Historia, Teoría y Nuevo Criticismo: guerras clánicas

En los años sesenta, pero sobre todo un par de décadas después, el mundo universitario anglosajón se vio sacudido por el empuje de la teoría literaria, en el sentido amplio del término. Aquella invasión obligó a muchos centros y departamentos a reestructurarse o a contratar a quienes pudieran ofrecer esos contenidos. No fue sencillo ni tranquilo, de modo que hubo algún que otro resquemor y muchos tuvieron la sensación de que se les arrinconaba por no estar a la altura de los tiempos, por no ser todo lo modernos que se esperava de ellos. Si no ando desencaminado, aquella época se conoce entre los americanos como la de las “Theory Wars”, lo cual es un término bastante significativo.

He citado lo anterior para llevarles a un artículo que Ian Hunter publicó hace unos meses en la conocida revista Critical Inquiry, de la Universidad de Chicago: ” The History of Theory

El texto de Hunter se inicia de forma bien clara, mencionando lo fundamental para su propósito: ” Una de las características más llamativas de las recientes discusiones sobre la situación de la teoría en el campo de las humanidades es que ni siquiera existe un acuerdo sobre lo que pueda ser su objeto ni sobre el lenguaje con el que deba ser planteada. Para Terry Eagleton, el objeto de la teoría es la cultura -entendida como el momento dialéctico en el que la formación del significado halla su propia determinación social- y su lenguaje es una versión de la teoría social marxista, a la que Eagleton ha agregado recientemente cierto contrapeso aristotélico (After Theory, 2003). Sin embargo, para Robert Pippin el objeto de la teoría son las condiciones del conocimiento, según lo prefijado por Kant y asumido después en otras disciplinas, de modo que el lenguaje de la teoría es el de la filosofía crítica poskantiana (“Critical Inquiry and Critical Theory: A Short History of Nonbeing”, Critical Inquiry, 30, 2004). Otros estudiosos creen que el objeto está en el lenguaje, en la literatura o en el modo de producción literaria -un objeto posiblemente amenazado de dislocación por las imágenes electrónicamente mediadas y la comunicación digital-, localizando el lenguaje de la teoría en el discurso de la crítica literarias, naunque de diversas maneras (se refiere a dos artículos de Elizabeth Abel y Fredric Jameson, publicados en ese número 30 de Critical Inquiry). Esta diversidad podría ser ampliada sin mucha dificultad”, y en este punto Hunter cita a Habermas y Derrida.

Dice más adelante: “debemos comenzar una historia de la teoría señalando el hecho del conflicto insoluble entre las miradas rivales de tales condiciones. Tal conflicto se compagina con la observación de que el auge de la teoría comenzó cuando cierta clase de interrogación filosófica emergió dentro de una gran variedad de disciplinas -lingüística, crítica literaria, sociología, economía política, las disciplinas “psy”, hasta la jurisprudencia-, donde asumió la forma de un arsenal de teóricos vernáculos, asociados pero rivales. Esto es un indicador de por qué es infructuoso comenzar una historia de la teoría intentando identificar su objeto común o su lenguaje compartido.”

 

Y sigue y sigue, hasta llegar a un apartado titulado Teoría Literaria: “Cuando, en los años 70, la teoría literaria inició su campaña para controlar los departamentos de inglés en el mundo angloamericano –por ejemplo, con los trabajos de Jonathan Culler, Eagleton y Jameson- se hizo a través de una particular delegitimación y reconstrucción de las disciplina existentes, en este caso con varias versiones del asi llamado Nuevo Criticismo (Véase: Jonathan Culler, Structuralist Poetics: Structuralism, Linguistics, and the Study of Literature, Ithaca, N.Y., 1975; Eagleton, Criticism and Ideology: A Study inMarxist Literary Theory , Londres, 1978; y Jameson, Marxism and Form: Twentieth-Century Dialectical Theories of Literature, Princeton, N.J., 1971).

Reformulando asuntos tomados de Saussure y Derrida, Barthes y Althusser, estos autores declararon que el Nuevo Criticismo era un discurso cerrado, un empirismo incapaz de entender su propia constitución como conocimiento, y una ideología que naturalizó el significado con la interpelación a subjetividades y narrativas burguesas oclusivas. (…) El hecho de que el Nuevo Criticismo no fuera ninguna de las cosas que pretendía ser no debe sorprendernos a día de hoy”. Entre otras cosas, dice, porque el Nuevo Criticismo es “una versión particular de la hermenéutica del yo (self), realizada utilizando un corpus literario especialmente seleccionado y transmitido en ese entorno preciosamente labrado que es el seminario literario de la consciencia” (Foucault, “About the Beginning of the Hermeneutics of the Self: Two Lectures at Dartmouth”, Political Theory, 21, mayo de 1993).

Ian Hunter es un profesor australiano del Centre for the History of European Discourses de la Universidad of Queensland. Es autor de Rival Enlightenments (2002) y The Secularisation of the Confessional State (2007), aunque ahora mismo trabaja sobre la emergencia del postestructuralismo, de donde procede su “The History of Theory”. Y, claro está, sus afirmaciones provocaron cierta polémica. Como no podía ser de otro modo, la propia Critical Inquiry ha dado cabida al debate, y éste es el motivo de haber citado a Hunter. No he podido leerlo, pero esto es lo que se anuncia en el volumen 34 de 2008:

“How Not to Historicize Theory”, de Fredric Jameson, el celebérrimo agitador de la Duke University, donde es profesor de “Comparative Literature and Romance Studies”

“Talking about My Generation”, del ya citado  Ian Hunter

Por los fragmentos a los que he tenido acceso, ésta es la posición de Jameson: [it is the depth model in general and all manner of hermeneutic practices that are Hunter’s targets here-the reduction, in other words, of facts and historical realities to concepts that have no empirical object, like society, culture, revolution, class, language, history, capitalism, and so on. This particular line of attack is enough to link Hunter to the traditional Anglo-American empiricism that theory set out to demolish in the first place, and indeed the words positive, empirical, and research are here everywhere valorized and emphasized].

Es decir, más o meos: “Lo que Hunter pone en su punto de mira es es la base del modelo en general, así como los diferentes tipos de práctica hermenéutica –es decir, la reducción  de hechos y de realidades históricas a  conceptos que no se corresponden con ningún objeto empírico, como la sociedad, la cultura, la revolución, la clase, la lengua, la historia, el capitalismo, y así sucesivamente. Esta línea de ataque permite vincularle al tradicional empirismo angloamericano que la teoría quiso demoler ante todo, y de hecho los términos positivo, empírico  e investigación aparecen aquí contínuamente valorados y acentuados”.

 (pág. 566)

Pregunta: ¿no se pueden estudiar empíricamente esas realidades? ¿Acaso un empirista, o un positivista, no cree que existan sociedades, lenguas, culturas o capitalismo?

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