Pere Anguera / Tony Judt: un traje de hierro, frío e implacable

El año no ha empezado bien para el gremio de los historiadores. En vísperas de la festividad de Reyes nos dejaba Pere Anguera. Como dijo Borja de Riquer en un magnífico recordatorio para El País, “Anguera era un fructífero historiador, obstinado trabajador, apasionado de la letra impresa, activo agitador cívico y cultural (Albert Manent dixit) y, sobre todo, buena persona y excelente amigo. Fruto de su inmensa curiosidad intelectual, era un lector infatigable, un recuperador de textos olvidados y un localizador de documentos desconocidos en todo tipo de archivos públicos y privados”.

Pues bien, en la edición de esta semana, la New York Review of Books incluye un sentido texto de Tony Judt a propósito de la terribe enfermedad que padece desde hace tiempo, esa inmisericorde ELA, de la que puedo decir que he tenido una cercana experiencia. Prefiero que lean ustedes sus palabras, pero recojo los primeros párrafos de esta primera entrega:

“Sufro un trastorno neuromotor, en mi caso  una variante de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA):  la enfermedad de Lou Gehrig. Los trastornos neuromotores  no son nada raros: la enfermedad de Parkinson, la esclerosis múltiple  y distintas enfermedades menores que son conocidad bajo ese nombre. Lo que distingue a la ELA -la menos común de esta familia de enfermedades neuro-musculares- es en primer lugar que no hay pérdida de sensibilidad (una bendición a medias) y en segundo lugar que no hay dolor. En contraste con casi todas las enfermedades graves o mortales, uno queda franco para contemplar con tiempo libre  y mínimas molestias el avance catastrófico del propio deterioro.

En efecto, la ELA constituye un progresivo encarcelamiento sin libertad condicional. En primer lugar, se pierde el uso de un dedo o dos;  luego de un miembro; y después, y casi inevitablemente, de los cuatro. Los músculos del torso decaen hasta el embotamiento, un problema práctico desde el punto de vista digestivo, pero algo amenazante también para la propia vida, pues  la respiración se hace difícil al principio  y finalmente se torna imposible sin la ayuda exterior en forma de tubo y bomba de oxígeno. En las variantes más extremas de la enfermedad, asociadas a la disfunción de las neuronas motoras superiores (el resto del cuerpo es regido por las llamadas neuronas motoras inferiores), tragar, hablar  e incluso el control de la mandíbula y la cabeza se vuelven imposibles. Yo (todavía) no sufro este estadio de la enfermedad, de lo contrario no podría dictar este texto.

En mi actual etapa de decadencia, soy de hecho un tetrapléjico. Con esfuerzo extraordinario puedo mover un poco la mano derecha y  girar el brazo izquierdo alrededor de seis pulgadas sobre el pecho. Mis piernas, aunque se quedan en posición vertical el tiempo suficiente para permitir que una enfermera me pase de una silla a otra, no pueden soportar mi peso y sólo una de ellas tiene cierto movimiento autónomo hacia la izquierda. Así, cuando las piernas o los brazos se sitúan en una posición determinada, se quedan inmóviles  hasta que alguien los mueve por mí. Lo mismo ocurre con mi torso, con el resultado de que el dolor de espalda por la inercia y la presión se convierte en una irritación crónica. Al no poder usar mis brazos, no puedo rascarme, ni ajustarme las gafas, ni quitarme los restos de comida de entre los dientes ni ninguna de todas esas cosas que -como cualquiera entenderá si repara en ello-  todos hacemos docenas de veces al día. Para decirlo sin exagerar, soy total y completamente dependiente de la generosidad de los extraños (y de cualquier otra persona).

Durante el día, al menos puedo solicitar que me rasquen, me adecenten, me den algo de beber o  simplemente que me recoloquen los miembros -la quietud forzada durante horas no sólo es físicamente incómoda, sino que psicológicamente es casi intolerable. No es como si uno perdiera el deseo de estirarse, inclinarse, estar de pie o acostado, correr o incluso hacer ejercicio.  Ocurre que cuando el impulso te llega,  no hay nada -absoltamente nada- que puedas hacer excepto buscar un perqueño sustituto o bien encontrar una forma de reprimir el pensamiento y la memoria muscular que lo acompaña”.

(…)

En fin, salud!

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3 Respuestas a “Pere Anguera / Tony Judt: un traje de hierro, frío e implacable

  1. Soy Dentista retirada con un trabajo de investigación en Medicina que podría ser de auyda al Sr. Judt, si desean ponerse en contacto, ya tienen mi email, estaré gustosa de decirles lo que se podría intentar, que es en realidad cosas sencillas y SOBRETODO SABER COMO ESTA EL ESTADO BUCAL DEL SR JUDT.
    Tengo un blog. http://respiracionbucal.blogspot.com y la web que puse antes. Tengo tambien un libro publicado.
    Estaré gustosa de servir de alguna ayuda al Sr Judt.
    Un saludo desde Marbella España
    SONIA MENDOZA

  2. Bueno, tengo polio desde los dos años, voy en silla de ruedas y algo puedo entender de su situación No entiendo por qué no puede tener aun cuidador nocturno que aliviara parte de las circunstancias descritas. En los comentarios de el País un a persona sugería una colaboración con un programa de radio, yo soy una adicta da ses medio…en cualquier caso, quiero manifestar mi mayor admiración porque a pesar de esta situación tan adversa, siga dando conferencias sobre el papel que debería jugar la izquierda. últimamente me siento tan desanimada, tan cercada por los valores?, las políticas y los políticos de la derecha que NO TENGO PALABRAS PARA EXPRESAR MI AGRADECIMIENTO TONY JUDT. Me gustaría que le llegara mi comentario, soy profesora de historia de secundaria.

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