Barbara W. Tuchman: La importancia del detalle

Adn Cultura nos avanza un fragmento del volumen de Barbara W. Tuchman (Cómo se escribe la historia) que publicará Gredos.

Como señala su editor español,  Tuchman (Nueva York, 1912-1989) fue periodista, escritora e historiadora. Empezó a destacar como historiadora con El telegrama Zimmermann (1959) y alcanzó la fama internacional con Los cañones de agosto (1962; Península, 2004), que obtuvo un enorme éxito de ventas y ganó el Premio Pulitzer. Sus dos obras siguientes, La torre del orgullo (1966; Península, 2007) y Stilwell and the American Experience in China (1971), alcanzaron una repercusión excepcional; y con ésta fue galardonada también con el Premio Pulitzer. Sus últimas publicaciones fueron la que ahora se traduce,  Practising History (1983),  y The March of Folly (1984)

tuchman

En una fiesta para celebrar su reapertura el año pasado, el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York sirvió champán a cinco mil invitados. Una atenta periodista del Times , Charlotte Curtis, se fijó en que había ochenta cajas, según luego informaría a sus lectores, el equivalente a 960 botellas o 7.680 copas de 8,5 centilitros. De alguna manera, gracias a este detalle la fiesta del museo cobra vida, pasa a ser todo un acontecimiento en Nueva York. Uno ve la aglomeración, las mujeres que se miran los vestidos, el intercambio de saludos, y percibe la gratificante sensación de elegancia e importancia conferida por el champán -cuya cantidad, a copa y media por persona, no era precisamente exagerada-. Todo esto lo transmite el detalle de la señorita Curtis. A mi entender, es la manera en que historia y periodismo deberían ser escritos. Es a lo que Pooh-Bah se refiere en El Mikado [la ópera cómica de Gilbert y Sullivan], cuando, al contar que la cabeza de la víctima permaneció sobre su cuello y se inclinó tres veces ante él en la ejecución de Nanki-Poo, añadió que éste era un “detalle corroborante pensado para dotar de verosimilitud artística a una narración por lo demás sencilla y poco convincente”; al contrario, era precisa, objetiva y un modelo en todos los sentidos. Pero lo que la hizo destacar, lo que la hizo vívida y memorable, fue su uso del detalle corroborante.

La afirmación de Pooh-Bah me lleva a considerarlo un gran historiador o, al menos, el formulador de un principio fundamental de historiografía. Cierto, se inventó el detalle corroborante: un fraude, si eres historiador; y ficción, si no. Pero lo que cuenta es que reconoce su importancia. Sabe que aporta verosimilitud, que sin él una narración es sencilla y poco convincente. Por supuesto, ni él ni yo descubrimos el principio; los historiadores siempre han hecho uso de él, empezando por Tucídides, que insistía en dar detalles topográficos, “el aspecto de ciudades y localidades, la descripción de ríos y puertos, las características particulares de mares y países y sus distancias relativas”.

El detalle corroborante es el gran correctivo. Sin él, tanto la narración como la interpretación histórica pueden caer fácilmente en lo inválido. Impone cierta disciplina. Obliga al historiador que lo usa y lo respeta a ceñirse a la verdad, o a todo lo que descubra de verdadero. Evita que alce el vuelo hacia teorías de su propia invención. En esas alturas toynbeanas el aire es estimulante, y las vistas, inmensas; pero la gente y las casas de abajo son tan pequeñas que no se aprecian. Por convencido que el historiador esté de la validez de las teorías que concibe, si no las sustenta y las ilustra el detalle corroborante no tienen más valor como historia que el relato de Pooh-Bah sobre la ejecución imaginada.

Es más sensato, creo yo, llegar a la teoría por medio de las pruebas y no al contrario, como hacen tantos revisionistas actuales. En cualquier caso, resulta más gratificante recopilar primero los hechos y, al darles forma de narración, descubrir una teoría o una generalización histórica que emerja por sí sola. Para mí ésta es la emoción de lanzarse en busca del tesoro, de escribir historia. En el libro en que ahora trabajo, que trata sobre el período de veinte años anterior a 1914 (y el lector me perdonará si todos los ejemplos proceden de mi propia obra; pero, en el fondo, es lo que mejor conozco), hablo sobre un momento concreto del Caso Dreyfus en Francia: cuando, el día de la reapertura parlamentaria, todo el mundo esperaba que el ejército intentara dar un golpe de Estado. Los observadores ingleses lo auguraban, las tropas entraron en la capital, el candidato monárquico fue llamado a la frontera, la muchedumbre abucheaba y causaba disturbios en las calles… pero ese día terminó sin novedad; la República seguía en pie. Para entonces, ya había recopilado tantos detalles corroborantes sobre un posible intento golpista que tuve que explicar por qué no se materializó. De pronto, me tuve que parar a pensar. Pasado un rato, me vi escribiendo: “La derecha carecía de la química necesaria para un golpe: un líder. Tenía a sus pequeños, aunque escandalosos, fanáticos; pero desestabilizar el gobierno de un país democrático requiere ayuda exterior o el discurso de un dictador”. En mi opinión, esto es una generalización histórica; modesta, sin duda, pero a mi medida. Había llegado a ella movida por la necesidad de material, y me sentí profundamente orgullosa y realizada. Momentos como éste no se viven cada día; y, aunque a veces sólo se dé uno en un capítulo, eso te llena de satisfacción.

Soy discípula del detalle, porque desconfío de la historia a granel cuyos proveedores se preocupan más de determinar el significado y el propósito de la historia que los hechos. ¿Es necesario insistir en un propósito? Nadie pregunta al novelista por qué escribe novelas o al poeta cuál es su propósito al escribir poemas. Según creo recordar, a los lirios del prado no se les exigía que tuvieran un propósito demostrable. ¿Por qué la historia no puede ser estudiada y escrita y leída porque sí, como documento del comportamiento humano, el tema más fascinante de todos? La insistencia en un propósito convierte al historiador en profeta, y ésa es otra profesión.

Volviendo a lo que nos ocupa: el detalle corroborante no siempre llevará a una generalización, pero muchas veces revelará una verdad histórica, además de proporcionarnos buenos conocimientos de realidad histórica. Cuando investigaba al general Mercier, el ministro de Defensa responsable de la condena inicial de Dreyfus que en el transcurso del caso llegó a héroe de la derecha, descubrí que en las fiestas “de altos vuelos” las damas se ponían en pie al verlo entrar. Ésa es la clase de detalle que para mí bien vale una semana de investigación. Ilustra la sociedad, la gente, el sentir de una época más gráficamente que nada de lo que yo pudiera escribir y, además, en menos espacio, lo cual es una ventaja adicional. Tipifica, cristaliza, visualiza. El lector puede verlo; por otra parte, permanece en la memoria, es memorable. […]

Aunque el detalle corroborante no sirviera a un propósito histórico válido, usarlo hace que una narración resulte más gráfica e inteligible, más agradable y, en definitiva, más legible. Contribuye a la comunicación, y la comunicación es, después de todo, el principal propósito. La historia escrita de forma abstracta no me dice nada. Yo no entiendo lo abstracto y, como un escritor tiende a crear al lector a su propia imagen, doy por sentado que mi lector tampoco. Seguramente lo subestimo. De hecho, muchos pensadores serios escriben en abstracto y mucha gente los lee con interés y provecho e incluso imagino que con placer. Respeto esta habilidad, pero soy incapaz de emularla.

Por alguna inexplicable razón, mi detalle palpable favorito en Los cañones de agosto es el que doy sobre el gran duque Nicolás, tan alto (dos metros) que cuando estableció el cuartel general en el vagón de un ferrocarril su asesor colocó un fleco de papel blanco sobre la entrada, para recordarle que agachara la cabeza. No sabría explicar por qué, tras años de trabajo y un libro de 450 páginas en el que se recoge todo el material, habría de ser éste el detalle que recuerdo con más claridad; pero así es. El papel blanco me llamó tanto la atención que redacté todo un párrafo donde describía el cuartel general ruso en Baranovici, para darle lógica.

En otro caso, el procedimiento fracasó. Había leído que el regalo de cumpleaños que el káiser hizo a su esposa era el mismo cada año: doce sombreros seleccionados por él que ella estaba obligada a ponerse. Aquí se demuestra el valor del detalle corroborante a la hora de revelar personalidad; éste en concreto merece un libro entero sobre el káiser, o incluso sobre Alemania. No obstante, representa una tragedia menor de Los cañones… , porque nunca logré desarrollarlo. Tomo notas en tarjetas, y la tarjeta acerca de los sombreros se encontraba con las del primer capítulo. Al no haberla usado, la pasé a un posible lugar del capítulo 2, volví a perderla de vista y seguí escribiendo el resto de capítulos, hasta que reapareció en un último lugar, en un mazo que rezaba: “Sin usar”.

Un detalle sobre el general sir Douglas Haig, igualmente revelador de personalidad o al menos de las costumbres y las condiciones de los oficiales del ejército británico, encontró su lugar. El caso es que, durante la campaña en el Sudán en la década de 1890, llevaba “un camello cargado de clarete” en el vagón personal de mercancías que lo seguía por el desierto. Además de ser un vívido fragmento de historia social, la frase misma, “un camello cargado de clarete”, es de por sí bella, una maravilla de doble aliteración interna [” a camel laden with claret “]. Sin embargo, eso trae otro tema a colación, el tema del lenguaje, que merece un artículo aparte para ser tratado de manera adecuada.

Habiendo llegado aquí sin darme cuenta, sólo comentaré que la manera en que afecta el poder independiente de las palabras a la historia escrita es algo a lo que debemos estar atentos. Tienen un poder casi terriblemente autónomo para evocar en la mente del lector una imagen o idea que no figuraba en la mente del escritor. […]

Este poder de las palabras para escapar al control de un escritor es un problema fascinante que, por no ser el que empecé tratando, sólo puedo esbozar aquí. Una cosa más antes de cambiar de tercio: para mí, el problema reside en el hecho de que el arte de escribir me interesa tanto como el arte de la historia (y espero que no se considere provocación decir que concibo la historia como un arte, no como una ciencia). Al escribir me seduce el sonido de las palabras y la interacción de sonido y sentido. Recientemente, para abrir un párrafo escribí: “Entonces tuvo lugar la intervención que curvó la ramita de los acontecimientos”. Aquello estaba pensado como una especie de señal para el lector. (De vez en cuando, en una narración histórica, cuando uno ya ha explicado un trasfondo lo bastante complicado, siente la necesidad de agitar una banderola roja que dice: “Levántate, Lector; algo va a ocurrir”.) Desafortunadamente, terminado el párrafo, me vi obligada a admitir que el incidente en cuestión no había curvado irremediablemente la ramita de los acontecimientos. Pero odiaba tener que deshacerme de una frase tan bien construida. ¿Debía conservarla porque era una frase buena o suprimirla porque no era buena historia? Imperaba la historia, así que no pasó a la posteridad (aunque, como podéis comprobar, aquí la he rescatado). Las palabras son un material seductor y a la vez peligroso, y hay que usarlo con cautela. ¿Qué soy antes, escritora o historiadora? El viejo dilema empieza a dar vueltas en mi cabeza. Aunque no todo va a ser dicotomía o disputa. Las dos funciones no tienen por qué estar, y de hecho no deben estarlo, enfrentadas. El objetivo es la fusión. A la larga, el mejor escritor es el mejor historiador.

En busca de ese objetivo vuelvo al detalle. El detalle visual más eficaz es el que indica algo sobre carácter o circunstancia además de sobre aspecto. El atuendo descuidado culminado en caídos calcetines blancos corrobora una descripción de Jean Jaurès como la imagen esperada de un líder laborista. Para conciliar tanto el aspecto y el carácter colérico como el esnobismo de oficial de caballería de sir John French, ayuda escribir que prefería la reputación de caballero a vestir camisa y corbata, las cuales parecían siempre a punto de asfixiarlo.

El mejor detalle corroborante que he visto jamás hacía referencia a lord Shaftesbury, el eminente reformista social victoriano autor de la Factory Act y de leyes de trabajo infantil, que apareció en mi primer libro, Bible and Sword . Según escribió un contemporáneo, era un hombre con el aspecto más puro, pálido y victoriano de Westminster, sobre cuya cabeza clásica “cada mechón de cabello oscuro parecía rizarse por el sentido del deber”. Para conciliar el aspecto y el carácter de un hombre con el aura de su época, esa línea no tiene parangón.

[Traducción Beatriz Iglesias Lamas]

Y ya que hablamos de una Pulitzer, ahí van los  Pulitzer de  2009:

# Annette Gordon-Reed, The Hemingses of Monticello: An American Family (Historia)
# Jon Meacham,  American Lion: Andrew Jackson in the White House (Biografía)
# Douglas A. Blackmon,  Slavery by Another Name: The Re-Enslavement of Black Americans from the Civil War to World War II (General Nonfiction)

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