donde fueron asesinados cientos de miles de serbios, decenas de miles de gitanos, y donde apenas sobrevivió una cuarta parte de la población judía, todo ello con la muy estrecha colaboración de la Iglesia Católica croata, con unos métodos que, parece ser, llegaron incluso a sorprender por su brutalidad a más de un oficial alemán, y cuyos dirigentes fueron, al terminar la guerra, más que bien recibidos aquí en España.

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