La cultura de la pregunta: la Googlización (2)

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Como se podría esperar, la llamada Web 3.0 se anuncia  como la respuesta tecnócrata a la crítica de Weizenbaum. En lugar de los algoritmos de Google basados en palabras clave y en la obtención de resultados según su ranking, pronto vamos a poder hacer preguntas a la siguiente generación de motores de búsqueda que siguen los patrones del “lenguaje natural”, como Powerset [que fue adquirida el pasado julio por Microsoft, algo que Lovink no pudo saber cuando escribió este texto]. Sin embargo, podemos suponer que los lingüistas computacionales serán cautos a la hora de actuar como una “fuerza policial de contenidos” que decide qué es y  qué no es basura en Internet. Y lo mismo se puede decir para  las iniciativas de la Web Semántica y tecnologías similares de inteligencia artificial. Estamos atrapados en la era de la web de recuperación de información. Dado que el paradigma de Google es el análisis de enlaces y el Page Rank, la próxima generación de motores de búsqueda será  visual y empezará  indexando la imagen del mundo, pero esta vez no se basará  en las etiquetas que los usuarios hayan añadido, sino en la “calidad” de las imágenes en sí mismas. Bienvenidos a la jerarquización de lo real. Los próximos manuales de usuario  de los ordenadores introducirán a los chiflados de la programación en la cultura estética. El club de entusiastas convertidos en  codificadores serán los nuevos agentes de mal gusto.

Desde el surgimiento de los motores de búsqueda en el decenio de 1990 hemos estado viviendo en la “sociedad de la pregunta”, que, como indica Weizenbaum, no está muy lejos de la “sociedad del espectáculo”. Escribiendo a finales del decenio de 1960, el análisis situacionista de Guy Debord se basaba en el auge de las industrias del cine, la televisión y la publicidad. La principal diferencia  es que hoy se nos pide  explícitamente que interactuemos. Ya no somos interpelados como una masa anónima de consumidores pasivos, sino que somos “agentes distribuidores” que estamos presentes en una multitud de canales. La crítica de Debord a la mercantilización ya no es revolucionaria. El placer del consumismo está tan generalizado que ha llegado al punto de convertirse en un derecho humano universal. Todos amamos  el fetiche de la mercancía, las marcas, y nos puede el glamour por esa suerte de celebridad mundial que exclama en nuestro nombre. No hay ningún movimiento social ni práctica cultural, ni siquiera  radical, que pueda escapar a la lógica del consumo. No se ha ideado ninguna estrategia  para vivir en la edad del post-espectáculo. En cambio, las preocupaciones se  han  centrado sobre la vida privada, o sobre lo que queda de ella. La capacidad que tiene el capitalismo para absorber a sus adversarios es tal que, a menos que todas las conversaciones telefónicas privadas y el tráfico de Internet pasen a ser públicamente disponibles, es casi imposible argumentar por qué necesitamos todavía la crítica -en este caso sobre Internet. Incluso en ese caso, la crítica se parecería a una “democracia de accionistas” en acción. En efecto, la delicada cuestión de la intimidad se convertiría en el catalizador de una mayor conciencia acerca de los intereses corporativos, pero sus participantes serían cuidadosamente separados: la entrada a la masa accionarial se limita a las clases medias y superiores. Esto sólo subraya la necesidad de un dominio público animado y variado  sobre el que ni la vigilancia estatal ni los intereses mercantiles tienen una opinión sustantiva.

Paremos de buscar, empezamos a cuestionar

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En 2005, el presidente de los Biblioteca Nacional de Francia, Jean-Noël Jeanneney, publicó un texto en el que advertía  de la voluntad de Google de “organizar la información del mundo” (Google desafía a Europa. El mito del conocimiento universal. PUV, 2007). Este volumen  sigue siendo uno de los pocos documentos que ha desafiado abiertamente la indiscutible hegemonía de Google. El objetivo de Jeanneney es sólo un proyecto concreto, Book Search, mediante el cual están siendo escaneados millones de libros de las bibliotecas universitarias americanas. Su argumento es muy francés, muy europeo. Dado que Google no selecciona los libros según un patrón de edición ni sigue una pauta  sistemática,  el archivo resultante no representa  adecuadamente a los gigantes de la literatura nacional,  como Hugo, Cervantes o Goethe. El proyecto de Google  está claramente sesgado en favor del inglés, de modo que  no es el socio adecuado para construir un archivo público del patrimonio cultural del mundo. “La elección de los libros a digitalizar quedará impregnada por la atmósfera anglosajona”, escribe Jeanneney.

Si bien es un argumento legítimo en sí mismo, la cuestión  es que el interés primordial de Google no es  crear y administrar un archivo en línea. Google sufre un tipo de obesidad, la causada por los  datos, y es indiferente a las demandas en pro de una preservación cuidadosa.  Sería ingenuo pedir que tuviera  conciencia cultural. Se trata de una empresa cínica cuyo objetivo principal  es vigilar la conducta de los usuarios con el fin de vender los datos del tráfico y los erfiles a terceros que estén interesados. Google no quiere hacerse con  Emile Zola; su intención es engatusar al amante de Proust y que vaya a su archivo. Mientras para los franceses las obras de Balzac   son la epifanía de su lengua y su  cultura, para  Google son un montón de datos abstractos,  recursos en bruto cuya única finalidad es obtener beneficios. Queda como una cuestión abierta la de si el proyecto europeo de respuesta a Google, el motor de búsqueda multimedia Quaero, estará alguna vez en funcionamiento, y eso por no hablar de si encarnará los valores defendidos por Jeanneney. Cuando aparezca Quaero, el mercado de los motores de búsqueda estará  ya una generación por delante del propio  Quaero en  capacidades creativas y mediáticas, y algunos sostienen que Jacques Chirac estaba más interesado en mantener el orgullo francés que en el avance  mundial de  Internet [como se señala en la Wikipedia].

No es ninguna sorpresa que los críticos más feroces de Google sean norteamericanos. Hasta la fecha, Europa ha invertido muy pocos recursos en  comprender conceptualmente y cartografiar  la nueva cultura de los media. En el mejor de los casos, se puede decir que la UE es el primer adaptador de estándares y  productos técnicos   procedentes de otros lugares. Pero lo que cuenta en la nueva investigación sobre los media es la supremacía conceptual. La investigación tecnológica por sí sola no hace  el trabajo, no importa cuánto dinero invierta la UE en el futuro en la investigación sobre Internet. Mientras se reproduzca la brecha entre la cultura de los nuevos medios, por un lado,   y  los principales gobiernos y las instituciones culturales y privadas, por otro,   no habrá  una floreciente cultura tecnológica. En resumen, debemos dejar de ver la ópera y las otras beaux artes como compensación por la insoportable levedad del ciberespacio. Además de la imaginación, la voluntad colectiva y una buena dosis de creatividad, los europeos podrían movilizar su particular  costumbre de quejarse  transformándola en una forma productiva de negatividad. La pasión colectiva por la reflexión y la crítica podrían ser utilizadas para superar el síndrome de outsider que muchos creen tener asignado en su papel de simples usuarios y consumidores.

Jaron Lanier escribió en el obituario de Weizenbaum : “No dejaríamos que un estudiante se conviertiera en un investigador profesional de la medicina sin  que antes hubiera experimentado con la doble bind (doble coacción), los grupos de control, los placebos y la reproducción de resultados. ¿Por qué damos con la  informática ese paso único que nos permite ser indulgentes con nosotros mismos? Todo estudiante de ciencias de la computación debe  estar entrenado en el escepticismo de Weizenbaumian y debería  tratar de introducir esa  preciosa disciplina entre  los usuarios de nuestros inventos”. Tenemos que preguntarnos: ¿por qué los críticos norteamericanos de internet son  mejores y más radicales? Ya no podemos utilizar el argumento de que están mejor informados. Mis dos ejemplos, que trabajan en la senda  de Weizenbaum, son Nicholas Carr y Siva Vaidhyanathan.

Carr proviene de la industria (Harvard Business Review) y es el perfecto crítico desde dentro.  Su reciente libro, The Big Switch. Rewiring the World, From Edison to Google (W.W.Norton, 2008),    describe la estrategia de Google para centralizar,  y así controlar, la infraestructura de Internet a través de su centro de datos. Los ordenadores son cada vez más pequeños, más baratos y más rápidos. Esta economía de escala permite externalizar el almacenamiento y las aplicaciones con poco o ningún costo. Las empresas están pasando de los departamentos físicos de tecnologías de la información a los servicios de red. Hay un giro irónico aquí.  Los gurús de moda en el mundo de las tecnologías de la información solían  hacer chistes en el pasado sobre el responsable de IBM Thomas Watson y sobre su  predicción de que el mundo sólo necesitaba cinco ordenadores -sin embargo, ésta es exactamente la tendencia. En lugar de mayor descentralización, el uso de Internet se concentra en unos pocos centros de datos, con un consumo de energía enorme. Carr ignora la codicia de las puntocom convertidas a la Web 2.0  y en su lugar se centra en los aspectos amorales de la tecnología. El proyecto de Siva Vaidhyanathan, The Googlization of Everything, tiene por objeto sintetizar la investigación crítica sobre Google en un  libro que aparecerá  en 2009. En el ínterin, la materia prima está expuesta  en uno de sus blogs.

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Por el momento, seguiremos estando  obsesionados con la disminución de la calidad de las respuestas que obtenemos a nuestras preguntas – y no con el problema subyacente, es decir, la mala calidad de nuestra educación y la decreciente capacidad de pensar de una manera crítica. Tengo curiosidad por ver si las futuras generaciones personificarán  -o quizá debería decir diseñarán-  esas “islas de la razón” de las que hablaba Weizenbaum. Lo que necesitamos  es  reapropiarnos del tiempo. En este momento  ya no basta con  pasear como un flaneur. Toda la información, cualquier objeto o experiencia está  instantáneamente al alcance de la mano. Nuestro defecto tecno-cultural es la intolerancia temporal. Nuestras máquinas   registran el software  con una superfluidad y una impaciencia cada vez mayores, exigiéndonos que instalemos la siguiente actualización. Y todos estamos demasiado dispuestos, movilizados por el temor a que empeore el rendimiento. Los expertos en usabilidad miden  las fracciones de  segundo en las que decidimos si la información que aparece en la pantalla es lo que estamos buscando. Si estamos insatisfechos, le damos al ratón y nos vamos. Descrubrir algo por azar  requiere mucho tiempo. Podemos alabar la aleatoriedad, pero difícilmente practicamos esta virtud con nosotros mismos. Si ya no podemos tropezar con las islas de la razón a través de nuestras consultas, podemos construirlas nosotros mismos.

 Junto con Lev Manovich y otros colegas, yo sostengo que tenemos que inventar nuevas maneras de interactuar con la información, nuevas formas para representarla  y  nuevas formas para hacerla significativa. ¿Cómo  están respondiendo a estos retos los artistas, los diseñadores y los arquitectos? Paremos de buscar. Comencemos a cuestionar. En lugar de tratar de defendernos a nosotros mismos contra el “exceso de información”, podemos abordar esta situación de forma creativa, como la oportunidad de inventar nuevas formas que sean apropiadas para un mundo tan rico en  información.

(Thanks to Ned Rossiter for his editorial assistance and ideas)

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