La historia en Francia (está en crisis)

Pierre Assoiline es quien mejor ha mostrado la sensación catastrofista que envuelve al mundo universitario francés. En su blog, ha incluido una entrada titulada “Les sciences humaines guettées par la fièvre de l’évaluation“, pero sugiere otras cuestiones más allá de la evaluación.

Buscamos rayos de luz, nos dice,  para los amantes de la historia: retrocede en la educación secundaria, donde ya sólo es una asignatura optativa para los estudiantes de la rama científica; se desploma en la educación superior, donde el número de alumnos disminuye drásticamente; sufre tanto en la publicación académica como en la general;  y ahora es objeto de una recuperación y una manipulación sistemáticas por motivos meramente ideológicos tanto por parte del Elíseo como por las asociaciones de la memoria. En resumen, el futuro a corto plazo no es brillante. Quedan las revistas académicas. El estudio realizado por el Groupement français de l’industrie et de l’information pour Adonis (CNRS) sobre “La publicación científica francesa en ciencias humanas y sociales” no se limita a señalar con el dedo la escasa cultura digital de los editores, el declive demográfico de los investigadores y su incapacidad para romper las barreras académicas, para reunir una comunidad de intereses más allá de los estrechos límites de una disciplina: sino que el resumen del informe destaca el aumento de la la lógica evaluadora de la investigación y de los investigadores. La evaluación! La palabra es vilipendiada. La pregunta ahora es saber si los organismos de evaluación integraran las características de las ciencias sociales a la hora de determinar sus criterios de juicio o si simplemente se va a importar el modelo que ya está funcionando en la ciencia de la materia, el universo y la vida.

¿Cómo afecta a las revistas académicas? De manera muy precisa: si la fiebre evaluadora sigue propagándose con la devastación que conocemos y en el sentido de imaginamos, y si los criterios de las ciencias exactas se aplican, entre otros campos, a la historia, se multiplicará el número de artículos destinados exclusivamente a aquellas revistas con “consejo de redacción”, a menudo anónimo, en detrimento de la publicación de libros, en virtud del principio de la rentabilidad;  ya que no son indexados en las bases de datos bibliográficas, el investigador renunciará poco a poco a escribir libros y, según el historiador económico Jacques Marseille,   “troceará su tesis hasta el infinito para no derrochar de una sola vez su munición intelectual”. Lo contrario, añade Marseille, sería suicida, pues ya no importa enseñar sino publicar artículos que en su mayoría nada aportarán a nuestro saber colectivo, aunque multiplicarán las revistas académicas y cerradas en las que podremos publicar, hacernos un nombre y promocionarnos.   La medida de la excelencia será ésta.  Se dice, no obstante, que la Agence d’évaluation de la recherche et de l’enseignement supérieur, que controla los indicadores, podría  incluir los libros en su baremo: ¿pero no denunciará entonces la subordinación comercial de los editores? “Publicar o perecer” se dice en los países anglosajones, donde la tiranía de la publicación de artículos es proverbial. Los investigadores están obsesionados por su rango en el Citation Index.  En  fin, este asunto ya lo hemos tratado en este blog en otras ocasiones y podemos remitirnos, como hace Assouline, a las palabras de la economista Florence Audier.

La cuestión, acaba Assouline, es si se estandarizará la investigación en historia, sometiéndola a los dictados del rendimiento según un sistema reduccionista de evaluación heredado de una lógica liberal. No está prohibido resistir,  concluye el citado periodista, pero hay que tener en cuenta la relación de fuerzas.

No está mal, excepto que los franceses, como siempre, exageran. Y exageran porque creen que sólo ellos están afectados por las nuevas reglas, que son europeas y que a todos acabarán afectando. Y si no lo creen, repasen el texto que publicó Stefan Collini en el Times Literary Supplement a mediados de noviembre pasado. Allí daba cuenta del nuevo Research Excellence Framework (REF), con el que se retende evaluar la investigación universitaria. El modelo, como hemos repetido, se basa en el término “impacto”. Las directrices británicas señalan que el “impacto” no incluye “la influencia intelectual” sobre el trabajo de otros investigadores ni la influencia sobre el “contenido” de lo que se enseña. Ha de ser un impacto externo, “fuera” del mundo académico, sobre otros “usuarios de la investigación”.  Por otra parte, los indicadores son todos del tipo de “crear nuegos negocios”, “comercializar nuevos productos”, etc., excepto cinco que vienen referidos más o menos a lo que podríamos denominar “enriquecimiento cultural”, aunque éstos se refieren asimismo a la ciencia a secas, como “cambiar la actitud de la gente respecto a la ciencia”. Es decir, se excluye aquello que se considera de “impacto” dentro del munso de las humanidades. Stefan Collini pone como ejemplo a alguien que sea el mejor especialista en poesía victoriana, y que escriba magníficamente sobre ello. Ya puede esforzarse, pero su impacto será cero.

En fin, menos mal que aquí todavía tenemos los indicios de calidad, con los que podemos argumentar o inferir la existencia de un impacto no percibido. Pero cualquier día seremos impactados, y tendremos que demostrar qué golpe o efecto hemos producido sobre el mundo que nos rodea, con lo que finalmente seremos un acontecimiento, una noticia desbordante.

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