El conocimiento establecido: de Alejandría a Internet

Nuestro tiempo es, entre otras cosas, el de la revolución tecnológica. Los amigos americanos indican incluso que hay o debería haber una nueva disciplina, la Web Science, que se ocuparía de Internet, de exponer y analizar sus rasgos principales para beneficio común. Al menos eso es lo que defiende un reciente artículo de Scientific American. Otros no llegan a tanto, pero se aplican en desbrozar ese camino. Podría ser el caso de dos historiadores de la Universidad de Oregon, Ian McNeely y Lisa Wolverton, que acaban de pubblicar un pequeño pero ambicioso volumen titulado Reinventing Knowledge: From Alexandria to the Internet (W.W. Norton, 2008). El libro no ha tenido una gran acogida, pero tampoco ha pasado inadvertido, al menos para los portales economicprincipals y salon.

Como señala Laura Miller en Salon, la obra adopta una visión macro, de gran angular, tanto que se excede al querer abarcar en poco más de doscientas páginas desde el nacimiento de la civilización occidental en las academias filosóficas de la Grecia antigua hasta el presente. Eso es posible porque el tema es “el conocimiento”, su “producción, preservación y transmisión”, aunque bien es cierto que para jugar con alguna ventaja los autores nunca definen lo que significa para ellos. Lo que sí queda claro para la pareja McNeely/Wolverton es que, sea lo que fuere, el conocimiento ha sido reinventado completamente al menos en seis ocasiones a lo largo de nuestra historia occidental. Fueron seis las instituciones responsables, cada una de las cuales perdió su privilegio exclusivo como centro del saber al dar paso a la siguiente. Así que el libro tiene media docena de capítulos: la biblioteca, el monasterio, la Universidad, la República de las letras, las disciplinas y el laboratorio.

Pero dejemos de lado el pasado. McNeely y Wolverton son escépticos sobre Internet porque no ven la red como una nueva forma de generar conocimiento (a diferencia del laboratorio) sino simplemente como un método de presentar la información. Internet reorganiza el conocimiento que ya tenemos, no lo reinventa (pero sí el monasterio, lo cual resulta un tanto paradójico). Además, Internet carece de autoridad, pues decir que hemos leído algo allí no implica ninguna posición de fuerza, no tiene nada que ver con anunciar que “los estudios demuestran…” o “la ciencia establece…”

De todos modos, continúa Miller, la argumentación de McNeely y Wolverton parece resentirse a medida que aborda los cambios más recientes. Y ello a pesar de que al  leer el libro y ver cómo nuestros antepasados afrontaban el tema del conocimiento  iluminamos  muchas de nuestras frustraciones contemporáneas sobre lo que nos rodea, Internet en particular.

Tomemos, por ejemplo, la antigua división entre escritura y discurso, añade Miller. El debate oral, según lo practicaban Sócrates y sus discípulos, prospera a través del conflicto y la polaridad, es decir, a través de la clásica dialéctica.   Aristóteles, uno de los primeros filósofos en fijar su magisterio por escrito, animaba, en palabras de McNeely y Wolverton, a “sintetizar las distintas posiciones de las escuelas enfrentadas”. Por eso, hay una larga tradición occidental que ve la escritura como algo más cuidadoso, reflexivo y autoritario que el mero discurso. Se supone que la escritura es el final de un largo proceso de pensamiento, no el proceso en sí mismo. (Si me permiten, añadiré que parte de ese mismo argumento está en Barbara Cassin, oponiendo la sofística de Internet al conocimiento fundado, algo que conoce bien, como demuestra en su último volumen vertido al castellano: El efecto sofístico. FCE, 2008).

Ahora bien, las conversaciones entre extraños en Internet y las entradas de los blogs ¿son discurso o escritura? Es evidente, dice Miller, que toman una forma textual, pero también lo es que son a menudo tan provisionales y subjetivas como lo oral. Por eso, mientras algunos ven la Web 2.0 como una versión digital de la República de las letras, otros ponen el acento en la falta de respeto a las normas de cortesía, generosidad, benevolencia y, especialmente, tolerancia. Sin embargo, los proyectos colaborativos en los que gente de todas partes recopila datos y contribuye a difundirlos a través de la Web forman parte de la mejor tradición literaria. Wikipedia, con sus defectos, es un ejemplo de ese esfuerzo y de los debates para establecer un consenso sobre lo que se escribe.

Lo que quizá falta es el mecanismo mediante el cual establecer en el futuro la diferencia entre información y conocimiento. McNeely y Wolverton ofrecen a la postre una definición del conocimiento como “todo aquello que se juzga digno de saberse”, un principio más bien tautológico. Pero ése es realmente el aspecto crucial, dice Miller. Si el medidor que utilizamos son las entradas de Wikipedia y su popularidad, entonces no hay duda de que el manga japonés supera a mucha de la literatura conocida. Ciertamente, no estamos preparados para que la Wikipedia sea el árbitro.

Laura Miller acaba de forma muy seria. Sin duda, nos dice, hemos conocido una era en la que la verdad oficial es más fácil de desafiar que nunca, pero se pregunta: ¿queremos vivir realmente en un mundo sin verdades establecidas, o donde cada hecho deba ser establecido de forma democrática por una horda de individuos cuyo juicio puede no estar informado ni ser digno de confianza?

En cambio, el crítico de economicprincipals no lo ve tan claro. Al fin y al cabo, esos historiadores son parte interesada, representan el conocimiento establecido, concibieron el libro cuando ambos formaban parte de la elitista Society of Fellows de la no menos selecta Harvard University,  son un matrimonio bien avenido, tienen hijos y trabajan  en la University of Oregon. Así que si alguien quiere ir un poco más allá, se recomienda otra novedad otoñal:  Mission and Money: Understanding the University (CUP, 2008).

Acabemos con David Warsh, el verdadero responsable de economicprincipals.com y autor de  Knowledge and the Wealth of Nations: A Story of Economic Discovery:

“When the Attorney General of the United States some years ago filed an antitrust action against a dozen top universities for comparing among themselves how much aid to offer scholarship students, he underscored just how far we’d come from the idyllic years in which higher education stood apart from the rest of the American economy. Today everyone recognizes that private and public research universities, liberal arts colleges, community colleges, and for-profit schools form a highly competitive industry, perhaps the nation’s most important engine of economic growth. But no one understands better than Burton Weisbrod and his co-authors the complex commercial forces that are transforming the business and its managers. The action in their book stretches from the admissions office, the football stadium, and the biotech labs to corporate boardrooms, Madison Avenue, and the halls of Congress.”

Y claro, como industria que es, hay ciertas prácticas abusivas, aunque por aquí todo eso quede muy lejos y suene incomprensible.  Pero, en fin, ésta es otra historia y no, por supuesto,  la que el post pretendía exponer.

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3 Respuestas a “El conocimiento establecido: de Alejandría a Internet

  1. Pues yo terminé ayer “Perros de paja” de John Gray y la verdad es que he me ha dejado un poco “sonado”. Un ataque directo al progreso y a la tecnociencia así, te deja k.o. ¿Qué opina Vd Señor Pons de este libro y de su autor?
    Si lo ha leído quisiera preguntarle sobre algunas cuestiones que contiene? Especialmente el final, que en mi opinión es como un frenazo brusco que no aporta mucho.

  2. No he leído ese volumen, pero Gray ha tenido una trayectoria tan enrevesada como interesante. Un lúcido despiadado, dicen.

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