Historia del libro y de los editores que lo publican

Días atrás reproducíamos una entrevista con Roger Chartier, estudioso por antonomasia de la lectura y del libro. Por supuesto, no es el único. Entre los franceses que cultivan esa tradición de tan largo recorrido entre los suyos  está Jean-Yves Mollier, menos célebre quizá entre nosotros, pero con una larga trayectoria a sus espaldas. Decía François Dosse en La marcha de las ideas (PUV, 2006), que la historia del libro, sobre todo la historia de la edición como lugar de sociabilidad para la difusión de lo escrito, ha sido una parcela privilegiada de la historia intelectual. Ese es el sentido, añade, de las investigaciones de Jean-Yves Mollier, cuyo trabajo se sitúa en entre la literatura y la historia.  Mollier estudia, pues, a esos mediadores que se mueven entre las exigencias técnicas y económicas, por un lado, y el contenido al que dar valor, por otro, entre autor y lectores, entre demanda social y coherencia editorial. Así es como hay que entender sus obras sobre Michel et Calmann Lévy ou la naissance de l’édition moderne (1836-1891) (1984), L’Argent et les Lettres. Histoire du capitalisme d’édition. 1880-1920 (1988), Le commerce de la librairie en France au XIXe siècle, 1789-1914 (1997), Louis Hachette (1800-1864). Le fondateur d’un empire (1999) o Les mutations du livre et de l´édition dans le monde du XVIIIe siècle à l’an 2000 (2001),  entre muchos otros textos.

Pues bien, este  historiador de la Université de Versailles revela una vez más la trastienda del medio literario francés en el siglo XX en un libro que acaba de aparecer (1 de octubre). Sorprendente y erudito, dice el redactor de L’Express, que lo entrevista:

Usted trabaja desde hace tiempo en la  historia de la edición. Para este libro, Edition, presse et pouvoir en France au XXe siècle (Fayard), que debería convertirse en un referente, ¿ha tenido acceso a archivos inéditos?

Sí. Se me han  abierto sin restricciones  los archivos de Hachette, conservados en el IMEC (Institut Mémoires de l’édition contemporaine). Abarcan el período 1826-1980 y son tan ricos -13.500 cajas- que Jean-Luc Lagardère, patrón  de Hachette, consiguió  antes de su muerte que fueran declarados  monumento histórico. Fueron  “limpiados” tras  la Liberación, pero muchos documentos en los que he podido leer referencias como “A eliminar” o “A modificar”, han pasado  a través de la malla de la red. Por otra parte, he podido examinar los archivos alemanes de la época de la Ocupación,   así como los del  Syndicat national de l’édition. Por último, me he servido de  decenas de entrevistas sobre el mundo editorial realizadas a lo largo de  muchos años.

Empiece por 1940. ¿Cómo reaccionan los editores a la llegada de los alemanes?

La edición en francés de entonces era  mayoritariamente conservadora, tradicionalista y católica. Por   tanto, podemos decir que acoge favorablemente al mariscal Pétain. Ahora bien, salvo raras excepciones, no es pronazi. Sin embargo, los editores parisinos son empresarios pragmáticos y se adaptan a las exigencias alemanas. En efecto,  los ocupantes exigirán muy pronto la creación de una lista –llamada Lista “Otto “–  de libros prohibidos. Incluía  1.060 títulos, entre los que había  obras de los opositores al nacional-socialismo, como Thomas Mann, Stefan Zweig o  Romain Rolland, así como escritores judíos como Henri Bergson o Freud, e incluso Les Cloches de Bâle, de Louis Aragon. Pero, en realidad,  fueron los editores franceses los que establecieron esa  lista. A finales de mayo de 1940, cada uno en su esquina, Flammarion, Albin Michel, Grasset, Gallimard o Payot harán sus propias  “Pre-listas” sin demasiada incomodidad.  Más tarde serán centralizadas por las Messageries Hachette,  que distribuyen el libro en Francia y tienen grandes  depósitos en los que los libros proscritos son destruidos. Las autoridades alemanas no tuvieron más que firmar un acuerdo de censura con el sindicato de editores. Les prepararon el terreno.

¿Por qué actuaron así los editores?

Por sentido de los negocios. Sabían que los períodos de guerra son propicios para la lectura y que los libros se venden caros;  algunos testimonios señalan que por Autant en emporte le vent (es decir, Lo que el viento se llevó) se sacaba en 1942 el equivalente a 350 euros. Además, las existencias se agotaron en 1945. Así que están dispuestos a sacrificar algunos títulos para salvar el resto. En Gallimard, por ejemplo, junto con Brice Parain, un  hombre más bien moderado, había un tal Kyriaki Stameroff, un antibolchevique autor de Je suis partout, encargado de  elaborar la famosa lista. El propio Bernard Grasset, en un exceso de celo, presentó directamente su catálogo depurado a  la Embajada de Alemania.

¿Qué pasó tras la Liberación?

Hay pocas condenas, en particular Bernard Grasset, pero  curiosamente los editores consiguieron indemnizaciones de guerra por los ejemplares eliminados en virtud de  la lista Otto! Nuevas figuras emergieron, como René Julliard. Antes de hacerse célebre con el lanzamiento de Bonjour tristesse, de Françoise Sagan,  había editado libros en Vichy con   títulos tan explícitos como Pétain tient la barre o Un seul chef: Pétain !…

Es también el momento en el que el Principado de Mónaco desempeña un papel sorprendente …

Julliard y especialmente Hachette crean estructuras para eludir las restricciones de papel y pagar menos impuestos. Es también allí donde se crean, en 1943, las Editions du Rocher, por un extraño personaje, Charles Orengo. Los fondos le fueron avanzados por Plon. Con la Liberación, Orengo entregó un testimonio escrito que contribuirá en gran medida a exculpar a Plon de los cargos de colaboración …

En cuanto a la vida literaria tras la guerra. ¿Qué ha descubierto sobre la trastienda de los premios?

Maurice Dumoncel , ex director de Fayard, Grasset, Plon y Tallandier (donde fue PDG), me confió su intercambio epistolar con Gaston Gallimard,  que demuestra sin lugar a dudas que este ultimo se  encargaba personalmente de influir en los premios de los jurados literario. En el caso de Dumoncel, estaba  bien introducido en el jurado del Femina. En noviembre de 1953, el patrón de Gallimard le pidió que “influyera positivamente sobre Mme Camille Marbo” en favor de Zoe Oldenbourg (que, de hecho, obtuvo el premio). “Se podría sugerir a esta dama que a cambio de su voto podría  obtener algunas ventajas”, añade Gaston Gallimard. En 1956, el editor hace campaña en favor de Les Adieux, de Francois-Regis Bastide. Le pidió a Dumoncel que contactara con los miembros del jurado. Bastide obtiene el Femina  y, unos días más tarde, Gallimard  se lo agradece a Dumoncel: “Estimado amigo, muchas gracias por su ayuda. Sé que es en parte gracias a usted que NRF ganó el premio”. Ya en 1950,  Dumoncel había ayudado a Gallimard a conseguir el Interallié al hacer que se “decidiera” un miembro del jurado.

Usted revela que la edición supo ser un poderoso lobby. ¿Qué ha descubierto sobre la relación entre los editores y los políticos?

Durante mi investigación he tenido el placer de toparme con lo que en nuestra jerga llamamos un “naufragio”, es decir, un documento que ha escapado milagrosamente al programa de destrucción. Se trata de una extracto de las mensualidades pagadas en 1967 a varios políticos por las Nouvelles Messageries de la presse parisienne (NMPP), una filial de Hachette.  Entre ellos, François Mitterrand, entonces presidente de la FGDS, que había impedido la mayoría absoluta del General de Gaulle dos años antes. Recibió 3.800 francos al mes o 4.300 euros de hoy. Oficialmente era  para “gastos de estudios publicitarios”, pero dejo que cada uno saque sus propias conclusiones… Otros, como el gaullista René Tomasini, futuro Secretario General de la UDR, o el ex Ministro SFIO Christian Pineau, también recibieron mensualidades.

¿Qué ocultaban esos salarios ocultos?

Tras la guerra, Hachette vivió con un temor: que la NMPP, su red de distribución, que era su “vaca lechera”, fuera  nacionalizada. La izquierda era favorable. Pagar a François Mitterrand fue una manera de protegerse un poco por ese lado. Un día, una de las eminencias de  Hachette, que vivía en el  Boulevard Saint-Germain, justo enfrente de la Asamblea Nacional, le mostraba  el Palacio Bourbon a Mauricio Dumoncel tras la Liberación con estas palabras: “Mira, éste es mi zoo … ”

¿Cómo analizar el fenómeno de la concentración capitalista que afecta a la edición en los últimos años?

Podemos quedar impresionados por la cantidad de determinadas plusvalías, deplorar una “edición sin editores”, pero los libros que se publican ¿son forzosamente peores? Los editores siempre tienen  interés en publicar a los mejores autores y, sobre todo, en crear un fondo que les proporcione una fuente regular de ingresos. Se necesita tiempo. La última casa que ha accedido a la condición de  “grande” ha sido Actes Sud, que obtuvo su primer  Goncourt gracias a Laurent Gaudé en 2004. Les costó treinta años. Es  aproximadamente el tiempo  necesario  para ser armado “caballero” en la gran familia de la edición .

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