Habitación con vistas: Michelle Perrot

Tras dos meses de ausencia, Clionauta regresa. No obstante, su actualización será bastante errática, al menos durante algunas semanas. De hecho, este post es sobre todo un aviso de la irregularidad que se avecina.

Así pues,  retomamos de momento las entradas utilizando el título de la recomendable reseña que Claire Devarrieux firma en Libération. El volumen que analiza, y que llega a las librerías este septiembre, pertenece a la conocidísima historiadora francesa Michelle Perrot: Histoire de chambres. Seuil (La librairie du XXe siècle), 450 págs., 22 euros. L’Express, con autorización de Seuil, reproduce algunos párrafos que vamos a presentar:

Perrot Chambres

¿Por qué se escribimos un libro? ¿Por qué precisamente este libro sobre habitaciones, un tema extraño que ha sorprendido a muchos de mis interlocutores, vagamente inquietos al verme deambular por estos lugares sospechosos? Razones personales, que ni siquiera yo tengo claras, explican probablemente mi respuesta bastante espontánea a la “solicitud” de Maurice Olender que se preguntaba qué libro podría escribir. Un cierto gusto por la interioridad, extraído de la mística de los conventos para muchachas, del que más tarde me di cuenta hasta qué punto estaba impregnado de la edad clásica, el imaginario de los cuentos y sus maravillosas camas con dosel, la enfermedad vivida durante la guerra en la soledad angustiosa de una gran casa chejoviana, la sombra fresca de la siesta en los veranos calurosos de un Poitou casi español, el trastorno sentido al entrar en una habitación con el ser amado, el placer de cerrar la puerta en un hotel de provincias o en el extranjero tras un día sobregargado y repleto de palabras vacías o inaudibles: éstas son las razones, profundas o frívolas, de la elección de un lugar lleno de intrigas y recuerdos. Mis experiencias sobre las habitaciones irrigan este relato. Cada uno de nosotros tiene las suyas y este libro es una invitación a regresar.

Son muchos los caminos que conducen a la habitación: descansar, dormir, el nacimiento, el deseo, el amor, la meditación, la lectura, la escritura, la búsqueda de sí mismo, Dios, la reclusión, voluntaria o forzada, la enfermedad, la muerte. Del parto a la agonía, es el escenario de la existencia, o al menos de sus entresijos, de aquellos en los que, despojado de la máscara, el cuerpo desnudo se abandona a las emociones, a la pena, a la voluptuosidad. Pasamos allí casi la mitad de nuestra vida, la más carnal, la más adormecida, la más nocturna, la del insomnio, de los pensamientos errantes, los sueños, la ventana al inconsciente, si no a la otra vida; y ese claroscuro refuerza su atractivo.

Estas diagonales se cruzan con varios de mis centros de interés: la vida privada, la que allí se resguarda de forma distinta en diferentes épocas; la historia social del alojamiento, el de los trabajadores, deseosos de encontrar una “habitación en la ciudad”; la de las mujeres que buscan una “habitación propia”; la historia carcelaria polarizada por la celda; la historia estética de los gustos y los colores, descifrada en la acumulación de objetos e imágenes, y los cambios de decoración, el paso del tiempo que le es consustancial, que no es el tiempo que pasa, como decía Kant; éstas son las cosas. La habitación cristaliza las relaciones de espacio y tiempo.

El microcosmos de la habitación también me atrae por su dimensión estrictamente política, destacada por Michel Foucault: “sería necesario escribir una historia de los espacios – que sería al mismo tiempo una historia de los poderes, desde las estrategias de la geopolítica hasta las pequeñas tácticas del hábitat, de la arquitectura institucional, de la vivienda de clase o de la organización hospitalaria. […] El anclaje espacial es un forma político-económica que debe ser estudiada en detalle”(“El ojo del poder”, entrevista con Michel Foucault, en Bentham, J., El Panóptico. La Piqueta, Barcelona, 1980). En ese sentido, tomaba, siguiendo a Philippe Ariès, el ejemplo de la especialización de las habitaciones como signo de aparición de nuevos problemas. En estas “pequeñas tácticas del hábitat”, la malla de los pueblos, el acondicionamiento de la ciudad, de la residencia, de la casa de campo, del inmueble, del apartamento: ¿que representa la habitación? ¿Qué significa en la larga historia de lo público y de privado, de lo doméstico y de lo político, de la familia y del individuo? ¿Qué es la economía “política” de la habitación? La hatitación, átomo, célula, remite a todo de lo que forma parte y de lo que es partícula elemental, parecida a ese ácaro, pequeño entre lo minúsculo, que fascinaba a Pascal, pensador de la habitación, para quien era sinónimo de retiro necesario a la quietud (si no a la felicidad). “Todas las desgracias de los hombres proceden de una sola cosa, que es no saber estar solos, tranquilamente, en una habitación”. Es una filosofía, una mística, una ética de la habitación y de su legitimidad. ¿Qué es ese derecho a retirarse? ¿Se puede ser feliz estando solo?

La habitación es una caja, real e imaginaria. Cuatro paredes, techo, piso, puerta y ventana estructuran su materialidad. Su tamaño, forma y decoración varían con el tiempo y los ambientes sociales. Su cierre, como un sacramento, protege la intimidad del grupo, de la pareja o de la persona. De ahí la importancia capital de la puerta y de su llave, el talismán, y de las cortinas, los velos del templo. La habitación protege: a uno mismo, a sus pensamientos, sus cartas, sus muebles, sus objetos. Como defensa, repele al intruso. Como refugio, acoje. Como trastero, acumula. Toda habitación es más o menos una “sala de las maravillas”, al igual que aquellas que en el siglo XVII creaban los príncipes ávidos de colecciones. Las de las habitaciones normales son más pequeñas. Álbumes, fotos, reproducciones y recuerdos de viajes le dan a veces un aire un poco kitsch a las habitaciones -museos del siglo XIX saturados de imágenes. Todos podemos abarcar con la mirada estos modelos reducidos del mundo. Xavier de Maistre, en su Viaje alrededor de mi habitación, se da el control del universo que ordena, falto de poderlo recorrer. Edmond de Goncourt describe su habitación como una caja envuelta en tapices y, entre los objetos, un cofrecillo que pertenecía a su abuela y que contenía sus cachemires, donde él guardaba sus recuerdos personales. “La forma imaginaria de toda habitación es la vida, pero no está en una casa, sino en una caja. Lleva el sello de quien la ocupa” (W. Benjamin, “París, capital del siglo XX”).

La metáfora de la interioridad, del cerebro, de la memoria (se habla de  una especie de “oficina de registro”), figura triunfante del imaginario romántico, y más aún del simbolista,  la habitación,  estructura narrativa novelesca y  poética, es una representación que a veces hace difícil capturar las experiencias, que las mediatiza. Están, sin embargo, en el corazón de este libro, a cuyo alrededor giran los capítulos. Extranjeros, fugitivos, pasajeros, obreros en busca de una habitación,  estudiantes interesados en una buhardilla y un corazón, niños curiosos y jugadores, amantes de las cabañas, parejas seguras o vacilantes,  mujeres ávidas de libertad o abocadas a la soledad, religiosos y reclusos con hambre de lo absoluto, eruditos que extraen del silencio la resolución de un problema,  lectores bulímicos, escritores a los que inspira la calma vespertina, todos ellos son, como  el rey, los actores de esta epopeya cameral. La habitación es el testigo, la guarida, el refugio, el envoltorio de los cuerpos,  durmientes, amorosos, reclusos, lisiados, enfermos, moribundos. Las estaciones le imprimen su huella, más o menos visible o apagada. Como las horas del día que la colorean de maneras diversas. Pero la parte nocturna es probablemente la más importante. Este libro es una contribución a la historia de la noche,  una noche vivida en el interior (si no propiamente interior), sordamente murmurada con suspiros de amor, con el paso de las páginas de un libro antes de acostarse, los crujidos de las plumas sobre el papel, el tecleo del ordenador, el murmullo de los soñadores, el maullido de los gatos, los niños que lloran, los gritos de las mujeres maltratadas, de las víctimas, reales o supuestas, de los crímenes de medianoche, de los  los gemidos y las toses de los enfermos, los estertores de los moribundos. Los ruidos de la habitación componen una música extraña.

Pero la habitación es ante todo una palabra y una excursión por los principales diccionarios – de la Grande Encyclopédie al Trésor de la langue française– que, declinando los usos a lo largo de las columnas,  reservan muchas sorpresas, sobre todo en lo referente a sus orígenes antiguos. La Kamara griega designa un área de reposo compartida con los “camaradas”, a los que habríamos concedido una postura más marcial: una habitación en suma.  Pero hay cosas más complejas. La cámara latina, término arquitectónico,  es  “la palabra con la que los antiguos designaban la bóveda para ciertas construcciones abovedadas. La bóveda procede  de Babilonia. Los griegos la utilizaban poco, excepto en las tumbas: había en Macedonia “cámaras funerarias alineadas con camas de mármol en las que yacían los muertos abandonados  a los efectos de la descomposición”: como embodegados. Los romanos tomaron prestada la bóveda de los etruscos, que hacían cenadores (cameraria) para brindar  alegremente y, con materiales ligeros como las cañas, recubrían las galerías de sus villas,  aunque, sin embargo, ignoraban  la “habitación”, incluida la matrimonial.

(…)

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