Ian Kershaw: cómo escribo

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Quizá no sea tan famoso como sus compatriotas Schama o Ferguson, pero Ian Kershaw es uno de los  historiadores británicos más reputados.   En esta ocasión, relata para el Washington Post su forma de escribir. Aprovecha así  la aparición de su Hitler, The Germans, and the Final Solution (Yale University Press, 2008), al que la NYRB se acaba de referir de forma elogiosa.

Como recuerda el Post, Ian Kershaw nació en Oldham, cerca de Manchester. Su padre era mecánico y su madre trabajaba en una fábrica de tejidos de algodón. Sin embargo, la depresión se cobró peaje  y su padre perdió el empleo, de modo que se dedicó a tocar  el saxofón en una banda mientras  la danza de la guerra hacía estragos. En los años 50, su padre abrió  una pequeña tienda de comestibles, que regentó hasta su muerte en 1969.

Kershaw nunca imaginó que sería  escritor. En su temprana adolescencia  coqueteó con la idea del periodismo deportivo, pero se decidió impulsivamente por el mundo académico, desarrollando bastante tarde su pasión por  la historia.  Tras pasar por una escuela católica, estudió en la Universidad de Liverpool y, más tarde, en Oxford. Pensó que sería ser un medievalista, pero cambió de idea y trabajando en estrecha colaboración con el historiador alemán Martin Broszat  en el “Bavaria Project” comenzó a estudiar el culto a Hitler. El resultado fue un trabajo seminal, El mito de Hitler. Imagen y realidad en el Tercer Reich.

Kershaw, de 65 años y jubilado del departamento de historia moderna en la Universidad de Sheffield, es considerado ampliamente como el mayor experto mundial sobre Adolf Hitler.  Preguntado sobre  lo que él ha aprendido de su inmersión en el nazismo,  responde que “el Tercer Reich nos muestra de forma clara nuestra terrible capacidad para el mal. Pero es importante moderar esta visión pesimista de la naturaleza humana con nuestra inmensa capacidad para el bien. Humanidad tiene – y ha tenido a través de la historia – el rostro de Jano”


Uno de los sentimientos más frustrantes que experimento cuando me siento delante de una pantalla de ordenador antes de empezar a escribir es saber que tengo que rellenar de palabras  un espacio vacío y que soy la única persona que lo puede hacer. No importa la facilidad con la que me distraigo en ese momento, pues siempre acabo reconociendo que me he de poner a ello.

Una vez superado el obstáculo inicial, escribo con bastante rapidez y puedo seguir durante muchas horas todos los días,  siempre y cuando estén separadas por las frecuentes paradas para tomarme otra taza de café o de té. Nunca he fumado, pero probablemente, si lo hubiera  hecho,  habría sido una chimenea.   El café o el té sirven al mismo propósito, al menos así lo imagino, que los cigarrillos para otras personas. Necesito tener la promesa de que, tras finalizar  cada párrafo que escribo,  puedo levantarme y recompensarme. Generalmente, el café se enfría en mi escritorio, pero luego tengo la excusa para prepararme otra taza al final del párrafo siguiente. Y así trabajo.

Cuando tengo algo importante que escribir,  un capítulo largo o un ensayo, tiendo a  dedicarme a ello intensamente hasta que lo termino. Trabajo con una rutina bastante rígida, a partir de alrededor de las 9 de la mañana, interrumpida con  un breve almuerzo seguido de una rápida caminata de dos millas, lo que me permite pasar a lo que me esepra a continuación, por la tarde, cuando trabajo hasta  las 7:30, que es cuando paro para la cena. De esta manera, puedo escribir un promedio de 2000 palabras al día – una ratio que mantuve durante meses cuando escribí escribir la biografía de Hitler.

Incluso en tiempos de ordenadores, sé que hay autores que sólo pueden escribir con pluma y papel. Pero nunca he sido capaz de componer con fluidez con una pluma. Cuando tenía 12 o 13 años, mi padre  compró una pequeña máquina de escribir portátil. Él nunca la utilizó, pero yo sí. Aprendí a escribir correctamente y escribí la mayor parte de mis trabajos escolares con ella. He utilizado la máquina de escribir en la Universidad, cosa que no era común en aquellos días, y en mis primeros libros. Tan pronto como aparecieron los procesadores de textos, me  compré uno en una visita que hice a los Estados Unidos (ya que son más baratos allí que en Inglaterra) y creo que es  la invención más maravillosa que la que jamás había oído hablar  – una máquina de escribir que permite corregir y modificar fácilmente. El único problema que tuve con mi primer ordenador fue que no tenía ningún de seguridad. Un día, tratando de guardar un capítulo que acababa de terminar, escuché un ligero sonido  y el capítulo desapareció. Al día siguiente, le tocó al ordenador.

Escribir  siempre ha sido para mí una actividad complementaria a mi trabajo diario,  la docencia  universitaria Mi primer escrito importante fue mi tesis doctoral, sobre la historia monástica medieval, seguida de algunas otras piezas académicas sobre la Edad Media a mediados de los años setenta (inspirado por mi profesor de alemán, lo que me  permitió mejorar rápidamente  mi destreza con esa lengua). Después me salté  unos siete siglos y terminé trabajando sobre la Alemania nazi. En los últimos 30 años, prácticamente toda mi escritura  ha estado conectada con el periodo más oscuro de la historia de Alemania, así como con sus consecuencias, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.

El nazismo es un tema macabro para pasarse treinta años escribiendo sobre ello. ¿Por qué no elegir algo un poco más alegre o escribir sobre temas más variados? Por un lado, supongo que al igual que muchos otros historiadores  estaba más marcado por  lo horrible  que lp agradable – la muerte y la destrucción, en lugar de la paz y la prosperidad. Puestos a elegir, la mayoría de los estudiantes se deciden por las violentas conmociones de la Revolución Francesa que por una época tranquila y sin incidentes, como la Ginebra del siglo XVIII. Sus profesores no son muy diferentes. Así que cuando me interesé por la historia contemporánea de Alemania, no fue la recuperación de la posguerra y el “milagro económico” lo que me fascinó, sino ¿cómo una sociedad avanzada y culta, situada en el corazón de Europa, con una de las constituciones más liberales que podamos imaginar, podría sufir un colapso civilizatorio tan rápido y enorme, hasta el punto de iniciar en unos pocos años   la más terrible guerra de la historia, perpetrando con ella el  más atroz genocidio nunca – hasta la fecha- perpetrado. La guerra y el genocidio son ciertamente deprimentes como temas sobre los que escribir.

La centralidad del nazismo, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto para nuestra comprensión del siglo 20, y de la delgada capa de hielo sobre la que descansa la civilización moderna, me ha proporcionado a lo largo de los años una  razón interior que justifica el tiempo dedicado a investigar y escribir sobre esos temas. Dado que nací en 1943 y pasé mi años de formación en Inglaterra en el período inmediatamente posterior a una guerra, un conflicto que mi país  ayudó a librar contra Hitler, supongo que también hubo un interés personal al escribir sobre ese período. Pero no quiero exagerar este aspecto. Afortunadamente, nadie en mi familia murió o sufrió durante la guerra, y no soy ni judío ni alemán. Por tanto, no fue la experiencia personal, sino la distancia,  la curiosidad intelectual, la que me llevó a tratar de entender mejor las raíces de la  gigantesca catástrofe  que asoló  Europa y el mundo.

La composición escrita suele ser más precisa que la comunicación verbal. La principal razón por la que escribo ha sido siempre la de explicarme algo a mí mismo. Lo cual, en última instancia, es la razón por la que he escrito tan ampliamente sobre este triste asunto. Por supuesto,  que otros hayan mostrado interés por lo que he escrito, y que se diga que he contribuido a ensanchar un poco ese campo de investigación, es muy gratificante. Pero estas no han sido las principales razones que he tenido para escribir. Cada libro o ensayo que he realizado me ha enseñado mucho sobre uno de los períodos más cruciales en el conjunto de la historia de la humanidad. Y eso ha hecho que merezca la pena.

Sin embargo, los escritores que más envidio  no son otros historiadores, sino los novelistas, como Ian McEwan. Si hubiera tenido la imaginación para escribir que tienen ellos! Y qué maravilloso tener la libertad de escribir sin tener que comprobar el detalle de los hechos en cada frase. Para un historiador, incluso una frase banal como la “Era un caluroso día soleado cuando el tren de Hitler salió  de la estación de trenes de Pomerania” no puede ser escrita sin control, ateniéndose a  la previsión meteorológica para ese día en Pomerania. Tal vez era sofocante y lluvioso. O quizás  el tiempo que hacía aquel día es una cosa poco clara.  Esa es una razón por la que florece lo literario, a menudo expuesto a través de coloridos adjetivos,  difíciles de combinar con la exactitud de la escritura académica. La búsqueda de la precisión y de a exactitud de los hechos es también una razón por la que escribir libros de historia lleva tanto tiempo – incluso una vez que el doloroso inicio ha pasado y las tazas de café van llegando a intervalos regulares.

Entrevista en El Historiador.

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2 Respuestas a “Ian Kershaw: cómo escribo

  1. La única persona que lo puede hacer…
    ¿Hay mejor estímulo? Te aseguro que no. Como en tantos campos también en el de este oficio se hace evidente cuando dejas de tener claro que el aserto sea cierto (perdón por el pareado) y muy buenos días

  2. Bueno, creo que hay otros grandes expertos en nazismo y Hitler a los que no se les debe faltar el respeto. Ciertamente Kershaw es magnífico y maneja una enorme base de datos sobre los nazis y la Alemania de aquella época pero creo que se debe ser algo más humilde porque de todos aprendemos o por lo menos debemos ser capaces de aprender, incluso de los que pensamos que saben menos que nosotros

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