Sexualidad, placer y orgasmo en Occidente

Robert Muchembled nos ameniza septiembre

Con las neuronas completamente desentrenadas, me asomo a esta palestra para que no se diga. Será una presencia esporádica, al menos hasta que todo se regularice y podamos volver a las andadas (más o menos) a finales de mes.

Y es que septiembre es un mes traicionero, no sólo por las tormentas imprevistas o el sofoco que no cesa, sino por el brusco retorno. Pero, eso sí, todos venimos avisados. A finales de agosto, la pantalla televisiva empieza a informar de un sinfín de coleccionables (cada vez menos) y se acabó, caemos en la cuenta de lo que nos espera reconociendo de inmediato  el sabor otoñal. De todos modos, los spots me han servido al menos para confirmar que todavía me quedan reflejos, aunque aletargados.

Digo lo anterior por ese sinpar anuncio en el que Salvat nos ofrece  “una obra completa dedicada a la Virgen María, a los Rosarios y a las coronas devocionales.  Auténticos símbolos de la fe y la devoción cristiana, objetos preciosos y llenos de historia para coleccionar y conservar”.  En efecto, uno puede agenciarse el rosario  de la Virgen María, el del papa Juan XXIII, la corona de la Inmaculada Concepción, la Francis, las cuentas del Gran Jubileo del 2000, las de Nuestra Señora de Lourdes y las del Misionero, entre otras piezas (alguna mente aviesa pensará que este último rosario me ha llevado a eso del placer y del orgasmo que reza el título de esta entrada, pero no es así. Puedo jurarlo).

Aunque parezca extraño, he conectado los rosarios con el  boletín de novedades de la editorial Seuil, donde se anuncia una jugosa rentrée littéraire. En concreto, mi mente ha relacionado esas sartas de cuentas con Une histoire des miracles. Du Moyen Âge à nos jours, el volumen que el historiador (carmelita seglar y consultor del Vaticano para causas de beatificación) Joachim Bouflet presentará a mediados de mes. Pero, sin más (aunque también podríamos asociar estos fenómenos paranormales con otros productos de quiosco y de televisión). De hecho, he abandonado a Bouflet y he enlazado con otras novedades. Por ejemplo, he reparado en Le Métro revisité, de Marc Augé, donde retoma veinte años después su Un ethnologue dans le métro (El viajero subterráneo, Gedisa), y en Esquisses algériennes, de Pierre Bourdieu, una recopilación de textos dispersos que el sociólogo escribió desde 1959 hasta su muerte.  Aunque, por cuestiones profesionales, al final me he detenido en Une histoire de la violence, del historiador modernista Robert Muchembled, volumen aparecido en pleno agosto.

Y en ese punto he recordado que ya  conocíamos a Muchembled. Y no por sus muchos y difundidos libros,   ni porque sea  profesor de la Université de Paris XIII (Paris-Nord) o por haber disfrutado de un par de sustanciosas estancias en Princeton, tampoco por su celebrado Culture populaire et culture des élites dans la France moderne: XVe-XVIIIe siècle (Flammarion, 1978), ni  por ser uno de los “últimos mohicanos de la tercera generación de Annales” (García Cárcel dixit), sino por su Historia del diablo. Siglos XII-XX (FCE, 2002), que entre nosotros reapareció como Historia del diablo (Cátedra, 2004).

Con lo cual, llegamos al término de esta asociación de ideas que nos lleva en un discurrir quasi místico del rosario al orgasmo.  La clave es que FCE anuncia para este mes de septiembre la aparición de El orgasmo y Occidente. Una historia del placer desde el siglo XVI a nuestros días, obra de Muchembled que Seuil publicó en 2005 y que Points (otro sello del grupo La Martinière) acaba de sacar en bolsillo.

Así pues, termino esta zigzagueante entrada con un par de jugosos párrafos de la introducción:

“¡Quien mucho abarca poco aprieta! La presente obra no podría aspirar a agotar una temática tan amplia. He optado por limitar el asunto a la sexualidad, retomando desde este ángulo un tema poco abordado, pese a la tentativa de síntesis de Michel Foucault en 1976. Contrariamente a él, considero que una represión muy poderosa de los apetitos carnales se ha instalado en el meollo mismo de nuestra civilización hacia mediados del siglo XVI, sin ceder realmente terreno sino a partir de los años sesenta del siglo XX. Productor de una tensión fundadora entre la libido de cada uno y los ideales colectivos, el proceso ha generado constantemente un poderoso esfuerzo de sublimación durante este largo período, al abrigo cultural sucesivo de la religión -católica o protestante- del ideal de moderación de los filósofos de las Luces o de los médicos del siglo XIX y de las leyes del mercado capitalista. Sobre el fundamento coercitivo firmemente establecido en el siglo XVII se han impuesto luego alternativamente ciclos de liberación y de constreñimiento, cuyo movimiento representa para mí un factor explicativo primordial del dinamismo general de Europa, porque crea obstinadamente la necesidad de subsanar el desequilibrio producido en las conciencias. Por una parte, la acumulación de los deseos insatisfechos durante los períodos de frustración exacerbada conduce a una demanda de emancipación creciente, que concluye por engendrar una liberación libertina. Por otra parte, numerosos seres sometidos, voluntariamente o no, a las tiranías del rigor moral generan una estructura de comportamiento que los empuja literalmente hacia adelante, contribuyendo a llevar sus talentos personales a la incandescencia, en múltiples sectores de actividad, tales como el proselitismo religioso, la guerra y la conquista del resto del globo, las actividades artísticas o intelectuales, el comercio internacional…

Entre las explicaciones clásicas de la originalidad de la aventura europea, muchas giran alrededor de la pareja antagónica formada por la espiritualidad y la economía. Ahora bien, referirse  prioritariamente al cristianismo o al capitalismo no me parece del todo satisfactorio, pues estas nociones no describen sólo realidades objetivas, sino que son igualmente producciones culturales, transformaciones en discurso de los hechos sociales y materiales, de las que perfilan los contornos. De ahí que proponga una interpretación más amplia, concerniente a la totalidad de las relaciones humanas, sosteniendo que la sublimación de las pulsiones eróticas constituye el fundamento de la originalidad de nuestro continente, desde el Renacimiento. (…)

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