La casa de los Wittgenstein

Tras el Times, el Daily Mail, el Telegraph,  la Literary Review o The Independent, entre otros, Terry Eagleton reseña para The Guardian The House of Wittgenstein: A Family at War (Bloomsbury, junio de 2008). Como se puede observar,  el volumen de Alexander Waugh ha gozado de buena acogida en el mercado británico, y se prepara para dar el salto al otro lado del Atlántico (Doubleday, febrero de 2009)

houseofwitt

Los  Wittgenstein, reguardados en su gran Palacio de Invierno en la Viena fin-de-siècle, difícilmente pueden verse como un modelo de familia, dice Eagleton. El padre, Karl, era un autócrata brutal, así como un granuja de altos vuelos.  Fue ingeniero por vocación, y su hijo Ludwig haría más tarde  algún  trabajo original sobre aeronáutica en la Universidad de Manchester. Magnate del acero fabulosamente rico, Karl amañaba precios, sangraba a  sus trabajadores y le hacía más o menos lo mismo a su timorata esposa Leopoldine. En cierta ocasión, ésta estuvo despierta toda la noche, casi agonizante por una fea herida en su pie, pero aterrorizada, incapaz de  de moverse ni un milímetro por miedo a inquietar a su irascible marido. Era una madre emocionalmente fría y una esposa neuróticamente obediente, en quien todo  rastro  de   personalidad individual había quedado borrado violentamente.

La familia era una caldera en ebullición de trastornos psicosomáticos. Leopoldine estaba afectada por terribles dolores en las piernas y, finalmente, se quedó ciega. Sus hijos también tenían problemas. Helene sufría de calambres en el estómago; a Gretl le acosaban  las palpitaciones del corazón y buscó el consejo de Sigmund Freud para su frigidez sexual; Hermine y Jerome tenían problemas con los dedos; Paul sufría episodios de  locura; y el pequeño Ludwig fue acaso el más equilibrado de todos. Casi todos los varones de la familia se vieron envueltos de vez en cuando en episodios de furia incontrolable que bordeaban la locura.

Tras Karl y su figura de  próspero burgués quedaba un hombre extremadamente temerario. En cierta ocasión se escapó de casa a las cinco de la tarde, abordó  un buque con destino a Nueva York y se unió a una banda de músicos. Antes de enriquecerse en Viena fue violinista en un restaurante, vigilante nocturno, trabajó en una barcaza y dio clases de trompa en  un orfanato. A pesar de ser una de las principales familias del Imperio Austro-Húngaro, la mayoría de los Wittgenstein  fueron espíritus inquietos y aventureros. Combinaban el arrogante desprecio aristócratico por las convenciones  con el recelo de la autoridad.

Los hijos de la casa tenían la penosa costumbre de acabar consigo mismos. Guapo, inteligente y homosexual,  Rudolf se dio un paseo hasta un bar de Berlín,  disolvió cianuro potásico en un vaso de leche y agonizó allí mismo. Dos años antes, Hans Karl había desaparecido sin dejar rastro y se cree que se suicidó en el mar. Era tímido, desgarbado, posiblemente un niño  autista  con un prodigioso don para las matemáticas y la música, cuya primera palabra fue “Edipo”. Se cree que también era  gay. Kurt parece haber disparado sobre sí mismo “sin razón aparente”  mientras servía como un soldado en la Primera Guerra Mundial. El filósofo Ludwig afirmaba que comenzó a pensar en el suicidio cuando tenía 10 u 11 años .

Paul, compañero de clase de Adolf Hitler, se convirtió en un destacado concertista de piano. Como caso excepcional entre los miembros masculinos de la familia, fue enérgicamente heterosexual. El ménage que conformaban los Wittgenstein era más un conservatorio que una verdadera familia: Brahms, Mahler y Richard Strauss se dejaban caer por allí de forma regular, mientras que Ravel escribió su “Concierto para la Mano Izquierda” para Paul, que había perdido un brazo en la Primera Guerra Mundial. Paul pensaba que la filosofía  de su hermano Ludwig era “basura”, y Ludwig tenía una visión borrosa de las habilidades musicales de Paul. El Palacio de Invierno resonaba con constantes gritos y feroces riñas.

Encargado de la fortuna familiar tras la muerte de su padre, Paul invirtió  imprudentemente en bonos de guerra  y lo perdió casi todo. Ludwig aún heredó una importante cantidad de dinero, pero con espíritu tostoiano se lo dio todo a tres de sus hermanos. En sus habitaciones del Trinity College, en Cambridge, apenas había muebles. Se dice que ni siquiera se daba cuenta de lo que comía, tanto que siempre era lo mismo. Estaba muy lejos de la selecta Viena de su juventud. La austeridad monástica de Ludwig, evidente en el estilo de su primera gran obra, el Tractatus Logico-Philosophicus, fue, entre otras cosas, una reacción contra el mundo vienés de pasteles de crema y cuerpos orondos, en el que muchos  pobres dormían en cuevas o parques.

Representando inconscientemente el impulso paterno  de escapar, Ludwig huyó de Cambridge para convertirse en ayudante de jardinero en un monasterio austriaco, durmiendo en un cobertizo. También vivió un tiempo en una remota cabaña en el oeste de Irlanda y al borde de un fiordo noruego, además de ejercer como   maestro en varios pueblos de Austria. Tal vez todo esto fue una versión espiritual de los suicidios de sus hermanos, por parte de un hombre sumido en el tormento y el auto-odio. Sin embargo, si  heredó de su padre ese instinto de huida,   también cargó  con  enloquecidos episodios de furia. En una escuela del pueblo golpeó a una chica tan fuerte que sangró en  las orejas y, a continuación, se abalanzó sobre la cabeza de un niño  hasta que cayó inconsciente  al suelo. Mientras Ludwig  arrastraba el cuerpo del niño  para llevarlo ante el director,  golpeó al furioso padre de la niña cuyos oídos había hecho sangrar, dejó  al inconsciente niño y se puso a correr.

wwwrandomhousecom

La obra de Alexander Waugh es  muy amena, con una  meticulosa  investigación sobre esa casa de locos de los  Wittgenstein, pero  podría haber especulado un poco más sobre cómo ayudaron estos antecedentes a dar forma al más célebre de todos los Wittgenstein. Sin duda, arroja alguna luz sobre las extraordinarias contradicciones de Ludwig. Altivo, imperioso y de una exigencia imposible, impulsado por un fatigoso celo hacia la perfección moral y despectivo hacia la mayoría de quienes lo rodeaban, fue un verdadero hijo  patricio de Viena. Sin embargo, su mayor obra, Investigaciones filosóficas, también representa un rechazo a este mundo en su abrazo de lo común, en su aceptación de lo imperfecto e incorregiblemente plural.

Wittgenstein fue una especial combinación de monje, místico y mecánico. Fue un gran intelectual europeo que anhelaba la santidad tolstoiana y la simplicidad de la vida, un gigante filosófico con escaso respeto por la filosofía. Nunca decidió si era realmente  un braman o un “intocable”. Gran parte de todo eso  tiene sentido si se considera que su ambivalente relación con sus antecedentes familiares.

Por un lado, trató de despojarse de todo lo que tuviera que ver con la pompa y el exceso. Si a veces se sumió en la desesperación espiritual  fue porque no pudo despojarse de sí mismo. Wittgenstein luchó por vivir en lo que llamó el áspero terreno de la vida cotidiana.

Como hombre que provenía de un Imperio Austro-Húngaro habitado por alemanes, eslovacos, rumanos, serbios, eslovenos, húngaros y  muchos otros belicosos grupos étnicos, vio las cultura humana como intrínsecamente diversa. Pero  también estuvo perseguido por una noble y letal visión de la pureza (lo que  llamó el puro hielo), que era un producto de su trasfondo y una forma de rebelión contra él. Y el hecho de que estuviera dividido entre el áspero suelo y el puro hielo fue la causa de gran parte de su dolor. Tal vez la primera palabra que dijo su hermano Hans  lo resuma todo: “Edipo”.

Anuncios

2 Respuestas a “La casa de los Wittgenstein

  1. Muy interesante. Al menos tanto como el delicioso trabajo de Ray Monk.
    Según Thomas Bernhard, Paul era la verdadera cabeza, no Ludwig, que decidió vivir a fin de cuentas. Paul decidió aniquilarse.
    Por cierto, el otro día me descargué un documental de la RAI sobre Wittgenstein, que aún no he visto. Lo digo para el que quiera descargárselo también.
    Leyendo tanto a Bernhard como a Wittgenstein, y con el paso de los años, he llegado a preferir a Bernhard, porque lo deja todo arrasado en menos de 200 paginitas de nada en cualquiera de sus novelas. Una cura perfecta sin ninguna pretensión teórica. Por cierto que si alguna de las personas que se pasa por aquí conoce algo semejante a la literatura de Thomas Bernhard -y no me digan Jelinek, gracias- que lo dejé escrito por aquí porque yo no he pasado de ahí, de ese mundo de locura, contradicción y pesimismo extremo.

    • Hola Pepito, el único documental que he encontrado en la red sobre Wittgenstein es la película de Derek Jarman, si tienes otro podrías poner el link del cual te lo descargaste? muchas gracias,un saludo!

Los comentarios están cerrados.