El comunismo como religión. Los intelectuales y la Revolución de Octubre

Michail Ryklin, un filósofo ruso afincado en Berlín, publicó el pasado año un volumen titulado El comunismo como religión: Los intelectuales y la Revolución de Octubre (Kommunismus als Religion. Die Intellektuellen und die Oktoberrevolution. Frankfurt am Main, Suhrkamp Verlag,  2008), libro que se centra en el período 1917-1939 y que sostiene que  si queremos entender el comunismo es mejor verlo como una forma de religión que como un sistema político ateo.   Con este motivo, y dado que es un completo desconocido en el mundo anglosajón, es entrevistado por Caspar Melville para The New Humanist.

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Veamos algunas de sus afirmaciones:

“El comunismo ha sido considerado por pensadores como Raymond Aron y algunos autores alemanes como una especie de sustituto de la religión, o una pseudo-religión, tal vez una parodia. Reconocen que tiene un parecido a una religión, pero nada más. Para mi, por otro lado,  el comunismo era en realidad una auténtica religión, quizás la más importante del siglo XX”.

Pero ¿ una religión sin dios?

“Sí, es cierto, y es precisamente esta característica la que atrajo a tantos intelectuales. Como habían sido criados en tradiciones monoteístas, muchos de ellos se sintieron atraídos por  Rusia tras la Revolución de Octubre porque estaban fascinados por la idea de un país que carecía de eso que llamamos Dios. La revolución fue vista como un acontecimiento que resolvería el rompecabezas de la historia. Pero en el corazón del comunismo hay  una paradoja, y es que la renuncia a Dios es el artículo de fe fundacional.  En el celo que ponen en la  creencia de haberse trasladado más allá del reino de Dios y de la fe, al ámbito de las leyes científicas de la historia, los revolucionarios y sus simpatizantes se revelan precisamente como  los verdaderos creyentes.

Y aquí hemos de ser capaces de pensar más allá de las categorías con las que hemos crecido. Por supuesto, existen diferentes definiciones de religión. Ninguna de las monoteístas aceptará la definición del comunismo como religión, porque para ellos la presencia de Dios se encuentra en la raíz de su definición. Pero  sólo las religiones del libro – el cristianismo, el judaísmo y el islam-, que comparten un origen común en el Antiguo Testamento,  ponen el énfasis en este tipo de Dios. No es lo mismo para los budistas, por ejemplo, para quienes Dios no es importante o es un tema secundario, y esto vale también para otros sistemas religiosos.

Hay una definición científica y sociológica de la religión que es muy diferente. Este punto de vista -que se expresa en la obra de Emile Durkheim y Max Weber, así como en muchos antropólogos- define la religión como una especie de experiencia totalizante, algo por lo que la gente está dispuesta a sacrificarlo todo y que da sentido a sus vidas. Desde esta perspectiva, por supuesto, el comunismo es una religión. Para millones de personas, el sentido de su vida fue definido por el comunismo como un conjunto de creencias. El comunismo era la verdadera religión “.

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El libro de Ryklin   se centra en los escritos de seis intelectuales europeos – Bertrand Russell, Walter Benjamin, André Gide, Arthur Koestler, Lion Feuchtwanger y Bertolt Brecht – que viajaron a Moscú con sus esperanzas puestas en la revolución. Tomados en conjunto, estos textos constituyen un género propio, denominado “literatura de repatriados” por el teórico francés (y ex profesor de Ryklin) Jacques Derrida. Todos visitaron Moscú entre la Revolución de Octubre  y 1939  cuando, sostiene Ryklin,  la era religiosa  del comunismo soviético expiró, tras la desilusión del pacto de Stalin con Hitler.

“La experiencia de estos escritores fue tan singular y  sorprendente  que hace de ella un género distintivo. Vemos una especie de peregrinación a la Meca de la revolución, sus percepciones en tiempo real de lo que estaba pasando, así como sus dudas, durante el período anterior a la pérdida de la inocencia y a las grandes decepciones del período totalitario. Después de 1939 no encontramos textos que estén tan religiosamente inspirados en esta experiencia soviética. Yo estaba muy interesado en la razón por la que un grupo tan diverso de gente hizo esta peregrinación a Moscú y escribió estos textos tan inspirados  sobre los logros y el futuro de la revolución:  ¿cómo podemos explicar esta exaltación? Ésta era mi pregunta inicial ”

Suigiendo  el orden en el que visitaron Moscú, Ryklin toma  en primer lugar al filósofo británico Bertrand Russell, que viajó con una delegación sindical  en 1920, dos años antes de que se constituyera la Unión Soviética. Se reunió y habló con Lenin durante su estancia  y cuando regresó a Gran Bretaña escribió su clásico tratado sobre la Teoría y práctica del bolchevismo.

“Russell compartía el desencanto general con el capitalismo, extendido tras la Primera Guerra Mundial. Estaban enojados y creían que el estado de cosas debía ser modificado radicalmente. Russell admiraba realmente el giro radical que ofrecía Rusia. Escribió que la Revolución Bolchevique podría acabar siendo más importante que la Revolución Francesa y creía que el orden social ruso estaba tan podrido que merecía ser abolido. Lo que no podía aceptar era la violencia. Fue alguien que no creía que  la justicia se pudiera conseguir a través de la violencia, lo cual fue su principal argumento contra el bolchevismo. Russell fue un gran crítico de la religión militarizada y comparó el bolchevismo con el Islam. Como científico, matemático y lógico, Russell podía ver lo que significaba la afirmación de que los revolucionarios estaban siguiendo leyes científicas. Fue uno de los primeros en decir que Lenin era alguien que pretendía ser un científico, que pretendía  actuar de acuerdo con las leyes de la historia, pero, como reconoce Russell, no vio ningún signo de ciencia. Eran, a su juicio,  creyentes, fundamentalistas, fanáticos. Afirma  que hay algo interesante en  su fanatismo, pero no tiene nada que ver con las leyes de la historia , que de todos modos considera subordinada a la ciencia como método de análisis. Desde el principio,  entiende que es un problema de fe y no de ciencia”.

Por su parte,  Walter Benjamin tenía inclinación por  la mística y la especulación histórica.Viajó a Moscú en 1926 en ardiente romance con la revolución.  Pero, al igual que sucede con una historia de amor,  su ardor se enfrió y Benjamin se decepcionó, como queda expuesto  en su Diario de Moscú.

“Quería encontrar un lugar para sí mismo, como periodista o intelectual autónomo. Quiso ser un corresponsal de una revista de Moscú y necesitaba el dinero, porque su familia había perdido su fortuna en la gran inflación alemana de los años veinte.    Sin embargo, el sistema revolucionario era muy rígido, puesto que las exigencias de su compañeros de viaje eran muy elevadas, y el talento que poseía, que le había permitido ser un gran periodista en Alemania,  no era necesario allí. La Revolución quería propagandistas, no intelectuales independientes con sus propias ideas. Poco a poco entendió que no había lugar para su proyecto en Rusia. Se trata de una crisis personal. Su Diario de Moscú es un documento muy ambiguo – vemos la inspiración y vemos  al mismo tiempo la decepción. A pesar de que estaba decepcionado cuando regresó a Alemania, escribió que era necesario hacer este viaje a Moscú  si uno quería comprender a Europa. Cuando volvió a Berlín, declaró que su óptica había a cambiado. He  empezado,  escribió, a ver mi ciudad natal a través de otros ojos, a través de otros espectáculos”.

En contraste con la perspectiva foránea de  Benjamin y Russell, el autor húngaro Arthur Koestler fue un insider,  que se había incorporado al  Partido Comunista alemán en Berlín en 1931. Fue un militante leal y puede incluso que trabajara para la policía secreta rusa, la NKVD. Viajó a la Unión Soviética a principios de 1930, recogiendo de material para un libro. A diferencia de Russell y Benjamin, la desilusión de Koestler con el comunismo no ocurrió mientras estaba en Rusia, sino que llegó más tarde, durante su estancia en España en tiempos de la guerra civil.

“Koestler vio cómo los agentes soviéticos ejecutaban  anarquistas y otros izquierdistas -quedó destrozado por esta experiencia. Dos de sus amigos que vivían en la Unión Soviética fueron arrestados y escribió una carta pidiendo que fueran puestos en libertad. Fueron liberados, pero el hecho de tener dudas sobre los métodos de la policía secreta fue el principio del fin. Entonces dio una conferencia en París, donde denunció la idea comunista de que el Estado debe controlar a su población. Argumentó que la gente debe tener la posibilidad de pensar libremente. Esto era totalmente inaceptable y fue excluido del partido.  El remache fue el pacto nazi-soviético de agosto de 1939 y los expectaculares juicios de destacados ex revolucionarios sobre los que tan mordazmente escribió en su novela Oscuridad al mediodía. Koestler escribe que entiende la naturaleza religiosa de sus convicciones comunistas tras arrepentirse del comunismo. Dice que la condición previa para ser un creyente comunista es verse a sí mismo como no-religioso. Uno entiende el carácter religioso de sus creencias cuando ya no es un creyente. Durante el acto de fe, sin embargo, uno sólo se entiende ayudando a poner en juego la lógica inevitable de la evolución de las leyes de la historia “.

Como contrapunto al apóstata Koestler – que dedicó el resto de su vida a su oposición pública al comunismo – el dramaturgo alemán Bertolt Brecht siguió siendo un compañero de viaje. Ryklin analiza a Brecht para arrojar luz sobre la forma en que el comunismo, como creencia,  era lo suficientemente potente como para cegar a sus defensores ante las incoherencias y las atrocidades del estalinismo. Brecht es un caso de devoción ciega. Aunque sus diarios privados contienen críticas veladas al sistema soviético, siempre fue leal en público. Creía que cualquier sistema que hubiera sido capaz de acabar con el concepto de propiedad privada era superior, por definición, a las democracias burguesas que permitían e incluso alentaban la desigualdad económica. Logró aferrarse a esta fe frente a  los excesos del régimen soviético. Brecht siguió siendo lúgubremente fiel incluso después de que su gran amigo, el traductor Sergei Tretiakov,  fuera detenido en 1937 (se lanzó por las escaleras estando en la cárcel, en un último acto de desafío), y de que Carola Neher, una de sus actrices preferidas, fuera enviada a un campo de trabajo, donde falleció. Fue elogiado en Moscú, y utilizado por los propagandistas siempre que hubo oportunidad. Entre los autores estudiados por Ryklin, Brecht fue el que más adeudaba a la Revolución en términos de impacto en su trabajo. Su estilo y sus perspectivas cambiaron totalmente con la Revolución y, junto con el cineasta Sergei Eisenstein, se convirtió en el primer traductor del espíritu radical de Octubre de 1917 al estilo revolucionario de principios de 1920,  el modernismo.

Aunque Brecht se aferrara a su dogma, como el más ferviente fanático religioso, Ryklin insistente es que hacia 1939 la fase de comunismo religioso  se había agotado. La fe  fue sustituida por el terror. Mientras el estalinismo prosperaba en pompa religiosa – el culto de la imagen,  la adoración oficial de  santuarios como la tumba de Lenin o el desfile del Día de la Revolución son posteriores a la era religiosa- la verdadera devoción del pueblo se convirtió en algo cada vez menos importante. Una de las razones fue que Stalin había sacrificado a los apóstoles originales de la revolución; otra  fue la nueva organización de la sociedad soviética.

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“El estalinismo no se basa en la fe, sino en el control. La igualdad de la primera fase se ha sustituido por una estricta jerarquía de comités, policía secreta, espías. Todo ello diseñado para controlar la sociedad. Stalin tenía una frase para todo eso: vigilancia revolucionaria. Eso significa la condición de la denuncia universal – la  gente perdió la fe en la revolución, en sus vecinos y en ellos mismos ”

Para Ryklin, el legado de todo ello sigue siendo fuerte en la Rusia contemporánea. Con la caída de la Unión Soviética, Rusia ha pasado por una reevaluación de su propia historia, con conclusiones sorprendentes y preocupantes.

“Lenin ha perdido toda influencia en la sociedad rusa actual. Ha sido declarado enemigo de la religión, y eso significa que es un enemigo de Rusia, un ateo, una persona peligrosa, un terrorista. A Stalin, por otra parte, se le ve como alguien que nunca estuvo realmente en contra de la Iglesia Ortodoxa. No hay pruebas históricas para ello, sólo el deseo de presentar a Stalin de esta forma. Es ampliamente considerado como el mayor político ruso de la historia, fundamental en la derrota de los nazis, el suceso más importante del siglo XX para los rusos. El pacto se olvida, los asesinatos en masa se despachan como parte del gran proyecto de modernización para la preparación de la guerra, se explican como algo necesario. Lenin se ha ennegrecido, convertido en chivo expiatorio. Stalin ha sido abrillantado”.

Así surge  una nueva forma de creencia  que fusiona el cristianismo ortodoxo con el nacionalismo ruso  y el culto a la personalidad de Stalin. En lugar de una creencia en la superioridad del socialismo, hay un sentimiento de excepcionalidad, una paranoia, un vestigio del estalinismo y  su “denuncia universal”, según la cual se considera a los demás países  como una amenaza. “Son  mitos que muchos millones de rusos creen  hoy”, dice Ryklin. “Creen que el resto del mundo odia a Rusia, porque Rusia es buena y el resto del mundo es malo”.

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Una respuesta a “El comunismo como religión. Los intelectuales y la Revolución de Octubre

  1. Con respecto a este artículo del libro de Riklin, les envío fragmentos de mi libro Mentiras contra mentiras, publicado a principios de Octubre del 2008. En ellos encontrarán analogías muy semejantes a las del autor ruso. Espero recibir sus puntos de vista, ya que los míos se adelantaron en su publicación. Gracias…El comunismo-capitalismo anarquista vs. El capitalismo-comunismo anarquista
    La visión socialista es muy parecida a la religión en cuanto a que todos los hombres somos iguales, que la desigualdad es injusta y propicia sufrimiento, degeneración humana e ignorancia, y es aquí donde se desmarca de ella y la ataca acusándola del atraso de los pueblos; del divagar de las mentes en sueños de justicia al morir, no sin antes un expiatorio sufrimiento; una droga que mitiga el dolor real sin curarlo. Sostiene principios de justicia como Cristo redentor del vulgo –tal vez Marx no quiso esperar más-, pero con recompensa material inmediata; encarna al mesías que aguarda Israel, salvador de vidas y no de almas solamente, que pronuncia leyes y las aplica, las ejecuta en toda su sabiduría. Sabe que del cielo no caerán pues Dios es una idea y las injusticias son un hecho; así que decide personificar la promesa negando al que prometió, para no ser engañada nunca más.
    Este renacimiento no materialista vería la luz con el comunismo, pero… ¿Cómo entender este sistema que está basado puramente en la propiedad y el espacio?
    A la vista está que la propiedad descansa en el estado –pues ésta nunca desaparecerá hasta que el pueblo sea sabio-, y que la repartirá en equidad de cantidad a todos, para que nadie nunca padezca la ignominia del hambre; y por el camino, se eliminan “pecados” como la avaricia, la envidia –por lo menos las materiales-, el ocio, la gula, tal vez muchos crímenes derivados de las frustraciones económicas, la lujuria de paga y además, con adecuada educación, la ignorancia y todos sus males, que para los progresistas es poco más que “pecado mortal”. Todo esto sin la necesidad de un Dios… El hombre pensante triunfando sobre el mito.
    El comunismo no deja nada a los sueños, sólo una cosa: que el nuevo mesías, el Dios terrestre junto con todos sus ángeles y discípulos, amparados por sus juicios justos, cultura y mentes brillantes, no le fallen a su rebaño. Más allá de lo material, el gobierno administra la sabiduría pues el pueblo no tiene la capacidad de procurarse el paraíso, la felicidad por sí mismo. Un grupo muy reducido son los poseedores de la luz y sólo dentro de su espacio hay habilidad y discernimiento. Al ser los gobernantes los más capaces, ellos tienen la libertad y el derecho de dirigir, tener mejores cosas, y de formar una mini pirámide de poder sobre un piso de ladrillos iguales. Uno que alcanzará rápidamente la felicidad y eventualmente los niveles de conciencia de los de arriba, si hacen lo que ellos dicen.
    Luego entonces no todos son iguales. Habrá que sumar a la desigualdad anterior, la búsqueda obsesiva de talentos mentales, artísticos, científicos, deportivos… la selección que naturalmente efectuaba el gobierno en busca del más capaz en todos los ámbitos de competición. La “igualdad” seguía siendo en los derechos de propiedad limitada, pero ya no en cuanto a capacidades, pues el obrero no será científico ni el científico, atleta. Así se formó otra sutil pirámide de importancia dentro de la mentira comunista utópica. El espíritu capitalista más recalcitrante de quién es mejor, comenzó en sus entrañas y se verificó afuera, en la brutal política internacional –con su representante más comunista en el pasado, la Rusia socialista, y ahora en la China-, que para ganar en la justa mundial de los ideales, se tiene que demostrar que se dispone del mejor pueblo, el de más logros, el más feliz.
    El “Dios terrestre” comenzó así a deslizarse por debajo de los ideales, pero no sólo se resbaló en la pendiente de su sutil pirámide, se desplomó estrepitosamente sobre el piso de ladrillos que construyeron por la fuerza, y que todavía se conservaba en la igualdad utópica y siniestra del sistema.
    Gracias a la obsesiva competición por hegemonía y superioridad mundial, las deidades – el Cristo redentor, sus apóstoles y ángeles- fallaron y se corrompieron… La fragilidad del sistema fue evidente y no dejaba dudas, por lo menos razonables.
    La efectividad del comunismo Ruso, por su naturaleza, debió ser inmediata, pues al ser la mayoría de su pueblo pobre, y estar sumido en la injusticia, la reparación del daño y reinstauración de derechos básicos, después de su revolución, hubo ser casi instantánea. Un final feliz y luminoso, un mantenerlo así.
    El comunismo no es promesa a largo plazo. Es consecución de hechos, enmendar los daños, pasado el accidente del capitalismo, el feudalismo, la monarquía o lo que sea, y entregar justicia expedita. Un sistema perfecto en teoría que debe reposar siempre en un gobierno digno de la perfección que propone, con un líder a cargo muy noble para luchar por su pueblo ignorante, manipulable y subyugado; dueño de un carácter duro para guiar a sus ovejas por el único camino de salvación que sólo él y su equipo tienen ojos para ver, y que tienen la misión o deber moral de enseñarlo, mostrarlo -así sea por la fuerza-, a todos.
    Cuántos requisitos de propiedad -virtud en este caso- y espacio, requiere un sistema que niega a la droga de la religión y sus sueños, a las diferencias en la propiedad de otros gobiernos por su debilidad y por su proclividad a la corrupción y la concentración injusta del poder… y ellos decidieron enmendar tantas fallas concentrándolo más.
    Propone: La verdad os hará libres. Y la “verdad” es el conocimiento científico –dogmático pero no de derecha o religioso-; el progreso conjunto –aquí nadie se sienta y contempla-; la igualdad no sólo de lo que se tiene, también de lo que se cree y se piensa –no se permite razonar otra cosa que la verdad que ellos ya determinaron con toda su sabiduría y cultura-… y todo lo contrario, sería atacar lo bueno –el sistema-; algo así como una herejía intelectual.
    Todo lo anterior suena a una concentración de la propiedad análoga a la santa inquisición, con la única diferencia de que unos la justificaban por su conocimiento de la verdad divina y la salvación del alma, y los otros por su conocimiento de la verdad científica, filosófica y cultural, eficiente y comprobable, que potencializa al ser humano salvándolo del yo animal -de sí mismo-. Esta comparación puede molestar a mucha gente que todavía cree en un sistema que ya fue probado y que se ha visto obligado a reinventarse de manera más práctica en el oriente, con los chinos, quienes han dejado un tanto de lado el idealismo para dar paso al pragmatismo; ellos tienen además a su favor, la llave mágica de la identidad específica -no siempre presente en los países-, indispensable para el éxito de cualquier nación, para poder empujar hacia un mismo lado.
    …Los chinos se convirtieron en la más clara y sabía muestra de la dualidad real comunista-capitalista, pues no niegan ni la una ni la otra por terquedad, y a través de la supresión de libertades y el castigo, acotan el anarquismo que siempre vulnera cualquier institución; mas sin embargo, eventualmente pagarán la factura que siempre cobra, todo depende de la efectividad para generar una conciencia común progresista en su pueblo, y no de su represión constante para frenarla…
    Cualquier sistema es vulnerable, pero el comunismo puede serlo más -de menor duración-… Imaginemos un reino feudal, cuyos dominios rebasan la vista; poblado de aldeanos que lo trabajan para su amo. Pero éste es un reino feliz, de cuento bonito, donde no hay hambre, pues el noble terrateniente alimenta a sus siervos y les provee lo necesario para soportar los inviernos y gozar los veranos, haciendo a todos sus pobladores, hombres y mujeres dichosos, agradecidos de pertenecer a ese territorio donde el dueño es caballero justo y no un déspota explotador. El inconveniente de este ejemplo, es que ahí el pueblo no vota, no estudia ni se prepara, no compite formalmente en el mundo y no siente la necesidad de cambiar las cosas, pues su referencia con otros reinos no le deja dudas de que está en la gloria, y agradece a Dios y a su amo por ello – las referencias siempre nos dan noción de nuestra suerte y posibilidades-. Pero sí es un ejemplo adecuado al amo y el gobernante, correlacionándolos inexorablemente que en el reino feliz y en el comunismo, dependen de que cuando el terrateniente o líder mueran, sean sucedidos por otros con sus características de nobleza y justicia, ya que si no es así, la terrible concentración de poder siempre acarrea funestas consecuencias.
    Los anarquistas lo sabían y por ello propusieron la ausencia de gobierno e instituciones, pues negaban el sueño opiáceo comunista de que los poseedores de la verdad con derecho a gobernar, siempre serían mesías sin mancha ni caída.
    Luego fueron realistas y proféticos a la vez que religiosos pues: “El que esté libre de pecado, que gobierne sin arrojar piedras”… o balas, gases, agua. Pero si bien, las fallas en el buen funcionamiento de los sistemas (capitalista o comunista) se deben a la anarquía siempre omnipresente, rebautizada como corrupción –el desconocimiento del gobierno y sus reglas en beneficio personal-, ambos, no irónicamente, en el fondo también se sustentan en ella misma, pues en ausencia de un gobierno, las reglas fácilmente serían amoldadas a los deseos de los más fuertes -con más posibilidades o inteligencia-, imponiendo eventualmente sus deseos al resto de una sociedad e inevitablemente, esto derivaría en un gobierno.
    El estado o gobierno no es otra cosa que los designios del más fuerte –sea un individuo, grupo o pueblo-, que aplica sus reglas, y que tampoco son otra cosa que esos deseos, escritos como acuerdo o ley, de un grupo poderoso o una mayoría democrática, y que se hacen cumplir por la fuerza de las instituciones ideadas para ese efecto, mismas que a su vez y por corrupción – anarquía- no serán respetadas por los más fuertes, ricos, hábiles o suertudos, en un ciclo sin fin.
    La ley es de inicio anárquica, pues sin presencia de ésta -la anarquía-, la regla pierde sentido. Esta es acordada por una mayoría para la socialización exitosa, pero eventualmente se exigirá el cumplimiento de la misma por la fuerza del estado que evoluciona, que crece, y a través de policías, ejércitos y demás mecanismos de presión la obliga, e impondrá otras nuevas, y que por norma también serán quebrantadas -“anarquizadas”-, al desconocer al gobierno que las ostenta durante su existencia o a la ley.
    Es pues que el comunismo –con toda la miopía de que se me puede acusar- se sustenta en un capitalismo extremista, que da el derecho por selección natural, a los más preparados –unos cuantos-, de concentrar la rectoría de la riqueza y los procesos de producción, en un espacio muy pequeño de gobierno, siendo ellos los únicos capacitados para que el pueblo reciba la felicidad directa de sus manos, cual ostia y redención eucarística. Pero la anarquía que germina y está presente en toda sociedad –como cualidad de los seres humanos contra cualquier forma de gobierno: “nunca estamos a gusto”- quebrantará las reglas de pureza que precisa, haciendo que ese estado de propiedad en un espacio tan reducido, cediera a la fragilidad del sueño de la repartición feliz y equitativa, y sucumbiera ante la corrupción y ante la influencia abrumadora de la competencia internacional, pues un estado que pugnaba por la igualdad, presumía al mismo tiempo de ser mejores y no iguales o inferiores, a los países capitalistas. Es paradójica la presunción y la raíz de su sistema, un tanto como Cuba, que acusa a los norteamericanos de propagar su libertad colonialista a la fuerza –la reducida visión de vida y conveniencia “americana”- y a la vez, ellos obligan a su pueblo a prepararse y ser los mejores profesionistas… Se podría pensar que un resultado es mejor que el otro, pero se necesita ser ciego para no ver que ambos son a la fuerza y por tanto igualitos en el método; curioso ¿no cree usted?
    Así como para los comunistas recalcitrantes, la religión es el opio de los pueblos, en justo rebote el comunismo sería el opio de los idealistas, o por lo menos de algunos soñadores.
    La corrupción –tanto en la delincuencia y en la política, ambas iguales-, está basada en el querer tener más de lo que por ley y derecho corresponde, es anárquica y capitalista por excelencia, pues es la capitalización de una posición, capacidad y posibilidad para poseer más que los demás y de lo que corresponde por ley, desconociendo al gobierno encargado de su no quebranto. Así, el comunismo se capitalizó a sí mismo, cual predicción anarquista, por efecto de la corrupción en su gobierno, dejando a un pueblo entero abandonado en el engaño de la utopía. Ya no todos eran iguales en el derecho de poseer, algunos cuantos tenían derecho a más, igual que en el capitalismo, y el reino feliz acabó en un reino despótico y feudal, típico del Medievo. El amo murió, viva el amo…
    Si supusiera que la anarquía es intrínseca al ser humano –más que la visión de un ser revolucionario- y que lo hace transitar siempre entre nuevas reglas, revoluciones y corrupción, en una dinámica “infinita” entre anarquía-sociedad-reglas-gobierno-anarquía; deberíamos tener mucho cuidado en lo que creemos como una solución global; después de todo, un problema puede tenerla, pero no hay una solución para todos ellos; ergo, ningún sistema económico la ofrece para todo un universo poblacional poseedor de su propia visión y singularidad de lo ideal, y “además”, proclive a la anarquía, que se verifica a sí misma en el humano, desde la relación con los padres u otras figuras de autoridad.
    Claro, hay sistemas peores que otros y todos pueden mejorarse o viceversa, todo depende de la anarquía de quien gobierna y de su pueblo, o del autogobierno de un pueblo que también es gobierno al fin, y de sus individualidades e idiosincrasias.
    El capitalismo, por su parte, expone la igualdad de forma distinta; todos somos “iguales” y tenemos los mismos derechos y libertades dentro de un marco legal dispensado por el estado y sus instituciones elegidas a través de distintos mecanismos, y sus órganos de consulta. Digamos que lo mismo que en el comunismo, con la diferencia que aquellos –su pueblo- tienen la libertad de poseer la felicidad única que suministra el gobierno, y sólo ésa, y aquí, tenemos la libertad de buscarla por nuestra cuenta, y será directamente proporcional a la habilidad personal; el estado sólo regula la equidad de competencia. El ser humano en plenitud de la selección natural; la poesía de la evolución y la “justicia”. “Aquel que merece más, sólo tiene que alcanzarlo, poseerlo”. El libre mercado, el ir y venir de las oportunidades por igual. El dinero o capital como mar que baña a todos, únicamente hay que meterse y depende del bañista mojarse los pies, la cintura, el pecho o todo el cuerpo; de aprender a nadar y perderle el miedo a las olas…
    Aquí la “felicidad” se posee por competencia directa y hasta se puede presumir… El materialismo emocional, la compra-venta segura, la abstracción del sentimiento y su potencial de comercialización; lo indefinido de la sensación ahora se puede medir y trabajando cualquiera la puede acumular, es una promesa del sistema.
    El capitalismo no fanfarronea de principios sublimes e ideologías complicadas, accesibles sólo para los estudiosos e iluminados. Se acepta como ley biológica básica, instintiva; las cosas por su propio peso, en libertad, auténtico, nadie es obligado a nada, ni siquiera a que le guste, aunque acabará con cualquier pretensión comunista que se asome. Presume de su libertad y se pavonea de su aparente victoria, casi completa sobre su rival, y se burla de quienes no la aceptan. Muestra su capacidad de adaptación a cualquier sociedad y, hasta a veces, se autocritica, con la intención de corregir “fallitas” que alejaron sus beneficios y promesas de ciertos sectores de la población, dejando “esperanza” de llegar pronto, pues más allá de filosofías complicadas, se verifica a sí mismo en la televisión, en el cine –ambas propiedades de quienes más gozan de sus atributos-, en los conocidos… Siempre hay alguien que disfruta de sus recompensas; algún individuo cercano que posee y eso nos emociona, envidiamos pero admiramos y deseamos, nos sentimos partícipes de su justicia aunque sea sólo en la imaginación; nos motiva a prepararnos, a capitalizar algún día sus beneficios en carne propia, a ser “más” de lo que somos, más que los demás.
    El capitalismo acepta sin restricciones aparentes la libertad de culto, las religiones y sus filosofías. Creció en amasiato con ellas, en una relación simbiótica, pero mantiene una distancia prudente; posiciones antagonistas conviviendo en armonía.
    La iglesia católica-cristiana, entre otras, habla de que todos los seres humanos somos iguales a los ojos de Dios -el comunismo y el capitalismo, también, pero a los de la ley-, pero con obligaciones morales y deberes ante nuestros semejantes, las leyes del espíritu. En ella, la justicia es nuestra prerrogativa, nuestro libre albedrío, nuestra salvación eterna; hacer lo correcto moralmente. En el capitalismo, esa moral no tiene valor real como argumento del alma, un león jamás se detiene por ella cuando muerde el cuello de su presa; el capitalismo sí hace leyes con castigo a ciertas “inmoralidades”, pero sólo hasta cierto punto. Los principios cristianos quieren trascender a las posesiones materiales y se centran en las espirituales, pues los primeros son vanos y entorpecen la entrada al cielo, a la verdadera felicidad y de valor eterno.
    Dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Parece que la filosofía cristiana es mucho más parecida a la socialista, a la comunista y a la anarquista, que al capitalismo, y todos sabemos cómo “se aman los unos a los otros”.
    El pensamiento religioso y el socialista, cree en la igualdad fraterna. Uno eleva el espíritu, el otro al hombre, y ambas filosofías han sufrido los estragos -y seguirán- de sus gobiernos; pero el que niega a Dios, garantiza en vida y rápidamente la capitalización de sus promesas, y el que en Dios se basa, a largo plazo ofrece redención. Luego, los sistemas más cercanos se repelieron y los más distantes se acercaron… ¿Por qué? Por aquello que como humanos nos caracteriza: la anarquización de todo. Además el capitalismo también es promesa a largo plazo y su cumplimiento siempre estará latente.
    Quien no idealizó demasiado fue el capitalismo, pero tampoco prohibió soñar, de hecho es su fundamento: para llegar a ser hay que imaginar, soñar con la meta. Y para soportar los tropiezos y las imposibilidades, permitió la religión, que en sus raíces es su antípoda, la antítesis, pero en su organización se aproxima tanto como la prudente distancia lo permite.
    El sueño capitalista es todo lo “bueno”, todo lo “honorable”, todo el cine y televisión posibles. El bien material que ofrece el sistema de competencia y el bien y consuelo espiritual que ofrece Dios para los que se afligen, para los que pierden en la justa… o los idealistas que llegan a empatizar con el prójimo y no quieren un sistema de restricciones.
    “Dios” es quizás el sistema humano que más ha perdurado, por tal motivo y sabiamente, el capitalismo no lo negó, y en perfecta anarquía reglamentaron su relación, de cualquier forma, hay propiedad y espacio para todos…
    ¿Todos?
    El capitalismo es un comienzo prometedor, de responsabilidad constante, de trabajo, personal. En él nadie se asume poseedor de la felicidad con encargo de repartirla, por lo que no es exigible a nadie. “Trabaja y no pidas”, lo que suena razonable pues todos tenemos igualdad ante la ley, pero en la práctica se anarquiza –como todo- y se brutaliza. Se acota la posesión, se segmenta a la población y se le asignan roles precisos con limitaciones implícitas –pues explícitamente todos somos iguales- y posibilidades restringidas. La ley se tuerce para favorecer a unos cuantos elegidos (el cielo capitalista es para los justos, ni más ni menos, su espacio es muy pequeñito) y la oportunidad se reduce, dejando a mucha población inmersa en la igualdad comunista, limitada y en espera de algo, sin saber bien qué es, pero aún con ilusión…
    El trabajador puede ser dedicado, preparado… pero su afán más allá de ser remunerado con justicia económica de acuerdo a la promesa, lo único que obtiene es una trivial admiración por su valor moral, dando algo que hábil y convenientemente el capitalismo materialista, ha vuelto un ideal inmaterial: Ser una persona respetable en comunidad con toda la base social, digna de confianza y créditos: la “corporativización” de las almas.
    Este me parece un momento adecuado para incluir un fragmento de un poema de Pellicer, que vi en la botellita de salsa de una marisquería, adaptado convenientemente a la vida actual:

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