Humanistas versus científicos

En pleno año Darwin, el suplemento cuktural Ñ del diario Clarín ha tenido la feliz ocurrencia de plantear este debate.  Por un lado, Marcelino Cereijido, fisiólogo del Centro de Investigaciones y Estudios Avanzados de México.  Por otro, Jorge Salvetti, escritor, docente y traductor:

cientificos

Científicos versus intelectuales (Marcelino Cereijido)

Un organismo sólo puede sobrevivir si es capaz de interpretar eficazmente la realidad que habita. Si un mosquito no interpretara que esto es una estatua de la Venus de Milo y no una señorita de verdad, sería demasiado estúpido para ser mosquito y se extinguiría. Biológicamente hablando carece de importancia que esa interpretación sea inconsciente, pues desde los inicios de la vida en el planeta hace unos 4.000 millones de años, su evolución, su enorme diversificación en millones de especies, su manera de funcionar, ha sido un fenómeno exclusivamente inconsciente. La conciencia comenzó a aparecer hace apenas unos 40-60 mil años, es decir, “nada” en escala biológica y, a lo sumo, influyó en la evolución de unas pocas especies, notablemente la Homo sapiens.

Ya en posesión de una conciencia, el ser humano empezó a utilizarla para interpretar la realidad, y los modelos mentales que iba construyendo sobre esa realidad fueron –por supuesto– siendo sometidos a un proceso evolutivo. En un primer momento, podía atrapar una piedra porque no se mueve per se, pero no una rana porque tiene motu proprio y se escapa. Su primer taxonomía habrá sido entonces que hay cosas que tienen ánima y cosas que no, y llamó a las primeras “animales”. Después de estos modelos animistas, un impresionante salto intelectual le permitió una nueva taxonomía, e imaginó que todo lo marítimo estaba a cargo de dioses como Poseidón, el cielo de Urano, la agricultura de Ceres. Fue la hora de los modelos mentales politeístas. Luego, en otro salto formidable, generó monoteísmos. Si una deidad del politeísmo prefiere una cosa y otra deidad tiene otras preferencias, no surge contradicción alguna, pero el dios único del monoteísmo no puede tener incoherencias. El paso a los monoteísmos requirió inventar nada menos que la coherencia de Dios, que posibilitó luego el paso hacia los modelos científicos, donde los conocimientos no están simplemente amontonados, sino sistematizados, de modo que no conflictúen entre sí. La manera de interpretar la realidad de la ciencia moderna consiste en hacerlo sin apelar a milagros, revelaciones, dogmas ni al Principio de Autoridad, por el cual algo es verdad o mentira dependiendo de quién lo diga (la Biblia, el Papa, el rey, el padre).

Pero ahora imaginemos que nos transportan a la Europa de mediados del siglo XIV, en momentos en que millones de personas perecen por una de las epidemias más terribles que registra la historia: la Peste Negra. ¡Qué no daría esa gente por saber qué los está matando! Hoy sabemos que se debió a la Pasteurella pestis, pero ellos no podrían haber culpado a los microorganismos, pues faltaban quinientos años para que se los descubriera. Las bacterias eran invisibles para el hombre medieval y se veían obligados a interpretar esa realidad de alguna otra manera. Algunos entendían que Dios los estaba castigando por sus pecados y, para que los perdonaran, deambulaban descalzos dándose de latigazos; otros sospechaban que Dios estaba enfadado por los pecados cometidos por otros miembros de la sociedad, y se lanzaban a orgías de represalias; otros atribuían la ira divina a que su ciudad albergaba judíos “como los que habían matado a Cristo” y para aplacarlo incendiaban ghetos y cometían genocidios espantosos; otros aterrorizados culpaban de la peste a la posición de planetas, fases de la Luna, eclipses y pasos de cometas. En cambio, si hoy los médicos mandaran a azotar a los tuberculosos, torturaran a nuestra abuela con Alzheimer para quitarle el Demonio del cuerpo, o asesinaran judíos para que Dios acabe con la amebiasis, los tomaríamos por locos.

Las diversas maneras de interpretar la realidad no se fueron instalando ni desapareciendo como un cambio en la hora oficial, en cierta fecha en cierto momento, sino que coexisten pueblos con diversos modelos. En realidad, esa coexistencia se observa hasta en una misma persona: un empresario puede ser rigurosamente ateo cuando niega un aumento de sueldo a miles de obreros, y profundamente creyente cuando lo llevan en una camilla rumbo al quirófano para que le practiquen un cortocircuito coronario. La segunda aclaración es que la eficacia de un modelo interpretativo depende de su concordancia con la realidad. La ciencia no ve electrones, ni espectros electromagnéticos, ni vibraciones electrónicas ni nucleares, todas partes del modelo científico, pero se coordina en –por ejemplo– una tomografía de cerebro en la que el operador sólo ve pantallas, colores, variables estrambóticas que le permiten decir: “Este señor tiene tal o cual tumor en tal o cual región”, y el cirujano lo ubica y lo extirpa.

Cuando se invita a nombrar productos científicos, la mayoría de la gente enlista artículos que van de poderosas herramientas matemáticas y naves espaciales a medicamentos maravillosos y armas devastadoras. Pocos reparan en que, como en la gimnasia, donde una persona “se hace a sí misma”, el producto principal de la ciencia no es “algo vendible en el mercado” sino una persona que sabe y puede.

Finalmente, un pueblo no es necesariamente subdesarrollado cuando debe dinero, sino cuando hay otro que lo conoce e interpreta con mayor eficacia. Si quienes mejor interpretan la realidad japonesa no fueran los japoneses, Japón sería un pueblo subdesarrollado.

Así como llamo “analfabetismo” a la incapacidad de leer y escribir, llamo analfabetismo científico (AC) a la incapacidad de interpretar la realidad “a la científica”; esto es, sin recurrir a milagros, revelaciones, dogmas ni al Principio de Autoridad. El AC causa varios dramas ineludibles.

El primer drama es carecer de ciencia en un mundo donde ya queda muy poco de envergadura sin ciencia avanzada y alta tecnología. El segundo es que, contrariamente a un pueblo al que le falten alimentos, agua, energía, medicamentos, vivienda, en el que sus habitantes son los primeros en advertirlo y señalar su déficit con toda exactitud, cuando a una sociedad le falta ciencia no lo puede comprender ni aún cuando se le trata de explicar.

El tercero consiste en que si el analfabeto científico tuviera ciencia no sabría qué hacer con ella. Es como ir a un poblado tarahumara y pedir: “Levante la mano quien necesite ácido pantoténico, carotenoides, cobalamina, tocoferoles”. Así se estén muriendo de avitaminosis, los pobladores no van a saber de qué les estamos hablando ni qué es lo que los está matando. Pero hay todavía un cuarto problema: para un científico, la realidad es increíblemente compleja, llena de variables; por el contrario, para el analfabeto científico es extremadamente simple, pues tiene una sola: el dinero. Para él, todos los problemas son causados por la falta de dinero, y todo se solucionaría con conseguirlo. Para él, “Política científica” consiste en una gráfica en forma de pizza surgida de la administración y la teneduría de libros de cómo se habrá de erogar un presupuesto. Cree que el conocimiento no es otra cosa que ignorancia financiada. De ser cierta tamaña barbaridad, los líderes del conocimiento científico mundial serían quizás algunos emiratos árabes. Para el analfabeto científico, Suiza hace ciencia porque es rica, pues no puede concebir que en cambio es rica porque desarrolla su ciencia y su tecnología. Por eso siempre tengo a mano la opinión del economista John Kenneth Galbraith: “Antiguamente, la diferencia entre el rico y el pobre dependía de cuánto dinero tenían en el bolsillo; en cambio hoy los distingue el tipo de ideas que tienen en la cabeza”. El quinto drama, no menos grave, es que el analfabeto científico cree que sí sabe qué es la ciencia moderna (la confunde con “investigación”), de donde deduce que no la necesita.

Habitualmente el AC está intrincado con agentes que quizá no sean analfabetos científicos ellos mismos, pero contribuyen a eternizarlo. Basta ir a una librería y constatar que sus mesas centrales ofrecen una multitud de libros honestos y sesudos que intentan explicar las razones de que Argentina se hunda en miserias, corrupciones y dependencias más o menos encubiertas. Tomo esa profusión de libros como evidencia del vigor intelectual de los argentinos. Sus autores son muy sagaces, pues para explicar la Argentina del siglo XX no olvidan presidente, tratado comercial, fraude electoral, movimiento militar, devaluación, líder sindical ni trifulca entre el clero y el Estado. Para muestra podría enumerar obras –en otros sentidos maravillosas– de Juan José Sebreli, Félix Luna, Federico Finchelstein, Silvia Sigal, Luis Alberto Romero, Beatriz Sarlo, Jorge Lanata, Osvaldo Bayer. Sus libros son muy cercanos a mi corazón porque me han ayudado a entender mejor a mi patria y a mis paisanos, y son mis autores predilectos porque me obligan a pensar, independientemente de que esté o no de acuerdo con lo que opinan. Su AC consiste en que en un siglo XX que ha visto aparecer aviones, radios, teléfonos, televisión, cirugía abdominal y cerebral, la desintegración del átomo, la decodificación del genoma humano y la aparición de redes computacionales, nuestros sesudos analistas no advierten que durante ese siglo su patria no sólo no desarrollaba su ciencia, sino que tenía (y tiene) una cultura incompatible con ella. De hecho, a partir de 1930 el clero y las fuerzas armadas mutilaron el aparato educativo nacional cada vez que lo juzgaron conveniente, pero esto se evalúa en términos de derechos humanos.

El AC tiene un componente pasivo, que por una multitud de razones no le ha permitido a un pueblo llegar a evolucionar hasta manejarse con ciencia moderna. Pero tiene además otro, activo, por el que el Primer Mundo le ha bloqueado por siglos el acceso a los modelos científicos (incluso ayudó a promover la investigación, más no la ciencia). No lucharíamos contra la tuberculosis metiendo presos a los enfermos, ni vilipendiaríamos al analfabeto común que no tuvo la suerte de aprender a leer y escribir. Análogamente, la campaña hacia una cultura compatible con la ciencia debe hacerse con un profundo respeto y voluntad de ayudar.

Aquel desprecio por la palabra (Jorge Salvetti)

Resulta curiosa y paradojal, casi el síntoma de una extraña dolencia, la relación que la ciencia –sus sujetos–, sobre todo la más dura, parece mantener con la palabra. Toda la precisión y el rigor de los que se ufana, orgullosa, como de su más preciada posesión, parecen desplomarse de la manera más estrepitosa, cuando lo que está en juego es el valor de los términos. Y este fenómeno, constatable en diversas manifestaciones, no sólo salta a la vista en las zonas más marginales o secundarias de su labor, sino también en los fundamentos más básicos de sus construcciones, en la denominación misma de sus esferas de actividad y en su terminología inaugural.

Ya Whitehead señaló la particular inteligencia que se requiere para poder observar lo obvio. Todos los grandes “progresos” de la ciencia siempre han tenido su origen, directa o indirectamente, en esa reinterpretación de las nociones más esenciales y en esa mirada virginal que ve las cosas, que tantos han visto sin ver, como por vez primera. Por eso no es fútil plantear los siguientes interrogantes.

¿Qué puede significar, desde el punto de vista epistemológico, que la denominación misma de una ciencia carezca de todo rigor, que sirva, por decirlo así, como una suerte de “comodín” o cheque en blanco que va llenándose de diversos contenidos y nombrando, por ende, distintos objetos, a medida que dicha ciencia varía con el tiempo? O expresado en otros términos: ¿Qué puede indicar, “científicamente hablando”, que el nombre de una ciencia no signifique nada concreto, que resulte más o menos indefinible, nebuloso o cuestionable, evocando distintos objetos a lo largo de su historia? ¿Qué representa, desde una perspectiva epistemológica, que quienes cultivan y ejercen una ciencia ignoren casi todo lo que puede saberse del término que designa su hacer y sus conceptos fundamentales? ¿Que ignoren su significación originaria? ¿Qué tipo de conocimiento implica tal desconocimiento? ¿Qué clase de saber desprecia ese saber? ¿Qué significado puede tener esta peculiar afasia en quienes están convencidos de dominar el conocimiento más excelso y riguroso que haya alcanzado el ser humano?

Creemos que es inherente a las ciencias duras cierto desprecio por la palabra y el género de conocimiento que esta implica. Este desprecio, que bien podría calificarse de necesario y que acompañó sigilosamente su gestación durante el Renacimiento y el Iluminismo europeo, estallaría en una ensordecedora y disonante fanfarria triunfal en los últimos dos siglos. Y este simple hecho, causa y efecto de su exacerbada valorización de un determinado lenguaje –el matemático–, les ha garantizado un éxito muy particular.

Pero toda polarización tiende a generar frutos hipertrofiados y esta hipertrofia no puede superar ciertos límites sin acercarse peligrosamente al abismo de la monstruosidad, la esterilidad y la impotencia.

Por lo demás, esta desvalorización de los términos y del lenguaje mismo como fuente primordial del conocimiento del hombre, no es un dato anecdótico o menor dentro de la cultura, obedece a causas muy precisas, que bien podrían denominarse históricas, y constituye el meollo alrededor del cual aún gira la posibilidad de disponer o no, de manera natural e inmediata, de un lenguaje y una visión totalizadora de la realidad, de un lenguaje que no sacrifique, en nombre de una concepción necesariamente parcial de universalidad y verdad, las cualidades de plasticidad, fluidez y sensibilidad que el lenguaje común y cotidiano comparte con el lenguaje subjetivo de las artes y el sueño.

Estamos convencidos de que un lenguaje sólo puede ser universalmente verdadero cuando lo es en cada singularidad, y el lenguaje matemático, por su misma genealogía, no puede satisfacer este requisito; sólo es cierto en el punto en que lo singular se encuentra sometido a un universal de características tan manifiestamente singulares que bien podría catalogarse de monárquico.

Porque la universalidad y la precisión del lenguaje matemático sólo son ciertas, dadas una traumática abstracción y una letal reducción de la realidad, reducción que obedece, a nuestro juicio, a un importante factor económico y político, e incluso en gran parte fetichista, de nuestra psicología. Y puesto que esa universalidad y precisión se basan necesariamente en una reducción –reducción que repercute negativamente, sobre todo, en la esfera más inmediata de universalidad y verdad que posee el ser humano, en la esfera del lenguaje primigenio de su más palpable individualidad–, tanto una como la otra resultan no sólo filosófica sino también “científicamente” cuestionables como tales.

Actualmente la ciencia sabe que la naturaleza, independientemente de lo que este vocablo pueda designar, posee entre sus fuerzas operativas la de la indeterminación, la imprecisión y el “azar”, fuerzas que bien podríamos catalogar de estéticas, o quizá, ¿por qué no?, de caprichosas o subjetivas: como si, de pronto, asomara allí una extraña criatura que intentase desesperadamente llamar la atención de quienes, buscando penetrar en sus misterios, no se percatan, quizá, de que, al hacerlo, le pisan un pie, le meten un dedo en el ojo, o le auscultan con un frío e insensible instrumento el recto. Fuerzas que parecieran resistirse a dialogar en el lenguaje matemático, a pesar de, o precisamente por estar encaradas de manera expresa desde esa unilateral perspectiva.

La palabra es nuestro instrumento fundamental de conocimiento, pero es mucho más que eso: es la expresión de nuestro más profundo anhelo de saber y, por ende, de nuestra consustancial ignorancia. Pero, por sobre todo, de nuestra conciencia de poseer, desde el origen remoto del mito, una conexión sensible e íntima con una fuente de conocimiento tan inmediata y trascendental que toda nuestra arrogancia sería incapaz de concebir, mucho menos de manipular, sin dañarnos, de manera expoliadora.

Entendemos que despreciar la palabra, ignorar sus riquezas, su poder y su historia, es ignorar la génesis misma de la ciencia y su porvenir. Por eso nos parece especialmente útil dedicar este espacio crítico y, por así decir, literario, que tan generosamente nos brinda esta publicación, a un análisis hermenéutico y filológico de los términos fundamentales de la ciencia, comenzando en el próximo número con el concepto de physis-natura. (La nota se publicará en una revista académica).

Nota: De no haber temido pecar de extravagante, me habría gustado titular este breve artículo, no con la versión latina que San Jerónimo da de la frase inicial del Evangelio de Juan In principium erat verbum, y que alude, en uno de sus significados, al comienzo del Génesis y al papel creador que la palabra desempeña en la cosmogonía judeocristiana, ni tampoco con la versión “original” griega de dicha frase, en la que aparecen los dos términos, tal vez, más importantes de la historia de la ciencia (arjé y logos), sino con el primer dístico de lo que puede considerarse uno de los precursores más directos del Génesis: el poema babilónico denominado Poema Épico de la Creación, y que podría traducirse: “Cuando arriba los cielos no estaban nombrados, abajo la tierra no era llamada por nombre.” Y aquí lo curioso es que se utilicen vocablos distintos para referirse al acto de otorgar existencia mediante la palabra al mundo superior y al inferior. Podría aventurarse que el primer vocablo se relaciona con el poder profético que se manifiesta en la palabra, mientras que el segundo grupo parecería remitir a la capacidad rememorativa que caracteriza al lenguaje.

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