Elecciones en Israel. Lieberman: la izquierda en el espejo

Dada mi querencia por Carlo Ginzburg, reparé hace meses en el prólogo que había escrito a un historiador, desconocido para mi: Amnon Raz-Krakozkin. El libro es cuestión de este profesor de historia judía en la Universidad Ben Gurion, en Beer Sheva, es en su versión francesa: Exil et souveraineté. Judaïsme, sionisme et pensée binationale. Ediciones La Fabrique, 2007.

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Meses después, leo este interesante análisis de Amnon Raz-Krakozkin a propósito de las recientes elecciones en Israel.

Fuente original : http://www.haokets.org/

En diversas partes del país, y durante un tiempo, se podían ver dos carteles uno al lado del otro:  uno  de “Yisrael Beiteniu” y un póster de la llamada Iniciativa de Ginebra que decía “La Iniciativa de Ginebra es buena para los Judios “.  De entrada, dos carteles en dos enfoques opuestos; pero no sólo  no existe contradicción entre los dos,  sino que se complementan mutuamente. El cartel de la Iniciativa de Ginebra refleja el concepto de paz que tiene la izquierda israelí: no es la visión de una existencia común basada en la igualdad y el reconocimiento mutuo, sino el principio de separación. El único objetivo es mantener la mayoría demográfica, haciéndolo de una forma que defina de antemano a los ciudadanos árabes del país como enemigos, como un “problema”. La visión de la paz es una visión de muros, de hormigón o no, y una visión de  separación, como la de  Lieberman. La línea política de Lieberman está mucho más cerca de  la de Meretz que de la de gente de la derecha como Benny Begin [Likud].

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Estoy seguramente entre aquellos a los que preocupa  el ascenso meteórico de Lieberman. Es alarmante y afecta a nuestras vidas, pero no es de extrañar. Por el contrario, la voluntad de Lieberman de transferir a  los ciudadanos árabes (no sus tierras, que de todos modos han sido expropiadas para   beneficio de las comunidades judías, principalmente los kibutzim) es la conclusión lógica de esta “Ginebra es buena para los Judios” . Los partidarios de la paz, al igual que Lieberman, también ven a los árabes de Israel como una amenaza. Además, el debate entre Lieberman y Meretz  gira en torno al número de colonias que éstos están dispuestos a  evacuar y que Lieberman insiste en mantener. No es de extrañar que Lieberman proponga hacer de Ginebra algo aún mejor para los Judios, con un menor número de árabes. El sueño es el mismo.

Asimismo, cabe recordar que los que realmente han demostrado, de manera brutal, hasta qué punto está limitada la cidadanía de los árabes,  son personas del “campo de la paz”:  los de los acontecimientos de octubre de 2000, en  tiempos del gobierno laborista (con Yossi Beilin, arquitecto de Ginebra, ocupando el cargo de Ministro de Justicia)  y con la aprobación de Meretz. Ninguno de ellos abrió la boca, ni la más mínima reflexión, cuando abrieron fuego [contra los manifestantes], todo lo  contrario. Fueron ellos, no Lieberman, los que dieron el visto bueno al informe oficial sobre el caso.  Es tan patético como sus gritos contra Lieberman.

Esto no quiere decir que probablemente Lieberman no sea capaz de hacer algo más grave. Sin embargo, los que apoyaron el tiroteo contra el ejercicio de Gaza sólo les queda callar. Le han dado legitimidad a cosas que hace años no habríamos  imaginado.

En este contexto es en el que podemos entender  la ofensiva de la izquierda contra Lieberman. Lieberman es un espejo para la izquierda israelí y la obliga  a mirarse, a mirar sus principios. Con rudeza, ofrece una interpretación cuyos fundamentos son los mismos sobre los que se basa su visión del mundo, un concepto de la separación. Hay una diferencia en el estilo y el estilo es, sin duda, importante. Un gran peligro, un peligro real radica en el hecho de que Lieberman podría ganar capacidad operativa para aplicar estos principios. Pero su ascensión expresa fundamentalmente el revés del concepto de paz del bloque Kadima-Meretz . Y esto, en particular, cuando tanto Meretz como Lieberman han apoyado con la misma determinación el campo de tiro mortal en Gaza.

De hecho, ni siquiera el estilo visual es diferente: la campaña  anti-Lieberman de Meretz toma la misma forma que las anti-árabes de Lieberman. Esto no es una actitud de empatía hacia los árabes amenazados que anuncia Meretz, sino una posición para combatir al lado de los árabes, pero bajo la estrategia de separación. No hay diferencia: invectiva  estalinista contra quien se dice estalinista. De entrada, uno no sabe si la campaña es Lieberman o de sus oponentes.

La falta de claridad es evidente en  la posición de aquellos que, dentro del Partido Laborista, decidieron que no se sentarían en un gobierno con Lieberman. Ellos mismos han votado a favor de Lieberman para rechazar la propuesta de [participación del partido] Balad [en las elecciones], mostrando así que hacen suyas las directrices sobre la legalidad planteadas por Lieberman.

Esto también explica la esperada caída de la “izquierda” en Israel, que intenta aumentar su fuerza  apoyándose sólo en el miedo y que no tiene otra alternativa que una  Iniciativa de Ginebra carente de fundamento, que han firmado varios grupos  israelíes con la oposición palestina. Este quimérico  plan crea la ilusión de poner fin a la ocupación y permite así su  profundización.

Tal vez el esperado fracaso, junto con el éxito sin precedentes de Lieberman, llevará a los grupos del “campo de la paz” a comprender que para combatir a  Lieberman es necesario establecer otro desafío: no separación, sino igualdad,  cooperación y  reconocimiento mutuo. Esto no necesariamente vendrá del campo que se presenta como “la izquierda”.

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Mientras tanto, los únicos partidos que afrontan ese desafío son los partidos árabes, que exigen la democratización del Estado. Consenso absoluto, de Lieberman a Haim Oron [Meretz-Yachad]  lo rechazan por principio, demonizando a los que piden ser reconocidos como ciudadanos en pie de igualdad. Se puede comprender el miedo a este desafío. Pero cualquiera que denigre de entrada este punto de vista no debe sorprenderse por el ascenso de Lieberman. No podemos hablar de democracia y rechazar la igualdad.

El Israel judío está  hoy  una situación de crisis que nunca había conocido. Un país propenso al  miedo permanente y que vive en el miedo. Se lanza con entusiasmo, cada pocos años,  a operaciones militares que acaban siendo crímenes de guerra, pero que son acojidas con fervor y perfectamente consensuadas, incluso entre los más “ilustrados” de los medios de comunicación. Se ha convertido en un gueto armado, rodeado de murallas y habitado por una  angustia demográfica, sin futuro, sin esperanza, sin sueños. Y esto sin que hayamos interiorizado aún el alcance futuro de la crisis económica, para una sociedad con terribles fracturas. Los temores son comprensibles y justificados. Pero si todavía queda una oportunidad para que la sociedad israelí  rompa el círculo de miedo, desesperación y  odio creciente, es necesario hacer frente a la negación del nacionalismo palestino y de los derechos de los palestinos. Esta negación  es la fuente del temor y es el que hace posible el gran auge y la fuerza del campo racista. Sin  reconocer los derechos de los palestinos, no es posible hablar de existencia judía ni es posible desarrollar otra visión. No se puede hablar de igualdad sin una visión fundada sobre la igualdad nacional y ciudadana entre judíos y árabes. Ni que quien intente establecer una separación entre lo social y lo nacional fije las fronteras.

El punto de partida es reconocer que Lieberman es la imagen especular del “campo de la paz”.

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