Comprender Irán (la Shia y Zoroastro)

El escritor e historiador Malise Ruthven aprovecha las elecciones de Irán para repasar en la NYRB tres recientes volúmenes que abordan la compleja situación de aquel país:

Apocalyptic Islam and Iranian Shi’ism, de Abbas Amanat  (I.B. Tauris, 2009);  Sexual Politics in Modern Iran, de Janet Afary  (Cambridge University Press, 2009); y Guardians of the Revolution: Iran and the World  in the Age of the Ayatollahs, de Ray Takeyh  (Oxford University Press, 2009).

De su amplio análisis, nos quedamos con la reseña del primero de esos tres volúmenes:

jamkran

Durante la última década,  la mezquita iraní de Jamkaran, cerca de la ciudad santa de Qom, se ha convertido en uno de los santuarios chiís más visitados, rivalizando como destino de peregrinación con las ciudades iraquís de Kufa y Karbala.  Miles de creyentes acuden para orar por la intercesión de su mesías, el Mahdi o Duodécimo Imán, cuyo regreso creen inminente. Dejan peticiones escritas  en el “pozo del Señor del Tiempo”, del cual muchos creen que emergerá el imán  para traer la justicia universal y la paz. Seis meses después de su sorprendente elección como presidente iraní en junio de 2005, Mahmoud Ahmadinejad predijo que este trascendental evento escatológico se produciría al cabo de dos años. Con la agitación en el vecino Iraq, donde los chiís siguen siendo atacados por los extremistas sunís, las expectativas para su regreso conservan todo su atractivo.

Mientras los fieles chiís (junto con sus homólogos judíos y cristianos) todavía están esperando a su Mesías, la República Islámica está haciendo una gran inversión en el santuario de Jamkaran, con un gasto de más de medio billón de dólares en ampliaciones que rivalizan con la Gran Mezquita de La Meca, con grandes patios interiores y diversas instalaciones, incluyendo oficinas, centros de investigación, servicios culturales,  mataderos y  comedores  -por no hablar de las granjas. En un país donde el establishment religioso domina las instituciones del Estado, la creciente burocracia de Jamkaran parece dispuesta a superar la de los tradicionales santuarios de Mashhad y Qom.

Si bien los observadores externos suelen ver la lucha en Irán entre conservadores y moderados en términos políticos, las corrientes ideológicas en conflicto  también encuentran expresión en la antigua retórica del apocalipsis, que se originó en la región hace más de dos mil años. Como explica  Abbas Amanat en Apocalyptic Islam and Iranian Shi’ism, la transformación de Jamkaran era parte de la campaña orquestada por los clérigos conservadores en Qom contra el gobierno del ex presidente Mohammad Khatami y sus aliados reformistas.

Apocalyptic Islam

A diferencia de otros muchos académicos, Amanat, profesor de historia en Yale, está dispuesto a aventurarse fuera de su especialidad de estudios iraníes, lo que hace que su libro sea especialmente valioso, ya que parte de la asunción  -poco habitual entre los estudiosos del islamismo- de que el Islam ha de verse como una variante de un grupo de religiones y no un objeto a estudiar independientemente. Las expectativas mesiánicas son fundamentales para todas las religiones de Asia occidental, articulando fuerzas que son a la vez dinámicas y peligrosas:

“El gran número de visitantes de (la mezquita de) Jamkaran demuestra el resurgimiento del interés en el Mahdi entre los iraníes de todas las clases acomodadas, incluyendo la clase media de la capital, y el triunfo de la República Islámica capitalizando los símbolos de la piedad pública”.

A pesar de que estos símbolos, como el santuario de Jamkaran, son específicos del chiísmo, su recurso -por no hablar de la movilización de su poder-  es universal. Como señala Amanat, los movimientos apocalípticos han sido motores de cambio religioso a través de la historia.  Los orígenes cristianos son inseparables del espíritu de apocalipsis que consuma el mundo judeo-helenístico en la antigüedad tardía. Los principios de la inicial misión de Mahoma no pueden explicarse sin hacer referencia a las “admoniciones apocalípticas, la previsión de calamidades  y el terror del Día del Juicio, evidentes en las primeras suras [capítulos] del Corán”. Entre los ejemplos posteriores -por citar unos pocos- está la llamada de Martín Lutero a la reforma de la Iglesia Católica y la reclamación de Sabbatai Zevi en el siglo XVII de ser el Mesías judío. La iglesia mormona, la más exitosa de las nuevas religiones de América, nació en el frenesí milenarista  que se extendió a través del  “Burnt-Over District”  de la zona norte de Nueva York en la década de 1830. Amanat ve todas esas manifestaciones como intentos conscientes de cumplir con las visiones mesiánicas concebidas en los antiguos modelos preservados en el zoroastrismo y las escrituras bíblicas.

En una breve pero magistral comprensión de los conocimientos adquiridos a partir de la lectura de Norman Cohn, padre fundador de los estudios milenaristas, y de otros estudiosos de este campo, Amanat repasa la dinámica de las historias apocalípticas. En el lado positivo, la anticipación del inminente juicio divino  puede traducirse en un mensaje de justicia social, con una elección individual que sustituye a los dogmas dictados por los antepasados, las tribus o las comunidades. Históricamente, los movimientos apocalípticos tienden a ser socialmente inclusivos, apelando especialmente a los pobres, los marginados y los desposeídos. El lado negativo es la percepción de la demonización de los enemigos en un mundo en el que el pueblo de Dios -el que se salva- se ve  a sí mismo  como el único portador de la sabiduría o el conocimiento divinos. El proyecto utópico de la realización del paraíso -cuando los seguidores del Mesías eligen   promulgar el escenario milenarista en un tiempo histórico real- puede  ser tan devastador como los terremotos, los incendios, las plagas y las guerras de apocalipsis imaginados.

No obstante, el enfoque de Amanat  a veces es desalentador. Es evidente que es mucho más cómodo escribir para especialistas que para un lector común, lo cual es una lástima, porque sus ideas tienen implicaciones que van mucho más allá del chiísmo, mostrando cómo un evento particular, sea una masacre o la crucifixión, se aloja en la memoria histórica.

abbas-amanat

Para los chiís duodecianos -la secta mayoritaria dentro de esta tradición minoritaria del Islam-,  el Mesías es el duodécimo en la línea de imanes (líderes espirituales)  descendientes del primo y yerno de  Mahoma, Ali,  a quien los chiítas creen que se le hurtó la sucesión tras la muerte del Profeta en el 632 AC. Según esta versión, el último de estos doce imanes “desapareció” en el año 874;   el mito popular dice  que se esconde en una cueva en Samarra, en Iraq, en espera de su regreso triunfal. La devoción chií se centra en la suerte del tercer imán, Hussein, hijo menor de Ali, que fue masacrado junto a sus leales seguidores en Karbala (en el moderno Irak) por las fuerzas del califa omeya Yazid en el 680.

El chiismo ha oscilado durante más de trece siglos entre el activismo revolucionario y la separación silenciosa. Al principio de la era musulmana, los  leales a Ali (su shia o partidarios) instigaron numerosas revueltas, desafiando y a veces derrocando los complejos militares tribales que asumieron el poder a raíz de las conquistas árabes. Muchas de estas revueltas se llevaron a cabo en nombre del Mahdi (Mesías) o Qaim (resurrector), una figura escatológica, con más de un parecido con el Cristo vengador del libro del Apocalipsis. La más perdurable dinastía fue la de los turcos safávidas, que llegaron al poder en Irán en 1501 y  que hicieron del chiismo la religión del Estado creando una fusión entre las identidades persa y chií. El culto del martirio de Hussein, por ejemplo, evoca el asunto del duelo por el asesinato de  Iraj -el héroe primordial de Irán.

Tras llegar  al poder sobre una ola de expectativas mesiánicas, los safávidas lograron neutralizar su dinámica revolucionaria. En ausencia del imán,  los ulemas (estudiosos religiosos) ejercen la autoridad espiritual en su nombre, lo cual les otorga una autoridad y una categoría superiores a las de sus homólogos sunís. Para mantener el equilibrio Estado-clérigos, el Imam Oculto fue relegado prudentemente al futuro indefinido  y las especulaciones sobre su regreso despachadas como poco ortodoxas, incluso heréticas.

Sin embargo, las aspiraciones milenaristas pueden escapar de las garras de las autoridades religiosas, especialmente cuando las ortodoxias actuales se pueden  presentar como una traición a los orígenes prístinos. Como explica Amanat : “En un impulso milenario, común a todas las tendencias apocalípticas, se produce un cambio fundamental cuando se pasa de una aspiración latente a una gran ambición”.  En Irán, esta transición fue supervisada y manipulada por el ayatolá Jomeini, un sofisticado teólogo y un agente político consumado. Firme oponente de las reformas del Sha, Jomeini había argumentado que, en ausencia del Imán Oculto,  los clérigos deben ejercer efectivamente el poder en su nombre bajo la égida de un “guardián jurisconsulto”. Su doctrina representa una ruptura radical con la tradición de separación de hecho entre  religión y Estado que había emergido a lo largo de los siglos anteriores. La infalibilidad del imán debe producirse a través de la acción. Amanat lo expresa claramente:

“En efecto, Jomeini se apropió de la función de  Imán aunque sin reclamar totalmente la inspiración divina y la infalibilidad …. No fue sólo un “vicegerente” del Imán, como se decía teóricamente, sino un imán, que es como todos le trataban en la República Islámica, una condición honorífica sin precedentes reservada exclusivamente para los Imanes Chiís y no asumida por ninguna figura chií desde la ocultación del duodécimo imán en el siglo IX”.

Al tomar el poder de manera espectacular, Jomeini sacudió los cimientos de la tradición del chiísmo duodeciano. La cultura promovida por las madrasas (escuelas religiosas) en tiempo de la dinastía Pahlevi y sus predecesores Qajar habían tenido su fuerte en las habilidades retóricas, con una teología encerrada en sí misma.   Su sello fue “una evasión fetichista y un desafío frente a todo lo nuevo, novedoso y desconocido” que pudiera poner en peligro el poder o la influencia de los ulemas. En lugar de encontrar la manera de ajustar su tradición para enfrentarse al mundo moderno y sus desafíos, los estudiosos chiís  se centraron obsesivamente en cuestiones recónditas, como la manera en que la oración puede ser anulada por la contaminación ritual. Este enfoque sirve para fomentar un espíritu de hostilidad a las reformas sociales y seculares promulgadas por los Pahlevi en áreas tales como la propiedad de la tierra, la educación y el matrimonio.

Un tópico de la retórica revolucionaria de Irán es que Estados Unidos es el Gran Satán empeñado en la destrucción de la República Islámica. Si bien hay una historia cierta relativa al patrocinio de la CIA al golpe  que derrocó al gobierno nacionalista de Mossadegh en 1953, el anti-americanismo que caracteriza los escritos de Jomeini y las manifestaciones callejeras que se ven aún en Teherán  parecen más cerca de la psicopatología que de una política racional. Ese frenético antagonismo, como sugiere Amanat,  debe más al dualismo zoroástrico que a la dominante teología coránica. En la escritura musulmana,  Satanás (shaytan) no llega a ser la figura miltoniana.  Es tan sólo un demonio entre tantos, que tiene la función de tentador o verificador de la ética.

shaytan

Sin embargo, en el esquema zoroástrico hay un furibundo conflicto eterno entre los partidarios de Ahura Mazda, Señor de la Sabiduría, y los que siguen al diabólico Ahriman. La batalla cósmica es interminable. Uno de los títulos de Ahriman, el de Demonio de los demonios, es comparable con el de Gran Satán. A diferencia de los más dóciles shaytan de la tradición del Corán, su ámbito de operaciones y sus poderes son inmensos. Amanat sostiene que durante los primeros siglos islámicos el chiismo iraní absorbió la visión zoroástrica de un mundo dividido entre creyentes puros e infieles contaminados, con los cuerpos expuestos a constante peligro. En las versiones populares del chiismo que aún persisten, el cuerpo humano está sujeto a todo tipo de ataques satánicos y debe ser vigilado constantemente contra las tretas insidiosas del enemigo.

(…)

En cuanto al futuro, Ray Takeyh, un analista cuidadoso , tiene una opinión optimista. Es tranquilizador que haya sido contratado por el Departamento de Estado, donde sus conocimientos y habilidades serán de inestimable valor si la red diplomática da resultados positivos. Dice:

Los gobernantes de Irán no deben ser caricaturizados como políticos mesiánicos que tratan de aplicar los dictados de oscuras escrituras anunciando el fin del mundo a través del conflicto y el desorden. Como la mayoría de dirigentes, están interesados en mantenerse en el poder y rechazarán conductas que pongan en peligro su dominio.

Con estos nuevos safávidas en el poder,  el Imán Oculto se mantendrá en su cueva y el apocalipsis será prudentemente aplazado hasta que surja una nueva generación sedienta de cambio.

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