“Las mujeres que se portan bien no suelen hacer historia”

El título es una especie de reclamo, cuyo significado se desvela al final de esta entrada,  porque de momento quiero centrarme en cómo los historiadores americanos preparan su meeting anual, lo cual puede verse en el avance que se incluyó en su revista en línea: Perspectives on History.

El evento es gigantesco, como suele suceder, y tienen ustedes a su disposición todos los detalles por si les apetece escaparse a Nueva York entre el 2 y el 5 de enero para hacer las compras de los Reyes Magos. Ahora bien, quienes hayan sido objeto de la sacudida financiera o simplemente anden escasos de recursos, mejor que se abstengan de tales tentaciones. Los organizadores han dispuesto hotelitos tales como el Hilton o el  Sheraton, aunque han negociado precios interesantes:  $129.  Para ellos, una menudencia. De hecho, por si se les ocurre, sepan que las suites están todas vendidas. Y con la otra posibilidad contratada, el Waldorf-Astoria, ni lo intenten, no cabe ni una aguja.

¿Cómo es eso, si resulta que la profesión no vive sus mejores momentos? No hay solución al acertijo, pero podemos ilustrarnos con el texto que Anthony Grafton y Robert B. Townsend presentan en ese número de Perspectives con el título de The Parlous Paths of the Profession.

Dicen los autores que, con demasiada frecuencia, la profesión vuelve la vista atrás hacia la breve “edad de oro” de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, cuando la generación nacida en la “depresión”  entró en el mercado de trabajo coincidiendo con el baby-boom y el aumento de  la matrícula. Sin embargo, aquello fue más  excepción que norma, un momento tan fugaz que a finales de los sesenta ya había desaparecido. Después se han vivido algunos altibajos, como una cierta mejora en los ochenta seguida del desorden de los noventa. Por tanto, nadie puede predecir lo que ocurrirá  en los próximos años. Sin embargo,  podemos observar algunos cambios a largo plazo que han tenido lugar en el mercado de trabajo, cambios que afectan a las expectativas de  los doctorandos que quieren enseñar historia en colegios y universidades.

En primer lugar, la disciplina es más abierta que antaño, aunque modestamente. Los estudiantes matriculados en el doctorado proceden de muchas mas Universidades, aunque el peso de la Ivy League sigue siendo más o menos constante. En la práctica, se constata un creciente número de programas de doctorado, que han pasado de de 18 a 159 en el siglo pasado. Más aún, el número se ha más que duplicado desde 1970, un hecho citado a menudo por los críticos de la profesión histórica, que señalan que los programas se han multiplicado sin que hayan crecido  los puestos de trabajo. Sin embargo, este auge constante refleja simplemente el aumento del número de Universidades que buscan los servicios de los nuevos doctores en historia. De hecho, la proporción de instituciones con  programa de doctorado en  historia llegó a un máximo del 7 por ciento en 1970, aunque ha disminuido ligeramente (6 por ciento) desde entonces. Así pues, como hay más  programas de doctorado,  y los de alto nivel han endurecido sus políticas de admisión, los de élite tienen una menor proporción de doctores cada año. Eso parece confirmar las quejas de los críticos:   de universidades menos competitivas sale un mayor número de doctores menos competitivos en un  mercado de trabajo ya saturado . Sin embargo, todo parece indicar que los diferentes tipos de programas de doctorado sirven a diferentes tipos de instituciones, dentro del rápido crecimiento del sistema de educación superior.

Por supuesto, los programas más selectivos otorgan a quienes los cursan una clara ventaja en la búsqueda de puestos de trabajo en todas las  instituciones. En ese sentido,  el mercado de trabajo de la  disciplina es relativamente jerárquico, pues el “capital social” que corresponde a quienes hacen su tesis en esos programas desempeña una parte importante en la explicación de su éxito.  Por último, hay que señalar que casi un tercio de los profesores no se han doctorado en los   EE.UU.

Otro aspecto a considerar, desde aquella perspectiva americana, es el paso del doctorado a la función docente. Dicen los autores que en la década de 1950 existía un lapso de entre dos a cuatro años, que a comienzos del decenio de 1960 se había reducido casi a la nada. Sin embargo, con la crisis de empleo de la década de 1970, las instituciones volvieron a introducir períodos intermedios,  ofreciendo becas postdoctorales,  trabajos de profesor a tiempo parcial, etc., que no necesariamente suponían quedarse en el centro en cuestión. En ese contexto se crearon las “Societies of Fellows”, ejemplo que algunos centros han seguido recientemente con el apoyo de la Andrew W. Mellon Foundation. Se logra así  que  los jóvenes historiadores no abandonen la profesión, mientras se les da una segunda o tercera oportunidad  en el mercado de trabajo,   ayudándoles a su vez  a que conviertan sus tesis en libros.

Pero la década de 1970 también marcó el surgimiento de una  nueva fórmula, la de los profesores temporales   (a menudo para períodos de dos a cinco años). En ocasiones, era la manera de ofrecer puestos para sus propios doctores, que de otro modo quedaban desempleados; otros la utilizaban a la espera de mejores tiempos. En elmejor de los casos, esos nombramientos proporcionaban tiempo y experiencia en la enseñanza, facilitando la transición a un trabajo a tiempo completo. En su peor de los casos, sin embargo, suponía explotar a jóvenes historiadores en beneficio de profesionales veteranos, lo que dificultaba  sus perspectivas profesionales a largo plazo. Así, muchos tenían que emplearse en varios centros a la vez para poder obtener un salario digno.  Algunos, por supuesto, abandonaban.

Las recientes perturbaciones del mercado de trabajo  parecen estar cambiando también las condiciones para quienes finalmente acceden a la docencia a tiempo completo. Muchos ven su empleo como algo bastante diferente a lo que dejaron atrás, con mucha carga docente y poco tiempo  para la investigación. En la medida en que la mayoría de los programas de postgrado en  historia -incluso aquellos por debajo del nivel superior- aún se  centran en la formación de historiadores para la investigación, parece que hay una preocupante desconexión entre sus prioridades y las carreras de muchos de sus estudiantes.

Por otra parte, el análisis de los sueldos en las dos últimas décadas sugiere  que los graves problemas experimentados por el mercado de trabajo de hace una década, y los salarios más bajos proporcionalmente de los profesores asistentes, han deprimido los sueldos de la disciplina en general. Así, los salarios de los profesores de historia han caído gradualmente por debajo de la media de la academia, unos 5.000 dólares por debajo de la media de todas las disciplinas.

[Por si sirve de consuelo a Anthony Grafton y Robert B. Townsend, nuestras remuneraciones, carcomidas por la inflación, tendrían esta representación gráfica:]

Volvamos, no obstante, al texto americano.

Por lo que respecta a los jóvenes historiadores, muchos creen que el mercado de trabajo funciona admirablemente. Sin embargo, las tendencias son inquietantes. La mayoría de los programas de posgrado en  historia se concentran en la formación de investigadores, cuando la mayoría de estudiantes de posgrado van  a seguir carreras docentes. Ahora bien, en 2004, la AHA  descubrió que casi dos tercios (63 por ciento) de los doctores informaba que durante los últimos 15 años no había encontrado empleo en un Departamento.  Un buen número de ellos encontraron otras ocupaciones con sueldos y condiciones de trabajo que muchos profesores no pueden sino envidiar.  Sin embargo, la mayoría de los que están terminando su  doctorado  no se  puede decir que vayan  a encontrar puestos de trabajo para los que su formación sea muy relevante.

Conclusión: Nadie puede predecir el futuro. Sin embargo, centrándose en los grandes rasgos del mercado, podemos ayudar a nuestros estudiantes y jóvenes colegas a comprender las condiciones en las que  están buscando  trabajo ahora . Y lo que es más importante, podemos empezar a pensar sobre  la dirección en la que se está moviendo el empleo en historia y otras áreas conexas. Esto supone una responsabilidad añadida sobre los cargos académicos. Es su deber ser guardianes de sus departamentos y sus disciplinas, lo que supone reunir información acerca de sus campos, evaluar el impacto de los recientes cambios en el ciclo de la vida académica de sus jóvenes colegas,  así como recordar a los administradores que no podemos conseguir el ahorro y la flexibilidad en  el presente a costa de las futuras generaciones académicas.

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Y para finalizar, desvelamos el título de la entrada.

Digamos antes que, como siempre, una de  las  personas que dirigen la AHA dedica unas palabras a los lectores de Perspectives. En esta ocasión, la propia presidenta, Gabrielle M. Spiegel, cuyo texto es muy significativo en relación a cómo entienden y expresan esos menesteres: History Mom es el título. Se lo aconsejo.

Pues bien, Spiegel dejará su cargo en enero, que pasará a Laurel Thatcher Ulrich, su colega de Harvard. Es autora del celebradísimo volumen A Midwife’s Tale: The Life of Martha Ballard Based on Her Diary, 1785-1812 (1990) y  se acaba de traducir su reciente  Las mujeres que se portan bien no suelen hacer historia (Nabla, 2008).

Pues eso!

Bon nadal!


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Una respuesta a ““Las mujeres que se portan bien no suelen hacer historia”

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