Keith Thomas: el historiador y la felicidad

David Wootton, profesor en la Universidad de York, repasa para el Times londinense la última obra de Keith Thomas, The Ends of Life. Roads to fulfilment in early modern England (OUP). Así que, como siempre, preparo un resumen.

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Nacido en 1933,  Thomas fue Presidente del Corpus Christi College de Oxford de 1986 a 2000, fue nombrado caballero en 1988, ocupó el cargo de Presidente de la Academia Británica (1993-97) y durante muchos años devino una figura clave en la editora Oxford University Press.

Construyó su reputación con Religion and the Decline of Magic (1971), al que siguió Man and the Natural World (1983). El volumen reseñado, que sólo es el tercer libro de Thomas, es una versión revisada de las Ford lectures pronunciadas  en Oxford en 2000, año en que se jubiló oficialmente. Durante treinta años, más o menos, Thomas fue aceptado como el historiador mundialmente más distinguido e influyente sobre la temprana edad moderna inglesa, y fue universalmente reconocido como la figura dominante de la facultad de historia de Oxford.

Así pues, ha tardado un cuarto de siglo en ofrecer una nueva obra, lo cual podría entenderse como garantía de que estamos ante un buen libro. Y lo es. Pero también es claramente peculiar. “A veces”,  nos dice Thomas en la introducción, “mi texto se acerca a un collage de citas”.  Pero la palabra collage no nos prepara adecuadamente para lo que sigue:  sería mejor “mosaico” . Thomas rara vez dedica más de una frase a un autor, a un texto o a un acontecimiento. 

Sin embargo, en su mayor parte,  su historia es una especie de teselación. Si John Pocock está en un extremo de la profesión histórica, con su empeño en escribir un  estudio de la Decadencia y ruina del Imperio Romano que acabará por ser más largo que el propio volumen de Gibbon,   Thomas se ha colocado a sí mismo en el otro.  La textura de la obra refleja el método de trabajo del autor. Lee vorazmente y de forma indiscriminada ( “Trato de leerlo todo”), anotando todo tipo de frases en sus cuadernos. Cuando quiere escribir, saca todos sus papelitos y comienza a organizar las notas, pegándolas sobre hojas de papel.  “Yo soy el coleccionista, no el autor,” nos dice.

Thomas levantó su reputación en la década de 1960 defendiendo  que la historia debía tener una relación más estrecha con las ciencias sociales, particularmente con la antropología. Quería una historia que pudiera proporcionar argumentos y explicaciones.

Thomas ha tomado una serie de decisiones fundamentales, y esas decisiones le sitúan en contradicción con las principales tendencias históricas de  los últimos cuarenta años (las tendencias que él mismo resume muy justamente en un artículo en el TLS , del 13 de octubre de 2006 -traducido en Pasajes). Es, en un lenguaje inventado por JH Hexter en el curso de su famoso asalto al supervisor de Thomas,  Christopher Hill, un “lumper”,  no  un “splitter”. Donde  otros historiadores han aceptado la microhistoria y aspiran a ver el universo en un grano de arena, Thomas ofrece la playa y anuncia que todo es  arena. Allí donde otros han tratado de reconstruir en detalle la vida de un solo pueblo, Thomas toma Inglaterra como si se tratara de una comunidad, no de muchas comunidades en contraste (Contrasting Communities es el título de un influyente libro escrito por una historiadora de Cambridge, Margaret Spufford, publicado en 1974 ). Donde otros han insistido en que la principal vía para el estudio de una cultura extranjera es a través del estudio de la lengua y la identificación de los distintos discursos, Thomas reconoce con franqueza que ese no es su enfoque. De hecho, ofrece un análisis alternativo sobre lo que significa  estudiar el discurso. Piensa que los discursos son “convenciones establecidas” y que la lengua es un recurso que limita lo que se puede decir – como si las palabras fueran un traje ajustado que limita los pensamientos. Aunque, por supuesto, afirma que el lenguaje y el pensamiento son tan inseparables que nunca podemos ver cómo nuestro idioma limita nuestro pensamiento, y que nunca podemos salirnos de las convenciones,  que nos definen antes que limitarnos.  En los años que van entre la publicación de Religion and the Decline of Magic (1971) y Man and the Natural World (1983), muchos historiadores (y demasiado críticos literarios) pasaron de  Christopher Hill y Edward Thompson a Michel Foucault,  Emmanuel Le Roy Ladurie  y  Clifford Geertz -Natalie Zemon Davis es un ejemplo evidente y admirable. Thomas  abandonó en gran medida a RH Tawney, Hill y Thompson, pero no pretendió emular a Foucault, Ladurie  o Geertz.

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Podemos adivinar lo que le pasó a Tomás. En la década de 1960, pensaba que los historiadores debían aprender de los antropólogos, y el antropólogo del que aprender era EE Evans-Pritchard, cuyo gran libro fue Brujería, magia y oráculos entre los Azande (1937). Su imaginación quedó capturada por la primera parte de este libro,  que ofrece un  análisis estructural-funcionalista de la brujería – en Religion and the Decline of Magic sostuvo que las acusaciones de brujería eran  resultado del conflicto de opiniones sobre el derecho a la caridad. Pero Evans-Pritchard  era más que un simple estructural-funcionalista. La segunda parte de su libro, sobre la infalibilidad de los oráculos zande, junto con las Investigaciones Filosóficas (1953) de Wittgenstein, inspiró la Idea of a Social Science (1958) de Peter Winch.  De haber  leído a Evans-Pritchard a través de Winch, habría aventajado a todos los demás en el llamado  “giro lingüístico”. La tercera parte del libro de Evans-Pritchard  describe cómo los médicos-brujos aprenden a fingir que curan.  Evans-Pritchard explica que muchos zande reconocen que algunos brujos son unos charlatanes, pero ni siquiera los más escépticos estaban dispuestos a concluir que todos ellos fueran un fraude. La Inglaterra de principios de la Edad Moderna era diferente: algunos individuos aventureros se habían liberado de lo que Evans-Pritchard llama “el tejido de creencias” (un  tejido,  insistía, que  no encarcelaba a los zande, sino que los definía).   Otros sólo pretendían ser atrapados en él. La mayoría de  hombres y mujeres ingleses de entonces alegaban creer en el cielo y el infierno, pero Thomas se une a Sir Thomas Browne y Thomas Hobbes para sospechar que la mayoría de ellos  hablaban de boquilla. Las convenciones funcionaban como restricciones. Es como si Thomas hubiera saltado desde el principio del libro de Evans-Pritchard  hasta el final sin leer la parte del  medio.

Hay, o parece haber, una explicación simple para esto. Los historiadores de moda en la década de 1970 (por ejemplo, Davis, que se mudó a Princeton, donde estaba Geertz) saltaron de un marxismo suave al posestructuralismo. Pero la antropología de Oxford tenía su propia vida  intelectual, y  en los años 70 el estructural-funcionalismo fue suplantadopor el estructuralismo de Claude Lévi-Strauss y Mary Douglas. Este estructuralismo parecía ser hostil a la historia -aunque  el Thinking with Demons (1997) de Stuart Clark demostró que eso era engañoso. Para Thomas, una década más viejo que Clark, el camino hacia adelante, en lo que a la metodología se refiere, parecía estar bloqueado. Los historiadores de Cambridge, que nunca habían leído a Evans-Pritchard o a Lévi-Strauss, pero muchos de los cuales sí habían leído Wittgenstein y Winch, entraron en el nuevo mundo de discurso (pero no en el mundo de la microhistoria geertziana); los historiadores de Oxford no.The Ends of Life, al igual que Man and the Natural World antes,  es el producto de este bloqueo intelectual.

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Thomas comenzó su carrera defendiendo todo aquello a lo que Geoffrey Elton se oponía: en lugar de dejar que los hechos hablaran por sí mismos,  quería hacer de la historia una ciencia social. Thomas dice incluso que é fue uno de los objetivos de The Practice of History (1967)  de Elton. Pero termina su carrera apoyándose -o al menos parece  confiar, si nos atenemos al texto e ignoramos las notas- sobre el tipo de inmersión ateórica en las fuentes que Elton defendió. Mientras tanto, son los discípulos, no de Christopher Hill ni  de Keith Thomas, sino del gran rival de Elton en Cambridge, Jack Plumb – Quentin Skinner, Simon Schama, Sir David Cannadine, Linda Colley, John Brewer, el difunto Roy Porter, atentos lectores deFoucault-  el rostro público más conocido de la historia moderna temprana.  No era necesario haber terminado de esta manera – ya hay una referencia a Foucault y a su  historia de la locura enterrada entre las notas del clásico ensayo de Thomas  sobre “Historia y Antropología” (1963). ¿Alguien había oído hablar de Foucault en Cambridge en 1963?

Pero quizás lo que realmente limitó a  Thomas no fue el colapso del estructural-funcionalismo, ni ninguna profunda hostilidad hacia el posmodernismo (tal vez él mismo se incluye cuando dice que “ahora todos somos relativistas “), ni siquiera su lealtad a Oxford frente a Cambridge,  sino simplemente su método de trabajo. No importa con qué frecuencia reorganice el contenido  de sus anotaciones, el resultado nunca será la descripción densa de  Geertz ni la anécdota foucaultiana, por no hablar de la vida de toda una comunidad rural, un Montaillou o un Terling. A principios de los setenta, las notas de Keith Thomas se fueron acumulando, con  libros no escritos: era demasiado tarde para empezar de nuevo. De ahí el “sombrío pero desafiante” final de  este libro, encapsulado en una línea tomada de Dryden:  “Tomorrow do thy worst, for I have liv’d today”.

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