Guía para escribir historia

Aunque hemos hablado de ello, no estará de más recordar que uno de los mejores blogs de historia es el de la Historical Society. Este recién empezado año lo han inaugurado con un repaso al número que su revista, Historically Speaking, publicó a principios de 2009. Ha pasado cierto tiempo, es evidente, pero conviene detenerse en su contenido, porque no es habitual: la forma en la que escribimos  la historia. En efecto, la citada publicación dedicó una mesa redonda a debatir sobre “Teaching the Writing“. Y lo hizo atinadamente, porque entonces estaba a punto de aparecer un volumen que ha generado cierta polémica: Voice and Vision. A Guide to Writing History and Other Serious Nonfiction, de S.J. Pyne, quien participaba en esa mesa.

Dice Randall J. Stephens, autor de la entrada del citado blog, que los estudiantes saben muy bien cómo van las cosas. Conocen perfectamente que en los exámenes se valoran los conocimientos historiográficos, que se tiene en cuenta si uno ha expuesto esta posición y aquélla. Así que leen, releen, fotocopian y digitalizan distintos textos para prepararse. En las clases y seminarios, los profesores inciden sobre ello, además de analizar fuentes, presentar métodos  y mostrar cómo se puede presentar el resultado de una investigación. Sin embargo, la pregunta es: ¿se dedica el mismo tiempo a enseñarles a escribir? A la postre, como dijo la historiadora inglesa C.V. Wedgwood, “sin esa perspicacia imaginativa que es consustancial a la literatrura creativa no se puede escribir historia de una manera inteligible”.

En fin, vayamos  a lo que dijeron los participantes en esa mesa redonda:

* Stephen J. Pyne (Arizona State)

La de la historia es una cultura libresca. Leemos libros, escribimos libros, nos promocionamos y obtenemos una plaza  gracias a  los libros, y en los congresos (los americanos) hay exposiciones de libros. Tenemos una disciplina basada en los libros. Pero no nos enseñan cómo escribirlos. Es una omisión increíble. Aceptamos las estadísticas, los sistemas de información geográfica, los idiomas, las técnicas de historia oral, la paleografía, así como otros instrumentos como metodologías legítimas; pero no nos tomamos en serio la escritura. Parece que la buena escritura sea no cometer faltas y poco más.   Estamos obsesionados por la historiografía, por observar el poder de distorsión de los tropos literarios  y por enumerar las falacias de los argumentos históricos, pero no entendemos el medio con el que emitimos  nuestro mensaje. El oficio  literario sigue siendo una caja oscura,   como el software que  ejecutan nuestros ordenadores portátiles. Sin embargo, no podemos evitar las palabras, y nuestras carreras suben y bajan sobre la base de lo que publicamos; simplemente no explicamos cómo pasamos la investigación a los textos. El tipo de escritura que hacemos no tiene ni siquiera un nombre. Así, mientras que muchos profesionales parecen dispuestos a desembalar los textos, pocos parecen dispuestos a enseñar ante todo a embalarlos.

¿Por qué? Puede que la simple producción de hechos se haya convertido en una justificación suficiente del trabajo académico. . . .

Una versión anterior de su participación en la mesa se puede seguir en The Chronicle

* Michael Kammen (Cornell)

Los historiadores se distinguen a sí mismos de diversas maneras, sin embargo  relativamente pocos son recordados por su talento como estilistas de la prosa, y menos son aún los que nos han dejado misivas no didácticas con consejos sobre el asunto. Después de su retiro de Cornell en 1941, Carl Becker aceptó un nombramiento temporal como Neilson Profesor de Investigación en el Smith College. A principios de 1942, pronunció un encantador discurso en Northampton, titulado “El arte de escribir.” Aunque admirado como uno de los escritores más agradables entre los historiadores de los Estados Unidos, la ingeniosa homilía de Becker, dirigida a las jóvenes preocupadas entonces por la buena escritura en general,  y el texto circularon  ampliamente. Citó, por ejemplo, la Alicia de Lewis Carrol, porque “la intención del autor era lograr un  humor oscuro escribiendo sobre sinsentidos. Tenía genio para ese tipo de cosas, de modo que, como se puede decir, logró la oscuridad con una claridad rara vez o nunca igualada antes ni después. “. . . .

. . . Samuel Eliot Morison, que tomó a Parkmancomo modelo, lamentó que los historiadores estadounidenses “han olvidado que hay un arte de escribir la historia”, y tituló su homilía “La historia como un arte literario”. Posteriormente Arthur M. Schlesinger, Jr., George Kennan  y C. Vann Woodward también porporcionaron ensayos instructivos que explican cómo y por qué los escritos históricos pueden fluir de una manera creativa  involucrando al lector en general. . . .

* Jill Lepore (Harvard)

Tengo un  texto que he estado usando durante un tiempo. Es una cosa básica, “Cómo escribir un trabajo para clase”. Todo el mundo tiene uno de estos folletos. El nuevo libro de  Pyne (Voice and Vision: A Guide to Writing History and Other Serious Nonfiction) se suma a eso que podríamos llamar “Cómo escribir un libro para esta profesión”. Me alegro de que lo haya escrito y no veo puntos de  desacuerdo con lo que expone,  aunque se me ocurre que aprender a escribir ensayos es tan importante como, y quizá más útil que, aprender a escribir libros. No estoy convencida de que los libros deban ser la medida del mérito en nuestra profesión. Tampoco lo estoy  de que todos los historiadores tengan que escribir los libros  –en mi caso no es así. Sin embarto, todo el mundo tiene que saber cómo escribir un ensayo. A pesar de esa precisión nimia, ciertamente no niego la premisa de Pyne: los historiadores no se preocupan mucho acerca de la escritura, y deberían, aunque un número sorprendente cree, y de forma tajante, que no. . . .

(Añadamos que Lepore escribe muchísimos artículos, sobre todo en New Yorker, pero también en muchos otros periódicos y revistas. Por cierto, lo hace muy bien y es una de las personas más conocidas dentro del ramo de los historiadores americanos)

Respuesta a Stephen Pyne
* John Demos (Yale)

Mi primera reacción al leer el ensayo de Stephen Pyne fue “¡Viva!” Y la segunda. Y la tervera. Sin reconocerlo convenientemente, durante varias generaciones los historiadores han menoscabado la parte de su tarea que corresponde a su escritura . Hubo un tiempo en que los escritores de historia habían puesto una pica en los amplios dominios de la literatura seria: Gibbon, Macaulay, Parkman y Prescott son los primeros y más obvios  nombres que me vienen a la mente. Sin duda, el cambio, la degradación, ha tenido mucho que ver con la profesionalización; a medida que la disciplina se convirtió, de hecho, en una disciplina, las prioridades cambiaron. Quizás hubo algo de efecto de balancín: cuando creció la preocupación por la investigación y la técnica interpretativa, la composición de la prosa decayó proporcionalmente.  Para la mayoría de  historiadores, una “buena escritura” ha venido a significar  una comunicación clara y eficaz: hacerse entender.

Pero debería significar mucho más. Pyne  tiene toda la razón cuando destaca  la importancia de la evocación junto con la exposición, y de la voz tanto como de la tesis. . . .

Creo, sin embargo, que Pyne se equivoca en un aspecto: su insistencia en que la historia se distinga claramente de la ficción. No hay línea divisoria que separe a las dos,  a lo sumo hay una amplia zona nebulosa, de frontera. Abramos cualquier trabajo de la historia, incluso del tipo más convencional, y encontraremos que afirmaciones que suponen cierto grado de “fabricación” Siempre estamos llenando pequeños agujeros en nuestras fuentes con pedacitos de  inferencia o con invención pura y simple -lo reconozcamos o no. (Y mejor, seguro, si lo hacemos.).

****

Más cosas en sobre el particular en: AHA blog (2008): “From the Archives: Why Can’t Historians Write?”

Anuncios

Una respuesta a “Guía para escribir historia

Los comentarios están cerrados.