Agnes Heller: Hungría y la memoria del 89

Agnes Heller no necesita presentación. Su obra y sus libros la preceden. Conocida por su marxismo inicial, seguidora de Luckacs, ofrece  hoy una visión crítica pero constructiva de la democracia liberal:  “solía considerarme marxista, pero ya no. No soy ni marxista ni postmarxista. Soy Agnes Heller”.

En esta ocasión escribe sobre su país natal, Hungría, y lo hace en la Hungarian Quarterly.

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La historia de los últimos veinte años,  la del período transcurrido desde el “cambio de régimen” a  la introducción de un verdadero sistema democrático de gobierno, ha sido para Hungría como una novela. Sin embargo, es un  relato muy antiguo. Dios liberó a los israelitas de la esclavitud en Egipto a fin de que en adelante no tuvieran otro Dios sino Él. Debían obedecer la ley, de modo que ya no serían esclavizados por ningún déspota. Hubo mucha alegría entre la gente al principio. Pero cuando las cosas empezaron a no ir tan bien como habían imaginado, volvieron la vista a los lujos egipcios y comenzaron a adorar el becerro de oro. Lo cual, en pocas palabras, es también lo que ha ocurrido en Hungría en los últimos veinte años.

Los que han conocido directamente la servidumbre y la opresión, y para quienes la libertad es el valor y regalo mayores, no han dejado de regocijarse hasta el día de hoy. Yo misma soy de ese pensar.  El cambio de régimen, en lo que a mí respecta, fue un deseado milagro que no esperábamos ver, y el milagro se ha mantenido. Todo lo que ha pasado después no ha cambiado eso.   Como  János Vajda podría haber escrito en su poema de 1876: cualquier cosa que haya hecho   en los años anteriores  la mujer que uno apostrofa, siempre será la mujer a la que uno le da su amor para siempre. Todo lo que puedo esperar -para seguir a János Vajda – es que también seamos capaces de producir un cuento semejante.

Esta esperanza es más que un anhelo vacío. Desde el principio ha habido un esqueleto de instituciones democráticas,  y constantemente estas instituciones se ajustan y corrigen. Durante estos veinte años, Hungría se ha convertido en un Estado miembro de la Unión Europea y, al hacerlo, los otros casi se han olvidado   (como nosotros mismos, triste es decirlo, hemos olvidado) de  que hemos luchado en el lado equivocado en las dos grandes guerras. Podría incluso decir que esta vez, por una vez, el país se ha unido al bando ganador. Lo que falta es un espíritu democrático, un gusto por la empresa, la valentía y el patriotismo -bienes escasos.    Y no sólo entre la clase política sino también entre los ciudadanos en general, tanto entre las personas mayores como entre los jóvenes. Si tuviera que empezar a enumerar las causas, la lista sería interminable, especialmente cuando sé que otros citarían causas distintas y culparían a otros personajes políticos. Por tanto, parece más conveniente describir las circunstancias y los detalles.

Antes del cambio de régimen, la mayoría de las personas en Hungría, si se les hubiera pedido que citaran un país feliz con un sistema político democrático, habrían pensado en nuestro feliz y próspero vecino, Austria. No fundamentalmente como un modelo de democracia, sino como sociedad próspera. Si Hungría hubiera logrado liberarse en 1956  tal vez nosotros también podríamos estar viviendo en una prosperidad comparable. Pero las condiciones de vida habrían mejorado incluso aunque hubiéramos salido del campo soviético en 1989 por nuestra cuenta  o si la Unión Soviética no se hubiera derrumbado. Dado que no estaba previsto, ningún Estado occidental tenía ninguna apuesta política sobre la prosperidad de Hungría. El país se ha mantenido relativamente afectado por la pobreza, heredando el Estado las deudas acumuladas en los últimos años de la era Kádár; al mismo tiempo, el nivel de vida de un importante segmento de la población se hundió muy por debajo de lo que había sido previamente. Tampoco es de extrañar entonces que se esfumaran los largamente ansiados lujos egipcios; por ominoso signo que fuera, la victoria socialista en las elecciones generales de 1994 fue comprensible. Lo que también señaló fue la debilidad de la mentalidad democrática, una devaluación de la libertad. ¿Era ese éxito un voto   para el Partido Socialista Húngaro en sí, incluso un voto por el legado de János Kádár?

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Los políticos demostraron que no tenían experiencia en el desempeño de la política democrática. No tuvieron la oportunidad ni el tiempo para aprender, por lo que hicieron lo que ya sabían  o habían aprendido. Cuando estaban en la oposición (el debido respeto a las excepciones) no se comportaban como una oposición a un gobierno elegido democráticamente, sino como la oposición a una dictadura de partido. Como si sólo ellos llevaban la bandera de la honestidad frente a los deshonestos. Cuando, por el contrario, se convierten en el partido en el gobierno (y aquí es difícil pensar en una gran excepción), persiguen el mismo paternalista y populista juego político.

Un político democrático necesita cierta habilidad diplomática. Necesita contactos flexibles con todos los jugadores que están por el consenso democrático. Al parecer, muy pocos políticos en Europa oriental han adquirido esa capacidad. Además, ebuna población educada en la democracia se espera que  se muestre  respeto por los altos cargos, quienquiera  que los ocupe. Que la capacidad – de hecho, la resolución – no sólo no se está desarrollando, sino que en los últimos quince años se ha ido deteriorando.

Las fuerzas racistas y los extremistas antidemocráticos están en aumento. La derecha a menudo acepta su apoyo, e incluso más a menudo se aprovechan de la falta de respeto por las normas de la democracia para sus propios fines. La izquierda a menudo se siente más seguro protegida por las formalidades legales  que mediante la movilización de la opinión pública.  La representación política en  el parlamento (que es decisiva, por supuesto)  contrasta fuertemente con la de  la calle.

Es una ocurrencia muy repetida la de  que el éxito en la política depende de la comunicación. Los medios de comunicación influyen en la opinión pública tomando las consignas del vocabulario de la masa democrática  y repitiéndolas,   pensando que eso los hace también demócratas. Una mentalidad democrática, sin embargo, sólo se plantea en el carácter democrático de las acciones, mientras que el éxito del proceso de comunicación depende de la receptividad de las personas en el extremo receptor.

También se duda de los ideales.  La izquierda actúa con sus tradicionales baratijas. En otras condiciones, algunos de estos ideales  incluso podrían ser productivos. Uno de éstos, por ejemplo, es la idea socialdemócrata del Estado del bienestar;  por desgracia, una condición previa para el funcionamiento de una política de estado de bienestar es haber conseguido una cierta prosperidad. Para Hungría, en este momento, eso sólo puede ser un sueño. La derecha también usa viejas ideologías sin darles un nuevo significado. La peor de ellas es quizá la idea de patriotismo, aunque su politización simbólica  sólo desempeña un pequeño papel. Ser un buen ciudadano hace de una persona un buen patriota. Pero el mayor problema  es que ni los viejos ni los jóvenes le otorgan gran valor a la libertad personal.

Existen graves problemas con la generación más joven no sólo en Hungría, sino en casi todos los estados miembros de la UE. Parece casi como si las democracias modernas de Europa – a diferencia de los EE.UU. – no hubieran sido capaces de enseñar a sus jóvenes a valorar la libertad y practicar la democracia. En Hungría, para agravar el problema, la generación de más edad tiene una memoria escasa. Parecen haberse olvidado de la policía de seguridad, de los informantes, la rutina de recurrir a la hipocresía, a las mentiras. En cambio, crece la nostalgia recordando la parcela que completaba los salarios de la granja colectiva y los días de pleno empleo. Algunos sacar el sustento de la ideología de pre-guerra, de los tiempos de Miklós Horthy, un período que pocos han experimentado personalmente, y están felices de alimentarse así a otros, desplegando un mapa de la Gran Hungría y maldiciendo a todos los vecinos. En la actualidad,  hay jóvenes que nunca han conocido otro sistema político que el actual, por lo que no es de extrañar que sólo puedan ver el lado más oscuros del capitalismo y las libertades que conlleva. Los movimientos y partidos que han llevado a cabo el cambio de régimen también tienen parte de culpa. La libertad – el derecho a la libertad personal, libertad de reunión, libertad de religión y  libertad de expresión- se daba por sentado como un valor indiscutible, hasta el punto que nadie advirtió que no necesariamente todos esaban de acuerdo. Los que pertenecemos a la  intelectualidad democrática húngara hemos de reconocer que también somos en parte responsables de todo lo que pasó en los años de la embriagadora transición  y de lo que está sucediendo ahora.

Hemos sido incapaces de comunicar nuestra visión y nuestro conocimiento del nuevo mundo en el que entrábamos. Tal vez estábamos  tan preocupados con la agenda política cotidiana  que no tuvimos en cuenta los aspectos  y las interconexiones de nuestro nuevo mundo. ¿La gente entiende realmente, aunque sólo sea una minoría, las normas y las oportunidades del mundo en que vivimos? Para ellos decir capitalismo significa:  privatización,  pérdida de puestos de trabajo y capital extranjero. ¿Qué es lo que la gente sabe sobre el mercado? ¿Saben, por ejemplo, lo que significa realmente autorregulación,  regulación estatal e intervención del Estado? ¿Qué saben acerca de la democracia? En la mayoría de los casos, se amontonan ideas sobre que el parlamento es  innecesario, las peleas partidistas, los políticos corruptos, las mentiras, el ansia de poder,   los ociosos bien pagados, o cosas peores. Ésta es una caracterización injusta, incluso si se refiere a los actuales partidos y a los políticos húngaro y su, por desgracia, demasiado débil actuación. Y cuando se pregunta qué se puede hacer, la respuesta que se suele dar es: nada. Sólo la protesta, la queja y culpar a otros.

La población se Hungría está poco dispuesta a aprovechar las oportunidades que tiene. Ni los que vinieron  con el cambio de régimen, ni los que fueron resultado de la adhesión a la Unión Europea. Proporcionalmente,   los jóvenes húngaros están menos dispuestos a aceptar el reto de trabajar en el extranjero que los de otros países de Europa oriental; los que tienden a hacerlo son aquellos con mejor preparación,  que son precisamente los más necesarios en Hungría. la mayoría rechaza moverse para probar suerte en otro lugar, ni siquiera dentro de la propia Hungría, conformñandose con las prestaciones por desempleo.

La movilidad existe donde no hay  paternalismo socialista. Es hora de reconocer que los últimos años de la era Kádár han dejado su huella en el carácter húngaro. ¿ Los  “mejores cuarteles” del campo socialista ha demostrado ser los  “peores cuarteles” después de 1989? ¿Cómo vamos a liberarnos finalmente de la herencia de los años Kádár?

Sólo si logramos deshacernos de esa carga  seremos capaz de escribir un informe más alegre en el futuro.  Los políticos no tienen el lujo de elegir otro pueblo por sí mismos, ¿pero elegirá el pueblo húngaro a aquellos que son mejores? No es una cuestión de quién empezó esto o aquello: no debemos ser tan infantiles como para enfrascarnos en tales peleas indefinidamente. Sólo  a través de los esfuerzos de todos aquellos que desempeñan un papel en la política,  electores y elegidos por igual,  Hungría se liberará de esta carga. Necesitamos pasar página de una vez y para todos.

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Addenda: El último número de Social History (volume 34, Issue 2, 2009) está dedicado precisamente a Hungría. Los títulos de los artículos son realmente sugerentes.

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Una respuesta a “Agnes Heller: Hungría y la memoria del 89

  1. No sabía que Heller había dejado de considerarse marxista. Me ha sorprendido. ¿Seguirá siendo marxiana? Sería muy interesante conocer algo más acerca de la evolución de su ideología. No deja de ser un peso pesado. De todas formas, este artículo que ha traducido de su Hungría me resulta muy interesante, principalmente por dos grandes razones.

    1) La transición del comunismo al capitalismo en los países del este. Sin estar al tanto de la bibliografía sobre el tema, me parece un asunto muy importante a analizar. Como apunta Heller, a la democracia en esos países le cuesta mucho penetrar y, por tanto, en la actualidad deja mucho que desear (me ha salido una rima), mientras que el capitalismo (en su versión más radical, la neoliberal) campa a sus anchas, ya que el Estado, débil y sin recursos, no está en condiciones de regularlo. A diferencia de China, país con el que se podrían comparar todos estos países, en Rusia, Hungría, Rumanía, etc. existe un desajuste muy grande entre el avance de la democracia, con sus derechos y libertades, y el avance del capitalismo, lo que provoca, por un lado, mucha miseria y explotación (las puertas de mi casa provienen de árboles húngaros), y por otro, magnates y mafias enormemente poderosos y ricos ante los que los escasos recursos y la poca tradición democrática y verdaderamente liberal, pueden hacer. Vamos, que está por ver la evolución de todos esos países, que no es de extrañar que algunos hasta añoren el comunismo y que otros abracen al fascismo, y que, se pongan como se pongan, la Unión Europea tiene un problema con todos esos Estados, pues mucho deberían crecer y mucho mejorar para alcanzar niveles próximos a los deseables para entrar en la UE con garantías. Parece mentira que a estas alturas no sepamos de la complejidad y la lentitud de los procesos sociales. Como en Irak, la democracia no puede instalarse de un día para otro, sino que se necesita una cultura, un poso. La democracia es un proceso lento que en Europa occidental ha tardado en llegar ¿cuántos años? Y esto me lleva a

    2) que cuando Heler habla de la situación de su Hungría, no puedo evitar pensar en España y en cómo tras 30 años de democracia aún tenemos un déficit democrático tremendo. Que no lo pongo sobre el tapete para criticar nuestra democracia, sino para evidenciar la amplitud y la dificultad del proceso, un proceso en constante construcción, siempre amenazado, atacado, puesto en duda. Si esto sucede en España, no puedo imaginar cómo estarán en Hungría, vamos. Con una tradición tan autoritaria, nadie entiende eso de la libertad de expresión, ni del juego político, ni del “respeto por los altos cargos”, ni eso de que “cuando estaban en la oposición no se comportaban como una oposición a un gobierno elegido democráticamente, sino como la oposición a una dictadura de partido. Como si sólo ellos llevaban la bandera de la honestidad frente a los deshonestos”. ¡Pero si lo que dice Heller de Hungría es lo mismo que sucede en España! Eso sí, nosotros mucho mejor posicionados económicamente. Bueno, lo dejo, que ya he soltado bastante rollo.

    Saludos, Chapulín Colorado.

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