La historia en tiempos acelerados

La revista Esprit dedica su último número al siguiente tema: “Le monde à l’ère de la vitesse“.

Incluye un texto firmado por Michäel Foessel titulado “Un récit commun de l’histoire ?”.

El término de “universalización”, nos dice, sintetiza un conjunto de fenómenos (económicos, culturales, técnicos) tan distintos que a veces dudamos de su pertinencia. En este número de junio, la revista se propone abordarlo a partir de un presentimiento compartido según el cual un mundo “mundializado” es un mundo donde todo sucede cada vez más rápidamente.

El concepto de velocidad permite reunir las dos dimensiones, el espacio y el tiempo: se dedica, pues, a los fenómenos de universalización que se refieren tanto a la geografía como a la historia. Aunque 1989 y la caída del muro parecían señalar el “fin de la Historia”, el sentimiento que se impone desde hace dos décadas es el de una “aceleración de la Historia”. La universalización de los intercambios es una cuestión de ritmos a veces asincrónica, de ahí los sentimientos de desfase y de crisis (véase el artículo de Oliver Remaud). Pero el tema de la aceleración de la Historia es recurrente en la filosofía y la teoría política: Alexandre Escudier propone una genealogía que arranca de las esperas escatológicas del judaísmo y del cristianismo primitivos. El propio motivo “revolucionario” es indisociable de esta pasión por la aceleración donde las evoluciones históricas toman la forma de lo irreversible.

Se habla a menudo de “presentismo” para caracterizar la relación contemporánea con el tiempo, olvidadizos de la tradición y apenados por el futuro (véase el artículo de Paul Zawadzki). Pero también se plantea la cuestiónde de saber si es posible inscribir nuestras experiencias del tiempo y de la Historia en un mismo horizonte. Pero la universalización no es sino una marcha hacia la uniformidad, haciendo también más problemática la constitución de un relato común. Para ilustrar esta dificultad, la revista vuelve a publicar un artículo de Karoline Postel-Vinay aparecido en el número de junio de 2007. La autora comenta las declaraciones de algunos dirigentes iraníes que pusieron en entredicho el modelo de “Guerra Mundial” para atribuir a Occidente la única responsabilidad de las masacres. Más allá de las manipulaciones (es la legitimidad de Israel lo que se pone en entredicho con esta clase de declaraciones), el problema es el de la división de los relatos. ¿Hemos de constatar el desengaño de la irreductibilidad de las experiencias nacionales y culturales? ¿O debemos intentar construir un relato que pueda acoger todas las singularidades? En tiempos de sentimiento difuso de una aceleración de la Historia y de una globalización de las experiencias, no es inútil reflexionar sobre cómo podría ser un relato común.

Hasta aquí. La revista también incluye otro pórtico interesante.

Se pregunta el editorialista si asistimos a un arrebato de evoluciones técnicas, sociales y culturales que nos convertiría  en juguetes de una historia lanzada sin control hacia un destino dudoso. Nuestro tiempo parece presa de la velocidad, sobrepasado por su propia rapidez, incapaz de controlar sus efectos, pero hechizado por la aceleración de los intercambios, embriagado por el triunfo del movimiento acelerado. ¿Por qué tenemos la impresión de que estamos en una carrera sin fin, en una huida hacia adelante cuyos ritmos y trayectoria no controlamos?

Estas cuestiones ya han sido analizadas en los últimos años. Se sitúan en la encrucijada de tres grandes temas: la universalización, el desarrollo de los mundos no occidentales y la crisis de la representación del futuro . Temas que, por otra parte, están vinculados, puesto que la universalización presenta esa particularidad de que es también un movimiento de desocidentalización del mundo y de que se impuso como asunto de reflexión tras la guerra fría, cuando se hablaba confusamente del “fin de la historia”. Esta fórmula sugería que quizá la humanidad había llegado por fin a la plácida orilla de un mundo cuyos desgarros y conflictos se habían superado. Indicaba también una dificultad de representarse el futuro.

Se pensaba que el sistema occidental, el de la democracia política, el Estado de Derecho y la economía de mercado, se había quedado solo, sin contramodelo ni competidor directo, suministrando al presente la ilusión de que la historia ya no nos podría sorprender. Lo que no se advirtió lo suficiente, en cambio, fue que el final de la confrontación de los dos bloques significaba, entre otras cosas, una devaluación geostratégica de Europa. Al perder el hilo de la historia, también se descuidó la geografía, para descubrir poco después que el conjunto de la geografía mundial estaba cambiando a medida que la potencia de los países en desarrollo agrupados bajo el acrónimo BRIC (Brasil, Rusia, la India, China) se afirmaba en la escena mundial. Simultáneamente, los países europeos se encontraban enfrentados a una crisis de representación del futuro, a un sentimiento de que la historia mundial se jugará en el futuro fuera de Europa, sin ella, y que ya no puede marcar el paso.

De ese modo, continúa el citado editorial, ¿podemos admitir aún un relato de la historia mundial si emana de los europeos? Tal es la cuestión planteada por los “estudios poscoloniales”, que no se sitúan en conflicto con el mundo occidental, sino fuera de él, no en su periferia sino considerándolo como una periferia de un mundo deliberadamente no europeo. Ésta es la razón por la que Karoline Postel-Vinay se preguntaba en estas mismas páginas el año pasado por cómo hacer una historia a esa nueva escala, por si aún es posible construir un mismo relato para todos, un relato de talla única de los acontecimiento internacionales. Por ejemplo, una expresión tan banal para nosotros como “Segunda Guerra Mundial” no es evidente, pues los países que no participaron en aquella guerra, o que la consideran sobre todo, como China y Rusia, como guerra de liberación nacional, no se reconocen en nuestro relato de la guerra ni, sobre todo, en las consecuencias que derivamos en términos de organización de las relaciones internacionales o de normas jurídicas aceptadas la “comunidad internacional”.

El término “universalización” permite captar una serie de evoluciones técnicas que nos hacen sentir de forma un tanto vertiginosa que nuestra vida se acelera o, más bien, que nuestros modos de vida ya no pueden prescindir de la velocidad: el desarrollo de los intercambios, la reducción o incluso la supresión de las distancias, la instantaneidad de la comunicación. Cierto que la unificación del planeta a través de los medios técnicos o de los problemas comunes (clima, materias primas, energía…) no quiere decir que la universalización sea vivida al mismo ritmo por todos. Antes al contrario, hay disociación y fragmentación de los ritmos entre los lugares de intercambios o interconexión y las periferias. Y no se trata solo de constatar que coexisten diferentes temporalidades en un mismo conjunto, sino también de preguntarse cómo conectar los ritmos, cómo sincronizar de nuevo las velocidades. La universalización aparece como la fase contemporánea de la aceleración de nuestras sociedades. Por supuesto, la lentitud y la velocidad son conceptos relativos y multiformes. Es necesario, pues ,situarlos, evaluarlos. La aceleración y el sentimiento que la acompaña pueden relacionarse objetivamente con la historia de las técnicas o  la de las representaciones.

Si la universalización nos ha de incitar a comprender mejor una geografía mundial en la que Europa ya no ocupa una situación central, invita también a preguntarse sobre nuestra relación con el tiempo, en un momento en el que experimentamos una crisis de representaciones del futuro. El número que la revista dedicaba a “El tiempo de las catástrofes” destacaba hace poco (marzo-abril de 2008) que nuestra relación con el futuro se caracteriza por la ansiedad, por un sentimiento de impotencia de la razón. La catástrofe se convierte, por tanto, en una manera de retomar un relato temporal, aunque sea problemático. Como vemos en el presente número, la catástrofe se vincula en nuestras representaciones históricas con el tema de la velocidad, ya que la aceleración de la historia comenzó bajo la forma de una aceleración… de fin de los tiempos. Los artículos de Alexandre Escudier y de Olivar Remaud describen la riqueza y la complejidad de esta idea de aceleración.

Advirtámoslo: a medida que la humanidad se historiza  más cree en el final de la historia. Es extraño: parece que descubrimos un proceso alejado y potente,  para constatar inmediatamente que pronto se detendrá. ¿No es un signo demasiado entusiasta de un pretenciso ombliguismo histórico? Pero el mito terminal no es más que una alternativa entre otras: sin mito terminal, queda la velocidad por la velocidad, como muestra Gil Delannoi. Esta embriaguez de celeridad se extiende a escala histórica sobre un mundo planetario considerado en adelante como una sola y única Humanidad sobre su sola y única Tierra. Esta voluntad de rapidez (o de potencia rápida) se impone a cada individuo de una colectividad humana ya unificada, en parte uniformizada pero siempre dispersa. Inevitablemente vivida, experimentada, practicada, esta fuerza de la rapidez suscita el entusiasmo o la aversión, la energía o el cansancio tanto en los protagonistas como en los espectadores (si los hay).

Esta mayor rapidez siempre genera deseos y temores, triunfos y derrumbamientos: la abundancia y también la futilidad, la anticipación y también la impaciencia. Encontramos esta precipitación desde el gesto diario casi mecánico hasta el extraordinario éxtasis revolucionario (político o técnico). Es resultado inevitable de las evoluciones de nuestra cronografía, de nuestra percepción “del sentido del tiempo”. Fatalismo, melancolía y optimismo son los métodos más habituales de articulación presente del pasado y el futuro, al menos cuando esta articulación persiste a pesar del encierro en el presente, analizado por Paul Zawadzki.

Textos que se incluyen:

ZAWADZKI, Paul (Centre de Recherches Politiques de la Sorbonne), “Les équivoques du présentisme”

REMAUD, Olivier (Centre de Recherches Politiques Raymond Aron), “Petite philosophie de l’accélération de l’Histoire”

DELANNOI, Gil (Centre de Recherches Politiques de Sciences Po), “Maître et esclave de la vitesse: le tachysanthrope”

ESCUDIER, Alexandre (Centre de Recherches Politiques de Sciences Po), “Le sentiment d’accélération de l’histoire moderne : éléments pour une histoire”

N.B.: Como corolario a la desoccidentalización, un buen complemento es la lectura de Al margen de Europa (Provincializing Europe), el volumen de Dipesh Chakrabarty que acaba de traducirse en Tusquets.

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