Hezbollah y el embrollo del Líbano

Esta misma semana ha habido elecciones en el Líbano. Así que es un buen momento para atender al repaso que Dominique Avon, historiador francés especializado en el mundo de las religiones y las relaciones internacionales,  realiza  sobre la organización Hezbollah a través de dos libros: el de Eitan Azani, Hezbollah : The Story of the Party of God (New York, Palgrave Macmillan, 2009)  y la ya quinta edición del afortunado volumen de  Augustus Richard Norton, Hezbollah (Princeton University Press, 2009 [2007]), que incluye un nuevo posfacio.

Eitan Azani y Augustus R. Norton tienen una larga experiencia sobre el Líbano y sobre los distintos actores de la zona, el primero como funcionario del ejército de ocupación israelí, el segundo como observador militar de las Naciones Unidas y colaborador con las fuerzas de intermediación en la primavera de 1980. Sus estudios se alimentan de referencias en inglés y árabe (poco en francés) y también, en el primer caso, en hebreo. Azani es uno de los principales miembros del International Policy Institute for Counter-Terrorism del Interdisciplinary Center (IDC) en Herzliya, al norte de Tel Aviv; Norton es profesor de relaciones internacionales y antropología en la Universidad de Boston. Su trabajo no tiene la misma factura: el libro de Azani es un volumen académico basado en múltitud de fuentes, mientras que el de  Norton es una síntesis de investigaciones alimentada por sus contactos y su experiencia en diversos ambientes.

Hezbollah azani

Para Azani, la clave de lectura es  el binomio terrorismo/contraterrorismo. Todos los acontecimientos, desde la invasión israelí del sur del Líbano en 1978 hasta  el fallido intento de reocupación durante la guerra de 2006,pasando por la segunda invasión de 1982 o los bombardeos masivos de 1993 y 1996,  se presentan como actos defensivos de “control” contra los  “terroristas”, ya sean palestinos o libaneses. El argumento es que el mundo contemporáneo se caracteriza por el aumento de una oleada amenazadora contra una especie de ciudadela. Tras los muros, acampan las fuerzas del  “orden”, a las que se asocian los conceptos de “democracia”,  “secularización”,  “nacionalidad” y  “modernidad”. En esta confrontación de dimensiones universales, Israel es la avanzada en el campo minado de Oriente Medio, que cuenta con unos pocos aliados locales de escasa consistencia. En cuanto a Hezbolá, queda inscrita en una nebulosa “islámica”, sin fijar una clara identidad a partir de los rasgos asociados a su inspiración chií  y  al contexto social  e institucional del Líbano. Se la acusa de una “actividad terrorista secreta y violenta” tras su fachada legal. Los ataques suicidas contra la fuerza multinacional en 1983, los “ataques terroristas” contra al ejército en el Líbano ocupado, la toma de rehenes, los  bombardeos sobre civiles en el norte de Israel y los ataques dirigidos a la comunidad judía en Argentina (1992 y 1994) se incluyen en un solo concepto y son asignados al mismo actor.

La perspectiva adoptada por Norton es diferente. Hay un indicio elocuente sobre  el compromiso diplomático de este antiguo profesor de West Point: el uso del término “invasión anglo-estadounidense” para evocar la guerra en Irak en 2003. Norton intenta abordar el concepto de “terrorismo” de dos maneras. En primer lugar, muestra la relatividad del concepto en el contexto de enunciación: las referencias a la OLP en los discursos de muchos Estados iban casi todas acompañadas por el término “terrorista” en los años 1970 y 1980,  calificativo que fue abandonado tras los Acuerdos de Oslo (1993);  el papel de los grupos de presión como el American-Israel Public Affairs Committee queda claro con la caracterización de Hezbolá como grupo enemigo en la “guerra contra el terrorismo” después de 2001, a pesar de que antes ya aparece en el listado del Departamento de Estado como “foreign terrorist organization” (1997). Por otro lado, afirma que “Hezbolá y otros grupos libaneses están en su derecho de resistir  a las fuerzas de ocupación recurriendo para ello  a la violencia mortal”, al tiempo que señala que muchas de las actividades de Hezbolá , en los campos de la salud o la educación, no tienen nada que ver con el uso de la violencia contra civiles. En cuanto a los dos atentados en Argentina, sus observaciones sugieren que Hezbolá no participó directamente, a diferencia de los servicios secretos iraníes. Sin embargo, quedan muchas preguntas sin respuesta, sobre todo la implicación de Imad Mughniyeh, presentado hoy como uno de los principales “mártires” por parte de Hezbolá y las autoridades de Irán (en Teherán hay una calle que lleva su nombre).

Dos modelos desarrollados por el cruce de un “enfoque estructural” y “psicológico” sirven como matriz para pensar el objeto en el caso de Eitan Azani. Ilustra, por tanto, dos lugares comunes: un gobierno débil, como es el caso del Líbano, “facilita el crecimiento de las milicias locales sobre la base de factores comunes”; un movimiento de protesta pasa por cuatro o cinco fases -establecimiento, consolidación, expansión, burocratización (institucionalización), declive vinculado a la consecución de objetivos (a través del ejercicio del poder o no) o, en su lugar, contestación interna o cuestionamiento externo.  La referencia a las interpretaciones que giran en torno a la noción de “Islam radical” no es operativa. Evidenciar el elemento religioso en el compromiso y el funcionamiento de este tipo de movimiento, que reflejan los términos de yihad, dawa (predicación), Umma (comunidad musulmana) o istishhad (martirio), ¿significa que estamos ante un fenómeno excepcional, propio de las sociedades de mayoría musulmana? El control de una comunidad por una generación de religiosos, mejor formados y más numerosos que la anterior, entre los que los más destacados se llaman Musa al-Sadr, fundador del Consejo Superior Islámico chií en el Líbano y del movimiento Amal, Muhammad Husayn Fadlallah y Muhammad Mahdi Shams al-Din (Norton les dedica dos páginas muy interesantes), ¿es la expresión de un movimiento mundial para “volver a los orígenes religiosos? La movilización de los chiís de extracción modesta  y de la nueva élite en proceso de formación contra los dirigentes de la comunidad que actúan como señores feudales, que ha sido posible por el crecimiento demográfico y el éxodo rural a los suburbios de Beirut, ¿es la manifestación de una lucha de clases? ¿Este hecho es más ideológico que social? Norton evita estas consideraciones, pero el uso de conceptos tales como secularización,  liberación,  islamismo y  reformismo, para distinguir las diferentes tendencias dentro de la comunidad chií  no se basa en un estudio de la doctrina de Hezbolá.

El “Islam fundamentalista” caracterizado por “la identidad jihadista”,  en su versión “reformista” o “revolucionaria”, le sirve de marco de análisis a Azani para trazar la trayectoria de Hezbolá. El nombre del Islam es en realidad una tapadera para llevar a cabo el combate, verbal o armado,  “en el nombre de Dios” por la desaparición del Estado de Israel,  presentada como una necesidad: la alianza, objetiva y efectiva, entre Hamás (suní) y Hezbollah (chií)  para la “liberación de Al-Quds” (Jerusalén) viene a apoyar esta observación. En términos más generales, hay algunos dirigentes de movimientos o grupos que afirman que en el Islam hay una verdadera voluntad de considerar a la religión musulmana como una “solución holista”, un proyecto que abarcaría todos los aspectos de la vida e iría al encuentro de los mismos principios de distinción o separación que históricamente han sido realizados en Europa y América del Norte antes de esparcirse por la mayoría de los Estados en este mundo.

Pero este enfoque (que no es el de Norton) tiene sus límites. Explicar la jihad a través de Hezbolá y de las referencias a Qutb o al-Zawahiri empuja al lector mal informado a entender el significado de este concepto según los responsables de este partido. Azani reduce la diferencia entre lo que él llama la “rama suní revolucionaria” y los chiís. Hace invisible  la brecha cada vez mayor entre sunís y chiís en el Líbano, por no hablar de la situación interna en Irak o en Pakistán y las tensiones entre Irán y Arabia Saudita. Su objetivo no refleja la variedad de posiciones dentro del chiísmo,  aun cuando se refiere a la posición de Ibrahim Shams al-Din y de Ahmad al-Assad, en lo que respecta a la contestación  intra-comunitaria contra Hezbolá. No permite que el lector descifre el grito de oprobio  -el de  “chiís! chiís! “- lanzado por los partidarios de Mahmoud Abbas contra Hamas  durante una de las pocas manifestaciones de oposición en la Franja de Gaza desde junio de 2007.

Hezbollah norton.

Por su parte, Norton no tiene en cuenta el hecho de que los dirigentes de Hezbolá no han escrito nunca (desde 1985) que el establecimiento de un Estado islámico no esté ya en su horizonte, más allá de la integración voluntaria en el juego político libanés. Esta nueva estructura debe basarse en un “Gobierno musulmám”, cuya pieza central fue definida por Jomeini como el wilayat al-Faqih (“autoridad del jurista teólogo “). Ese proyecto, basado en una estructura particular, distingue a Hezbolá del otro  gran  movimiento chií libanés, Amal, liderado por Nabih Berri.  Éste, que ejerce de intocable presidente del Parlamento, lejos de cuestionar el sistema libanés,  beneficia  de hecho a una red clientelar inscrita en el seno de su comunidad; más aún,  ha mostrado su disposición a reconocer la existencia de Israel participando en un proceso de negociación en el seno del Frente Nacional libanés de salvación en julio de 1982. Aquí hay una suerte de pecado original para los miembros de Hezbolá que, al igual que Hassan Nasrallah (pero no su hermano Hussein, según lo indicado por Norton), han abandonado Amal por esa razón.

Esa culpa  se ha visto reforzada por la sangrienta guerra civil (1988-1990), llamada Fitna en referencia a la primera gran ruptura entre los musulmanes tras la muerte del cuarto califa, Ali. El conflicto le valió a Berri el apodo de “masacrador de chiís” y a Hezbolá una” fatwa” (aunque olvidada después) de Abdul-Amir Kabalan (vicepresidente del Alto Consejo Islámico Chií en el Líbano) prohibiendo a los chiís a unirse a las filas de ese partido. Azani retoma esos datos, pero se equivoca. Explica que Amal es sólo un movimiento de protesta social “moderado” y “laico” por oposición  a Hezbolá,  ignorando así el pensamiento de Musa al-Sadr,  misteriosamente desapareció en Libia en 1978. Trazar paralelismos  entre el proyecto de Mawdudi en Pakistán y el de Jomeini a Irán, sin poner de relieve su incompatibilidad fundamental, supone negarse a comprender por qué un suní libanés, a fortiori un discípulo de Mawdudi,  nunca aceptará que la clave de la autoridad del “Estado Islámico” futuro resida en las manos de un estudioso chií  con poder para decidir en asuntos tan vitales como la designación del enemigo y la opción de hacer la guerra o negociar la paz.

El enfoque del fenómeno de acuerdo con un  juego de escalas a tres niveles, nacional (Líbano), regional e internacional, es esclarecedor. Las informaciones, a veces poco fundadas, pueden reflejar mejor las tensiones entre el régimen sirio y Hezbolá, donde el primero no tiene, según  Norton,  “ni aliados eternos ni enemigos perpetuos en el Líbano”.  La complejidad de la posición de los diferentes líderes chiís ante la “causa palestina” está adecuadamente resuelta en ambos casos, pero la afirmación de Norton de que Hezbolá habría  apoyado a los combatientes palestinos en contra de Amal durante la “guerra de los campos” (1985-1987) es algo discutible. El mismo Norton también menciona la muerte de decenas (o más) de miembros del Partido Comunista entre 1984-1985. La ruptura práctica de los años 1990-1992, que hace pasar a Hezbollah de una lógica revolucionaria pan-chií a un enfoque pragmático, se analiza claramente, al igual que la dificultad de las relaciones entre Hezbolá y el Primer Ministro Hariri – relaciones presentadas hoy como una referencia a imitar por el secretario general Hassan Nasrallah. El episodio de la guerra del verano de 2006 apenas es tocado por Azani, situándolo dentro  una serie de acontecimientos que comienzan con la Intifada de Al-Aqsa (octubre de 2000) y continuan con los atentados del 11 de de septiembre de 2001, la guerra en Irak y la retirada siria del Líbano en abril de 2005. La lectura de Norton es muy diferente, en el sentido de que demuestra la capacidad del estado israelí para actuar   y “arrastrar” a sus aliados como garantes de su existencia y seguridad.

En cuanto al balance,  Norton rehusa conceder la victoria a uno de los dos enemigos que están envueltos en una guerra sin control. Señala la popularidad de Hezbolá y de su líder, Hassan Nasrallah, en el mundo árabe. Hace hincapié en que la opinión pública del Líbano no está en la misma longitud de onda, pero subestima inicialmente  la profundidad del antagonismo entre sunís y chiís, aunque lo reconoce  en el nuevo epílogo escrito tras los enfrentamientos de mayo de 2008. Las relaciones entre chiís y maronitas son más complejas y su presentación, por parte de ambos  autores, no es totalmente  satisfactoria: la expulsión de las falanges de los habitantes no-cristianos del barrio Nabaa (1976) es  un  “acontecimiento humillante y traumático para la conciencia colectiva chií” (Azani);  las acusaciones de colusión entre el General Aoun y los responsables de Hezbolá opuestos  -por distintas razones- a los acuerdos de Taëf que establecen las nuevas  reglas del juego constitucional del Líbano (1989-1990); el  “documento de entendimiento” firmado entre Aoun y Nasrallah (2006).  En cuanto a los actores internacionales,  su papel, según Azani, se mide por su capacidad para oponerse a los “terroristas” (los desacuerdos entre Israel y los Estados Unidos en 1982 se silencian). Algunos de ellos son acusados veladamente por haber mostrado cierta  debilidad y otros, como Kofi Annan, son criticados por atreverse a reunirse con miembros de Hezbolá. Dadas sus anteriores responsabilidades, incluida su participación en un intento frustrado de control internacional de las primeras elecciones tras de la guerra, Norton no comparte esta opinión.

Con una perspectiva beligerante, Azani proporciona al lector una rica documentación que se pone más al servicio del combate que de la reflexión:  la imagen de la sociedad libanesa dividida en  “dos grupos étnicos: los cristianos y los musulmanes”  es el ejemplo más caricaturesco.  En cambio, Norton considera que una solución militar que busque  la desaparición del Hezbollah no sería efectiva, incluso sería contraproducente.  Presenta una imagen más matizada de esta organización a través de su historia (en particular la  descripción del entusiasmo nacional que acompaña la retirada unilateral de Israel del sur del Líbano en 2000, así como la relación de los acontecimientos que suceden tras el asesinato de Rafik Hariri), pero una imagen caracterizada por áreas grises cuando se trata de analizar el discurso (poco confrontado con hechos o escritos) de los responsables del “partido de Dios.”

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Otras referencias:

Mervin, Sabrina (dir.) Le Hezbollah, état des lieux.  Actes Sud, París, 2008.

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