Tulio Halperin Donghi: recuerdos e impresiones (1920-1955)

Adncultura, el suplemento literario del argentino La Nación, adelanta unos fragmentos de Son memorias (Siglo XXI), el reciente volumen de Tulio Halperín Donghi:

“Los acontecimientos del 16 de junio, en los que la autoridad del Presidente sólo había sobrevivido gracias a la acción del ejército, revelaron que éste se había constituido ya en el árbitro de la crisis. Muy pronto se hizo también claro que lo había comprendido así y se disponía a desempeñar ese papel una vez que decidiera cuál iba a ser su veredicto, y desde ese momento, aunque sin advertirlo del todo, comenzamos a echar sobre el régimen una mirada casi póstuma, que invitaba entre otras cosas a formular la pregunta acerca de qué vendría después, a la que tornaba más inquietante la reciente irrupción en el arco opositor de la derecha católico-nacionalista, que por décadas había venido cultivando sus vínculos con el ejército, y era vista por el episcopado, que sin duda estaba destinado a ganar en influencia luego de un eventual derrumbe del régimen, con menos recelos que su rival dentro de las filas del catolicismo político. Por su parte, quienes despertaban esa inquietud no ahorraban gestos tranquilizadores, que partían hacia los rincones más impensados; así una hasta entonces silenciosa empleada administrativa de la editorial Quillet, que se reveló entonces fervorosa militante de Acción Católica, comenzó a ofrecer a quien quisiera oírla entrevistas con el doctor Mario Amadeo, cuyas nuevas opiniones en materia política aseguraba que nos iban a sorprender muy agradablemente. En un plano menos modesto conservo un recuerdo muy vivo de la cena que el profesor Erwin Rubens ofreció conjuntamente al padre Meinvielle y a Francisco Romero en su piso cercano a la plaza San Martín, en una clima comparable al que según imagino habría de reinar en un banquete que consagrara la temporaria reconciliación entre dos clanes corsos, con los dos jefes hasta la víspera enemigos compartiendo la cabecera de la mesa principal; allí encontré socialmente por primera vez a José Enrique Miguens, rodeado en ese momento de una muy amplia popularidad como uno de los que habían sostenido el palio en la jornada de Corpus, y si conservo un recuerdo tan nítido de ese encuentro es sin duda porque su imagen se superpone con las de otros que a lo largo de las décadas iban a reiterarse con quien allí conocí como joven paladín de la fe, que en su abigarrada sucesión ofrecen un reflejo fiel de las muy variadas transformaciones que iban desde entonces a sucederse vertiginosamente en el paisaje político-ideológico argentino.

Pese a esos gestos no encontrábamos demasiado alentadoras las expectativas sobre el cambio que se avecinaba; en esos días finales del régimen en casa de Francisco Romero, que hablaba ya de los cursos que pensaba dictar una vez reintegrado a la facultad, su más joven hermano buscaba prepararlo para el desengaño que iba a sufrir cuando descubriera que la tarea de reorganizar la carrera de Filosofía era tomada a su cargo por el padre Octavio Derisi y que su papel en ella iba a ser el de un invitado ocasional cuya fugaz presencia estaría destinada a dar suficiente testimonio de la amplitud ideológica con que éste había encarado su gestión.

Esa visión muy poco ilusionada de lo que sobrevendría luego del derrumbe del régimen no impedía que lo esperáramos con una impaciencia justificada por la convicción de que éste había entrado ya en una etapa agónica a la que hacía particularmente peligrosa el manejo errático con el que su titular había venido contribuyendo a elevar el diapasón de un conflicto que era, por lo tanto, cada vez más urgente cerrar antes de que escapara a todo control. Pero se entiende a la vez que una impaciencia que nacía tanto de la alarma frente al presente como de la esperanza que tímidamente comenzaba a renacer acerca del futuro no me impidiera seguir avanzando con la ciega persistencia del sonámbulo en la preparación de mi partida a Harvard, y al cuarto que la secretaria del departamento de Lenguas Romances había alquilado para mí en casa de una desconocida Mrs. Rivinius. […]

Mi papel en esas jornadas de fin de régimen iba a ser el muy poco gallardo de oír bajo una lluvia incesante una radio uruguaya que […] repetía no menos incesantemente un jingle que proclamaba la ubicuidad de la yerba Sara. Cuando finalmente paró la lluvia, el originario foco revolucionario de Córdoba resistía cada vez más dificultosamente a las fuerzas de represión, pero el movimiento se había extendido también a Cuyo y la marina de guerra, también ella en rebeldía, después de hacer con sus cañones algunos destrozos en el puerto de Mar del Plata, navegaba a toda máquina hacia Buenos Aires. […]

La noticia de que acababa de derrumbarse casi sin estrépito un orden cuyos avances por diez años ningún obstáculo había logrado interrumpir ni frenar comenzó por dejarme una desconcertante sensación de vacío, pronto poblada por la inquietud acerca del futuro. A la mañana siguiente, cuando -como lo venía haciendo desde que la crisis había entrado en su período álgido- bajé a comprar Democracia y La Prensa que -como pude descubrir- buscaban como podían adaptarse a la nueva situación, y leí en la entusiasta biografía que esta última trazaba del general Eduardo Lonardi al anunciar su inminente jura como presidente provisional que sobre su heroica iniciativa había pesado decisivamente el influjo de las acendradas tradiciones cívicas que formaban parte del patrimonio ideal de la ilustre familia cordobesa de Villada Achával, a la que pertenecía su esposa, ese nombre que había oído ya mencionar con horror en los remotos tiempos en que me había enterado también de las consecuencias fatales que incomprensiblemente podía tener ver mencionado el propio en Crisol , y que no me había sorprendido volver a oír años después junto con los de Olmedo, Baldrich y Sepich, me hizo temer que no podía esperar nada de bueno, y sí mucho de malo, de la etapa que acababa de abrirse.

Pronto descubrí que no era ése del todo el caso; creo que fue ya al día siguiente cuando me llamó Ramón Alcalde para invitarme a visitar con él la facultad de Derecho, abandonada por sus autoridades. Cuando lo encontré frente a la puerta lateral tenía en su poder una llave que nos franqueó el ingreso al edificio, en el que los dirigentes del centro de estudiantes hacían los honores de la casa a toda clase de visitantes, que en verdad no sabíamos demasiado bien qué estábamos haciendo allí, y terminamos formando grupos un poco al azar en las oficinas de sus institutos”.

 

Otras novedades de Siglo XXI:

Tras su De alemanes a nazis: 1914-1933, la editorial acaba de presentar el BerlÍn 1900. Prensa, lectores y vida moderna, ambos de Peter Fritzsche (la pasada primavera Harvard University Press publicó Life and Death in the Third Reich).

Asimismo, hay que destacar el volumen La nación en tiempo heterogéneo y otros estudios subalternos,  de Partha Chatterjee, perfecto complemento para Al margen de Europa, el libro de Dipesh Chakrabarty que Tusquets ha traducido hace poco.   

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2 Respuestas a “Tulio Halperin Donghi: recuerdos e impresiones (1920-1955)

  1. Mil gracias por la noticia y el extracto. Una personalidad compleja y un historiador potentísismo que quedó, en nuestros lares y a pesar de la edición de su historia contemporánea de América Latina, en Alianza, hasta cierto punto relegado por la independencia de criterio y la rebeldía ante esquemas interpretativos que, con el paso del tiempo, se han revelado evanescentes. Lo cierto es que en Argentina pasó algo de lo mismo. Salvo excepciones, se le veneró desde la distancia. Fue, por otro lado, un cordial y puntual cooperador con los medios intelectuales del exilio español.
    Abrazo

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