Steven Lukes, Durkheim y la crisis financiera

Steven Lukes, sociólogo de la New York University, escribe en The New Humanist un texto titulado Zero confidence en el que analiza la crisis financiera en términos durkheimianos. Nada extraño si recordamos que es autor de Emile Durkheim. Su vida y  su obra (CIS, 1984).

stevenlukes

Dice Lukes que para poder comprender lo que podría estar ocurriendo quizá fuera conveniente acudir al sociólogo francés Emile Durkheim. Ello sobre todo porque en su  estudio clásico sobre el suicidio, publicado en 1897, desarrolló el concepto de anomia. Expuso esta idea por primera vez en su libro La división del trabajo social,   considerando entonces como  “anormal” la forma de división del trabajo de las sociedades industriales modernas. Sin embargo, en El suicidio es la anomia la que desempeña un papel central como causa social del suicidio, siendo uno de los principales males de la sociedad industrial moderna.

La anomia significa la ruptura de los marcos normativos de nuestras vidas, la alteración de las normas, de las expectativas, del sentido de ocupar un lugar en la sociedad, del estatus de un vis-à-vis con los demás, una condición social con graves efectos psicológicos, lo que, en casos extremos conduce al suicidio . De hecho, uno podría decir que el libro de Durkheim no trata realmente sobre el suicidio, sino más bien sobre la condición moderna, cada vez más presente  en las sociedades industriales avanzadas (léase capitalismo), la cual induce a un tipo distintivo de sufrimiento – una patología que es a la vez social y psicológica, que se produce en la economía en tiempos de auges y caídas, cuyo índice es una elevada y creciente tasa de suicidios.

Durkheim llama anomia a “la enfermedad de la aspiración infinita”. Su idea central es que los seres humanos necesitan regulación –  un marco normas formales e informales  que fijan límites a lo que los individuos tienen derecho a esperar, por ejemplo, en forma de recompensas económicas. Es una idea que contrasta fuertemente con la cultura del capitalismo, y más si cabe en  su versión estadounidense. ¿Podría haber un contraste más llamativo con su idea  que lo que ha representado la cultura de Wall Street y la City de Londres en las últimas tres décadas? Durkheim, que fue un  socialista finales del Ochocientos,   esperaba  “moralizar” el capitalismo – una noción que  quizá sea un tanto conservadora. Pero recordemos a RH Tawney, socialista igualitarista , que  escribió un folleto titulado The Sickness of the Acquisitive Society..

suicidio

La anomia, para Durkheim, se manifiesta en tiempos de desastres económicos  cuando

“se produce un declassement, que arroja bruscamente a ciertos individuos a una situación inferior a la que ocupaban hasta entonces. Es preciso que rebajen sus exigencias, que restrinjan sus necesidades, que aprendan a contenerse más. (…) De ello resulta que no están ajustados a la
condición que se les crea, y que hasta su perspectiva les es intolerable; de aquí los sufrimientos …”

Y se encuentra también durante las crisis de prosperidad cuando la escala de la regulación de las necesidades

“se ha alterado; pero, por otra parte, no podría improvisarse una nueva escala. (… ) Ya no se sabe lo que es posible y lo que no lo es, lo que es justo y lo que es injusto, cuáles son las reivindicaciones y las esperanzas legitimas, cuáles las que pasan de la medida. Por consiguiente, no hay nada que no se pretenda. (…) Así, los apetitos, que no están contenidos por una opinión desorientada, no saben fijar los límites ante los que se deben detener”.

Además,

“Porque la prosperidad se ha acrecentado, los deseos se han exaltado. (…) Pero entonces, sus mismas exigencias hacen que sea imposible satisfacerlas. Las ambiciones sobrexcitadas  siempre exceden los resultados obtenidos, cualquiera que sean, porque no se les advierte que no deben ir más lejos. Nada, pues, las contenta, y toda esta agitación se perpetúa sin llegar a saciarse. Más aún, como esta carrera hacia un fin inalcanzable no puede procurar otro placer que el de la carrera misma, si en ella hay algún obstáculo, o si se le pone, se queda el sujeto con las manos completamente vacías. Ahora bien, sucede que al mismo tiempo la lucha se hace más violenta y más dolorosa, a la vez que está menos regulada y que las  competencia  es más aguda. Todas las clases están en lucha, porque ya no hay clasificación establecida. El esfuerzo es, pues, más considerable en el momento en que se hace más improductivo. ¿Cómo, en estas condiciones, no ha de debilitarse la voluntad de vivir?”

Durkheim pensaba que todos necesitamos moral social o regulación -reglas  o normas que establecen límites a lo que de otro modo son deseos ilimitados y  destructivos: de “arriba a abajo de la escala, despierta la codicia incapaz de encontrar el límite. Nada la puede calmar, ya que su objetivo va infinitamente más allá de todo lo que pueda alcanzar”. Pero también pensaba que todos necesitamos la integración social: necesitamos fijarnos a los grupos sociales y a la sociedad en general. La falta de esa integración lleva a  un estado patológico (lo que él llama egoísmo, en el sentido de aislamiento social o distancia) que conduce  al aumento de los suicidios, por lo que, sostuvo, la tasa de suicidios cae en tiempo de guerra y en momentos de crisis nacional, cuando la gente se une y siente la fuerza de los lazos sociales. La solidaridad en el rostro de un peligro común experimentado, pensó, una protección contra el suicidio.

Por tanto, tal vez (…)   aún esté por llegar la anomia de la caída que ha seguido al auge sin precedentes de las últimas tres décadas. El boom fue, por supuesto, muy desigual en su  impacto,   manifestado en el extremo en los salvajemente extravagantes ingresos y sobornos de los ejecutivos de empresas y banqueros y todos los que comerciaban  con los más abstrusos  instrumentos financieros. Su libertinaje descontrolado  fue posible por la falta de reglamentación – es decir, la supervisión y control legalmente asignados a los organismos reguladores. Es algo que todos los periódicos y  comentaristas han señalado reiteradamente. Lo que añade Durkheim es la observación de que la regulación moral estaba ausente y, de hecho, ni siquiera se contemplaba. En cuanto al derrumbe, que ahora comienza, sus consecuencias pueden ser anómicas en la forma en que lo describe Durkheim, pero debemos recordar, desde la historia de la Gran Depresión, que la solidaridad de los desfavorecidos también se puede  desarrollar. Pero entonces eran activos y florecientes los sindicatos y el New Deal alentó una especie de solidaridad interclasista.

durkheim

¿Qué es lo que Durkheim puede  sugerir en cuanto a  políticas y reformas institucionales que podrían contrarrestar la anomia que tan vívidamente describió? Aquí debemos recordar con toda justicia  que   escribió a finales del siglo XIX – un momento en el que uno podía ser optimista sobre la confluencia  del progreso económico, social  y moral. Pensaba que la educación moral podría ayudar a contrarrestar el espíritu de afán ilimitado. Quizá sea de más ayuda el que previera reformas institucionales que desarrollarían solidaridades sobre la base de las ocupaciones de las personas – no, por supuesto, la conciencia de clase en el sentido marxista, sino  solidaridades interclasistas que obligarían a  trabajadores y empresarios a adoptar un compromiso mutuo de normas compartidas de  equidad. Uno puede discernir  elementos de esta idea en diversos momentos del siglo XX, tales como determinadas políticas económicas  en Escandinavia y Gran Bretaña y formas de gestión cooperativa del trabajo  en Alemania.

Me parece que la actual crisis económica nos plantea muchas preguntas sobre el futuro del capitalismo tal como lo hemos conocido. Diversos acontecimientos que eran impensables en los Estados Unidos han pasado a ser aceptados ya como necesarios: la parcialidad de las instituciones financieras, la masiva intervención del Estado en la regulación de los mercados financieros, y así sucesivamente. Los líderes europeos ya están señalando que el  estilo de capitalismo americano es de alguna manera inferior a una supuesta  variante europea, moralmente superior. Así, el Presidente francés Sarkozy  ha dicho que el mundo necesita  “llevar la ética al capitalismo financiero”. ¿Vamos a empezar a considerar la moralidad del capitalismo como un asunto de amplio debate público? Si es así, no puede haber mejor lugar para iniciar la discusión que El suicidio de Durkheim.

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