Modernidad en China: fascinación y clase obrera

Con el título de Sinomanía, Perry Anderson evalúa para la LRB el papel de China en el mundo, utilizando para ello tres volúmenes de diversa aparición:

When China Rules the World: The Rise of the Middle Kingdom and the End of the Western World, de Martin Jacques (Allen Lane, 2009); Capitalism with Chinese Characteristics: Entrepreneurship and the State, de Yasheng Huang (Cambridge, 2008); y Against the Law: Labour Protests in China’s Rustbelt and Sunbelt, de Ching Kwan Lee (California,  2007)

No son buenos tiempos para el orientalismo, dice Anderson.  Edward Said lo describió como una mezcla letal de fantasía y hostilidad fabricada en Occidente sobre las sociedades y las culturas de Oriente. Basó su retrato en los escritos anglo-franceses  sobre el Cercano Oriente, donde el islam y la cristiandad batallaron durante siglos antes de que la región sucumbiera frente al imperialismo occidental en los tiempos modernos. Sin embargo, el Lejano Oriente siempre fue otra cosa. Lejos de ser una amenaza militar o religiosa para Europa, no generó relatos  de miedo o aversión, sino de maravillas. Los informes de Marco Polo sobre China, que ahora juzgamos mayormente como rumores, fijaron las imágenes fabulosas que llevaron a Colón a zarpar en busca de las maravillas de Catay. Pero cuando llegó información real sobre el país en los siglos 17 y 18, la actitud europea hacia China tendió a seguir siendo de una admiración sobrecogida, en lugar de miedo o condescendencia. De Bayle a Leibniz, pasando por Voltaire y Quesnay, los filósofos lo aclamaron como un imperio más civilizado que la propia Europa: no sólo más rico y más poblado, sino más tolerante y pacífico, una tierra donde no había sacerdotes para ejercer la persecución y donde los funcionarios  del Estado lo eran según el mérito y no por nacimiento. Incluso los escépticos ante las más extravagantes afirmaciones sobre el Reino Medio -Montesquieu o Adam Smith- quedaron perplejos e impresionados por su riqueza y su orden.

En el siglo XIX se produjo un cambio drástico de opinión, cuando los depredadores occidentales se hicieron cada vez más conscientes de la relativa debilidad militar y del atraso económico del imperio de la dinastía Qing. Por supuesto, China era fecunda, pero también primitiva, cruel y supersticiosa. El respeto dio paso al desprecio, mezclado con alarmas racistas -la Sinomanía degeneró en Sinofobia. En el siglo XX, después de que ocho potencias extranjeras hubieran asaltado  Pekín para aplastar el levantamiento Boxer, el “peligro amarillo” corrió ampliamente de boca en boca entre la prensa y los políticos;  escritores como Jack London o J.H. Hobson evocaron un  futuro dominio chino del mundo. Al cabo de pocas décadas, el péndulo osciló de nuevo, cuando Pearl Buck y Madame Chiang consiguieron que  la valiente lucha de China contra Japón se ganara la simpatía popular. Tras 1948, en una inversión más rápida, la China se convirtió en un foco de temor y ansiedad aún mayor, una pesadilla totalitaria más siniestra que la de Rusia. Hoy, el elevadísimo crecimiento de la República Popular está transformando las actitudes occidentales una vez más, suscitando emoción y entusiasmo en el mundo los negocios y en los medios de comunicación, con una ola de moda y fascinación que recuerda el estilo chinoiserie del rococó europeo. La sinofobia no ha desaparecido, pero tenemos en ciernes otra ronda de sinomanía.

El título del libro de  Martin Jacques pertenece a lo primero, a la literatura que cultiva el miedo. Pero su función es poco más que un gancho comercial, destinado a coger sitio entre los volúmenes que se despliegan en el escaparate de la librería del aeropuerto. De hecho, el libro en sí es una contribución de envergadura a lo segundo. Su mensaje se compone de dos partes. El primero es esa proyección que tan bien conocemos ahora  -con las tasas actuales de crecimiento- de que la economía de China será la más grande del mundo dentro de unos 15 años, superando a la estadounidense. Con cuatro veces la población de los EE.UU., China ya tiene las mayores reservas de disivas, es el principal exportador, su mercado de valores da los mayores beneficios  y tiene el  mercado de automóviles más grande del mundo. Tan enorme es la transformación que supondrá su ascenso a la supremacía económica -dice Jacques-  que en adelante la historia se dividirá en AC y DC: antes de China y después de China. Esta parte del argumento es una directa extrapolación cuantitativa. En el caso de Jacques, la marca de la casa es martillearnos con cifras, sin agregar mucho a lo que cualquier persona con una mínima alfabetización económica ya sabe.

Más allá de alterar los índices de clasificación internacional, ¿que significa el surgimiento de China como superpotencia económica? La segunda parte del mensaje de Jacques no trata sobre el tamaño, sino sobre la diferencia. China no es como las demás naciones, de hecho no es realmente un Estado-nación en absoluto. Se trata de algo más vasto y más profundo, una “civilización-Estado”, heredera de la historia más antigua del mundo, cuya unidad cultural subyacente y confianza en sí misma no tiene parangón.   Mucho antes que en Occidente, sus gobernantes crearon la burocracia moderna, imbuidos de una visión confuciana a la vez autoritaria y democrática,  controlaron los asuntos internos más por la educación moral que a la fuerza y organizaron las regiones contiguas con un sistema tributario consensuado. Mediante la absorción de la aristocracia feudal a través de un servicio estatal impersonal,  liberaron a las fuerzas del mercado de las restricciones tradicionales para desarrollar una sociedad comercial sin precedentes en cuanto a dinamismo y sofisticación. Sólo el accidente de tener el carbón más cerca de casa y el despiadado saqueo colonial de los recursos de ultramar, permitieron que Europa superara en el siglo XIX a  esta gran economía proto-moderna, tan industrializada a su manera como Occidente  y mucho más grande. Sin embargo, este predominio occidental se convertirá en un breve intervalo. Hoy en día, China está retomando una vez más su posición histórica como centro dinámico de la economía mundial.

¿Cuáles van a ser las consecuencias para el resto del mundo? Traumáticas para los Estados Unidos, porque China muy pronto la reemplazará como potencia hegemónica, no sólo en las zonas tradicionales de influencia china en Asia oriental y Asia sudoriental, sino en los antiguos  Tercer y Primer Mundo. El poder blando de sus habilidades deportivas, sus artes marciales, sus cotizados pintores, su lengua multitudinaria, su medicina antigua  y las no menos delicias de su cocina, expandirán el  resplandor de China muy lejos, como Hollywood, el inglés y McDonald’s lo hacen hoy con los Estados Unidos. Por encima de todo, su espectacular éxito económico no sólo inspirará a que la imiten las naciones pobres que se esfuerzan por mejorar. Reorganizará todo el sistema internacional, modificando la perspectiva, pasando de la democracia dentro los Estados-nación, que Occidente busca en vano promover, a  “la democracia entre los Estados-nación”. Estamos, pues,  entrando en una época en la que los conflictos políticos e ideológicos que caracterizaron la guerra fría están dando paso a una “contienda cultural global”‘, en la que las “modernidades alternativas” acabarán con el dominio de Occidente. Una en la que la emancipación de una modernidad distintivamente china, enraizada en los valores confucianos de la devoción a la familia y el respeto por el Estado, marcará el camino.

¿Cómo debemos enjuiciar esta construcción? El entusiasmo, por muy bien intencionado que sea, no es un sustituto para la discriminación. La antigüedad de China se remonta a los 1500 años AC o quizá más. Pero esto no hace que la República Popular sea un tipo especial de “civilización-Estado”, al menos no uno distinto de aquella civilisation que proclamaban los franceses durante la Tercera o la Cuarta República. Hablar de “civilizaciones” es algo muy autosuficiente, y sus delimitaciones son arbitrarias: Samuel Huntington llegó, con cierta desesperación, a las ocho o nueve – incluyendo una de África, América Latina y la civilización ortodoxa oriental. Nada ganamos añadiendo en esta decoración a la República Popular China. Al igual que Francia en los años 1930 o 1950, la China contemporánea es un  Estado-nación integrista, fundido en un molde imperial, aunque con un pasado mucho más remoto y a una escala mucho mayor. Tampoco son de mucha ayuda para comprender el presente o el futuro del país que se hinchen las pretensiones de una edad de oro, por su centralidad económica o su sabiduría social, de la China pre-moderna. Si, con la dinastía Song, China estaba tecnológica y comercialmente mucho más avanzada que Europa, a finales de la dinastía Ming había quedado muy por detrás, e incluso en el apogeo de la prosperidad de la dinastía Qing en el siglo XVIII, la productividad agraria y los niveles medios de salario, por no hablar de progreso intelectual en sentido más amplio, estaban muy lejos de los países más avanzados de Europa. Las imágenes idílicas de sus sabios preocupados por el bienestar de las masas no es algo cercano a la realidad del gobierno de las sucesivas dinastías, que en palabras de uno de los mejores historiadores de China, He Bingdi, fueron siempre “ornamentalmente confucianas y funcionalmente legalistas” – represión adornada de retórica moralizante.

Sería injusto juzgar cualquiera de esas dos visiones que ofrece When China Rules the World, un libro para el gran público,  aplicando los patrones académicos.  Nada de eso afecta en demasía a la idea central del libro, donde sólo sirve como folclore preliminar para preparar a los lectores ante esa idea de preeminencia futura. China podría estar perfectamente a punto de dominar el mundo sin tener que representar casi siempre la cima del desarrollo universal en el pasado. Más grave es la incoherencia del mensaje central del libro. En su mayor parte, el volumen es un ejercicio de refuerzo carente de fundamento,  elogiando a la República Popular China no sólo como el poder supremo del futuro, sino como un rompehielos liberador que,  como reza el subtítulo del libro en la versión americana, logrará “El Fin del mundo occidental y el nacimiento de un nuevo orden mundial”. Las visiones de este tipo parecen haberse convertido en una especialidad británica de última hora: la versión de Jacques es sólo un poco menos absurda que la de Why Europe Will Run the 21st Century, de Mark Leonard, un miembro del visionario think tank Demos que Jacques ayudó a fundar. Pero hay otra cara de When China Rules the World que contradice su, por lo general,  visión  optimista. En el plano internacional, China ha “abrazado el multilateralismo”, atrae a sus vecinos y socios con su “poder blando” y promueve la “democracia entre las naciones”. Sin embargo, también tenemos que ser conscientes de que “los chinos se ven a sí mismos como superiores al resto de la raza humana”,  heredando una mentalidad del Reino Medio que siempre ha sido más o menos racista, y de las tradiciones de una política tributaria que, si bien ha sido propicia para la estabilidad,  se basaba invariablemente en la jerarquía y la desigualdad. ¿Podría esta herencia comprometer la perspectiva razonable de un sistema democrático interestatal? No necesariamente, ya que mientras “el mundo occidental ha terminado, el nuevo mundo, al menos para el próximo siglo, no será chino al menos de la misma manera en que antes lo fue occidental”. El libro, en otras palabras, reniega de su propio título, confeccionado exclusivamente para aumentar las ventas. China no va a gobernar el mundo. Todo lo que está sucediendo es que “estamos entrando en una era de modernidad en competencia” en la que China estará  “progresivamente en ascenso y, eventualmente dominará”.

Pero la idea de un “modernidad china” distintiva, triunfante en una competencia mundial por la hegemonía, no es más coherente que la del elevadísimo crecimiento de China que se acomoda a una “democracia entre Estados-nación”. Su papel en el libro debe entenderse a la luz del currículum del autor. Antiguo editor de la revista mensual del Partido Comunista de Gran Bretaña, Marxism Today, después de que su partido y el diario dieran la espantada en la década de 1990, Jacques se pasó al periodismo convencional, despojándose del lenguaje del pasado, aunque no de todos sus resabios. Acabadas la guerra fría y la Unión Soviética, la oposición entre  socialismo y el capitalismo es algo agotado. Así pues, ¿cómo se relaciona esto con la política de puertas abiertas de la República Popular China – su entrada en el mercado mundial? Éste no es un asunto que importe aWhen China Rules the World. Estas cuestiones pertenecen a un vocabulario que el autor pretende evitar a su manera. Más de quinientas páginas y la palabra “capitalismo” casi nunca aparece. Pero queda todavía una contienda mundial en la que su lado más simpático puede no obstante ganar. Simplemente, ahora no ya no se trata de categorías política e ideológicamente obsoletas como socialismo y  capitalismo, sino de  ‘modernidades’ alternativas, así como de otras fórmulas culturales al uso. La función de este cambio de léxico no es difícil de comprender. Lo que ofrece es la posibilidad de un premio de consolación para la izquierda. El capitalismo puede haber ganado en todo el mundo, así que ¿para qué seguir hablando de ello? Por el contrario, ¿por qué no mirar hacia delante, dando la bienvenida a la perspectiva del triunfo de una variante no-occidental de lo que hoy es nuestro destino común, en un país donde al menos el partido gobernante aún se describe a sí mismo como comunista?

Por desgracia, hay una dificultad lógica en esta esperanza nostálgica, y es insuperable. Las modernidades alternativas, así concebidas, son culturales, no estructurales: no diferencian sistemas sociales, sino conjuntos de valores -dicho de otra manera, una combinación característica de moral y sensibilidad, que conforma un cierto “estilo” de vida nacional. Pero precisamente porque esto es lo  más específico de una cultura determinada, normalmente es lo menos transferible a cualquier otra -es decir, imposible de universalizar. Otras obras recientes que han destacado las diferencias culturales en un mundo post-ideológico -me vienen a la mente El choque de Civilizaciones de Huntington o La Confianza de Fukuyama- han aprovechado esta intransitividad, reivindicando que ningún complejo podrá tender hacia la preeminencia sobre todos los demás, al menos en la forma en que lo puede hacer un modelo de orden económico. Además, las previsiones de una modernidad china  que eventualmente se convertirá en hegemónica no sólo olvidan algo inherente, el carácter auto-limitativo de toda cultura nacional muy definida, sino que ignoran la insistencia de China en su singularidad, algo especialmente intenso y que resulta familiar a cualquiera que haya estado en el país. Pocas culturas contemporáneas, salvo tal vez Japón, son tan conscientemente resistentes a la comparación internacional, tan convencidas de lo inimitable  de sus propias formas y tradiciones. A su manera, Jacques es consciente de ello, a veces incluso exagerándolo como un inveterado sentido de superioridad cercano el racismo, de lo cual hay menos pruebas de lo que él supone. Pero él no puede ver hasta qué punto el culto a la Zhonghuaxing -“carácter chino”-  anula sus propias imagenes de una futura modernidad Han que se propaga triunfante, como  atractivo universal, en todo el mundo.

El surgimiento de la República Popular China como potencia económica, política y militar es un hecho central de nuestros tiempos. Pero eso no nos ilustra sobre una noción vacía de modernidad, que sigue siendo algo tan nebuloso al final de When China Rules the World como al principio. No sería muy injusto decir que lo que el libro representa en el fondo es una conjunción tardía del marxismo de antaño con los valores asiáticos. Más allá de la insistencia general en las continuidades éticas del confucianismo, de las que el comunismo chino es visto como heredero directo,  muy poco nos dice acerca de la propia sociedad china contemporánea. Sólo unas líneas superficiales señalando que ha crecido la desigualdad, pero que el gobierno está actuando ahora para remediarla; un poco más sobre la escasez de recursos naturales y los problemas ambientales; un breve párrafo sobre el Partido; algunas reflexiones prudentes sobre los problemas en las regiones fronterizas; y la firme certeza de que el país no está listo para la democracia, por lo que sería mejor si el PCCh pudiera gobernar sin problemas durante otros 30 años: esto es más o menos todo lo que el curioso lector aprenderá sobre el actual panorama social de la República Popular China. Ciertamente no hay nada que moleste a las autoridades de Pekín, donde la recepción debería ser excelente. En 1935, los Webb titularon su libro sobre la Unión Soviética URSS Soviet Communism: A New Civilisation?, eliminando el signo de interrogación en las ediciones posteriores. El Estado-civilización de hoy se ha enfocado de algún modo con el mismo espíritu.

El conocimiento serio sobre la China contemporánea está en otra parte. Dos obras de sendos académicos sobresalientes, en los extremos opuestos del espectro político e intelectual, pueden tomarse como puntos de referencia actual. Desde la derecha liberal, el Capitalism with Chinese Characteristics de Yasheng Huang es un tour de force de investigación empírica, claridad conceptual e independencia de criterio. Cualquier persona que desee saber qué tipo de economía y qué tipo de crecimiento  se puede encontrar en la República Popular China debe comenzar por aquí. Las premisas de Huang no pueden ser más rígidamente neoclásicas: un desarrollo robusto sólo puede proceder de la propiedad privada, derechos de propiedad bien establecidos, liberalización financiera y  desregulación sistemática de las transacciones económicas -y sólo de éstas. Sus conclusiones, sin embargo, son un claro ejemplo de la verdad de la observación de Carlo Ginzburg de que una ideología equivocada puede ser una condición previa para una investigación original, tanto -tal vez con frecuencia- como un obstáculo. Mediante un control minucioso de las fuentes primarias, sobre todo de una enorme cantidad de documentación sobre  los préstamos bancarios y sus beneficiarios, en lugar de basarse simplemente en las estadísticas agregadas de segunda mano, Huang se abre paso a través de las nubes de  oscuridad y confusión que han tendido a circundar la puesta en escena de la economía china en la era reformista posterior  a la muerte de Mao.

Su conclusión principal es que las tasas aparentemente ininterrumpidas de altísimo crecimiento se han basado en dos modelos de desarrollo muy diferentes. En la década de 1980, hubo una liberalización general de la política financiera que permitió el florecimiento de las empresas privadas en el campo, muchas bajo el engañoso sobrenombre de “empresas municipales y locales”,  que los créditos llegaran a las nuevas empresas campesinas y que la pobreza rural disminuyera. Luego vino el golpe de 1989. A partir de entonces, la situación cambió abruptamente, se eliminaron las líneas de crédito a los empresarios rurales,  se transformaron en préstamos, se reconstruyeron las empresas  estatales y las infraestructuras urbanas  y – sobre todo – se concedieron enormes ventajas a los capitales extranjeros para atraerlos hacia las grandes ciudades. Las consecuencias sociales de este cambio, sostiene Huang, fueron dramáticas. La desigualdad -no sólo entre los habitantes de los pueblos y de la ciudad, sino dentro de la propia población urbana- se disparó, mientras la participación del trabajo en el PIB se redujo,  los campesinos perdieron tierras, se desmantelaban la salud y la educación rurales y crecía el analfabetismo en el campo. En un mordaz capítulo sobre Shanghai, el escaparate de la hipermodernidad china, Huang demuestra lo poco que una familia  media de la ciudad se benefició de sus torres relucientes y la racionalización de las infraestructuras. En medio de un “bosque de robo a gran escala”, los funcionarios, promotores y ejecutivos extranjeros prosperaron mientras las empresas privadas eran raquíticas y las familias normales luchaban por salir adelante, todo ello en la ‘más exitosa metrópoli Potemkin del mundo’. A nivel nacional, en 20 años, la burocracia -que ha escalado con cuatro sucesivos aumentos salariales de dos dígitos sólo entre 1998 y 2001- se ha más que duplicado.

Con cautela, Huang expresa cierto optimismo sobre la dirección la actual administración de Hu Wen, como una corrección de los peores excesos del régimen de Jiang-Zhu de la década de 1990, si bien señalando que quizá las reformas lleguen demasiado tarde para remediar la ruina de la empresa campesina, con aldeas a menudo ya vacías por la migración laboral. Pero termina contrastando el alto coeficiente de Gini de la República Popular China de hoy con la relativa equidad que marcó el elevado crecimiento del resto de Asia Oriental -Japón, Corea del Sur y Taiwán-,  con el papel mucho mayor que desempañan en China las empresas extranjeras y estatales  y con el menor peso del sector privado nacional en el modelo de crecimiento del país. Una consecuencia de ello, sostiene, es que los aumentos de productividad han ido disminuyendo desde mediados de 1990. Para Huang, la lección es clara: la eficiencia y la equidad siempre dependen de los mercados libres, que en China sigue estando medio estrangulados. Desde luego, hay capitalismo, pero una variedad deformada por un Estado hinchado y corrupto, que al negar al pueblo la libertad de administrar sus propios asuntos económicos ha dejado de crear condiciones razonables de equidad y bienestar. La receta es simple, como de una mirada a los Estados Unidos podría haber deducido cualquier graduado del MIT como Huang. Desde la década de 1980, la liberalización financiera y los férreos derechos de propiedad no les han supuesto mucha equidad social a los estadounidenses. Sin embargo, el auto de procesamiento, presentado con ejemplar cuidado y lucidez, es indiscutible. También lo es la ira que hay detrás, contra la insensibilidad y la injusticia. No muchos economistas pensarían dedicar su trabajo, como hace Capitalism with Chinese Characteristics, a una pareja de campesinos encarcelados y una ama de casa ejecutada.

La preocupación central de Huang es el destino de la China rural, donde, como bien insiste, la mayoría de la población todavía vive y muere. El destino de la mano de obra urbana es el tema de Against the Law, de Ching Kwan Lee. Los estudios de la clase obrera en cualquier parte del mundo, en tiempos  alimento básico de la historia y la sociología, han declinado a la par que lo ha hecho el movimiento obrero como fuerza política; en los últimos años, tal vez sólo en Francia se ha escrito sobre eso. El libro de Lee, elaborado desde el punto de vista de la izquierda radical, transforma ese escenario. Aunque muy diferente en el modo y la escala, su fuerza no tiene parangón desde que apareciera el volumen de E.P. Thompson sobre La formación de la clase obrera en Inglaterra. De hecho, bien podría haberse llamado The Unmaking and Remaking of the Chinese Working Class. Es producto de la investigación de siete años de trabajo y entrevistas sobre el terreno, una obra de arte etnográfica y analítica.

El libro es un díptico, una parte dedicada a la arrumbada zona industrial (Rustbelt ) de Manchuria, la otra para el nuevo cinturón (Sunbelt) de Guangdong. Su primera mitad es un estudio de la destrucción del proletariado, que construyó la principal base industrial de China tras la liberación, cuando  las grandes empresas estatales del noreste fueron desmanteladas o vendidas, dejando a sus trabajadores sin empleo y  a menudo casi sin dinero, mientras los funcionarios y los especuladores se llenaron los bolsillos con lo que quedaba de todo lo que se había creado. Por casualidad, contamos con un fresco inolvidable de los restos de esta vieja clase obrera y de su universo en el documental de nueve horas de Wang Bing West of the Tracks (2003), un hito del cine mundial de este siglo y un oportuno añadido a Against the Law, realizado en Shenyang  mientras Lee estaba llevando a cabo su investigación en la misma ciudad. La segunda parte del libro explora el surgimiento de una nueva clase obrera de jóvenes trabajadores emigrados del campo, cerca de la mitad de ellos mujeres, sin identidad colectiva ni memoria política, en las zonas francas costeras del sureste. Tienen empleos con bajos salarios, pero no seguridad, trabajando hasta 70 u 80 horas semanales en condiciones de trabajo a menudo atroces, con una amplia exposición a abusos y lesiones. Abandonados en Manchuria y superexplotados en Guandong: el tratamiento de la mano de obra es implacable en ambas  zonas.

¿Cómo reaccionan los trabajadores? En un sistema donde no tienen libertad de organización industrial ni política, donde el contrato social que una vez les dio una modesta seguridad y dignidad a cambio de subordinación ha sido desechado,  y la ley  -aunque autoritaria- se convierte en el único recurso al que pueden apelar. Cualquier acción directa se arriesga a la represión policial, las protestas suelen encontrar su salida en los tribunales, con la esperanza de que las violaciones flagrante de la legalidad por parte de los empresarios o las autoridades locales encuentren allí cierta reparación -y con la creencia de que el gobierno central, si sabe que sus leyes se infringen, tomará medidas para verlas aplicadas. Esta fe popular en las buenas intenciones de la dirección del partido puede ser vista como una versión china de la creencia tradicional rusa que veía al zar como “Pequeño Padre”, sin darse cuenta de las fechorías de sus burócratas y terratenientes. Las autoridades centrales, naturalmente, fomentan la ilusión de que ellos no son responsables de las ilegalidades en los escalones inferiores, dándose libertad para intervenir a última hora en las concesiones cuando las protestas parecen írseles  de la mano.

De hecho, como deja claro Lee, la ley sólo puede funcionar como un sistema eficaz de control y mistificación si los tribunales no actúan siempre como cuños para la criminalidad o la opresión. En general, es justamente como se comportan. Pero en una minoría de los casos, los conflictos laborales se deciden -con  frecuencia más en parte que totalmente- a favor de los trabajadores, para mantener viva la creencia de que la ley sigue siendo una protección incluso cuando uno ha sido descaradamente pisoteado por quienes tienen el poder del Estado tras de sí. En cierto modo recuerda al siglo XVIII en Inglaterra, el que Thompson plasmó en Whigs and Hunters, cuando las nociones de “gobierno de la ley” se convirtieron  en un campo de batalla, en el que la ira de los de abajo trataba de arrebatar  veredictos ante el cinismo de los de arriba, ya que era la única arma potencial que los débiles tenían a mano. La razón habitual de que el fracaso en esta lucha desigual no dé lugar a formas más explosivas de protesta, como muestra Lee, es más material que ideológica. En el rustbelt, los trabajadores desposeídos sólo conservan su propia vivienda, privatizada a precios bajos, como red de seguridad. En el sunbelt, los trabajadores emigrados siguen teniendo derecho a una parcela de tierra, de regreso en sus aldeas, donde la tierra todavía no ha sido privatizada, como último recurso. A pesar de la pequeñez de sus respectivos lotes, nada es poco: todos tienen algo que perder.

La sobriedad y el realismo de estas conclusiones no disminuye en nada la tragedia de esperanzas traicionadas y vidas arruinadas que llena las páginas de Against the Law. Lee captura las voces de aquellos que han sido atrapados en los implacables mecanismos industriales de la Era de la Reforma, con entrevistas conmovedoras una tras otra, que es uno de los mejores logros de su libro. Las historias son a menudo dolorosas, pero el acento que le ponen habla de coraje, indignación,  estoicismo, incluso  humor, tanto como de amargura,  resignación o  desesperación. Pocos estudios sociológicos han combinado las verdades estructurales y existenciales, objetivas y subjetivas, de forma tan memorable como éste. Sin tomarlo en consideración, no comprenderemos el sentido de la China contemporánea de forma penetrante. En el siglo XIX, Europa veía a América como el futuro, aunque todavía con bastante camino por recorrer. En el siglo XXI, Occidente mira a China en cierto modo de la misma manera. Hasta ahora, sin duda, no ha aparecido ningún Tocqueville para Oriente. ¿Se puede dar otra vez lo que él consiguió? Hay mucho tiempo todavía. Pero es poco probable que La democracia en América tenga un sucesor, sea el que sea, en cualquier Modernidad en China.

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4 Respuestas a “Modernidad en China: fascinación y clase obrera

  1. Muy interesante, en especial la comparacion del ultimo libro con el de E.P. Thompson. Tambien creo que es acertada la mencion a Japón, que yo creo tambien es crucial al hablar de las imagenes de Occidente sobre China: no sólo han cambiando principalmente en función de los intereses de Occidente sino que han funcionado como un contrapeso. Sobre la civilizacion diferenciada que sienten los chinos, está claro que ya eran nación antes de que existiera el concepto, como los japoneses, pero estos han tenido un sentimiento de ser unicos, incomparables (yuuitsu) que es dificil tengan los chinos, por la diversidad de etnias que comprenden el estado.

    • Quizá el problema sea reducir a términos occidentales (nación) sensaciones y conceptos diferentes, como el de “humanidad” y “bárbaros” o dentro y fuera en el caso de China. Sea como fuere, en cuanto a su entrada en la modernidad, recomiendo como Anderson el documental de Wang Bing, que por aquí es más fácil ver en su versión francesa: A l’Ouest des Rails.

  2. Si, a veces utilizamos términos demasiado a la ligera, pero si consideramos a la “nación” como el empeño y la capacidad de uniformizar la sociedad dentro de unas fronteras, la situacion es semejante.

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