Roger Chartier: pasado y futuro del libro

laviedesidees.fr es una revista de análisis e información en torno a eso que llamamos ideas. Abierta y gratuita, aborda la vida intelectual y la actividad editorial, preferentemente francesa pero no sólo.  Además de las reseñas, tiene una sección dedicada a Essais & débats, en la que acaba de aparecer (a finales de septiembre) una interesante entrevista con el historiador Roger Chartier.

Es cierto que este autor es muy conocido y que ha intervenido en múltiples diálogos (todos publicados). Quizá el último sea la entrevista concedida al periódico chileno El Mercurio con motivo de su presencia en la Cátedra Roberto Bolaño (Universidad Diego Portales). Habló allí, el pasado 6 de octubre, de  “¿Cómo leer un texto que ya no existe? Cardenio, entre Cervantes y Shakespeare”, un tema que ya aparece en Escuchar a los muertos con los ojos (Katz, 2008). Y está impartiendo, además, un curso titulado “Representaciones Sociales, Textos y Cultura” (2-10 de octubre), con una estancia que se aprovechará  que que la Universidad de Chile preste su Sala Ignacio Domeyko de la Casa Central para  honrarle con un Doctorado Honoris Causa

Dado que todos entendemos la lengua en la que publica El Mercurio, he preferido vertir la entrevista francesa, más amplia e interesante.  Y ello a pesar de que algunas de las consideraciones les sonarán, en particular a quienes hayan leído el último capítulo (“Lenguas y lecturas en el mundo digital”) de su El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito (México, Universidad Iberoamericana, 2005).

Las mutaciones del libro como objeto

La Vie des idées: me gustaría hablar acerca de cómo el libro, como objeto,  se transforma hoy en día por la  influencia de las tecnologías de Internet: e-libros, edición bajo demanda, etc. ¿Puede recordarnos  algunos de los cambios que el libro ha conocido desde la invención del códice?

Roger Chartier: El primer problema es: ¿qué es un libro?  Se trata de una pregunta formulada por Kant en la segunda parte de la Fundamentación de la  metafísica de las costumbres, donde  define muy claramente lo que es un libro. Por un lado, es un objeto producido por un trabajo propio de una manufactura,  sea la que sea -copia manuscrita, impresión o producción electrónica-, y que pertenece a la persona que lo adquiere. Al mismo tiempo, un libro es también una obra, un discurso. Kant dice que es un discurso dirigido al público, que es siempre propiedad de la persona que lo escribió y que puede ser distribuido únicamente a través del mandato que ésta le da a un librero o a un editor para que lo ponga en circulación pública.

Cuando reflexionamos sobre el asunto, todos los problemas remiten a esta compleja relación entre el libro como objeto físico y el libro como trabajo intelectual o estético, pues hasta ahora  la relación se ha establecido entre estas dos categorías, entre esas dos definiciones: por un lado, las obras con su lógica, su coherencia, su integridad y, en segundo lugar, las formas  materiales de  su inscripción, como podría ser el caso del rollo, desde la antigüedad hasta el primer siglo de nuestra Era. En este caso, muy a menudo, la obra queda diseminada entre varios objetos. Desde la invención del códice (es decir, el libro tal como lo conocemos aún, con los cuadernos, hojas y páginas), se da una situación inversa: un mismo  códice podía, y era la  norma, contener distintos libros dentro de la obra en cuestión.

La novedad actual   es que esta relación entre clases de objetos y tipos de discurso se ha quebrado, ya que existe una continuidad en el texto que se da a leer en la pantalla , mientras que la inscripción material sobre esa superficie ilimitada ya no se corresponde con el tipo de objeto (rollos en la Antigüedad,  códice manuscrito o libro impreso desde Gutenberg). Esto da lugar a debates que pueden tener implicaciones jurídicas, referidas al derecho o a la propiedad. ¿Cómo mantener las categorías de propiedad de una obra cuando tenemos una técnica que no la delimita como hacía el objeto, fuera  el antiguo rollo o el códice? Esto también puede afectar al reconocimiento del estatus de la autoridad científica. En la época del códice, una jerarquía de objetos podría indicar más o menos una jerarquía de discursos. Había  una diferencia que se percibía de inmediato entre la enciclopedia, el libro, el periódico, la revista, la tarjeta, la carta, etc., que materialmente uno podía  leer, ver, manejar,  que se correspondían además con registros discursivos que se inscribían en esta pluralidad de formas. Hoy en día, el único objeto – tenemos uno aquí en el despacho- es el ordenador, que incorpora todos los tipos de discurso, sean los que sean,   y que hace absolutamente inmediata la continuidad entre las lecturas y la escritura. Con ello ya podemos adentrarnos  en las reflexiones del pensamiento contemporáneo, pero remitiendo a esta dualidad que a menudo se pasa por alto. El problema del libro electrónico se plantea,  con una rematerialización en un orden de los objetos  (como el e-book o el portátil), en el hecho de que se trata de objetos únicos que sirven para todo tipo de textos. A partir de ahí, la relación se plantea en términos nuevos.

La Vie des idées: Michel de Certeau hace una distinción entre el registro escrito, fijo y durable, y la lectura, que pertenece a la categoría de lo efímero [Citado en G. Cavallo y R. Chartier (dir.), Historia de la lectura en el mundo occidental. Taurus, 1998]. Pero en  Internet  los textos están en constante mutación y transformación. Exagerando un poco, podría decir que  Internet es un universo de “plagiadores plagiados” [R. Chartier, Inscribir y borrar  Cultura escrita y literatura (siglos XI-XVIII. Katz, 2006]. ¿Cree usted que estamos ante una ruptura  o diría que en el curso de  la historia, sobre todo en el siglo XVII, el texto no ha tenido nunca una forma estable?

Roger Chartier: Sí. En su distinción, Michel de Certeau se refiere al lector viajero, que construye el significado a través de los límites que se le imponen  y, a la vez, a partir de las libertades que se toma, es decir, que es como un  “furtivo”. Si lo hace así es  porque se trata de un territorio que está protegido, prohibido y fijado. De Certeau compara a menudo  la escritura al trabajo y la lectura al viaje (o la caza furtiva). De hecho, es una visión que ha podido inspirar los estudios sobre la historia de la lectura o la sociología y la antropología de la lectura, desde el momento en que la lectura ha dejado de estar encerrada en el texto, pues es el  producto de una relación dinámica, dialéctica,  entre un lector, sus horizontes de expectativas, sus competencias, sus intereses, y el texto del que se apropia.

Sin embargo, esta distinción productiva  también puede ocultar dos elementos. El primero es que este lector furtivo también está estrictamente condicionado por las determinaciones colectivas, por su participación en las comunidades  de interpretación o de lectura, de modo que esta libertad creativa, ese consumo que es producción,  tiene sus propios limites:   está socialmente diferenciado. En segundo lugar, como usted dice, este terreno del texto es más móvil que una simple parcela de campo, en la que, por muchas razones, existe esta movilidad. Las condiciones técnicas de reproducción de los textos, como la copia manuscrita (que existía hasta los siglos XVIII y XIX), están abiertas a esta movilidad del texto, de una copia a otra. Salvo en el caso de textos muy marcados por lo sagrado, donde la letra debe ser respetada, todos los textos están abiertos a la interpretación, a adiciones, a cambios. En la primera época de la imprenta, es decir, entre mediados del siglo XV y principios del siglo XIX, por muchas razones, las impresiones eran todavía muy escasas, entre 1.000 y 1.500 ejemplares. A partir de ese momento, el éxito de una obra se mide por las múltiples reeediciones. Y cada nueva edición es una reinterpretación del texto, ya sea en su letra, modificable, o ya sea en los propios dispositivos materiales de presentación,  que son otra forma de variación. Aun suponiendo que en un texto no se cambiara ni una coma, la modificación de las formas de publicación -caracteres tipográficos, inclusión o no de imágenes,  divisiones de texto, etc – crea  movilidad en cuanto a las posibilidades de apropiación.

Hay, pues, poderosas razones para afirmar la movilidad de los textos. Hay otras que son intelectuales o estéticas: hasta el romanticismo, las historias pertenecen a todos y los textos se escriben a partir de fórmulas del momento. Esta maleabilidad de las historias, esta pluralidad de recursos disponibles para la escritura, crea otra forma de movimiento, imposible de encerrar en la letra de un texto que sea estable para siempre. Y podríamos añadir que incluso los derechos de autor no hacen sino reforzar este hecho. Por supuesto, es paradójico, ya que los derechos de autor reconocen que una obra es siempre idéntica a sí misma. Pero, ¿qué protege el derecho de autor? En los siglos XVIII y XIX protege todas las formas posibles de publicación impresa de un texto, y hoy todas las formas posibles de publicación de un texto, ya sea una adaptación cinematográfica, un programa de televisión o varias ediciones. Por tanto, es un principio de   unidad jurídica  que abarca precisamente la pluralidad indefinida de los estados sucesivos o simultáneos   de una obra.

Creo que hay que resituar la movilidad de lo contemporáneo, con el texto  electrónico, este texto polifónico, ese  palimpsesto, en una concepción de larga duración  en relación con las movilidades textuales anteriores.  Lo que hemos de retener del asunto  es el hecho de que hay intentos de reducir la movilidad en el mundo electrónico. Es  la condición de posibilidad para que los productos sean vendibles  -un “opus mechanicum”, como diría Kant-,  que es la condición de posibilidad para que los nombres sean reconocibles a la vez como creadores y beneficiarios de la creación. De ahí la profunda contradicción señalada por Robert Darnton  entre la infinita movilidad de las comunicaciones electrónicas y el esfuerzo de ceñir el texto electrónico a nuestras categorías mentales o intelectuales, así como a las formas materiales que lo fijan,   que lo definen, que lo transforman en una parcela en la que el lector va a poder actuar como furtivo -pero una parcela que sea lo suficientemente estable dentro de sus fronteras, sus límites y sus contenidos. Aquí reside el gran desafío, que es la de si el texto electrónico debe ser sometido a los conceptos heredados y, por tanto,  debe ser transformado en su misma materialidad, atendiendo a su fijeza y a la seguridad, o   si, por el contrario,  el potencial del anonimato, de la multiplicidad,  de la movilidad indefinida van a  dominar la escritura y la lectura. Creo que en ese punto se sitúan los debates, las incertidumbres, las vacilaciones actuales.

La Vie des idées Para completar esta serie de preguntas sobre los cambios  del libro como objeto, me gustaría preguntarle también sobre las mutaciones del lugar en el que históricamente se alberga este objeto: la biblioteca. En su proyecto Google.books, Google ha digitalizado libros procedentes de veintiocho bibliotecas, entre ellas las de Harvard, Stanford y Oxford. Este programa tiene adeptos (críticos) como Darnton y opositores, como Jean-Noel Jeanneney. ¿Cree que Google va a crear una biblioteca mundial abierta a todos?

Roger Chartier: De nuevo, tras este proyecto uno puede hallar  mitos o figuras clásicas, especialmente el de una biblioteca que incluya todos los libros. Era el proyecto de los Ptolomeos en Alejandría. Google se puede inscribir en esa perspectiva de la biblioteca que contiene todos los libros  existentes y los  que podemos escribir. Técnicamente, incluso idealmente, no hay ninguna razón que impida creer en que todos los libros, sea cual sea su forma,   podrían ser escaneados e incorporados en una biblioteca universal.

Sin embargo, uno de los primeros límite es que el proyecto de Google se apoya en una empresa capitalista. Lo gobierna una lógica económica, incluso aunque no sea inmediatamente visible, que puede regir también para los anunciantes o los que apoyan  esta gran empresa. Por otra parte, es un proyecto que, a pesar de que alegue ser universal, da esplendor  al idioma Inglés. Como dijo una Gobernadora de Texas, si el Inglés fue suficiente para Jesús, también lo debe ser  para los niños de Texas (Miriam Amanda “Ma” Ferguson). Sin duda  había leído la Biblia en la King James Version (1611) y no las versiones anteriores. El proyecto no se presenta así, pero ya que  las primeras cinco bibliotecas escogidas fueron anglosajonas  el predominio de los fondos ha sido necesariamente en lengua inglesa.

¿Cuáles son las posibles respuestas?  Se ha propuesto que las bibliotecas nacionales y europeas puedan organizarse para tener un plan alternativo. Es una alternativa en términos de variedad lingüística y porque se basaría en un modelo público, no en la empresa privada. Pero podemos suponer que, con esos trozos de   bibliotecas universales, se podría llegar a una biblioteca universal, incluso aunque no estuviera bajo el manto de un Ptolomeo contemporáneo, y no hay ninguna razón para creer que no pudieran ser accesibles en formato electrónico.

La cuestión, a partir de ahí, no es sólo la de las lenguas y la responsabilidad. Es también saber si esta biblioteca universal (que potencialmente no requiere ningún lugar pues todo el mundo con su ordenador, o como sea, puede pedir un determinado título) supone  la muerte de las bibliotecas tal como las conocemos: un lugar donde los libros sean almacenados, clasificados y consultados. Creo que la respuesta es no. El proceso de digitalización justifica aún más el mantener la definición tradicional, porque remite  a un punto fundamental, uno según el cual, como dice Don McKenzie, las formas afectan al significado. El gran peligro del proceso de digitalización es sugerir que un texto es el mismo cualquiera que sea la forma de su soporte. Tan fundamental como el acceso a los textos en formato digital, que queda fortalecido por esta digitalización, es el papel de conservación patrimonial de las formas sucesivas que los textos  han tenido para sus sucesivos lectores. La tarea de conservación, catalogación y consulta de los textos bajo las formas en las que circularon  se convierte en un requisito absolutamente fundamental, lo que refuerza la dimensión patrimonial y de conservación de las bibliotecas.

Se pueden dar varios ejemplos demostrativos. En el siglo XIX, la novela existe en múltiples formas  materiales, bajo la forma de folletines semanales o diarios en los periódicos, como publicaciones por  entregas, para gabinetes de lectura,  como antologías de un autor o de varias obras, como  obras completas, y así sucesivamente. Cada forma de publicación induce a unas posibilidades de apropiación,  unos horizontes de expectativas, unas relaciones temporales con el texto. La necesidad de fortalecer ese papel de  conservación del patrimonio escrito, no sólo es bueno para los estudiosos que quieren reconstruir la historia de los textos, sino también para la relación que tienen las sociedades contemporáneas con su propio pasado, es decir, con las formas sucesivas que la cultura escrita  ha adoptado con el paso del tiempo.

La mayor discusión que suscitan estos proyectos, como el de Google, imitados de inmediato  por los consorcios de bibliotecas, está ahí. Cuando se tuvo noticia del proyecto de Google, algunos bibliotecarios llegaron a la conclusión de que eso les permitiría  vaciar los almacenes y reasignar las salas de lectura. Lo mismo sucede también con la controversia que causa estragos en los Estados Unidos sobre la destrucción de los periódicos de los siglos XIX y XX, desde el momento en que pudieron encontrar un sustituto para reproducirlos, en este caso el  microfilm; pero el riesgo es aún mayor con el auge de la digitalización. Las bibliotecas han vendido sus colecciones, o fueron destruidas durante el proceso de microfilmación. Un novelista americano, Nicholson Baker, escribió un libro para denunciar esta política, que  ha sido la de la Library of Congress y la de la British Library,  y otras semejantes, para tratar de salvar por sí mismo este patrimonio escrito, tras haber recopilado una especie de archivo de colecciones de periódicos americanos  desde 1850 hasta 1950.

¿Qué es leer?

La Vie des idées: Desde la invención de la escritura, las prácticas de  lectura no han dejado de cambiar. Leemos en voz alta en familia, por la noche,  solos y en silencio. ¿Puede hablarnos sobre las diferentes formas de leer a través de la historia?

Roger Chartier: Hay dos dimensiones, morfológica y cronológica. Podemos reparar  en aquellos momentos en los que las condiciones de posibilidad de la lectura se transforman masivamente. En el muy largo desarrollo  medieval, los lectores, cada vez más numerosos, pudieron leer como se lee ahora, es decir, en silencio y por los ojos, mientras que la lectura oral era a la vez una forma normal de intercambio de textos entre los letrados y una de las condiciones de comprensión del texto. Los progresos de la lectura silenciosa y visual tuvieron como causa y consecuencia una nueva forma de inscripción de los textos, en particular la introducción de la separación entre palabras, que no existe en la mayoría de textos latinos. Esta es una de las grandes revoluciones de la lectura.

Se puede hablar para el siglo XVIII de una nueva revolución dela lectura, pero no hay acuerdo sonre esa expresión. Los objetos leídos se multiplican: es el momento de una importante circulación de periódicos, de la proliferación de libelos y folletos, de un aumento en la producción libresca en todos los países europeos. Por otro lado, la lectura se desvía  ligeramente de esa forma respetuosa, obediente y sacralizada que aún la marca sobremanera, hasta convertirse en algo más informal, crítico y móvil. Hubo  en el siglo XVIII, y los contemporáneos lo notaban, una especie de fiebre de la lectura, una especie de furia lectora. Otra etapa importante es la que marca el siglo XIX. Este es el momento de mayor tensión entre las normas de lectura,  impuestas por la escuela, y la proliferación silvestre de lecturas en círculos sociales cada vez más amplios. Esta proliferación de escritos en el siglo XIX puede verse en cualquier ciudad en las paredes, en los carteles o las pancartas, en la prensa,  que cambia de naturaleza en ese momento y, a partir de la segunda mitad del siglo, en las colecciones populares.

Por tanto, es posible la identificación de las transformaciones, algunas relacionadas con la morfología de la lectura (oral o en silencio), otras con  la tensión entre la imposición de normas del “buen leer” y  las prácticas cotidianas tan silvestres como múltiples. Los historiadores han debatido sobre la validez de cualquiera de estas rupturas y la posibilidad de catalogarlas como  “revoluciones de la lectura”. Por otro lado, la pluralidad que usted ha señalado no es simplemente cronológica y morfológica; en cada una de estas empresas (medieval, en la Ilustración, en el siglo XIX) se observa una diferenciación de lo que podría llamarse comunidades de interpretación  o de lectura, organizadas a partir de unas mismas competencias, de unas mismas expectativas en relación con lo escrito y de unas mismas convenciones  de lectura.  Hay un famoso artículo de Michel de Certeau sobre las comunidades místicas, españolas o francesas, de finales del siglo XVI y principios del XVII, que están unificados por su relación  con el libro, en virtud de las prácticas de lectura, por un progresivo desapego hacia la oración. También podríamos  reparar en lo que podría caracterizar a las lecturas “populares”, es decir, las lecturas que se hacen en los círculos menos alfabetizados o que se enfrentan con repertorios de textos más restringidos. Así pues, hay esfuerzos para identificar esta pluralidad, directamente enraizada en la diferencia social y cultural. Creo que la rejilla de lectura de las lecturas pasa por cruzar esta dimensión cronológica y morfológica con las diferencias socioculturales.

La Vie des idées: Hay un libro muy divertido y perspicaz de Pierre Bayard, Cómo hablar de los libros que no se han leído (Anagrama). A la postre, es cierto que a menudo no sabemos de los libros más que lo que dicen  los críticos o las adaptaciones cinematográficas. ¿Diría usted que se leen  los libros o simplemente sabemos de ellos a través de sus  derivados?

Roger Chartier: La cuestión es saber si hay algo nuevo en esa idea de que, a través de diversas formas de mediación, podemos conocer los libros que no hemos leído. Este conocimiento mediado   se ha acrecentado con el desarrollo de los lugares de mediación. Pero  esas formas ya existían antes. Desde este punto de vista, Don Quijote es sin duda texto pionero en la modernidad de la lectura. En primer lugar, porque el tema esencial es el de la proyección del texto sobre el mundo, así como  la presencia del mundo incorporado en el texto. En segundo término,  porque de inmediato muchos lectores conocieron  a Don Quijote sin haberlo leído. La presencia de sus personajes en las fiestas cortesanas o en los carnavales, la circulación  de representaciones iconográficas de escenas de la novela, la adaptación para representaciones teatrales, como también una lectura fragmentada del texto favorecida por su estructura en capítulos, hizo que circularan muy pronto  referencias a Don Quijote, sin que  se pudiera decir  que los lectores habían leído la totalidad del texto y menos aún la totalidad de ambas partes, una vez que en 1615 se publicó la segunda. Fue la primera matriz de esas formas de acceso a los textos a través de mediaciones, ya sea la lectura fragmentada  o  la presencia del  texto fuera del texto. Creo que esto es muy importante: cómo los personajes o las historias salen de las páginas para convertirse, sobre el escenario, en las fiestas o en los discursos, en realidades que dependen y difieren de la escritura.

También se podría pensar en la técnica dominante en el humanismo:  es la técnica de los lugares comunes, es decir, la capacidad de reutilizar  ejemplos, sentencias o modelos que sirven en la producción de nuevos discursos. Es una técnica de lectura que desmiembra los textos y que, a veces, se apoya sobre desmembramientos hechos por otros, ya que se pueden consultar  los repertorios de lugares comunes;  allí uno puede encontrar recursos retóricos y  estilísticos para la producción propia.

Esta idea de que  los textos se pueden conocer sin haberlos leído, de que la lectura de fragmentos a menudo sustituye a la del todo, no es nueva. Sin duda, en las sociedades contemporáneas el fenómeno se ha  amplificado, con la multiplicidad de adaptaciones visuales,  más allá de las series de estampas, propuestas por el cine y la televisión;  han familiarizado con obras que nunca han sido leídas. Es el tipo de impacto lo que ha cambiado.

La Vie des idées En un reciente artículo, Robert Darnton dice que es importante percibir la sensación física del libro, sentir “la textura de su papel, la calidad de su impresión, el tipo de encuadernación. […] Los libros exhalan un olor particular”. Por último, quisiera hacerle una pregunta personal: ¿cuál es su forma de  amar los libros? ¿cómo lee?

Roger Chartier: El yo es odioso, dice alguien en alguna parte. Además, creo que esta cuestión es una trampa, si pensamos en lo que Bourdieu dice acerca de la ilusión biográfica. Este tipo de pregunta supone dar  una respuesta en la que uno, aunque sea inconscientemente,  construye una imagen de sí mismo. Lo más importante, sobre todo en la primera parte de la observación,  es que Darnton se hace eco de su labor como historiador. De hecho, en el siglo XVIII, como muestra al estudiar la correspondencia, muchos compradores de libros se mostraron interesados en esa materialidad, en la naturaleza del papel, la tinta, etc. Todos estos elementos, fuente de nostalgia para aquellos que piensan que el libro ya está muerto, complacen a un cierto número de lectores o bibliófilos. Para mí, no se trata tanto de esta dimensión emocional, la de ese mundo de páginas que hemos perdido, sino de su dimensión intelectual: las formas de inscripción  de un texto delimitan o  imponen las posibilidades de apropiación. Se comienza con las apropiaciones de la forma más económica, ya que estas formas materiales dependen del precio de venta. Un libro de bolsillo no tiene el mismo precio que una edición de tapa dura. Más allá de las condiciones de apropiación material y  económica,  nos topamos con las condiciones que construyen su significación, las cuales remiten a la elección del formato, la selección de los caracteres, la división del texto, las ilustraciones, etc. Se puede convertir este aspecto, que en el plano afectivo nos habla de la relación  íntima con el objeto,  en un instrumento de conocimiento.

En cuanto a la segunda pregunta, creo que la única respuesta es lo que he señalado anteriormente. Hoy en día, todo el mundo desarrolla múltiples relaciones con el texto leído en función de nuestras preocupaciones, ocupaciones, actividades o deseos. Desde este punto de vista, leemos intensa y extensamente textos que son dignos de ser considerados como lecturas legítimas, y otros que quedan fuera de  estas categorías. Un diagnóstico habitual  es decir que se  lee cada vez  menos. Es absolutamente falso: jamás una sociedad  ha leído tanto, nunca se han publicado tantos libros (aunque las tiradas tiendan a disminuir), nunca ha habido tanto material escrito disponible en los  quioscos o en las promociones de los periódicos, y nunca se ha leído tanto gracias a la presencia de las pantallas.

Por tanto, es falso decir que la lectura se reduce. Sin embargo, lo que está en juego en este tipo de observación es que, a menudo, quien  plantea la pregunta y el que la recibe no coinciden sobre las  cosas que vale la pena leer. Christian Baudelot publicó un libro cuyo título era Et pourtant, ils lisent, es decir, pone de relieve el contraste entre las declaraciones de los adolescentes, especialmente los varones que de ninguna manera quieren dar una imagen de lectores (por las  connotaciones de pesadez de la escuela, de actitudes convencionales, una cultura de la que se reniega), y su comportamiento real: en la escuela leen,  frente a la pantalla  leen,  múltiples materiales son leídos por aquellos que dicen que nunca leen. Encontramos el mismo tipo de análisis en estudios de historiadores basados en entrevistas con lectores nacidos a principios del siglo XX en círculos populares y zonas rurales.

Lo anterior muestra las  tensiones que hay entre el discurso sobre la lectura, que siempre se refiere a una norma  de legitimidad escolar y cultural, y las prácticas infinitas, dispersas y diversas que se adueñan de múltiples de materiales impresos y escritos, a lo largo de un día o de toda una vida. La definición de la legitimidad, la articulación entre lo que se considera como lectura y la infinita cantidad de prácticas sin cualidades específicas, pero que son prácticas de lectura, es quizá el mayor desafío de las sociedades contemporáneas. La multiplicidad de prácticas dispersas y de apropiaciones de lo escrito  puede considerarse como indicativo de las divisiones que  fracturan el mundo  social y de los muy diferentes recursos a través de los cuales las personas pueden conocerse  mejor y conocer mejor a los demás. Esto no es defender la equivalencia de todos los textos leídos, pero yo no estoy a salvo de esta tensión entre las lecturas que sirven para el trabajo intelectual o el placer estético y esas incontables lecturas carentes de cualidades específicas  que hacemos  a lo largo del día, en los periódicos o en Internet. Ésta es una respuesta, o así me lo  parece, en la que  el caso personal puede permitir una reflexión  sobre las prácticas de conocimiento,  que son el objeto que hoy nos reúne.

Entrevista realizada por Ivan Jablonka; transcripción francesa de  Émilie Boutin.

Anuncios

7 Respuestas a “Roger Chartier: pasado y futuro del libro

  1. Interesante. Aunque lo leo con un poco de prisa: Pero volveré a leerlo más despacio.

    La pregunta que yo me hago no es sobre los libros; es sobre si hay un público; porque casi todo el mundo se ha vuelto AUTOR ¿no?

    ¿Entonces -en medio de tal cantidad de AUTORES- será cierto que lo más importante hoy es aprender a DESINFORMARSE? Ni idea. No sé qué pensará Vd.

  2. ESTA MUY BUENA LAS PREGUTAS COMO ASI TAMBIEN LAS RESPUETAS FORMULADAS POR ESTE AUTOR CONTEMPORANEO..
    UNA PREGUTA:
    EN QUE SIGLO (XV,XVI,XVII,XVIII,XIX) SE LO PUEDE UBICAR A ROGER CHARTIER EN LA HISTORIA DE LIBRO?

  3. Ninguno en particular, aunque por sus trabajos más habituales y su formación diríamos que es un modernista (XVI-XVIII).

  4. Pingback: Roger Chartier | Noticias·

  5. Pingback: Entrevista a Roger Chartier(1945) | lomejordelahistoria·

  6. Pingback: Pasado y futuro del libro según Roger Chartier | Andar entre libros en papel y en pantalla·

Los comentarios están cerrados.