Los historiadores británicos: la depresión y la euforia

David Cannadine se pregunta cómo los británicos han escrito la historia  en un volumen veraniego, aparecido a finales de agosto: Making History Now and Then: Discoveries, Controversies and Explorations  (Palgrave Macmillan). En realidad, se trata de una recopilación de los artículos y conferencias que elaboró a lo largo de una década como director del Institute of Historical Research. Parece que, en su tónica habitual, el libro se lee con agrado, gracias a sus buenas dosis de ingenio y cierta mordacidad. En el apéndice nos dice, por ejemplo, que la tarea de reseñar libros suele ser a menudo un ejercicio de envidia y resentimiento académicos, en el que un estudioso corto de miras y gruñón reprende a otro con mayores méritos (esperemos que no sea el caso). De ahí que nos proponga cuatro reglas para los críticos: “Léete el libro, sitúalo, descríbelo y júzgalo”. Por otro lado, y para quien  sufre el comentario, recomienda que si la reseña es simplemente crítica u hostil o antagónica, pero no un agravio,  es mucho más prudente y decente sufrirla en silencio.  Y ello porque, como señala Cannadine, hay pocas cosas que hagan tan feliz a un reseñista  como saber que su crítica ha tenido efecto.   

De todos modos, dice otras muchas cosas de interés. Como, por ejemplo, que la profesión histórica británica, más numerosa y productiva que nunca, tiene la moral por los suelos (“a depressed professoriate”).  En parte, ello se debería a que su influencia sobre la vida pública y cultural de Gran Bretaña es mucho menor de lo que lo ha sido en el último cuarto de siglo. Sin embargo, esta opinión dista mucho de ser compartida por sus colegas. Así al menos lo señaló la historiadora Juliet Gardiner el The Times a finales de julio. 

Según Gardiner, si se preguntara a los europeos del Continente, la respuesta sería que la reputación de sus colegas británicos está más alta que nunca. Fijémonos en el éxito de Ian Kershaw, a quien incluso los alemanes tinen por el más reputado biógrafo de Hitler.  Y ahora preguntémonos, añade el propio Kershaw, si el público británico daría la misma calurosa bienvenida a un historiador alemán que emprendiera la biografía de Churchill.  De hecho, remacha Gardiner, ningún historiador europeo ha tenido impacto significativo en el mercado editorial de aquellas islas (al menos desde Montaillou y El Queso y los gusanos). En cambio, como dice el especialista en el nazismo Richard Evans, ningún estudioso  alemán puede ignorar el trabajo de Ian Kershaw, ningún ruso el de Robert Service o Geoffrey Hoskins, ningún español el de Paul Preston, ningún italiano el de Denis Mack Smith o Lucy Riall, y ningún franccés el de Theodore Zeldin, por citar algunos casos representativos. Todos ellos, y otros como Lisa Jardine, Linda Colley, Simon Schama o Orlando Figes son referentes universales (“a los historiadores británicos se los reconoce como los mejores del mundo”, dice este último).

¿Por qué? Para Evans la razón está clara. En el Continente, la historia forma parte de las ciencias sociales, de modo que se escribe con gran academicismo, con un estilo teórico que puede llegar a ser impenetrable; en el Reino Unido, la disciplina es vista casi como una rama de la literatura, además de contar con una larga tradición de historia empírica y narrativa que hace de ella un relato vivo, en parte por el cultivo de la biografía.

En cambio, para Paul Preston la clave hay que buscarla en el “factor de la distancia”, al menos en el caso español.   De hecho, en el setenta aniversario de la guerra civil, cuando la editorial Crítica tuvo que buscar a un autor para publicar un volumen sobre la contienda escogió a  Beevor, que realizó una nueva versión de su libro de 1982  y cosechó un gran éxito de ventas. Arabella Pike, editora de Preston en HarperCollins, anuncia además que el siguiente (y tiempo ha anunciado) libro de Preston versará sobre el “holocausto español” – las víctimas del genocidio de Franco – utilizando para ello distintos testimonios. Es un tema que todavía sería difícil para un español, pero Preston ya ha conseguido editor para los USA (Norton), Italia y, por supuesto, España (Mondadori).

La pregunta sería, pues, por qué no sucede lo contrario. La respuesta, en parte, es que los ingleses son algo parroquianos, poco interesados en lo que los otros puedan decir de ellos. De hecho, como apunta Gardiner, ni siquiera se traduce mucha literatura. Pero, claro está, se lo pueden permitir. Hace una década, añade, pocos historiadores tenían agentes literarios, pero ahora todas las agencias tienen en cartera un pequeño pero lucrativo grupo de  historiadores, cuyos libros saben que pueden vender en todo el mundo.

¿Durante cuánto tiempo se mantendrá esta situación?  Linda Colley,  una historiadora británica que ejerce en Princeton y cuyos últimos libros (Captives y The Ordeal of Elizabeth Marsh)  han tenido un  gran impacto, es pesimista. “Dado el declive de la enseñanza de idiomas en la escuela”, cabe preguntarse  “cuántos estudiantes de tercer ciclo tendrán  capacidad lingüística para sumergirse en los archivos extranjeros” ¿Cómo modificará eso la hegemonía de Gran Bretaña en la escritura de la historia del mundo? …

Índice del libro de Cannadine:

Preface
Inaugural: Making History Now!
Perspectives: One Hundred Years of Doing History in Britain
Monarchy: Crowns and Contexts, Thrones and Dominations  
Parliament: Past History, Present History and Future History
Economy: The Growth and Fluctuations of the Industrial Revolution
Heritage: The Historic Environment in Historical Perspective
Tradition: Inventing and Re-Inventing the ‘Last Night of the Proms’
Nation: British Politics, British History and British-ness
Dominion: Britain’s Imperial Past in Canada’s Imperial Past
Empire: Some Anglo-American Ironies and Challenges 
Recessional: Two Historians, the Sixties and Beyond
Valedictory: Making History, Then?
Appendix: On Reviewing and Being Reviewed

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