Robert Darnton habla de Google

La noticia es más bien la aparición de una nueva revista literaria. Se denomina Books y la comanda el periodista  Olivier Postel-Vinay. El primer número (diciembre-enero) se puede adquirir al precio de tres míseros euros en cualquier quiosco galo o se puede consultar parcialmente en línea. Ambición no le falta, pues pretende abordar la actualidad libresca de todo el orbe. De momento, tenemos: listas de libros más vendidos, un texto sobre el mito Lévi-Strauss, otro sobre la crisis y los volúmenes que la abordan y, entre otras muchas cosas, una entrevista con Robert Darnton sobre Google.  Y a ello vamos:

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¿Internet transforma realmente el mundo del libro y de la lectura?

La respuesta es sí, pero sin caer en una utopía exagerada. Algunos tienden a hablar del fin del mundo. Si  lo miramos a largo plazo, creo que la invención de   Internet es un cambio tan importante como la invención de la imprenta por Gutenberg. Los medios utilizados para comunicarse e intercambiar ideas se están transformando. Pero esto crea un estado de excitación que  difumina un poco  la conciencia de lo que está sucediendo realmente. Creo que la mayoría de los lectores, cuando quieran apropiarse de  textos de cierta extensión,  seguirán leyendo  libros impresos en papel. Sin embargo, sabemos que la preparación y la composición de estos libros son cosas profundamente diferentes de lo que lo eran en el pasado;   ahora  pasan necesariamente por la tecnología digital. Y hay libros híbridos,  mitad en papel, mitad electrónicos, y libros electrónicos, así como todo  tipo de intercambios de escrituras basadas sobre soportes distintos al libro tradicional.  Todo esto transforma la manera en la que  los lectores leen,   los autores escriben, los editores publican y los libreros venden.

¿Qué le  induce a creer que los libros en papel tienen  futuro?

La historia los demuestra, un medio no elimina a otro. Como  sabemos ahora, la publicación de  manuscritos siguió prosperando después de Gutenberg, hasta principios de siglo XVIII. Mi amigo el historiador del libro Donald McKenzie sostuvo que, en el caso de obras cuya tirada fuera inferior  a cien ejemplares, era menos costoso  confiarlas  a copistas que mandarlas a imprimir. La radio no eliminó los periódicos ni la televisión ha eliminado a la radio ni al cine. El libro electrónico no hará desaparecer el libro clásico. Creo que llegaremos  a un nuevo equilibrio, a una nueva ecología de la escritura.

¿Cómo ve usted la iniciativa de Google de digitalizar poco a poco, si es posible, todos los libros del planeta?

Creo profundamente en la democratización del conocimiento. La invención de la imprenta fue un paso esencial. Sobre todo cuando el proceso se amplió,  a finales del siglo XIX, gracias a  la utilización de la pulpa y las prensas impulsadas por vapor. La digitalización de libros es un nuevo paso. Es una perspectiva emocionante. El motor de búsqueda de Google hará que los conocimientos acumulados en los libros sean accesibles a todos, o al menos a toda la población que tiene acceso a Internet. También veo interés por parte de los investigadores. Como responsable de la biblioteca universitaria más grande en el mundo, estoy a favor de la completa digitalización de todos los libros sobre temas de interés general y la puesta en línea  progresiva, de forma gratuita, de todos  los libros de nuestras colecciones cuyo contenido sea de dominio público. Harvard fue una de las primeras universidades en  firmar en 2006 un acuerdo a tal efecto con Google, y lo suscribo.   Es un paso tangible hacia el establecimiento de una república de las letras, y hacia una ciudadanía universal en esta república. Una  idea que hace diez años considerábamos  utópica  está empezando a tomar forma.

Sin embargo, podemos decir como mínimo que la iniciativa de Google no ha conseguido la unanimidad. ¿Qué piensa de  los argumentos de sus detractores?

Hay varias críticas posibles.  Se puede resaltar el peligro que representa el poder acumulado por  una empresa al apropiarse de la gestión del saber, no sólo americano, sino  mundial. En Francia, mi amigo Jean-Noel Jeanneney, que  dirigió la Biblioteca Nacional de Francia, publicó un libro en ese sentido. Él recela de que  una compañía de EE.UU.  pretenda digitalizar todo el patrimonio literario europeo. reclama que Europa  se defienda y  digitalice sus propios libros. Hay quizá  un poco de anti-americanismo, aunque Jeanneney conoce los Estados Unidos y el suyo no es un anti-americanos primario. Pero su punto de vista está   bastante extendido.  Me parece legítimo que las instituciones europeas se interesen en digitalizar su  patrimonio, y que lo hagan según sus propios criterios. Esto será muy positivo, incluso para nosotros, los americanos.

¿En qué sentido  la digitalización europea   sería algo iueno para los estadounidenses?

Porque la revolución digital  también tiene grandes peligros. No  estamos a las puertas de la Tierra Prometida. Estamos avanzando lentamente, en una gran confusión, hacia un territorio nuevo, en gran parte inexplorado. Por  tanto, es esencial que haya varias miradas. Podemos saludar la iniciativa de Google y mantener las distancias. En un artículo reciente,  publicado en el New York Review of Books, expuse que hay fundadas  razones, en mi opinión,  para no subirse a ciegas al barco.

¿Cuáles son sus reservas a propósito de  la iniciativa de Google?

Advierto  contra un entusiasmo irracional. Los partidarios de Google  dicen  que todos los libros estarán disponibles en línea. Esto no es cierto. No es posible en los Estados Unidos, y mucho menos para el resto del mundo. Es prácticamente inconcebible, habida cuenta de la enorme cantidad de volúmenes que hay  en todo el mundo. No es posible legalmente. La  propiedad literaria, cuyas reglas son a veces arcaicas, es un importante obstáculo para una digitalización completa. Hay límites cuantitativos. Y luego están los límites cualitativos. Un libro del siglo XVIII, por ejemplo, normalmente conoció muchas ediciones, algunas de las cuales están pirateadas. Cada edición es de particular interés por varias razones. ¿Cuál va a privilegiar Google? Que yo sepa, la empresa no emplea a ningún bibliógrafo.

¿Se refiere  a que la calidad de los fondos digitalizados por Google no son lo que desearíamos?

Es inevitable.  Habrá  errores a todos los niveles:  en la selección de los libros, en  la reproducción de los textos, en las imágenes. ¿Cómo funciona el control de   calidad en esas decenas de millones de títulos? ¿Cómo va a determinar el motor de búsqueda de Google  el rango  de presentación de los libros? Uno también puede preguntarse sobre la caducidad de los modos de escaneo utilizados. Los programas y los soportes informáticos  se están convirtiendo rápidamente en obsoletos. ¿Cuáles son las garantías de conservación? ¿Y cuánto durará  la propia empresa Google? Lo he señalado en mi artículo: hemos perdido el 80% de las películas mudas  y el 50% de todas las películas hechas antes de la Segunda Guerra Mundial. Google es bueno, pero las bibliotecas no han dicho su última palabra!

¿No hay una paradoja en ver el libro como una apuesta para el futuro de la Internet, a pesar de que  Internet nos  desvía del libro?

Creo que en este punto debemos introducir también la mirada del historiador, una perspectiva a largo plazo. Internet nos aleja del libro en el sentido de que las nuevas generaciones tienden a pensar que toda la información posible  está en línea y es por lo general fiable. Éste es el caso de los selectos estudiantes que llegan a Harvard. Por  tanto, necesitamos enseñarles el uso crítico de    Internet.  Dicho esto, no creo que la distorsión de la información, la maleabilidad de los textos y la ambigüedad o escasa  fiabilidad de las fuentes sean fenómenos nuevos. Los periódicos nunca han reflejado más que determinadas versiones de los hechos reales. Como he mencionado antes a propósito del siglo XVIII, el libro en sí no puede ser considerado como un objeto estable y fiable. Para dar un ejemplo al lector  francés, en la edición más leída  de la Enciclopedia de Diderot en el siglo XVIII  figuran cientos de páginas que no estaban en la edición original. Fueron introducidas  por un modesto abad  que incluyó pasajes de un sermón de su obispo para ganarse sus favores.

Se dice que la revolución digital empuja, pero no altera  el mundo del libro. ¿Diría lo mismo de  los modos de lectura? ¿ La lectura rápida no tiende  a sustituir a la lenta?

Soy un gran defensor de  la lectura lenta. Yo mismo soy un lector lento. La lentitud me parece un elemento esencial de la diversión de leer. Deja espacio para las asociaciones libres, la imaginación, los fantasmas productivos. Abre la puerta a nuevas ideas, a la posibilidad de crear nuestros propios enlaces, sean los que sean.   Los jóvenes cada vez están menos educados y menos inclinados a la lectura lenta. Dicho esto, lo digital es una herramienta fabulosa. Un simple clic, y al momento nos aparece una nueva pista.   Podemos  guardar cuarenta libros en un soporte tan ligero como el formato de bolsillo.  La rapidez de los modos de lectura se ve compensada por la multiplicidad de  puertas que se pueden abrir. En este sentido también, se inicia una nueva ecología de la escritura.

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