¿Cómo escribir la historia hoy?

Pierre Assouline se hace esta presunta en su celebérrimo blog: ¿cómo escribir la historia ahora?

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La “crisis”, dice,  puede tener su lado positivo, pues obligará a historiadores y editores a enfrentar una realidad que viene de lejos: ya no podemos seguir editando los libros de historia como antes. La peor forma de abordar el problema es denunciar la hidra de Internet y agitar el fantasma de la gratuidad.  Tanto más cuanto  el problema es viejo y la web, lejos de acabar con esta categoría de libros, puede por el contrario  asegurar su supervivencia. La muerte universitaria de la gran tesis académica se ha jugado en las librerías . Este tipo de trabajo que, de todos modos, no estaba destinado al público en general, reencontrará sus verdaderos lectores, de forma durable y generalizada, en un portal especializado que tenga la feliz idea de ponerlas en línea para que se las descarguen previo pago,  incluso capítulo por capítulo. ¿Y el resto, es decir, la gran mayoría de los libros de historia? Dado que el ensayo histórico va viento en popa,  debemos tener cuidado para mantener la obra de saber al lado del ensayo cognoscitivo,   apoyados en una base de investigaciones impulsadas por la curiosidad transdisciplinaria y políglota, relacionados con los debates ciudadanos.

¿Pero se publicaría  hoy Montaillou, especialmente sin un Apostrophes que lo popularice?  Nada es menos seguro. Los historiadores, que ya han tenido que pasar su duelo por los índices de nombres y obras,  han experimentado recientemente otro problema: los editores ahora les obligan a quitar las notas al pie o al final del volumen, así como las fuentes, para aligerar sus libros. Como si cualquier garantía de seriedad y rigor, antaño exigida al historiador del mismo modo que uno pide las referencias cuando contrata a alguien,  se penalizara ahora  hasta hacerla ingrata. En Francia no se comenta mucho, pero en Inglaterra no sólo lo dicen, sino que lo escriben: “Los editores creen que las notas ocupan demasiado espacio y son demasiado “académicas”. Los autores de biografías históricas  se han resignado a poner en línea todo su corpus “, se lee en la Biography de Hermione Lee (Oxford University Press, junio de 2009).  Cuanto más de demuestran las infinitas posibilidades del hipertexto, menor esperanza de vida para las notas. Todavía en Inglaterra,  nos enteramos hace poco por The Times que a los historiadores se les ofrecen ahora 30.000 libras esterlinas como anticipo por un libro que hasta hace poco les suponía un adelanto de 120.000. Tristram Hunt, biógrafo de Friedrich Engels, también manifiesta su temor a que esto lleve sus colegas a dedicarse a la  ficción histórica, mientras que Lisa Jardine, que enseña historia del Renacimiento en la Universidad de Londres, señala que ahora  sólo la historia de la ciencia moviliza a los editores.

El hecho es que éstos, al igual que los libreros, se excusan en la recesión para reducir sus riesgos recortando no sólo los anticipos de derechos, sino la producción real de libros de historia y humanidades. Los historiadores deberían aprovechar este tiempo de duda general para examinar sus certidumbres heredadas de la tradición académica y el hábito. Quizá haya llegado el momento de repensar la escritura de la historia. No se puede continuar ejerciendo como si la disciplina no hubiera sido arrollada por los ciudadanos desorientados en el guirigay memorial. Como si la tecnología no hubiera modificado para siempre los modos de lectura.   Como si no estuviera constantemente en el centro del debate público. Como si no se hubieran globalizado sus perspectivas y sus retos. Como si los historiadores bien nacidos debieran seguir frenando su curiosidad y absteniéndose de otras formas narrativas (el Léonard y Machiavel de  Patrick Boucheron es un buen ejemplo), comenzando por el ámbito de la ficción en la que estarían mucho mejor equipados que otros para hacer coexistir la verdad y la exactitud.

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