Humor estalinista, con resabios

Karen Ryan es una reputada especialista en lengua y literatura rusas que trabaja en la Universidad de Virginia. De hecho, ha publicado distintas obras sobre ese asunto y, en particular, sobre la publicística y cómo esta ha utilizado el recurso de la sátira textual o gráfica: Russian Publicistic Satire: The Contemporary Journalistic Feuilleton (Edwin Mellen Press, 1993); Contemporary Russian Satire: A Genre Study (Cambridge University Press, 1995); y, por último, la reciente Stalin in Russian Satire, 1917-1991 (University of Wisconsin Press, noviembre de 2009).

Por supuesto, el tema es extraordinariamente interesante, pero ha suscitado división de opiniones. Según el editor, el estudioso de origen ruso Mark Lipovetsky (no confundir con Gilles) afirma que el volumen es único, extraordinario. Sin embargo, el escritor y periodista Michael Idov no opina lo mismo, hasta el punto de  despedazar la obra de Ryan, a la que acusa de cierto exceso academicista. Lo hace en estos términos en las páginas de The New Republic:

La idea de que muchas de las  presentes aflicciones de Rusia derivan de su incompleta desestalinización está tan extendida que acaba siendo banal. También es correcta. Hace apenas dos meses, me quedé boquiabierto al ver el nombre de Stalin, recientemente restaurado, ornamentando un pórtico de estilo neoclásico en la estación de Kurskaya del metro de Moscú. El nombre tiene su propia guardia de seguridad: diriges la mirada hacia las seis letras más tiempo del debido, como hice yo, y se te acercan. Unas semanas antes, Stalin había liderado una encuesta nacional sobre cuál era el “nombre más grande”  de Rusia. Tras un cuidadoso escrutinio y recuento, terminó en tercer lugar, superando aún holgadamente a Pushkin y Dostoievski.

En lo tocante al legado de Stalin,  la actual administración rusa muestra una ambivalencia extraña y repugnante,  y así se ve en las noticias y en la arquitectura.  De ahí que el nuevo estudio de Karen L. Ryan, Stalin in Russian Satire, 1917-1991, resulte ciertamente oportuno. Es un recordatorio de que el pueblo soviético (un título más correcto, teniendo en cuenta las fechas, sería “Stalin in Soviet Satire”) no adora o teme de manera uniforme al tirano;  de que, efectivamente, una gran cantidad de literatura, de canciones populares y  de tradición oral, se dedicó a hacer burla despiadada de Stalin, incluso, increíblemente, en los tiempos en que un comentario inocente en una cena podía significar una detención a medianoche, una confesión forzada y pasar décadas en los campos.

Lamentablemente, aunque el libro está bien documentado y usa con imaginación las fuentes,  está contaminado por una distorsión única, aunque fundamental, que informa cada página. Ryan, profesora de literatura y lenguas eslavas, ha encontrado un gancho original para su estudio: las sátiras rusas de Stalin, según ella, no son sólo el humor negro fatalista de un pueblo oprimido, con una larga historia de fatalismo y negritud. Son una auto-exoneración reflexiva  de la culpa colectiva, una forma de exteriorizar al opresor. “Al demostrar que Stalin no pudo haber sido parte de la cultura rusa”, escribe Ryan, “… la sátira sirve a menudo para afirmar la salud y la solidez de esa cultura”.  Si Stalin es ajeno, él no soy yo; y si no soy yo,  no tengo ninguna responsabilidad por su reinado. Éste es un punto válido, por supuesto, pero no es el único punto. Al situarlo como punto central del libro, logra convertir la burla de un tirano –una de las más valientes acciones disponibles para un artista que vive bajo la tiranía– en un acto de, digamoslo así, cobardía.

Stalin in Russian Satire está organizado, de manera fascinante, como artificio literario, en contraposición a una presentación por épocas o géneros. El primer capítulo, “The Insanity Defense”, escoge  algunos de los trabajos en los que Stalin es representado como un loco delirante, infectando al país con su delirio. El siguiente y más divertido capítulo, “A Bestiary of Stalins”, muestra veladas descripciones del dictador como uno de los bichos que aparecen en el poema esopiano para niños “La cucaracha feroz”, de  Kornei Chukovsky,  y  en “El gato Negro”, la canción de Bulat Okudzhava de 1966. “Stalin in a Dress” aborda la forma tal vez más habitual y evidente de denigrar a un tirano;  “The Monster Lurks Within”  examina a Stalin como un dragón y un pájaro de acero; y los dos capítulos finales discuten algo vinculado con las representaciones de Stalin como diablo y muerto viviente.

El zoo resultante es casi abrumador. Aquí tenemos a Stalin volviendo del sueño criogénico en 1974, descendiendo del cielo travestido de volador, luchando contra su propio pie rebelde; si “el sueño de la razón produce monstruos”, por el grabado de Goya, éstas son las pesadillas que se siguen. La gama de fuentes que Ryan usa es notable, desde los nombres de las tiendas (Vladimir Nabokov, Aleksandr Solzhenitsyn) a figuras relativamente desconocidas en Occidente, como Yuz Aleshkovsky y el compositor Alexandr Galich; la inclusión de Evgenii Shvarts, un autor de mordaces y brillantes alegorías que en nada desmerece a Bulgakov, es motivo suficiente para leer el libro.

Al mismo tiempo, Ryan queda maniatada en todo momento por su idea central, el prisma exclusivo a través del que observa todas las sátira de Stalin: su manufacturada “alteridad”, un término académico para el concepto de otredad. “La exclusión –presentando  a Stalin como otro con respecto al yo cultural– es un mecanismo particular, sostenido en una visión rusa del mundo que es esencialmente maniquea”, se afirma en la introducción, la primera de muchas, muchas repeticiones de la misma idea. El kit de herramientas de Ryan es lacaniano, con pizcas de Tzvetan Todorov: ella ve al otro en todas partes, haciendo un gran esfuerzo de contorsión lógica en ese proceso.

Ver cómo Ryan se esfuerza para hacer encajar sus premisas es francamente incómodo y un poco embarazoso. Al diseccionar  “La cucaracha”, que es un insecto arrogante que aterroriza a todas las criaturas del bosque, demasiado miedosas como para advertir su diminuto tamaño, la autora cita una copla (“Volki ot ispuga / Skushali drug druga”, es decir, los lobos, de miedo / se devoraban unos a otros) y nos da esto:

“Teniendo en cuenta que todos los animales de Chukovsky están antropomorfizados, este consumo es equivalente al canibalismo o antropofagia, a que un semejante se coma a otro. La incitación de Stalin/cucaracha a los inocentes animales a que rompan este tabú intensifica su alteridad, pues el canibalismo es una característica a menudo asociada con un otro exótico”.

Veamos el academicismo de la autora, que raya en la autoparodia (¿ese canibalismo se comería a la antropofagia?);  la afirmación carece de sentido en su misma raíz, ya que cambia los temas a mitad de exposición,  de los lobos a la cucaracha. Lo más triste de todo es que la copla citada es de hecho una sátira perfecta y sucinta de la conducta de los rusos bajo Stalin — la cultura auto-destructiva del stukachestvo (autocontrol por miedo al arresto o la denuncia), o la de delatar a los vecinos;  las personas tenían tanto miedo que de hecho se comían unos a otros. Pero esto, por supuesto, contradice directamente la gran tesis de Ryan –acepta e internaliza la culpa exactamente donde ella prefiere ver la desviación.

Página tras página, Ryan niega sus propias y terribles miradas  con su necesidad de hacer que se ajusten dentro de un marco ridículo. Al discutir sobre “El gato negro” de Okudzhava, que trata literalmente de un gato que preside un tribunal en un corral de Moscú, ella  conecta de forma elegante la visión de la canción de Stalin como un felino demoníaco con un antiguo lubok (huecograbado popular) ruso que da a Pedro el Grande el mismo trato . Luego encuentra el verso que dice  “Cada persona le trae algo / y le da las gracias”, y su alarmas lacanianas se encienden por enésima vez: “Este acto resuena mucho a sacrificio y lo que se ofrece queda como algo no dicho; el sacrificio, especialmente el sacrificio humano,  se asocia generalmente con un otro exótico “.

A ojos de Ryan, la sátira rusa de Stalin existe para abordar la “dolorosa cuestión de la culpa, la complicidad y la responsabilidad”, y en gran medida decepciona. Con este único enfoque, la autora parece haber olvidado los mecanismos básicos de su propio objeto. La primera regla de la sátira, en todas partes y siempre, es trabajar con lo que tienes. En el caso de Stalin, esto significa un bigote, marcas de viruela, una mano izquierda algo mustia -un handicap, no reconocido pero tan conocido como la polio de Franklin Delano Roosevelt- y, sí, ese espeso acento georgiano. (Curiosamente, Ryan omite el  famoso  “Stalin Epigram” de Osip Mandelstam,  la bomba suicida de un poema cuya caracterización del dictador como “Montañés del Kremlin” sin duda juega a favor del motivo del exotismo). Digámoslo así: si Stalin hubiera sido grotescamente obeso, el saber popular lo hubiera pintado como una ballena, un hipopótamo o un dirigible. O, como es el caso de la protagonista en otra fábula de Kornei Chukovsky, una ambulante e intimidatoria tina. Además, el bigote de Stalin era increíblemente fácil de convertir en un gato o una cucaracha, debido a una peculiaridad lingüística, que Ryan conoce y reconoce: en ruso, la palabra usy significa “bigote” así como “bigotes” y “antenas” .  El significado de un bigote humano está en el centro de todo ello,  así que el gato y la cucaracha, en la mente rusa, son por defecto bigotes. Echar mano de  Lacan para conectar a Stalin con un gato a través de la alteridad incognoscible de este último es un caso clásico de ese hyperacademicismo por el cual los árboles no dejan ver el bosque.   El hombre parecía un gato. Todos los que vivían en el infierno lo sabían.

***

EPIGRAMA CONTRA STALIN

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.

Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.

Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
sólo él campea tonante y los tutea.

Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente,
al tercero en la ceja, al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.

Osip Mandelstam, Noviembre de 1933

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