Historia, literatura y testimonio

Thierry Sarmant comenta en Parutions Histoire, Littérature, Témoignage – Ecrire les malheurs du temps, la obra de Christian Jouhaud, Nicolas Schapira y Dinah Ribard que acaba de publicar  Gallimard-Folio.

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Christian Jouhaud y sus colaboradores prosiguen la empresa de crítica histórica e  historiográfica que comenzaron en 2007 con Sauver le Grand-Siècle? El propósito de la investigación es lo que en la jerga académica se denomina “écrits du for privé” (recuerdos, historias, diarios) y su utilización por los historiadores. Su período cronológico siempre ha sido  el siglo XVII y principios del XVIII.

La tesis de los autores es doble. En primer lugar,  que la distinción entre “escritura literaria” y “escritura administrativa” o “escritura documental” es muy arbitraria. La escritura “en bruto”, inconsciente de sí misma, no existe. El “testimonio”  pasivo es un mito: escribir es actuar. Todo  escritor escribe para un destinatario, para una audiencia, que puede ser la familia  o un superior o incluso una posteridad mal definida. Todo escritor utiliza recursos narrativos o estilísticoso, aunque sean toscos, para reforzar la eficacia de su discurso.

Los intendentes provinciales que desean obtener una rebaja de los impuestos o los autores de memoriales que piden algo para sus protegidos o para ellos mismos se sirven del modelo de la tragedia para ablandar a jueces y ministros. De modo que, cuando se los mira más de cerca, los presuntos testigos pasivos se revelan inmersos en los juegos de poder. Por tanto, como recoge Nicolas Offenstadt en Le Monde, todas las obras, desconocidas o canónicas, han de tomarse como auténticas  “actions par l’écriture”. La literatura, dicen los autores, deviene entonce “la réalité d’une force captée par toutes sortes d’auteurs, et non celle d’une culture diffusée et dégradée au fur et à mesure qu’on s’éloigne des écrivains désignés aux historiens par l’histoire littéraire”.  Todo ha de ser literaturalizado, descubriendo las operaciones de escritura que hay detrás de cada autor, el lugar que ocupa la escritura en su vida ordinaria, la lógica de su testimonio, las razones que le motivaron para coger la pluma, etc.

La segunda propuesta de Jouhaud y sus colaboradores se centra en la labor de los historiadores. Dicen que es difícil separar la escritura histórica de la literaria. Los historiadores usan y abusan de los procedimientos retóricos y no dudan, cuando les conviene, en manipular los documentos en los que se basan. La fuente o el texto citados,  la pretendida “carne de la historia”,  a menudo se convocan para producir un “efecto de realidad” y para reforzar un discurso concebido a priori. A la postre, la tesis brillante siempre es mejor que la verdadera, especialmente si esta última causa poca impresión.

Para ilustrar sus propósitos, los autores analizan los escritos de algunas de las principales figuras de la historiografía francesa de la segunda mitad del siglo XX: los de Marc Fumaroli sobre las memorias aristocráticas,  los de Pierre Nora sobre las “Memorias de Estado”, los de Emmanuel Le Roy Ladurie sobre Rétif de La Bretonne o los de Arlette Farge sobre el crimen y su castigo. De ese modo, se comprende  (si no lo sabíamos ya) que en Francia el “gran historiador” debe ser ante todo y sobre todo un buen escritor, y que la consulta de los archivos no es suficiente para abrir las puertas del Collège de France o el Institut.

Como Sauver le Grand-Siècle?, Histoire, littérature, témoignage es un  ensayo particularmente estimulante, sobre todo para el historiador de profesión. Sin embargo, cuando concluimos la lectura, después de tanto cuestionamiento de las fuentes, después de tanta “deconstrucción” del discurso histórico, prevalece la sensación de que falta algo. Nos gustaría que los autores se enfrentaran por su parte, desde su posición crítica, a una historia de “primer grado”, a una monografía, factual, escrita cerca de los documentos.

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