Carlo Ginzburg: el conocimiento es posible

La pasada semana el historiador italiano Carlo Ginzburg fue objeto de un homenaje, organizado por Unión Latina-Chile con el apoyo de la Biblioteca Nacional y la Universidad Adolfo Ibáñez.  Con tal motivo, el periódico El Mercurio publicó el domingo previo (2 de noviembre) la siguiente entrevista:

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-Usted proviene de una familia de intelectuales y de escritores. ¿Cree que ese entorno influyó en las orientaciones de su trabajo?

“Sí, desde luego, de muchas maneras. Mi padre era un filólogo y un historiador; también estaba profundamente comprometido en la política. Mi madre era una novelista. Yo me he comprometido sólo de manera indirecta con la política, pero creo que mi aproximación a la escritura histórica ha sido profundamente influida por la lectura de novelas. Ese es uno de los motivos de mi sensibilidad frente a la relación entre la historia y la ficción; y también de mi renuencia a los intentos por hacer borrosas las fronteras entre ellas.

-Su nombre está estrechamente asociado con la “microhistoria” y la “historia de las ideas”. Pero usted parece no sentirse muy cómodo con estas etiquetas…

“Las etiquetas son convenientes, pero obviamente ellas no tienen un valor cognoscitivo. La mala microhistoria es mala”.

-Hasta dónde sé sus primeras publicaciones, en 1966, fueron “I benandanti” y un largo artículo sobre Warburg y sus seguidores. Parecía moverse de la brujería al estudio de historia de arte, de los campesinos en el siglo XVI a algunos de los eruditos más distinguidos del siglo XX. ¿Hay algo que unifique temas tan distintos?

“Detesto repetirme. Intento reproducir tan a menudo como sea posible la experiencia del estudio, incluyendo la posibilidad del estudio desde el principio. Esa es la razón de por qué he estado trabajando sobre asuntos diferentes. Creo que hay algunos elementos comunes en mi acercamiento a ellos. También creo que la mayor parte de mi trabajo ha sido una respuesta a, y un desarrollo de, mi temprano trabajo sobre la brujería: más precisamente, de mi tentativa por rescatar las actitudes de los acusados desde los ‘archivos de la represión’. Mi compromiso con las cuestiones de metodología es una consecuencia de esta empresa algo paradójica. Paradójica, pero también emocional e ideológicamente motivada”.

-Hay quien dice que detrás de todo su trabajo hay una preocupación metodológica. Pero entiendo que usted, como Granet, piensa que el método es el camino pero una vez recorrido.

“Estoy de acuerdo (algo decía al respecto en mi respuesta anterior). Las discusiones metodológicas a menudo son irrelevantes porque no están relacionadas con la investigación empírica. Hay excepciones, por cierto: Marc Bloch es una obvia”.

-Pero hay elementos que se repiten en sus libros: el desafío a la autoridad, la persecución de algunos grupos o individuos…

“Tiene razón. Yo pondría esos elementos bajo la etiqueta de ‘motivaciones emocionales e ideológicas’. Ellos pueden dar combustible a la investigación, pero buenos sentimientos y buenos trabajos no son sinónimos. La investigación también necesita algo más”.

-Usted ha estudiado especialmente a las víctimas de la Inquisición. Pero en su artículo “El inquisidor como antropólogo “, ha trazado paralelos no sólo entre los inquisidores y los antropólogos, sino entre los inquisidores y los historiadores…

“En un cierto momento me di cuenta que mi cercanía emocional con las víctimas de la Inquisición estaba emparejada a una cercanía cognoscitiva con los inquisidores. Esto fue un descubrimiento inquietante. Pero uno tiene que enfrentar la realidad, especialmente cuando ella es desagradable. Aquella grieta entre la emoción y la cognición era instructiva; todavía reflexiono sobre ella de vez en cuando”.

-En sus libros hay constantes alusiones a la literatura. ¿Cree que su vinculación con ella podría pensarse no sólo biográfica, sino también conceptualmente? ¿Hay una división clara entre historia y ficción?

“He tratado de argumentar que la relación entre historia y ficción ha sido ambivalente: ha implicado rivalidad, préstamos mutuos (de modelos, temas y así sucesivamente). Esta aproximación me parece mucho más interesante, y más apropiada, que aquella de moda que sostiene (o al menos sostuvo) que tanto la historia como la ficción son, a fin de cuentas, ficcionales”.

-¿Podría usted resumir su crítica tanto de la supuesta neutralidad del conocimiento científico como del relativismo posmoderno? ¿Y su defensa de nociones tan poco en boga como las de “verdad” y “realidad”?

“No puedo hacerlo en un par de frases. Diré simplemente que el conocimiento localizado (es decir, el énfasis sobre el punto de vista específico del autor) no es incompatibile con el conocimiento. Alguna vez escribí: ‘El conocimiento es posible’, lo que es deliberadamente banal, pero mucha gente tiende a olvidarlo. Para decirlo de otra manera: la construcción es necesaria (todo conocimiento implica un elemento constructivo) pero la reconstrucción es posible. ¿Reconstrucción de qué? De ‘la realidad ahí fuera’, como muchos académicos norteamericanos dicen irónicamente. Tomo muy en serio esta expresión despectiva. La realidad ahí fuera existe, aunque nos sea accessibile sólo en formas mediatas. Nuestros cuerpos, nuestras emociones, nuestros compromisos ideológicos, etc., actúan como filtros”.

-En sus ensayos, con el tiempo, han aparecido reflexiones más autobiográficas. ¿Tiene usted la tentación de escribir una autobiografía?

“Espero que no”.

-Escribió recientemente sobre Hobbes. ¿Cree que nuestro mundo es parecido al imaginado por él (lobos incluidos)?

“Hasta cierto punto, sí. Sobre todo, uno siente que su voz viene al caso. Leer a Hobbes es una experiencia que recomendaría fuertemente. El ‘Leviatán’ es como una bebida fuerte que te deja perfectamente lúcido”.

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2 Respuestas a “Carlo Ginzburg: el conocimiento es posible

  1. Ciertamente, la Historia y la ficción pueden complementarse pero creo que debemos tener cuidado y saber diferenciar o cuanto menos establecer una frontera porque se corre el riesgo de instalarnos en una ficción permanente que convertimos en realidad o viceversa. La Historia es eso, Historia, no hay que darle más vueltas y contarla ha de ser una aventura como lo vivieron quienes la protagonizaron pero contarla sin tantos elementos decorativos aunque sí manteniendo la magia al narrar hechos históricos añadiendo anécdotas paralelas que hagan el relato más atractivo.

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