Luciano Canfora: el historiador, el juez y el detective

Guido De Franceschi entrevista  a Luciano Canfora (L’Occidentale, 4 de enero de 2009)

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En los ensayos del  historiador y filólogo Luciano Canfora  el método de la investigación histórica está relacionada con la detective story. Tenemos el reciente caso de “La storia falsa” (Rizzoli), que analiza ciertos “non detti” acerca de una carta del líder comunista Ruggero Grieco que Antonio Gramsci recibió  en la cárcel y que agravó su posición judicial. El mismo método también se utiliza en muchos de sus libros anteriores.

[Recordemos el asunto. Marzo de 1928, carcel de  San Vittore. Antonio Gramsci y Umberto Terracini reciben dos extrañas cartas firmadas por  Ruggero Grieco. Estamos a pocas semanas del inicio del proceso contra los dirigentes del  Partito comunista italiano (Pcd’I ) y las misivas de Grieco vienen como anillo al dedo para agravar las pensas impuestas, pues son interceptadas y utilizadas por la policia política. Para Canfora las cartas fueron elabopradas por expertos de esa policia (la Ovra) con ayuda de  Stefano Viacava, dirigente del Pcd’I que se había pasado a la policía fascista. La storia falsa recopila ejemplos clamorosos de doble juego y trucos textuales para desviar el curso de la lucha política, un universo donde los lapsus o los errores de escritura se revelan como indicios preciosos para llegar a la verdad. El volumen, por lo demás, dedica casi una tercera parte de su contenido al caso de Gramsci, retomando el análisis que el propio Canfora hiciera en Togliatti e i dilemmi della politica (Laterza, 1989), volumen que ya dio mucho de que hablar en su momento. ]

Profesor Canfora, a este enfoque no es extraña quizá su formación filológica

Es verdad. Me gusta referirme para ello a Marc Bloch. El fundador de los Annales,  en su Apología de la historia,  hermoso y famoso libro escrito poco antes de que lo capturaran los  alemanes,  que luego lo fusilaron, escribe al comienzo que la tarea principal del historiador es distinguir lo verdadero de lo falso. Cada paso, cada documento, sitúan al historiador frente a esta cuestión. Y ¿cómo distinguir lo verdadero de lo falso, si no es a través de una indagación  indiciaria? El trabajo del historiador y del juez, o el del investigador, son similares. No es un descubrimiento  mío ni de Bloch. Tucídides, cuando habla de los indicios en la historia, usa  la palabra “tekmerion”, que significa “los indicios que ante un tribunal  pueden sugerir una respuesta u otra.” Por tanto, la identidad de la palabra en los dos maestros la sitúa en los orígenes de la historiografía. Carlo Ginzburg,  autor  entre otras cosas del librito El juez y el historiador, escribió un artículo titulado “Spie”, en el sentido de los indicios que conducen al investigador hacia la verdad. Ciertamente, la hipótesis es que existe la verdad. Algunos escépticos no lo creen, pero en mi opinión es la premisa de la que partir.

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¿Es un método aplicable a cualquier período de la historia, desde la Atenas clásica a Salò?

Hasta la actualidad. Aquella realidad tan alejada en cierto sentido me parece  más intangible. Sólo tenemos lo poco que queda, tal vez de primera calidad, pero siempre muy unilateral. Y creemos que con el tiempo presente la cosa  es mucho más fácil:  todas las fuentes están disponibles o pensamos que lo son. En cambio existe la ventaja de que tenemos más documentación, pero también la desventaja de un filtro mayor, hasta el punto de que la verdad queda enterrada. No sabemos quién mató a Kennedy ni cuándo lo sabremos.

Por un lado, existe una “falsificación involuntaria”, dada por el paso del tiempo y la corrupción de las  fuentes. En segundo lugar, la “falsificación voluntaria”, es decir, la deliberada manipulación de las fuentes.

O incluso la ocultación. ¿Por queéno se puede tener acceso completo a los archivos?   Incluso la legislación más abierta y liberal, como la de los  archivos de los estadounidenses,  nunca pwemite acceso completo, porque siempre hay una parte que no se permite ver.

Pero a veces en el curso de la historia también actúa la manipulación. Pienso en la novela “Vida y destino”. de Vassilij  Grossman,  que se quiso destruir, pero sobrevivió y ahora se puede leer.

Esto es extraordinario, pero es como  el mensaje en la botella.

La censura ha funcionado de algún modo. La novela no salió en su momento de la Unión Soviética,  sino décadas después  en Lausana. Y ahora está disponible la versión Adelphi.

Bueno, en Italia la novela fue publicada por Jaka Book.

No completa.

Es cierto, pero he hecho una cuidadosa comparación entre las dos versiones y he visto que son casi idénticas.

En un artículo en el Corriere, escribió sobre Arturo Pérez Reverte. ¿Cree que  entre la ficción histórica  y una investigación histórica como la suya hay una voluntad detectivesca similar?

Debo reconocer una deuda intelectual con Pérez-Reverte. En su segunda novela de éxito, “El Club Dumas”, cuenta la historia de un libro del que tan sólo quedan tres ejemplares. Y nos dice el porqué. Es una novela, por supuesto. En aquel momento yo estaba trabajando en “La biblioteca del patriarca”. Una historia (en este caso real, ndr), de libros censurados en el siglo XVII en Francia. y también en aquel caso quedaban intencionadamente tres copias   de una edición mutilada al principio deuna página completa  considerada herética. El libro de Pérez-Reverte me inspiró las propuestas de solución, que creo válida, sobre la razón por la que los tres ejemplares fueron preservados.

Al proponer nuevas hipótesis o nueva “verdad”, cuando se trata de una cuestión sobre la que  cree que sabe lo suficiente – pienso tambnién en las páginas de su libro sobre Gramsci – queda expuesto a la acusación   de querer reabrir temas ya conocidos a la búsqueda de una lectio difficilior a toda costa. ¿Cómo responder?

La verdad consolidada es  muy a menudo  el resultado de un compromiso. Por citar el caso de Gramsci del que hablo en “La storia falsa” es evidente que hay un problema dramático. ¿Por qué  esas cartas? ¿Por qué Gramsci no queda duramente impresionado? No hay escapatoria. O el autor de esas cartas quería hacerle daño  o Gramsci estaba loco. O hay una tercera vía: ¿fueron retocadas las cartas? La historiografía de la izquierda, los socialistas, los comunistas e  incluso  estudiosos próximos   no han considerado nunca la tercera opción,  que está abierta a muchos valiosos comentarios y se rechaza con argumentos opuestos. Los socialistas decían que Grieco era el “killer”.   Los comunistas sostenían que las cartas no tuvieron  grandes consecuencias. Y así dejaban en la sombra el asunto de un Gramsci que habría perdido el juicio. Se trata de un compromiso, un “vamos a salir del paso”. En lugar de ello, me parece que la tarea del historiador es ir más allá.

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