Stalin: cocina revolucionaria para el ciudadano modelo

Aunque no lo parezca, la revista Books es francesa y está dedicada, eso sí, al mundo del libro. En uno de sus últimos números (el de noviembre-diciembre), dedica un artículo a “La radieuse cuisine stalinienne“. En realidad, comenta un volumen italiano (Rivoluzione in cucina. A tavola con Stalin: il libro del cibo gustoso e salutare, Excelsior 1881) que ha traducido y editado Ljiljana Avirovic. Puestos a escoger, no obstante, prefiero remitirles a la reseña que publicó hace unos meses Claudio Magris en Il Corriere della Sera: “E Stalin Inventò le Ricette di Stato

“Para cocinar el  Harco (una sopa picante de la región del Cáucaso) se pone  habitualmente ternera, pero también puede ser sustituida por el cordero (…). Tras hervirla una hora u hora y media, se agrega  la cebolla picada, el ajo machacado, el arroz, ciruela agria, sal y pimienta,  cocinándolo todo durante otros 30 minutos. Estofar ligeramente el tomate con la mantequilla …».

Estas y otras sabrosas recetas, del Plov o el Pilaf  a la uzbeka al bliny a la ucraniana, no se encuentran en ningún recetario, sino en un texto “revolucionario” obrero,  en el libro de la comida sabrosa y saludable publicado por primera vez en Moscú en 1939 y reeditado muchas veces durante  años, con ricas ilustraciones, por la Academia de Ciencias Médicas de la URSS. El libro, por voluntad explícita de Stalin, debía certificar la “Revolución en la cocina” y  documentar “la máxima afirmación del continuo progreso de las necesidades materiales y culturales de la sociedad”, promovido por el Partido Comunista, coronando “la feliz realización de los planes quinquenales”  con la ” prosperidad, felicidad y alegría de vivir” procuradas a los trabajadores  y en particular a las mujeres. Un libro que  para nosotros es una mina, pues nos podemos dar  el lujo de poner en nuestros platos el resultado esas recetas jugosas, pero un trágico insulto para los millones de ciudadanos soviéticos hambrientos y desnutridos de esos años. Así pues, el volumen que nos propone ahora Ljiljana Avirovic (una traductor extraordinara que no sólo vierte al italiano autores croatas, sino también a otros como Pasternak, Bulgákov o Crnjanski) se interpreta a contaluz de la historia terrible de la URSS en aquella época.

En aquel recetario colaboraron científicos e intelectuales de diferentes disciplinas; un “ingeniero de almas” – es decir, el escritor o intelectual que según  Stalin debe producir el nuevo hombre en la sociedad comunista-  no ignora la mesa, que no sólo regenera el cuerpo sino también el espíritu, el sentido cordial de la vida. “Un hombre renace viviendo plenamente la vida”:  lo dijo Stalin brindando generosamente a una cena suntuosa celebrada un 26 octubre de 1932, en la casa de Gorki, ante literatos y escritores  a los que Gorki había de educar, formar y  arreglar  bajo las directrices del Líder Supremo, que aquella noche se presenta como un gourmet jovial y feliz de ver que la fábrica de intelectuales del régimen está funcionando correctamente. Los buenos almuerzos siempre han ayudado a los señores y a sus favoritos a dominar a aquellos que están con el estómago vacío.

De hecho, en aquella excelente cena se planea un viaje colectivo de instrucción de 120 escritores elegidos por Gorki y que, acomodados  en cuatro vagones del tren especial ‘Flecha Roja’, van a sisitar el Gulag, los penales  de “reeducación mediante el trabajo físico” que hay dispersos a lo largo del canal Bjelomor, construido con el enorme y pavoroso trabajo forzoso de los reclusos y con su hecatombe. Bjelomor, el libro colectivo escrito por 36 autores bajo la dirección de Gorki, fue editado en 1934. Aquella apología de la esclavitud incluye el menú diario del preso, que a Ljiljana Avirovic le parece muy improbable: “medio litro de sopa de col fresca, 300 gramos de polenta con carne, 75 gramos de filete de pescado con salsa, 100 gramos de pasta de hojaldre con col blanca”. Alimentos y menús también son algo bien presente para estos escritores de excursión escolástica; Saša Avdeenko, joven y de buen apetito,  escribe: “Hemos comido y bebido todo lo que queríamos y podíamos: salchichas ahumadas, quesos, caviar, frutas, chocolate, vino, aguardiente, sin pagar nada”.

En el sabroso y doloroso ensayo introductorio, Ljiljana Avirovic pone el trágico contrapunto a Bjelomor .

Este libro es una pequeña nota a pie de página en la historia de la Unión Soviética y de la trágica perversión  o fracaso de sus proclamados valores. Pensar en la mesa, donde la comida y el vino pueden llegar a ser no sólo alimento  sino comunión de la familia y la amistad, es un pensamiento realmente revolucionario,  que tiene en mente una vida liberada,  vivida alegremente desafiando el paso del tiempo. Quizás  Lenin pensara en eso cuando dijo que una buena madre de familia puede ser una comisaria del pueblo,  porque las virtudes femeninas, liberadas de la opresión, son ya un arte de vivir y de sabiduría política.

Hay una nobleza profunda en el proyecto de liberar a la mujer, con una organización adecuada del trabajo, del trabajo doméstico asfixiante, lo que le permite ser una madre que da alimento y amor, pero que es libre para cultivar otros intereses como los hombres. En teoría, la Revolución no quiere quitar a la Marta evangélica el amor que la lleva a los fogones, pero se le debería permitir no estar abrumada por el trabajo y escuchar, como María, la Palabra. Brutalmente negada por la realidad soviética, esta visión contiene en sí un auténtico ideal de redención,  aunque en este caso sea un mero ideal utópico. Es cierto que “renacer viviendo plenamente la vida” se consigue mucho mejor si va acompañado de un buen vaso;  la tragedia es que quien diga esas palabras, en la noche de octubre de 1932 y ante una mesa de esclavos disfrazados de ingenieros de almas, sea el camarada Stalin, que está oprimiendo, abocando al hambre y exterminando a millones de personas.

Incluso en tiempos difíciles,  los poderosos comen bien. El  Libro del cibo gustoso e salutare refiere el menú ofrecido por Stalin el 21  de septiembre de 1944 a Tito, “un gigante y un dandy”, como lo define Enzo Bettiza. La cena ofrecida por Stalin incluía caviar rojo, esturión y anguila marinada, pepinillos en vinagre,  goulash con albóndigas al vino georgiano, asado de pollo a la rusa, conservas de setas, panqueques, arándanos.  Pan y vino que, sobre una mesa fraternalmente servida para sellar la humanidad, devienen obscena francachela con los atracones de los poderosos que se reparten el pastel y se ilusionan con repartirse el mundo; como cuando Churchill y Stalin,  en Moscú, se reparten un soberbio esturión y las desventuradas naciones balcánicas, con el 75 por ciento de Rumania bajo influencia soviética y el 25 bajo la inglesa, lo contrario en Grecia y así sucesivamente, mientras que Churchill, cortando un bocado exquisito, cede territorios que, confiesa, no sabe exactamente dónde están, como Besarabia. Diez años más tarde, en la edición de 1954, la introducción del Libro del cibo gustoso e salutare dice que, por el bien del país, “es necesario introducir el jugo de tomate como bebida de masas”.

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