Historia y memoria de las catástrofes

Una de las más apetecibles profesiones es la de conferenciante. Sin embargo, está al alcance de muy pocos, sólo quizá para políticos de larga trayectoria o para estrellas del firmamento mediático. Para el resto, practicantes comunes del arte de la oratoria, la remuneración es escasa y depende del lugar en el que se exponen los conocimientos adquiridos. En España, al margen de acontecimientos concretos, el lugar que mejor recompensa ese trabajo es la Fundación Juan March, de modo que ser invitado por dicha institución ya es un reconocimiento en sí mismo. Además, los motivos que allí se tratan suelen ser significativos. Para 2010, el primer ciclo que ha organizado dicha fundación se denomina “Catástrofes“, donde se abordarán temas como volcanes, pestes, pandemias, terremotos y diluvios.  Un asunto, por lo demás, que siempre es actual, como ahora mismo acabamos de ver consternados en Haití.

En cualquier caso, ese tema me ha hecho recordar una entrada previa en este blog, la dedicada al clima y la historia, que expusimos a través del último trabajo de Dipesh Chakrabarty. Y, a su vez,  me permite pasar a una entrevista incluida en el número de diciembre de la revista francesa L’Histoire, el cual, dicho sea de paso, se dedica a analizar (parece que de forma sugerente) la figura de Francisco de Asís.

Dicha publicación incluye, pues, una entrevista con René Favier, profesor de historia moderna en Grenoble y reputado especialista en la historia de los riesgos naturales,  coeditor de Histoire et mémoire des risques naturels (MSH-Alpes, 2000),  Récits et représentations des catastrophes depuis l’Antiquité [MSH-Alpes, 2005) y Solidarité et assurance. Les sociétés européennes face aux catastrophes (17e -21e siècles) [CNRS/MSH-Alpes, 2008], entre muchas otras.

La citada conversación (“Dieu, l’expert et les cataclysmes”) corre a cargo de Philippe Joutard y Héloïse Kolebka y se puede seguir al completo en el portal France-Diplomatie, en la versión de María García-Moreno para el Centre Culturel et de Coopération de Mexico. Así pues, evito la reproducción total y escojo los párrafos más significativos, con algún retoque. Empezaremos en el momento en que los periodistas le preguntan en qué medida  el entorno mediático ayuda a definir lo que denominnamos una “catástrofe natural”

René Favier: La mediatización es esencial. Lo sabemos muy bien en la actualidad, cuando adquiere cada vez más relevancia. (…) Pero la mediatización no es un fenómeno nuevo. Se la puede identificar en tiempos más antiguos, desde la Edad Media: las catástrofes adquieren importancia según la repercusión que les otorgan los poderes religiosos o políticos. Pienso específicamente en el terremoto que tuvo lugar en los Pirineos en 1660, justo antes de la partida de Luis XIV hacia San Juan de Luz, donde debía casarse con la infanta de España María Teresa. Quizá fue el seísmo más importante de la época moderna en Francia. Inmediatamente se hace una doble lectura: los adversarios de este acercamiento franco-español explican que es Dios quien está protestando contra este casamiento contra natura. Por el contrario, la propaganda de la realeza ve en ello el anuncio de que el rey hace temblar la tierra de la misma manera que hará temblar a Europa.

Grégory Quenet demostró que, en La Gazette (el diario creado por Renaudot en el siglo XVII), ya no se volverá a mencionar ningún otro terremoto en Francia hasta 1730-1740. ¡Había que demostrarque el rey dominaba las fuerzas sísmicas! En este caso, todo sucede como si las catástrofes naturales no existieran más que por la sola voluntad del poder.

Evidentemente, otras catástrofes son difíciles de ocultar… Después de la de Lisboa de 1755, la mediatización es intensa: tanto los curas en sus registros parroquiales como los diaristas se dedican a mencionar gran cantidad de terremotos por toda Europa. Ciertamente, hubo numerosas réplicas del seísmo; pero lo que lo ese fenómeno manifiesta es que se la presta mucha más atención. La catástrofe natural sólo existe porque los hombres hablan de ella. Sin mediatización, no hay catástrofe.

L’Histoire: ¿Cómo clasificar las grandes catástrofes de la historia?

René Favier: Desde luego, podemos tipificarlas según el acontecimiento natural: séísmos, erupciones volcánicas, inundaciones, avalanchas, etcétera. Pero, desde mi punto de vista, no es lo más pertinentes. Yo propondría otros criterios.

1. Las catástrofes que conciernen al mito, como el Diluvio y la Atlántida, por ejemplo.

2. Catástrofes que tienen impactos regionales y que han dejado huella en la memoria a esa escala.

3. Aquellas que, por el contrario, tienen consecuencias de mucha mayor dimensión. Por ejemplo, la irrupción volcánica del Tambora, en Indonesia, en 1815, que provocó una inmensa nube de polvo que tuvo repercusiones en el clima de todo el planeta durante varios años.

4. Acontecimientos naturales cuyo retorno es frecuente (crecidas de ríos, lluvias como las de tipo cévenol a principios de  otoño)  y que permiten la construcción de una memoria.

5. Catástrofes, por el contrario, “excepcionales”, no esperadas (seísmos o vulcanismos en una zona en la que se había olvidado que eso pudiera suceder).

6. Catástrofes que se viven como rupturas, ya sea porque efectivamente constituyeron un giro ya sea porque aceleraron los procesos en curso. El terremoto de Lisboa de 1755 es el ejemplo típico. Aceleró una ruptura cultural, cristalizó un cambio en curso: un movimiento de laicización del pensamiento.

Podemos ver, pues,  como todos estos criterios no son ni geológicos ni físicos. Para el historiador, la catástrofe natural es un acontecimiento humano, el espejo de las sociedades; y  es así como debe ser analizada.

L’Histoire: ¿Desde cuándo se interesaron los historiadores en ellas?

René Favier: Al principio, las catástrofes se abordaban de manera secundaria. Empezaron a ser tratadas en las investigaciones sobre los grandes ciclos económicos, en particular las catástrofes relacionadas con el clima (se puede pensar en los trabajos de Emmanuel Le Roy Ladurie), y en los estudios sobre las estructuras mentales (los mecanismos del miedo, por ejemplo, con los trabajos de Jean Delumeau).

Hasta hace muy poco no se convirtieron en objeto de investigación para los historiadores, y a partir  de demandas externas: las de hidrólogos, de sismólogos, etc., que necesitaban, para construir sus modelos, bases de datos a lo largo del tiempo o requerían afinar los mapas de localización de los riesgos naturales.

Desde hace unos quince años, ya somos varios los que estamos trabajando con las catástrofes como objeto específico de la historia. Lo que actualmente les interesa a los historiadores es la relación de las sociedades con el acontecimiento catastrófico, la manera de manejarlo, de mediatizarlo, el papel que desempeñan los expertos, etcétera. Con una pregunta recurrente: ¿qué cambia? ¿Y qué permanece inmutable?

L’Histoire: ¿De qué fuentes dispone el historiador para responder estas preguntas?

René Favier: Para las catástrofes más antiguas, los historiadores tienen dos tipos de fuentes a su disposición. Por una parte. las huellas físicas de la catástrofe. Pompeya es el ejemplo más espectacular. Por otra parte, las fuentes escritas que son testimonio de intervenciones públicas, que las hay desde la Antigüedad, o los textos religiosos, particularmente en la Edad Media. A partir del siglo XVII, contamos con una documentación relativamente abundante de naturaleza administrativa: archivos de los servicios de planificación territorial (Aguas y Bosques, Puentes y Avenidas), procedimientos de indemnización a las víctimas. Después, a partir de fines del siglo XVIII, la prensa empieza a hablar de las catástrofes hasta desempeñar un papel creciente en el siglo XIX –sin hablar de la época más contemporánea. Para los periodos más recientes, naturalmente también están los testimonios orales.

Se trata de fuentes directas. Pero el historiador puede apoyarse igualmente en una enorme cantidad de fuentes indirectas: los [numerosos] livres de raison, los archivos notariales.

L’Histoire: ¿Cómo explicaban los hombres las catástrofes?

René Favier: Como para todos los fenómenos inexplicables, el hombre se valió del recurso de la intervención divina. Es particularmente cierto cuando se trata de explicar una erupción volcánica, un seísmo, que al parecer provienen de las fuerzas más oscuras de la tierra, que son difíciles de comprender. Por el contrario, hace mucho tiempo que las inundaciones se pueden explicar por las lluvias abundantes. Como regla general, hay que ser prudente y no tomar los textos que invocan la cólera divina en primera instancia. La cólera de Dios es con frecuencia el medio que las autoridades religiosas usan para instrumentalizar la catástrofe. En cierto modo, la narrativa bíblica constituye el primer ejemplo de ello, con el relato del Diluvio.

Podemos reparar lo que sucede en la Edad Media tras el derrumbamiento del monte Granier en Saboya, en noviembre de 1248, que se cobró un millar de víctimas: el cronista inglés Matthieu Paris hizo del acontecimiento un arma contra los saboyanos. Si Dios los castigó, lo hizo con bastante justicia. Y hasta los acusó de practicar la usura e incluso de matar a los viajeros que se veían obligados a pasar por Saboya. Pero su furor se explica sobre todo por la presencia de los saboyanos en Londres, en puestos selectos en la Iglesia y en la corte de Inglaterra tras el casamiento del rey de Inglaterra con la hija de Beatriz de Saboya.

Durante las guerras religiosas, ni los católicos ni los hugonotes dejaron de utilizar las catástrofes naturales contra el bando contrario. Esto se constata cuando ocurre la inundación de Lyon en 1570, justo después de la paz de Saint-Germain, en un contexto en el que era difícil para el rey volver a tomar el control, porque había sido obligado a firmar la paz con los hugonotes. En la versión que dejó acerca del acontecimiento, François de Belleforest explica que el suburbio de la Guillotière, en el que habitan muchos hugonotes, se vio particularmente afectado. La declaración tiene una dimensión religiosa (la catástrofe es un castigo divino), pero también política: la catástrofe justifica y defiende la política de la realeza.

Por eso siempre hay que relacionar estos textos con su contexto. Hay que preguntarse sobre la manera en que se leían. Y ser muy prudente sobre lo que se concluye a propósito de lo que creían las poblaciones.

¿Las interpretaciones religiosas son, por lo demás, exclusivas de los tiempos antiguos? Recordemos que durante la canícula del verano de 2003  hubo en Francia ceremonias religiosas organizadas por la llamada de Juan Pablo II a invocar la clemencia divina: “Les pido se unan a mi plegaria por las víctimas de esta calamidad y les invito a todos a pedir con fervor al Señor para que ofrezca a la tierra sedienta la frescura de la lluvia”. Actualmente, por otyra parte, todo se dirigen a los científicos para buscar explicaciones y garantías para el porvenir.

L’Histoire: Al no poder explicar las catástrofes ¿cómo se han protegido las poblaciones?

René Favier: Las sociedades han buscado desde la antigüedad defenderse de algunas catástrofes que se repiten regularmente y de las que se puede conservar la memoria. Es el caso en Grenoble donde el recuerdo de la terrible inundación de 1219, a raíz de la rotura [de la presa] del lago Oisans, ha sido persistente.  Durante por lo menos cuatro siglos, hasta principios del siglo XVII, cada vez que ocurrían deslizamientos de tierra en el valle de la Romanche, los poderes locales (los cónsules de Grenoble) hacían que se evacuara lo más pronto posible el lecho del río por miedo a que los hundimientos favorecieran la reconstitución del lago que se había llevado la ciudad.

Desde el siglo XVI, se protegen los puentes cuando se percatan de que el agua va a subir: los atestan de piedras o de balas de cañón para evitar que sean arrastrados. En Grenoble, tapan las casas herméticamente, con ladrillos hechos de estiércol de vaca y yeso. Y la medida principal que toman en todas partes es hornear el pan por adelantado.

Una vez que la catástrofe ocurre, las autoridades del Antiguo Régimen suelen estar muy al tanto de las medidas a tomar. Prohibir, por ejemplo, la circulación en la ciudad  por miedo a que los edificios, sobre todo los ya dañados, se vuelvan más frágiles.

Algunas sociedades más afectadas por las catástrofes desarrollaron lo que se podría llamar una verdadera cultura del riesgo. Está el caso de Suiza. Los trabajos de Christian Pfister mostraron el papel que desempeñan las catástrofes en la construcción de la identidad suiza.  En el siglo XIX, las redes de solidaridad que se establecieron  con el fin de auxiliar a las víctimas de las avalanchas contribuyeron a dar forma a la conciencia nacional. Y tenemos el ejemplo de  Japón, una gran potencia que se construye desafiando y obviando los riesgos naturales más severos, bajo la amenaza perpetua de los volcanes, los seísmos y los tsunamis. Quizá habría que preguntarse sobre el impacto de estas catástrofes en la vitalidad y la cohesión de los japoneses…

L’Histoire: ¿Desde cuándo se buscan explicaciones “científicas” para las catástrofes?

René Favier: Desde la antigüedad, grandes filósofos como Demócrito, Platón, Aristóteles, Lucrecio, Séneca o Plinio intentaron explicar los seísmos a través de los fenómenos físicos. Aristóteles los relaciona con la existencia de cavidades subterráneas. Es una teoría retomada tanto en la Edad Media como en la época moderna. Pero esas causas que se buscan en la naturaleza y la física con frecuencia se mezclan con razones teológicas y morales. Se oponen menos de lo que se completan: éstas explican en general; aquéllas en particular. Cuando el obispo Jean de Sassenage evoca la inundación de Grenoble de 1219, indica claramente que la causa general es “nuestro adversario el diablo”, y que su causa efectiva es “la ruptura de la presa que retenía al lago Oisans”.

Lo que cambia en el siglo XVIII, con el terremoto de Lisboa, es la multiplicación de los discursos puramente científicos; la evocación de Dios ya no es una condición previa.

En el caso de las inundaciones, más fáciles de entender al menos desde el siglo XVII , los poderes locales y los eruditos se cuestionan los orígenes y las condiciones de dichos acontecimientos y tratan de darles razones técnicas o científicas. En 1651, una inundación importante afectó a Grenoble y a todo el sureste: arrambló con los puentes en el valle de Isère, en el valle del Ródano, etcétera. Varias sentencias del parlamento del Delfinado explican que fue la deforestación abusiva la que provocó la erosión de los suelos, haciendo que las inundaciones fueran mayores. E intentan prohibir  desde entonces dicha deforestación. No hicimos caso de las advertencias de los ingenieros de la administración de Aguas y Bosques!

Lo que también cambia en el siglo XVIII es que los expertos e ingenieros intervienen realmente en la gestión del territorio. Los ingenieros de la administración de Aguas y Bosques juegan un papel importante desde el siglo XVIII y desarrollan en el siglo XIX un discurso que cuestiona la ignorancia y el arcaísmo de las poblaciones de la montaña, que no sabrían manejar el territorio, que talan los bosques sin ningún control y a las que hay que enseñar a hacerlo adecuadamente. Esto supone un cambio en las relaciones entre los expertos y las poblaciones locales. Los primeros poco a poco fueron monopolizando el saber en cuanto a los riesgos de la naturaleza, mientras que los segundos se vieron obligados a dejarles esta responsabilidad.

L’Histoire: Habla usted de los ingenieros… ¿Y qué hay de los poderes políticos?

René Favier:  Desde la antigüedad podemos encontrar las  huellas de la intervención de los poderes tras una catástrofe. En Roma, se celebra al emperador bienhechor con una placa, un bajorrelieve. A veces,  incluso se da su nombre a la ciudad. Así, bajo el reinado de Tiberio, ocho ciudades de la provincia de Asia tomaron el nombre de Cesárea en honor al emperador. En Bizancio –un imperio particularmente sacudido por los seíssmos en Anatolia–, un historiador del siglo XII, Ioannes Scylitzes, clasifica a los emperadores en función de los auxilios que ofrecieron: los “buenos” emperadores son aquellos que dieron apoyo a las víctimas y los malos aquellos que fueron negligentes.

En cuanto a los reyes del Antiguo Régimen, en última instancia siguen siendo el poder tutelar que tiene que proteger a sus súbditos, de la misma manera que tiene que darles el pan. A finales del siglo XVIII, este papel se vuelve mucho más concreto. Cuando Francia sufre inundaciones en 1784 y ocurre una importante tempestad en Ile-de-France en 1788, el rey interviene por propia autoridad, incluso antes de que se lo soliciten. Estamos en un contexto en el que la imagen de Luis XVI no era muy buena. Podemos ver en esta acción de la realeza una voluntad de restaurar su imagen pública. En 1784, el rey concede tres millones de libras (lo que corresponde al total de las contribuciones directas obtenidas en una provincia como el Delfinado), una suma que según él toma de las pensiones de la Corte. En los días que siguen, los diarios anuncian esta generosidad y los intendentes agradecen al rey sus buenas obras para con la  población.

Con todo, lo esencial de la acción pública se hace de manera local. No se espera todo del rey. Su ayuda se reclama sobre todo en el momento de una catástrofe de extrema importancia.

Tampoco en este aspecto las cosas han cambiado mucho hasta nuestros días, aunque la intervención y la mediatización tomen actualmente una dimensión planetaria. El tsunami de diciembre de 2004 en el sureste de Asia fue un buen ejemplo de ello. La Secretaria de Estado estadounidense Condoleezza Rice habló de la “maravillosa oportunidad” que constituía el tsunami. Efectivamente, era una ocasión inesperada para probar que Estados Unidos podía aportar ayuda a las poblaciones musulmanas, en este caso indonesias, ya que no eran terroristas.

L’Histoire: ¿A quién se le ocurrió  la idea de indemnizar a las víctimas?

René Favier: Lo urgente, desde luego, es auxiliar a la  población. Después hay que reconstruir. Para ello, se espera de los príncipes, bajo el Antiguo Régimen, una ayuda que puede ser directa (en dinero o en especie) o que puede tomar la forma (compleja y diversa según las provincias) de desgravaciones fiscales.

La idea de que el Estado podría indemnizar a las víctimas surge, por su parte, en el siglo XVIII. Y hubo debate, de hecho: ¿hay que indemnizar a los más pobres o a los que perdieron más? Las autoridades eclesiásticas explican que primero hay que aliviar las miserias más grandes, mientras que las autoridades administrativas, en particular el intendente, hacen ver que dicha intervención no servirá de nada, que no es así como se logrará echar a andar de nuevo la economía. Por lo demás, la cuestión sigue siendo de actualidad. En Estados Unidos, los republicanos preguntan si es económica y políticamente oportuno hacer gastos para las víctimas más pobres de Katrina.

Parece ser que es en la Revolución cuando aparece por primera vez en Francia el proyecto de un sistema general de indemnización a las víctimas. El 6 de Vendimiario del año VI (27 de septiembre de 1797), un diputado de Isère proponía una resolución sobre las maneras de distribuir los donativos que se podían conceder a los “ciudadanos que sufrieron incendios, granizada, inundación”. Pero el proyecto no tuvo ninguna continuidad. Hay que esperar la ley del 13 de julio de 1982 para que se instituya en Francia un verdadero dispositivo legislativo de indemnización a las víctimas de catástrofes.

(…)

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