El porno: el quinto poder

Dice Umberto Eco que estábamos acostumbrados a dos principios: uno se resume en un sabroso dicho siciliano, “megghiu cumannari c’a fottiri”, que traducido de forma prosaica es algo así como “mejor ejercer el poder que fornicar”;  y el otro era que los hombres de poder si querían tener relaciones sexuales miraban  a la Condesa de Castiglione, a Mata Hari, Sarah Bernhardt o Marilyn Monroe.

Ahora sorprende que muchos hombres del mundo de la política o de los negocios no se hayan visto involucrados en actos de corrupción tanto por la colusión de intereses en el asunto del Canal de Panamá como por los servicios ofrecidos por determinadas profesionales, sin duda muy capacitadas pero con honorarios que no exceden de los mil euros  –que es cosa precaria, pero mucho menos de lo que costaba en su momento la Pompadour.  Y si tenemos otros gustos, no miramos al sofisticado Alcibíades, sino a un transexual marcado por la vida callejera de El Pireo.

No sólo eso: parece que muchos buscan tener posiciones de liderazgo, pero no porque consideren que tendrán mejores posiciones sexuales, sino porque su objetivo principal es probarse en posiciones sexuales inéditas. Eso sí, no es que los poderosos de antaño fueran insensibles a los placeres de la carne. Ciertamente, De Gasperi o Berlinguer nos habían acostumbrado a otro tipo de austeridad, Togliatti se había atrevido hasta con un divorcio, y si una menor de edad lo llamaba papá es porque la había adoptado. Sin embargo, a Julio César le era indiferente si se trataba de centuriones, patricios romanos o reinas de Egipto, el Rey Sol tenía su favorita, Vittorio Emanuele II cultivó a la bella Rosina, de Kennedy no hablemos. Sin embargo, estos grandes hombres parecían considerar a la mujer (o adolescente) como el reposo del guerrero;  es decir, en primer lugar  debemos conquistar Bactria, humillar a Vercingétorix, triunfar de los Alpes a las pirámides, unificar Italia, y el sexo era como un extra, algo como un martini straight up tras una dura jornada.   Los poderosos de hoy parecen aspirar en primer lugar a una noche con una veline, y al diablo con las grandes empresas o la Gran Empresa.

Y es que los héroes del pasado se excitaban con la lectura de Plutarco, mientras que los de hoy tratan de romper canales más pequeños después de  medianoche o se excitan en línea. Me fui a Internet y pregunté por el “Padre Pío”: 1.400.000 sitios. No está mal. Le pregunté por “Jesús”: 4.830.000 sitios – el Nazareno supera al citado Padre Pío. Entonces tecleo “porno”, y me da 130.000.000 (ciento treinta millones) de sitios. Pensando que el término “porno” fuera demasiado genérico en relación con el de “Jesús”, me decidí a comparar sexo con religión: la religión da poco más de nueve millones de sitios, sin duda más del doble que Jesús, que creo que es políticamente correcto, pero muy poco en comparación con la pornografía.

¿Qué encontramos en esos  ciento treinta millones de sitios porno? Uno puede encontrar, entre otras opciones, Anal, Asiatic, Latino, Feticism, Orgy, Bisexual, Cunnilingus, German (sic), Lesbian, Masturbation, Voyeur (se espía a un tipo que espía una comunión carnal),  y a continuación  las diversas formas de incesto, padre con hija, hermano y hermana, madre e hijo, padre, madre, hijo e hija todos juntos, madrastra e hijastro, incluso sobrino y abuela ( ranny) y MILF, que significa (y si no me cree busque la entrada en Wikipedia) “Mother I’d Like To Fuck”, una especie de madre con la que gustaría tener relaciones, generalmente una señora complaciente entre treinta y cuarenta y cinco años  (y pensar que Balzac tituló  “Una mujer de treinta años” a la historia de un declive femenino).

Ahora con la pornografía se pueden desfogar aquellos que por cualquier razón no pueden tener sexo en vivo, o sugerir a una pareja un tanto cansada como avivar su relación (y en este sentido es una función positiva), pero puede excitar la imaginación de los reprimidos empujándoles a dar rienda suelta a sus impulsos a través de la violación, el acoso o la opresión. Además, la pornografía te convence de que por mil euros pueden hacer cosas que ni siquiera Friné sería capaz de concebir.

Pero no pensemos sólo en el treinta por ciento de los italianos que usan Internet;  el setenta por ciento restante puede tener visiones diarias en la pantalla diez veces más atractivas que las que sólo los comendadores milaneses de los años cuarente podían conseguir a alto precio, y eso una vez al año, yendo  a ver a Wanda Osiris. Hoy en día una persona normal es provocada con el sexo en un grado mucho mayor de lo que le podía suceder a su abuelo. Pensemos en un sacerdote: veía sólo a la criada y leía L’Osservatore Romano, hoy ve jovencitas que se contonean ligeras de ropa cada noche. Y dicen que uno luego se convierte en un pedófilo.

¿Por qué no pensar que esta incesante solicitud del deseo no esté actuando también sobre los responsables de la cosa publicada, provocando una mutación de la especie, cambiando la propia finalidad de su acción social?

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3 Respuestas a “El porno: el quinto poder

  1. Creo que en el Brasil tenemos ejemplos mucho conocidos. El emperador Pedro I, siglo XIX.
    Getúlio Vargas en la decada de 30 y 40 del siglo XX. Juscelino en los 50 y 60. Tal vez
    un fenómeno llamado por Peter Burke de círculo de imitación cultural. Algo para reflexionar.

  2. Pingback: Tecnología militar y hedonismo: sexo, armas y hamburguesas « Clionauta: Blog de Historia·

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