Robert Darnton: digitalización y derechos de autor (1)

Perdón por abusar, pero Robert Darnton nos deleitade nuevo con un texto sugerente y lúcido. En esta ocasión, el historiador norteamericano evalúa el acuerdo de Google con el mundo editorial para The New York Review of Books.

Los interesados en este particular, pueden consultar también la respuesta de Paul N. Courant, historiador y economista de la Universidad de Michigan, que Jorge Ledo ha reproducido en su excelente blog: Ficta eloquentia.  Vayamos primero con Darnton:

darnton       ¿Cómo  navegar por ese paisaje de la información que apenas empezamos a vislumbrar? La cuestión es más urgente que nunca tras el reciente acuerdo entre Google y los autores y editores que habían demandado a dicha compañía por presunta violación de los derechos de autor. Durante los últimos cuatro años, Google ha estado digitalizando millones de libros, muchos de ellos protegidos por derechos de autor, de las colecciones de las principales bibliotecas de investigación, haciendo accesibles en línea esos textos. Autores y editores objetaban  que la digitalización constituía una violación de sus derechos de autor. Tras largas negociaciones, los demandantes y Google han llegado a un acuerdo, que tendrá un efecto profundo en la manera como los libros llegarán a los  lectores en un futuro previsible. ¿Qué va a pasar en el futuro?

Nadie lo sabe, porque la solución es tan compleja que es difícil percibir la situación jurídica y económica en los nuevos contornos de la tierra. Pero aquellos de nosotros que somos  responsables de bibliotecas de investigación tenemos una visión clara de cuál es nuestro objetivo común: queremos abrir nuestras colecciones y ponerlas a disposición de los lectores de todo el mundo. ¿Cómo hacerlo? La única táctica viable puede ser la vigilancia: mira tan  lejos como puedas y,  mientras mantienes el ojo puesto en el camino, no olvides echar un vistazo al retrovisor.

Cuando miro hacia atrás, pongo mi atención en el siglo XVIII, en la Ilustración, en su fe en el poder del conocimiento, y en el mundo de las ideas en el que opera – lo que  los ilustrados denominaban la República de las Letras.

El siglo XVIII imaginó la República de las Letras  como un reino sin policía ni fronteras, sin desigualdades que no fueran las determinadas por el talento. Cualquiera podía unirse a ella mediante el ejercicio de los dos principales atributos de la ciudadanía, la escritura y la lectura. Los escritores formulaban sus ideas y  los lectores loa juzgaban. Gracias al poder de la palabra impresa, los juicios se propagaban  por amplios  círculos y  los argumentos más sólidos acababan ganando.

La palabra también se propagaba a través de la correspondencia, pues  el siglo XVIII fue una época de gran intercambio epistolar. Si uno lee a través de la correspondencia de Voltaire, Rousseau, Franklin o Jefferson -que en cada caso ocupa alrededor de cincuenta volúmenes–  puede ver cómo operaba esa  República de las letras. Esos cuatro escritores debatieron todos los asuntos de su tiempo  en un flujo constante de cartas, que atravesaban  Europa y América conformando una red de información transatlántica.

Yo disfruto sobre todo con el intercambio de cartas entre Jefferson y Madison. Hablaron de todo, en especial de la Constitución Americana, que Madison estaba ayudando a redacta en Filadelfia mientras Jefferson  representaba a la nueva república en París. A menudo se escribían  sobre libros, pues Jefferson amaba frecuentar  las librerías de la capital de la República de las letras y con frecuencia  compraba  libros para su amigo. Entre esas adquisiciones estaba la  Enciclopedia de Diderot,  que Jefferson pensó haber conseguido a precio de ganga, aunque confundió una reimpresión con la primera edición.

enciclopedie

Dos futuros presidentes discutiendo sobre libros a través de la red de información de la Ilustración -es una visión conmovedora. Pero antes de que esa imagen del pasado nos envuelva con el sentimiento, debo añadir que la República de las letras sólo fue democrática en sus principios. En la práctica, fue dominada por personas ricas y de buena cuna.  Incapaces de vivir de su pluma, la mayoría de  escritores tenían que cortejar a sus patronos, solicitar sinecuras, presionar para conseguir un puesto en  las revistas controladas por el Estado, eludir a los censores  y abrirse camino en salones y academias, donde se edificaban las reputaciones. A la vez que  sufrían humillaciones a manos de sus superiores sociales, se revolvían unos contra otros. La pelea entre Voltaire y Rousseau ilustra su temperamento. Después de leer el discurso de Rousseau sobre el origen de la desigualdad en 1755, Voltaire le escribió:  “Señor, he recibido su nuevo libro contra la raza humana …. Le da a uno deseos de ponerse a cuatro patas”. Cinco años más tarde, Rousseau le escribió a Voltaire. “Señor, le odio …”.

Los conflictos se vieron agravados por las distinciones sociales. Lejos de funcionar como un ágora igualitaria,    la República de las Letras padeció la misma enfermedad que devoró  todas las sociedades a lo largo del siglo XVIII: el privilegio. Los privilegios no se limitaban a los aristócratas. En Francia, estaban ampliamente difundidos  en el mundo de las letras, incluídos los ramos de la impresión y del comercio del libro, que estabn dominados por  gremios exclusivos, y los propios libros en sí, cuya publicación legal dependía de obtener un privilegio real y la aprobación del  censor, que aparecían impresos en todo el texto.

Una forma de entender este sistema es  recurrir a la sociología del conocimiento, en particular a  Pierre Bourdieu y su  noción de  la literatura como un campo compuesto de posiciones contendientes dentro de las normas de un juego que  está subordinado a las fuerzas dominantes de la sociedad en general. Pero no es necesario suscribir la escuela sociológica de Bourdieu para reconocer las conexiones entre la literatura y el poder. Visto desde la perspectiva de los actores, las realidades de la vida literaria se contradecían con los nobles ideales de la Ilustración. A pesar de sus principios, la República de las Leras, tal como funcionaba, era un mundo cerrado, inaccesible para los más desfavorecidos. Sin embargo, quiero invocar a la Ilustración para defender  la apertura en general y el libre acceso en particular.

Si volvemos desde el siglo XVIII al presente,   vemos una contradicción similar entre  principio y  práctica -¿aquí mismo, en el mundo de las bibliotecas de investigación? Una de mis colegas es un dama tranquila, diminuta, una suerte de “Marion la Bibliotecaria”. Cuando  acude a alguna fiesta y se presenta, a veces le dicen con condescendencia, “Una bibliotecaria, qué bien. Dime, ¿cómo es eso de ser bibliotecaria?” Ella responde: “En esencia, se trata de dinero y poder”.

Hemos vuelto  con Pierre Bourdieu. Sin embargo, la mayoría de nosotros suscribimos  los principios inscritos en lugares prominentes en nuestras  bibliotecas públicas. “Gratuita para todos”, se lee  encima de la entrada principal de la Biblioteca Pública de Boston;  y están las palabras de Thomas Jefferson, talladas en letras de oro en la pared de la sala donde se reúne el Consejo de Administración  de la Biblioteca Pública de Nueva York: “Veo  la difusión de la luz y de la educación como el recurso más fiable  para mejorar la condición que promueva la virtud y haga avanzar la felicidad del hombre”.  Hemos regresado a  la Ilustración.

Nuestra república fue fundada en la fe en el principio central de la República de las Letras del siglo XVIII: la difusión de la luz. Para Jefferson, la ilustración se materializó a través  de escritores y lectores, de libros y  bibliotecas –especialmente las bibliotecas, en Monticello, en la Universidad de Virginia y en la Biblioteca del Congreso. Esta fe se manifiesta en la Constitución de los Estados Unidos. La sección 8 del artículo 1 establece los derechos de autor y las patentes “por tiempo limitado”, sujetos sólo al  más elevado propósito, el de promover “el progreso de la ciencia y las artes prácticas”. Los Padres Fundadores reconocieron los derechos de los autores en  justa compensación por su trabajo intelectual, pero antepusieron  el bienestar público al beneficio privado.

¿Cómo calcular la importancia relativa de estos dos valores? Como sabían los autores de la Constitución , los derechos de autor fueron creados en Gran Bretaña por el Estatuto Anne en 1710 con el fin de frenar  las prácticas monopolísticas de la London Stationers’ Company y  además, como proclamaba esa norma, “para el fomento del aprendizaje”.  En aquel momento, el Parlamento fijó la duración de los derechos de autor en catorce años, renovables una sola vez. Los papeleros  trataron  de mantener su monopolio de  publicación de  libros defendiendo a lo largo de distintos procesos judiciales que los derechos de autor fuesen a perpetuidad. Pero perdieron, según  la sentencia definitiva de Donaldson contra Becket en 1774.

Cuando los americanos se reunieron para redactar su constitución trece años más tarde, se mostraban por lo general a favor de la perspectiva que había predominado en Gran Bretaña. Veintiocho años les pareció  tiempo suficiente para proteger los intereses de los autores y los editores. Más allá de ese límite, el interés del público debía  prevalecer. En 1790, la primera norma sobre   derechos de autor -también dedicada al “fomento del aprendizaje”- seguía la práctica  británica adoptando el límite de catorce años, renovables por otros catorce.

¿Hasta cuándo se extienden los derechos de autor hoy en día? Según la Sonny Bono Copyright Term Extension Act de 1998 (también conocida como la “Mickey Mouse Protection Act”, porque Mickey estaba a punto de ser de dominio público),  dura mientras el autor esté vivo y se extiende además hasta  setenta años después de su muerte. En la práctica, eso significa  normalmente  más de un siglo. La mayoría de los libros publicados en el siglo XX todavía no son de  dominio público. Cuando se trata de la digitalización, el acceso a nuestro patrimonio cultural finaliza generalmente el 1 de enero de 1923,  fecha desde la que   un gran número de libros están sujetos a las leyes del copyright. Y así seguirá siendo — a menos que los intereses privados se hagan cargo de la digitalización,  la empaqueten y ofrezcan a los  consumidores, envuelvan  los paquetes con acuerdos legales  y los vendan consiguiendo beneficios para los accionistas. Tal como están las cosas ahora mismo, el  Babbitt de Sinclair Lewis, por ejemplo,  publicado en 1922, es de dominio público, mientras que su Elmer Gantry, publicado en 1927, no será de dominio público hasta 2022. [Paul A. David y Jared Rubin, "Restricting Access to Books on the Internet: Some Unanticipated Effects of U.S. Copyright Legislation",  Review of Economic Research on Copyright Issues, Vol. 5, No. 1 (2008)]

Descender desde  los elevados principios de los Padres Fundadores a las prácticas actuales de la industria cultural   supone abandonar el reino de la Ilustración por el alboroto del capitalismo corporativo. Si aplicáramos la sociología del conocimiento al presente -como hizo el propio Bourdieu-   veríamos que vivimos en un mundo diseñado por Mickey Mouse, con dientes y garras rojos.

¿Es este baño de realidad el que hace que los principios de la Ilustración parezcan  una fantasía histórica? Reconsideremos la historia. A medida que la Ilustración se apagaba a principios del siglo XIX, la profesionalización emergía.  Se puede seguir el proceso mediante la comparación de la Encyclopédie de Diderot, que organizó el conocimiento en un todo orgánico dominado por la facultad de la razón, con su sucesora desde finales del siglo XVIII,  la Encyclopédie méthodique, que divide el conocimiento en los campos que podemos reconocer hoy en día: la química, la física, la historia, las matemáticas  y así sucesivamente. En el siglo XIX, esos campos se convirtieron  en l  profesiones, certificadas con doctorados   y custodiadas por  asociaciones profesionales. Luedo  se metamorfosearon en  departamentos  universitarios  y a lo largo del siglo XX  han dejado su impronta en los campus -la química  en este edificio, la física en el otro, aquí la historia, allá las matemáticas, y en el centro de todo  una biblioteca,  por lo general diseñada para parecerse a un templo de aprendizaje.

methodique

A lo largo del camino, han ido brotando revistas profesionales en todo los campos,  subcampos y sub-subcampos. Las asociaciones académicas las producen, y las bibliotecas se las compran. Este sistema funcionó bien durante unos cien años. Luego   los editores comerciales  descubrieron que podían hacer una fortuna vendiendo las  suscripciones a esas revistas. Una vez que una biblioteca universitaria se suscribe,  estudiantes y profesores   esperan un flujo ininterrumpido de números de esas revistas. El precio podía dispararse  sin que hubiera cancelaciones, puesto que son las bibliotecas  y no los profesores quienes  abonan las suscripciones. Y lo  mejor de todo es que el trabajo de los   profesores siempre es gratis, o casi. Escriben los  artículos, evalúan los ensayos recibidos y forman parte de los consejos editoriales, en parte para difundir el conocimiento al modo ilustrado, pero principalmente para promover sus propias carreras.

El resultado queda reflejado  en el presupuesto de adquisiciones de cada biblioteca de investigación: la suscripción anual al Journal of Comparative Neurology cuesta ahora 25,910 dólares; Tetrahedron 17,969 (o 39,739  si se incluyen otras publicaciones relacionadas que van en el pack de Tetrahedron ); el precio medio de una revista de química es de  3490, y esta onda expansiva ha acabado dañando la vida intelectual de todo el mundo del conocimiento. Debido a la subida de  costos de las publicaciones periódicas, las bibliotecas que solían gastar el 50 por ciento de su presupuesto en adquirir monografías  ahora utilizan el 25 por ciento o incluso menos. las editoras universitarias, que dependen de las ventas a las bibliotecas, no pueden cubrir sus costos publicando monografías. Y los investigadores jóvenes,  que dependen de este tipo de publicación para promover sus carreras, se encuentran en peligro de extinción .

Afortunadamente, esta imagen de los hechos que ocurren en  la vida del mundo del conocimiento ya está desfasada. Biólogos, químicos y  físicos  ya no viven en mundos separados, ni tampoco  los historiadores, los antropólogos o los filólogos. El antiguo mapa del campus  ya no se corresponde con las actividades de   profesores y estudiantes.  Se está rediseñando en todo el mundo,  y en muchos lugares los diseños interdisciplinario se están convirtiendo en estructuras. La biblioteca permanece en el corazón de las cosas, pero surte de alimento a toda la universidad  y, a menudo, llega al  ciberespacio, por medio de redes electrónicas.

La  República de las letras del siglo XVIII se ha transformado en una  República del Conocimiento profesional, y está abierta a los aficionados -aficionados en el mejor sentido de la palabra, a los amantes del aprendizaje entre la ciudadanía en general. Esta apertura está funcionando en todo el mundo  gracias al “acceso abierto” a los  archivos digitales que contienen artículos disponibles de forma gratuita, ya sea la Open Content Alliance, el Open Knowledge Commons, el OpenCourseWare, el Internet Archive  o  empresas  abiertamente de aficionados como la Wikipedia. La democratización del conocimiento parece estar ahora al alcance de nuestras manos. Podemos hacer que los ideales de la Ilustración cobren vida en la práctica.

Llegados a este punto, alguien  puede sospechar que he  oscilado desde un género tan americano como la jeremiada a otro, el del entusiasmo utópico. Supongo que  sería posible que ambos  funcionaran a un tiempo de forma dialéctica, si no fuera por el peligro de la comercialización. Cuando las empresas como Google miran a las bibliotecas  no las ven sólo como templos de aprendizaje. Ven activos potenciales, lo que llaman   “el contenido”, listos para ser extraídos. Construidas a lo largo de siglos con un enorme gasto de dinero y de mano de obra, las colecciones de las bibliotecas pueden ser digitalizadas de forma masiva  con un coste relativamente bajo -son millones de dólares, sin duda, pero eso es poco en comparación con la gran  inversión realizada.

Las bibliotecas existen para promover un bien público: “el fomento del aprendizaje”, un aprendizaje “gratuito para todos”. Las empresas existen para ganar dinero para sus accionistas -y una buena cosa, también, para el bien público depende de una economía rentable. Sin embargo, si permitimos la comercialización de los contenidos de nuestras bibliotecas,  no podemos esquivar una contradicción fundamental. Digitalizar las colecciones y vender el producto de manera que no se garantize un amplio acceso sería repetir el error que se cometió cuando los editores explotaron el mercado de revistas, pero a escala mucho mayor, ya que Internet se convertiría en un instrumento para la privatización de  conocimientos que pertenecen  a la esfera pública. Ninguna mano invisible  intervendría  para corregir el desequilibrio entre el  bienestar privado y el público. Sólo el sector público puede hacerlo, pero ¿quién habla en su nombre? No los legisladores de la Mickey Mouse Protection Act.

About these ads

6 Respuestas a “Robert Darnton: digitalización y derechos de autor (1)

  1. Pingback: Google, Robert Darnton y la República de las letras digital | Ficta eloquentia·

  2. Pingback: Robert Darnton: digitalización y derechos de autor (2) « Clionauta: Blog de Historia·

  3. Pingback: Las humanidades digitales en 2008 (2) « Clionauta: Blog de Historia·

  4. Gracias por esta traducción, me ayuda a orientarme en un tema que empiezo a explorar. El acceso al texto sería aún mejor después de una última revisión, en busca de pequeños errores de escritura.

  5. Pingback: El sueño de la biblioteca pública digital « Clionauta: Blog de Historia·

  6. Pingback: Robert Darnton: tres jeremiadas « Clionauta: Blog de Historia·

Los comentarios están cerrados.