¿Se puede criticar a Foucault? Una nueva historia de la locura

¿Es posible criticar a Foucault?  Es lo que muchos se han preguntado en Francia a raiz de la aparición de Histoire de la folie. De l’Antiquité à nos jours, obra de Claude Quétel. Por supuesto, no es un autor desconocido ni el tema le es ajeno. Recuérdese cuáles fueron sus primeras investigacones: Le “Bon Sauveur” de Caen: Les cadres de la folie au XIXe siècle, tesis dirigida por el desaparecido Pierre Chaunu en 1976.

Como dijo el prfesor de filosofía Robert Maggiori en Libération, hace falta ser audaz para publicar un libro cuyo título inevitablemente recordará al de Foucault.  Y no es que el autor lo haga sibilinamente, para sacar provecho de esa asociación, sino que el propósito es deliberado, pues se trata de un ataque en toda la regla a lo dicho por Foucault.   Éste publica su Historia de la locura en la época clásica en 1961. El libro es una bomba y poco a poco mina la arquitectura de todos los enfoques sobre la locura, con su teoría del “gran encierro”.  Esta tesis, que atrajo a cientos de obras, se convirtió en intocable -el “Evangelio según Foucault”, como dice Quétel.

El punto central de la posición foucaultiana, como ha señalado también  Maud Ternon,  es la fecha de 1656. Fue entonces cuando se estableció el Hospital General, destinado a contener a pobres y vagabundos. Los locos quedan atrapados en este gran gesto de exclusión y  comienzan a ser tratados como personas a encerrar: es, en palabras de Foucault, el “gran encierro”,  movimiento que mezcla las concepciones cristianas de la asistencia y las burguesas de preservación del orden social. El manicomio en sí, sin embargo, sólo aparece en el siglo XVIII, con la psiquiatría, la medicina dedicada a la enfermedad mental.  Y ahí es a donde se dirige Quétel,  que ataca el “monismo” de Foucault  porque  “está en contradicción absoluta con el dualismo que siempre ha existido entre, por una parte, lo filosófico, moral y religioso y, por otro,  lo  médico”.  Así, para Quétel,   los locos no estuvieron encerrados  antes de la aparición del asilo en el siglo XVIII. Afirma que las fuentes no permiten ver que haya voluntad represiva por parte del Estado soberano contra los locos, y que el único tipo de encierro que hubo lo era como  voluntad generosa de tratar a los insensatos. De todos modos, como ha señalado Maggiori, la crítica no es totalmente nueva. Retoma en parte lo escrito por Henri Ey o lo que Gladys Swain y Marcel Gauchet indicaron en  La Pratique de l’esprit humain. L’Institution asilaire et la révolution démocratique (Gallimard) .

Pero no se trata sólo de una crítica a Foucault. Claude Quetel, que codirigió con Jacques Postel una Nueva historia de la psiquiatría constantemente reeditada  y que es autor de Le Mal de Naples : histoire de la syphilis (Seghers), ofrece un estudio exhaustivo de la locura, concebida como patología. Se basa para ello en la cronología, en datos, en archivos, negando, con valentía, que en esta “larga historia” en la que han prevalecido “el empirismo, el pragmatismo, la falta de recursos y la indiferencia,  uno pueda ver una “política del poder o de la represión”.  En ese sentido, la parte más atractiva es la dedicada a las tradiciones antiguas, es decir, a las formas en que la psicopatología médica y la psicopatología filosófica identificaban y trataban las “enfermedades del alma”, y las prácticas del Occidente medieval. Quetel muestra que “la antigüedad siempre trató a sus locos, aun cuando en tiempos arcaicos fuera  sólo para recluirlos en un templo”. De hecho, desde el siglo III, hay  “un verdadero arsenal terapéutico a disposición de los médicos”, aunque no sea fácil decir lo que era un “médico”.

En suma, la polémica estaba asegurada y los críticos han mostrado división de opiniones. Una de las reseñas más completas y aceradas es la citada de Maud Ternon, medievalista de la Paris-I Panthéon-Sorbonne. A su juicio, el desequilibrio entre las distintas partes del libro revela las debilidades innegables en el análisis del objeto de la “locura” y socava la lectura del libro por parte de los no entendidos.  Los capítulos sobre la Antigüedad y la Edad Media son demasiado alusivos, y el autor parece no darse cuenta de las publicaciones recientes sobre estos períodos. Por ejemplo, el estudio de Bernard Guenée de 2004 sobre la locura del rey Carlos VI en el siglo XIV  ofrece una gran oportunidad de observar las reacciones sociales y políticas provocadas por la locura del monarca, y comprender la estructuración del campo terapéutico de la locura en aquel momento. A la inversa, algunos pasajes son demasiado largos y descriptivos, en particular aquellos en los que el autor resume su propia investigación sobre el encierro en los siglos XVIII y XIX. En cuanto a las notas al pie, no está claro si la intención del autor es orientar al público en general o legitimar su labor científica. El efecto general es un libro que pierde su doble objetivo: proporcionar un examen útil para el público en general y aportar nuevos elementos a los historiadores de la locura.

¿Qué piensa Quétel?

Dice Claude Quétel que no se puede atacar con impunidad a un mito, como el que representa, por ejemplo, la “Historia de la locura en la época clásica” de Michel Foucault. Quétel dio el primer aviso en 1991, cuando se presentó a un simposio con una comunicación titulada: “Faut-il critiquer Foucault ?” (incluido en el volumen Pensar la locura).  Su contribución tuvo una acogida desigual y algunos, como Pierre Macherey o Georges Canguilhem, ya la descalificaron.    Al día siguiente, Michel Caiman escribió un texto en Le Monde igualmente contrario. Según Quétel, su voluntad de tratar el objeto como historiador, de datarlo y contextualizarlo, hacía que le acusaran de neopositivismo, de falta de capacidad analítica. Por eso, añade, por ese clima de intolerancia que existía entonces, ha tenido que demorar su historia de la locura hasta encontrar días más calmados.

“Ya era hora de terminar con Foucault y sus mitologías, aunque sigan ocupando el paisaje epistemológico y, especialmente, los medios de comunicación. Tampoco es un libro contra Foucault ni menos aún pretende sustituirlo. No soy un filósofo, no tengo nada de ideólogo. Escribo una historia de la locura en la larga duración, desde la antigüedad hasta nuestros días (así se percibe mejor el paisaje)”.  ¿Cómo eran los locos en la realidad cotidiana?, ¿dónde estaban?, ¿cuándo empezaron a ser un problema?,  ¿qué respuestas teóricas, terapéuticas, legales o sociales se dieron? “Los resultados que obtengo a partir de este amplio estudio se encuentran en total contradicción con lo que sus turiferarios denominan reverentemente el “decir” de Foucault. Bueno, mala suerte! Clio reconocerá a los suyos!”

“Señalo de paso que de más de 600 páginas, apenas dedico treinta al propio Foucault. Hablo de la historia. Puedo mostrar que la enfermedad-locura ha existido siempre, perfectamente diferenciada desde la antigüedad de la locura en el sentido de sinrazón, lejos pues del monismo de Foucault y todos los juegos de la culpa que quiso introducir en esta enfermedad, que no es ciertamente como las demás, porque siempre se reviste de la civilización en la que habita. Tomemos, por ejemplo, el caso del Gran encierro  en el siglo XVII. Foucault quiere ver un golpe de fuerza del poder que así distingue la locura repentina y ordenar su encarcelamiento ( “el clasicismo ha  inventado el internamiento”). Creo haber demostrado de forma suficiente  que no es así.

En realidad, el edicto de 1656 se inscribe en una larga serie de edictos anteriores y posteriores, que tratan en vano de reprimir a los mendigos callejeros. Entre sus objetivos no están los insensatos. No será hasta mucho después, al final del Antiguo Régimen, que su presencia, aunque minoritaria,  en los lugares de reclusión será un problema, y un problema médico. Otro ejemplo, también fundamental, tiene que ver con el nacimiento de la propia psiquiatría: allí donde ésta se funda sobre un loco-sujeto en el que aún queda un resto de  razón por el cual introducir  el tratamiento moral (idea que Hegel acoge con satisfacción), Foucault ve en su lugar un loco-objeto ( “El estatus de objeto será impuesto desde luego a todo individuo reconocido como  alienado”).

Este contrasentido absoluto y consciente (no vamos a insultar a Foucault diciendo que es un ignorante) y otros igualmente graves que construyen  su libro tienen un propósito ideológico según el cual el loco, lejos de cualquier enfermedad, es un artefacto creado por el Poder (en el sentido más amplio) para excluir a quien no se ajusta a su norma. A través de la exclusión de la locura, Foucault denuncia la exclusión en sí, y lo hace  en un momento caracterizado por la antipsiquiatría y las miradas  igualitarias. Me gustaría pensar que hoy ya no es así, pero me pregunto si no será una ilusión”.

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Para saber más.  Entrevista con Claude Quétel.

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