La investigación histórica en el futuro digital

Digo futuro porque el texto que voy a ofrecer está pensado para nuestros colegas americanos y porque, dadas las circunstancias, no creo que podamos aplicarnos tal perspectiva, al menos de momento. El artículo corre a cargo del historiador Stephen Mihm, de la Universidad de Georgia, autor entre otras cosas de A Nation of Counterfeiters: Capitalists, Con Men, and the Making of the United States (Harvard University Press, 2007). Y, puesto que no voy a ser literal, la versión original procede de The Boston Globe.

Hasta hace poco, si un historiador quería escribir un relato sobre, digamos, la batalla de Leyte Gulf durante la II Guerra Mundial, la cosa era bien sencilla: hacía las maletas y se dirigía a los National Archives, donde pasaba varios meses buscando informes oficiales sobre el asunto. Sin embargo, hoy las cosas son algo diferentes. Te sientas ante el ordenador, te conectas a internet y visitas algunas de las páginas que los aficionados han creado, como las dedicadas a los barcos que participaron en la contienda, el USS Pennsylvania o el USS Washington, por ejemplo. Suelen estar mantenidas con gran esmero por antiguos tripulantes o por sus descendientes, con apartados bien organizados en los que se pueden encontrar reproducciones de fotografías, objetos personales, transcripciones del diario de a bordo, así como pequeñas biografías de casi cada una de las personas que sirvieron en el navío. Más aún, algunas de esas páginas incluyen información para contactar con los tripulantes sobrevivientes, que a su vez cuentan con diarios, fotografías y cartas.

Cosas como éstas suponen un cambio potencialmente radical para la investigación histórica, una práctica que ha cambiado poco en las últimas décadas, por no decir siglos. Agregar ese conocimiento de base y los recuerdos de centenares o miles de personas, lo que se denomina “crowdsourcing“, puede transformar una disciplina que hasta ahora ha venido siendo definida por la labor individual de una persona que se las veía con documentos custodiados en archivos polvorientos.

Hay ya venerables instituciones de investigación que están empezando a controlar esa potencia de la multitud de una manera organizada. La Biblioteca del Congreso puso en marcha recientemente un proyecto con el portal Flickr, dedicado a compartir imágenes, invitando a los visitantes a que identificaran y analizaran una serie de fotografías de su depósito. Mientras, los National Archives, en colaboración con una compañía sin ánimo de lucro, está invitando a la gente a que haga versiones en línea de sus documentos. Y, en fin, hay un creciente número de proyectos eque están dando un paso más allá, creando archivos en bruto (“raw archives”), sobre determinados acontecimientos trascendentales: el 11-S o el huracán Katrina, por ejemplo.

Mihm cita a este propósito a Dan Cohen, director del Center for History and New Media de la George Mason University: ” Cuando un historiador escribe sobre un período particular de la historia americana, tiene que ponerlo todo en unos centenares de páginas, de modo que hay cosas que tienen que quedar fuera”. En cambio, este tipo de proyectos permiten ” tener en cuenta una gama más amplia de detalles y de perspectivas, algo que no puede hacer una narrativa tradicional”.

Hasta ahora, sólo unos pocos historiadores profesionales han comenzado a explotar ese crowdsourcing, que sigue siendo un recurso en bruto para recolectar y organizar conocimientos. Ahora bien, dado que esa fuerza de la multitud se conjuga perfectamente con la práctica de la historia, estos depósitos en línea representan un notable cambio no sólo en cómo se recopilan y se organizan los materiales históricos, sino también, y quizá sea lo más importante, en cómo se entiende el pasado.

Lo mas cercano al crowdsourcing que podemos encontrar es la Wikipedia, un portal que confía en el trabajo altruista de miles de voluntarios que escriben y corrigen entradas entradas sobre los más variados asuntos. Hay muchas sobre asuntos históricos, en las que el número de colaboradores es asombroso. Como estimación, la entrada de Franklin Delano Roosevelt es fruto del trabajo de unas quinientas personas que han elaborado más de mil ediciones a lo largo de cuatro años. Pero la Wikipedia realmente no produce nuevo conocimiento. De hecho, prohíbe la ” investigación original”, lo cuál significa que las entradas tienen que partir de lo ya publicado.

Es fácil imaginarse ese mismo espítiru de la Wikipedia reconvertido, controlado para ofrecer información histórica nueva. El pasado año aparecieron algunas iniciativas para llevarlo a cabo. Quizás la más conocida sea ese proyecto de la Biblioteca del Congreso, que alberga unos doce millones de fotografías -de las cuales la mitad son de uso limitado para los investigadores porque no se han identificado completamente. Así que a finales de 2007 la Biblioteca puso unas miles de sus fotografías en Flickr y pidió ayuda al público : ¿Quién es éste? ¿Y aquél? ¿Cuándo fue tomada? Helena Zinkham, que supervisó el programa, se quedó anonadada al ver cómo los vacíos eran rellenados rápidamente por un sinfín de aficionados entusiastas – y, en algunos casos, personas con recuerdos de primera mano.

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Los archiveros que actúan así, ofreciendo que documentos pasen por el tamiz de los conocimientos del público, están encontrando que el resultado es más rico y complicado que el de una mera y exacta identificación. George Oates, progamador de Flickr que supervisó el proyecto de la Biblioteca del Congreso, cree que es algo inusual que una sola persona haga una identificación exacta. En cambio, es más común que mucha gente contribuya con pequeños fragmentos de información: relatos relacionados, enlaces, anécdotas y opiniones sobre el tema de la fotografía.

Tomemos una de las fotografías en color de la Segunda Guerra Mundial que la Biblioteca del Congreso puso en Flickr. En la biblioteca sabían que representaba a una mujer montada sobre el morro de un bombardero, seguramente un B-17. Pues bien, cualquier historiador tentado a tomar la fotografía como un reflejo de la “realidad” haría bien en leer los comentarios que se incluyen ahora en la página web, que revelan de manera convincente la forma en la que se tomó la fotografía – el maquillaje de la modelo, el esmalte de uñas y el reluciente anillo de bodas- así como otras características adicionales, como el flash utilizado y la curiosa boina roja que lleva la mujer. Gracias a estos comentarios, una fotografía que a primera vista podía parecer que mostraba a una mujer trabajadora durante la guerra se convierte así en una reflexión sobre los métodos de propaganda en la retaguardia.

Este entusiasmo no ha pasado desapercibido para el sector privado. El pasado año se creo una nueva compañía, Footnote.com, con la intención de ganar dinero cobrando por acceder a documentos escaneados de las colecciones de los National Archives, con los que firmó un acuerdo bastante controvertido. Hasta el momento, la compañía dispone de casi 40 millones de páginas digitalizadas y espera llegar a los 50 antes de fin de año. También ofrece a los visitantes una parte gratuita, el proyecto Interactive Vietnam, en el que uno puede ver el mayor archivo fotográfico en línea y colaborar de diversas maneras.

¿Qué pasaría –se pregunta Mihm– si utilizáramos ese modelo para capturar la historia mientras sucede?

Hace varios años, tras lo ocurrido el 11-S, el profesor de la George Mason Roy Rosenzweig creó una página en donde la gente podía subir sus fotografías, vídeos, documentos, correos electrónicos y recuerdos de ese día y de sus consecuencias. El lugar, conocido como el September 11 Digital Archive, tuvo tanto éxito que la Biblioteca del Congreso lo seleccionó como su primera y significativa “adquisición digital”. Rosenzweig murió el año pasado, pero el proyecto que ideó con su sucesor, Daniel Cohen, continúa siendo un estándar para los archivos en línea. Su éxito más reciente es el Hurricane Digital Memory Bank, el primer archivo en línea de materiales sobre el huracán Katrina.

Es difícil saber cómo utilizarán los historiadores estos sitios. Cohen cree que la cantidad de material le otorga un valor por sí mismo: el dedicado al 11-S podía recopilar un cuarto de millón de fotografías de particulares, y referidas a la tragedia de un solo día ! Cohen cree que esta grandiosidad tiene sus ventajas. “Parte de la calidad proviene de la cantidad”, dice (en realidad, el total de ítems de este archivo digital es de 150 mil).

Sin el control de un archivero o un bibliotecario, es lógico preguntarse sobre la fiabilidad de la información acumulada por el público. En el caso del archivo del 11-S, por ejemplo, Cohen recuerda que una parte de las fotos ofrecidas habían sido modificadas. Después de discutirlo, decidió mantenerlas. “Por el simple hecho de que sean digitales uno no ha de perder la cabeza”. “Es más, cualquiera de los archivos habituales también contiene mentiras y falsificaciones”.

¿Pero qué hay de la mulitud y de la interpretación actual de la historia? ¿Cómo sabemos que la gente que proporciona cosas sabe de lo que está hablando? Rosenzweig se planteó esta cuestión en un célebre artículo titulado “Can History Be Open Source?” en el que estudiaba la exactitud de las entradas sobre historia en la Wikipedia, con el resultado de que, dejando al margen el estilo, su contenido nada tenía que envidiar a las enciclopedias en papel (Añado para los interesados que en el próximo número de la revista Pasajes publicaré un artículo sobre estos menesteres, utilizando al malogrado Rosenzweig como guía).

Helena Zinkham cree que el crowdsourcing tiene la bondad de autorregularse. “Ocasionalmente, la gente que ha identificado una foto se equivoca, pero otros lo sopesan y discuten la identificación”. “Dado que los comentarios quedan adjuntados a la fotografía, hay cierto grado de certeza en la información proporcionada. No es como un libro, que podría haberlo ocultado. En nuestro caso, puedes seguir todo el hilo argumental y extraer tus propias conclusiones”.

A medida que la historia se abre a este saber del público, está exponiendo un hecho interesante sobre la profesión: A menudo, un aficionado sabe muchos más detalles sobre un acontecimiento particular que los propios historiadores académicos que lo interpretan para la posteridad. Tomemos las batallas de la guerra civil americana, por ejemplo. Un historiador de la guerra civil supera a la pléyade de historiadores aficionados a la hora de obtener documentos y aclarar detalles, ordenando de otra manera el conocimiento obtenido, mientras que la única preocupación de la mayoría de aficionados son las minucias de la carga de Pickett el tercer día de la batalla de Gettysburg.

Para Cohen, el potencial está en la colaboración entre ambos, particularmente en lo referente al aumento de materiales históricos. Es posible, por ejemplo, para un historiador de la América colonial leer todos los documentos escritos por los fundadores de la colonia de Massachusetts Bay (aunque tal tarea podría ser una pérdida de tiempo). Muy distinto es el caso del historiador que se tenga que ocupar de todo lo producido durante la presidencia de Bush. “Una persona no puede leerlo todo”, explica Cohen, “pero unos cientos o unos miles podrían leerse esos documentos concretos y marcarlos con palabras clave”.

Aunque Cohen da la bienvenida a lo que llama una “multiplicidad” de perspectivas históricas, todavía piensa que siempre habrá un lugar para el historiador concreto, ese que tejerá todos esos filamentos dispares en una narrativa coherente. “Tener a la multitud a tu lado es una buena cosa en ciertas etapas de la investigación y del proceso de la publicación”, dice Cohen, ” pero habrá veces en las que los historiadores querrán estar solos, sentados frente a la pantalla de su ordenador, usando sus propias palabras, componiendo un relato que dé sentido al pasado”.

Hasta otra…

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