La carrera docente en la era digital

Con el título de Bringing Tenure Into the Digital Age, The Chronicle of Higher Education entrevista a Christine L. Borgman. Veamos:

Todos los días aparecen nuevas herramientas para el análisis de la información, pero eso no significa que los estudiosos que las utilizan estén  siendo recompensados, dice Christine L. Borgman,  profesora de estudios sobre la información   en la Universidad de California en Los Angeles (UCLA). La profesora sostiene que la nueva “infraestructura de información académica”  debe tomar la forma de una  investigación interdisciplinaria y colaborativa.

Professor & Presidential Chair in Information Studies (UCLA)

Professor & Presidential Chair in Information Studies (UCLA)

P. En su reciente libro,  Scholarship in the Digital Age,  sostiene  que el sistema de carrera docente ha de  recompensar a  las personas que contribuyan a los proyectos de colaboración digital y no reconocer sólo a los que publican libros y artículos. ¿Por qué?

A. Los datos se está convirtiendo en un asunto  de primer orden.  Cuando la publicación en papel era lo único existente, el artículo o libro estaban al final de la escala. Y una vez que el libro iba a parar a las bibliotecas, los datos a menudo se malgastaban o se permitía su deterioro.

Ahora vivimos  un cambio radical.  Los datos se  convierten en recursos. Ya no son sólo un subproducto de la investigación. Y eso cambia la naturaleza de lo que publicamos, nuestra forma de pensar acerca de lo que hacemos  y sobre cómo educar a nuestros estudiantes de posgrado. La acumulación de esos datos   debería considerarse un acto académico, así como la publicación que se deriva.

P. ¿Estamos hablando de, digamos, un estudioso que ha recogido y gestionado datos sobre la salud de los niños durante  más de cinco años?

R: Sí. Considere la posibilidad de un profesor asistente que acumula datos procedentes de cinco años de trabajo de campo. Si pudiera  compararlos con datos de cinco años  sobre niños de un investigador en otro país, u otro grupo étnico o cepa de ADN, piense en cuánto podría mejorar su trabajo. Podemos unirlos   y hacer comparaciones a gran escala – son cosas que no podíamos hacer antes.

P. Pero, esta “avalancha de datos”, como usted y otros la han llamado, ¿no tiene algunas desventajas? ¿No hay un exceso de información?

A. Francis Bacon se quejó de que había demasiada información. Esto no es una cuestión nueva. Los estudiosos siempre han tenido que gestionar su tiempo y encontrar la manera de decidir qué leer y dónde buscar.

Con Internet la cosa parece abrumadora. Es por eso que asociarse para dividir la tarea resulta de gran ayuda. Mi trabajo se ha hecho cada vez  más colaborativo con los años. En el Center for Embedded Networked Sensing tengo ahora  media docena de estudiantes de posgrado. Provienen de la física,  las ciencias de la computación, la biología y el arte, y todos ellos se están graduando en estudios de la información.

P. ¿Tiene  algunos consejos para el joven académico que se sienta abrumado y sobrepasado?

A. Buscar buenos datos   ya generados y  disponibles. Es el viejo recurso de cómo una hora en la biblioteca  te puede ahorrar pasar sesenta en el laboratorio. Algo similar pasa con la investigación hoy en día. Encontrar buenos datos que alguien ya ha hecho, que se pueden aprovechar, es un tiempo bien aprovechado. [Y] encontrar socios que complementen sus conocimientos.

Q. ¿Cuál es su prescripción cuando se trata de la construcción de infraestructuras que permiten  que toda esa información esté disponible?

A. para eso necesitamos una nueva conversación. Tenemos que determinar lo que deberíamos construir, en lugar de simplemente creer que si lo construimos  los datos llegarán. Hemos gastado mucho dinero en la tecnología sin plantearnos muchas preguntas  sobre la naturaleza de la academia.

Cuando nos hacemos esas preguntas, nos ponemos  en contra de intereses muy arraigados, como la manera de publicar y obtener una plaza docente. Por tanto, tenemos que examinar las políticas y los incentivos del sistema de recompensas académicas, así como del uso y  reutilización de la información. Tendrán que cambiar.

MIT Press, 2007, 336 pp.ágs, 4 ilus.

MIT Press, 2007, 336 págs, 4 ilus.

Concluyamos con los párrafos iniciales de su libro:

Scholars in all fields are taking advantage of the wealth of online information, tools, and services to ask new questions, create new kinds of scholarly products, and reach new audiences. The Internet lies at the core of an advanced scholarly information infrastructure to facilitate distributed, data- and information-intensive collaborative research. These developments exist within a rapidly evolving social and policy environment, as relationships shift among scholars, publishers, librarians, universities, funding agencies, businesses, and other stakeholders. Scholarship in the sciences, social sciences, and humanities is evolving, but at different rates and in different ways. While the new technologies receive the most attention, it is the underlying social and policy changes that are most profound and that will have the most lasting effects on the future scholarly environment. This is an opportune moment to think about what we should be building.

This book is grounded in developments of the twenty-first century, set in both a social and historical context. Today’s initiatives in cyberinfrastructure, e-Science, e-Social Science, e-Humanities, e-Research, and e-Learning emerged from a tumultuous period in scholarly communication in which technological advances converged with economic and institutional restructuring. Every stage in the life cycle of a research project now can be facilitated-or complicated-by information technologies. Scholars in the developed world have 24/7 access to the literature of their fields, a growing amount of research data, and sophisticated research tools and services. They can collaborate with other individuals and teams around the world, forming virtual organizations. Data have become an important form of research capital, enabling new questions to be asked by leveraging extant resources. With the mass digitization of books now under way, previously unforeseen possibilities arise to compare literary themes, extract details of events, improve machine translation, and compile extensive indexes and directories. Text and data mining promise everything from drug discovery to cultural enlightenment.

These wondrous capabilities must be compared to the remarkably stable scholarly communication system in which they exist. The reward system continues to be based on publishing journal articles, books, and conference papers. Peer review legitimizes scholarly work. Competition and cooperation are carefully balanced. The means by which scholarly publishing occurs is in an unstable state, but the basic functions remain relatively unchanged. Research data are another matter entirely. While capturing and managing the “data deluge” is a major driver for scholarly
infrastructure developments, no social framework for data exists that is comparable to that for publishing. Data can be discrete digital objects, but their use is embedded deeply in the day-to-day practices of research. Scholarly infrastructure also must be understood in the context of legal, policy, and economic arrangements. The “open-access movement” to expand the availability of scholarly publications, data, and other information resources is grounded in several centuries of Western thought about “open science.” Open science, in turn, is based on economic principles of public goods. The ethos of sharing that is fundamental to open science and scholarship is threatened by the expansion in scope and duration of copyright protection and patents. These tensions, in turn, are reflected in new forms of publishing and licensing, such as the “information commons” or  knowledge commons.” The many stakeholders in scholarly information infrastructure are addressing their own territories, whether technical, legal, economic, social, or political, or in individual research domains, but few are taking a bigpicture view of the interaction of these factors. The  integrative and interdisciplinary analysis presented here is intended to provoke a conversation among the many parties whose interests depend on a rich and robust scholarly environment.

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